lunes, 13 de noviembre de 2006

Sermón de ser y no ser


Hay algo de fango sumerio, de letanía ancestral, en las canciones y poemas que, arteramente, utilizan el verbo ser para declinar la imposible definición de un qué sé yo. Creo que en nuestros días el ejemplo definitivo es Aguas de março, del maestro Jobim (y la adorable Elis); pero, en un registro quedón, el truco de Astrud (Hay un hombre en España que lo hace todo…) tampoco tiene precio.

Ser mil cosas distintas es no quedar atrapado en ninguna de ellas. Heráclito, precursor, lo dejó dicho del Pensamiento (noûs) en eficaz lenguaje binario: El dios, día /noche, invierno / verano, guerra / paz, hartura / hambre: todos los contrarios juntos, ése es el pensamiento (fr. 46 GC = 67 D-K). En Juan de la Cruz, es visión deslumbrante del Dios cristiano (mi amado las montañas, / los valles solitarios nemorosos, / las ínsulas extrañas, / los ríos sonorosos, / el silvo de los ayres amorosos, / la noche sosegada / en par de los levantes del aurora, la música callada, la soledad sonora, / la cena que recrea y enamora); en Aleixandre, surrealista enumeración caótica (Día, noche, ponientes, madrugadas, espacios, / ondas nuevas, antiguas, fugitivas, perpetuas, / mar o tierra, navío, lecho, pluma, cristal, / metal, música, labio, silencio, vegetal, / mundo, quietud, su forma. Se querían. Sabedlo). En Dylan o Sabina la teofanía se degrada en lista de la compra. En los sermones de García Calvo es la verdad que nadie sabe, previa a lo real e incompatible con sus costuras. Dudo que nadie se haya librado de personificarla y darle culto. Yo, desde luego, me confieso devoto:

Ella es esa que no es
lo que fue, pero parece
que cuando la niegas, crece
y no está cuando la ves.
Es el haz y es el envés,
contenido y continente,
espejismos en la frente,
pasos en el corazón.
Argumenta sin razón
—y es veraz cuando nos miente.