sábado, 23 de julio de 2011

Puertas abiertas (II)


...que sepa abrir la puerta
para ir a jugar.

Hablando con David, amigo de los que ya no quedan, sobre canciones que conocemos desde hace decenios, y que nos siguen dando la lata. Aunque en su día quedaron a medio terminar, o fueron descartadas por inviables, siguen insinuándose de vez en cuando, a ver qué hay de lo suyo, no vaya a ser que sí. Esa tendencia a fructificar, a cumplirse, tiene muy poco que ver con lo que uno conscientemente desea (que a lo peor es olvidarse de algunas de ellas); pero, aunque pueda resultar incordiosa y frustante, también le emociona a uno, que no es otra cosa que un borrador con patas, esa vitalidad obstinada, externa en cierto modo al tiempo.

Experiencias de este tipo nos podrían animar a creer en el destino: como si cada una de esas canciones estuviera ya escrita en algún nivel de realidad y se tratara tan sólo de acceder a él con los ojos abiertos. Es una fantasía interesante, pero no me detengo mucho en ella. Probablemente la cosa se parezca más a tener en la parte más inestable de la mente unas cuantas puertas o ventanas abiertas que hacen ruido; puedes optar por ignorarlas, y en algunos casos el ruido deja de resultar molesto. Pero en los casos más recalcitrantes, al final tienes que hacer algo al respecto, acabar la canción de un modo u otro, para que esos fantasmas dejen de dar la calda.

Para situarse en algún contexto, preferiblemente noble, se podrían explorar algunos ejemplos insignes, desde las correcciones que JRJ siguió haciendo a sus versos de juventud hasta el último día de su vida al caso de Brian Wilson, que pasó hace bien poco a limpio su fallida obra magna de los 60, Smile; pero como la cosa va de recuerdos lontanísimos, me apetece más volver a la infancia, a los Beatles.

Si no recuerdo mal, la celebrada cara B del Abbey Road tuvo algo de fiesta de restos: Lennon al menos la presentaba así, como una ensalada de canciones sin terminar que acabaron hallando unas en otras la fuerza que les faltaba por separado. Pero hubo otras que tardaron aún años en cicatrizar: Child of Nature, de la época del álbum blanco, se convirtió mucho después en Jealous Guy; tras darle once mil vueltas, Harrison grabó definitivamente Not Guilty, de la misma era, en un disco de 1979. Imagino que a McCartney seguirá perseguiéndole a ratos este otro brote, del 69, que, inconcluso y todo, es una de mis preferidas: Heather. [Junto a Macca, suenan Donovan y Mary Hopkins. La canción está dedicada a Heather Eastman, hija de Linda.]