domingo, 1 de febrero de 2015

La huida hacia delante de Víctor Peña


¿Qué me dices, cantautor de las narices?, se preguntaba a sí mismo Luis Eduardo Aute en su Autotango del cantautor, en un lejanísimo 1973.  La fecha es remota, pero sigue siendo una pregunta sensata que hacerle a cualquiera que se decida a hacer arte a partir de la exposición narrativa de sus propios sucesos y desgracias, eso que llama la gente 'contar tu vida'.

Víctor Peña cuenta su vida en su recién publicado poemario La huida hacia adelante (La Isla de Siltolá, 2014), que se ha presentado hoy sábado por partida doble en Plasencia, primero en la sala Verdugo y luego en la Librería La Puerta de Tannhäuser. Sí, pero no: como recordaba hoy ante el público, el yo poético que nos habla en el libro es menos y más que el propio Víctor, que ha elegido soslayar lo que pueda haber en él de buen tipo para centrarse en su lado más abrupto e impresentable. Como corresponde a un talante permisivo y relajado, tampoco se ha prohibido contar vivencias ajenas como propias ni hacer literatura a base de literatura previa ni desdoblarse ocasionalmente en voces femeninas que dan la réplica al yo cuando este amenaza pasarse de bravucón y perdonavidas.

No, pero sí: la fuerza que innegablemente tiene el libro es que mientras lo leemos se nos invita a ser ese Víctor real o apócrifo que se estira las orejas y se cuenta los dientes. Si el personaje fuera aburrido, cansino, saldríamos del libro en la primera parada, preguntándonos qué se nos había perdido en una vida que, además de presentarse como fracasada, no es la nuestra. Pero el hecho es que mola ser Víctor: un joven pinturero que se siente tempranamente expulsado de la juventud —o goza acaso del placer de asomarse, aún joven, a lo que le espera y declarar lo mucho que le molesta (o sea, lo mucho que le agrada poder distinguir aún la condición adulta como algo ajeno, que cabe mantener a distancia, aunque esta, precaria, se reduzca por momentos).

Complejo de Peter Pan, autocompasión, ombliguismo... Todos estos peros cabe ponerle a un libro de este tipo, y sin embargo el de Víctor sale vencedor de ellos, de un modo que habría que intentar precisar. Por lo que toca a Nuncajamás, no es, desde luego, la infancia lo que se anhela en este libro, sino en todo caso la adolescencia o la primera juventud, con sus éxtasis etílicos, sexuales y futboleros. Tampoco cabe hablar de autocompasión en un libro en el que, con muy pocas excepciones, se narran los desgarros propios y ajenos como asuntos pintorescos, que aparecen desinfectados por una buena dosis de distancia y sarcasmo. Queda, pues, la cuestión de la contemplación de la propia vida, incluidos y enfocados en primer plano los momentos que cabría en principìo considerar de menor interés público. El camino que lleva a esta temática es en este caso lo crucial. El narcisista cuenta su vida porque la cree apasionante o ejemplar: Víctor pertenece, pienso, a una escuela bien distinta que se siente desengañada de la literatura (y en especial de la poesía) por lo que esta tiene de evasión más o menos cómoda y gratificante de la sordidez cotidiana. Afronta, pues, esa sordidez autobiográfica como un deber moral: hay que tomar el toro por los cuernos y, puestos a contar algo, contar sin tapujos la verdad, y en especial la parte de ella que uno estaría más tentado de poner en sordina.

El deber moral coincide así con la necesidad casi fisiológica de cometer una travesura que le sitúe a uno fuera de la condición adulta y responsable, como si estuviera apostatando o abjurando de ella el mismo día que se espera que selle por fin su contrato y siente cabeza. Todo esto, ya digo, tiene sentido porque después de todo nos lo dice alguien que sabe dibujarse con arte y salir, aunque despeinado, bien parecido. Pero también porque el repaso que hace pasa por casillas que, con más o menos gracia, cualquier lector también ha recorrido o distingue, inminentes, en su propio tablero.