domingo, 27 de agosto de 2006

Valorio (III): Ay lino


La oposición es de Nietzsche: hay cosas que acaban siendo recogidas en un libro porque a última hora alguien decide arriesgarse (no sin dudas) a compartirlas; otras (muchas más) se escriben para formar libros, como resultado de un proyecto, un compromiso que el escritor se impone (o acepta de otros).

La distinción anima a olvidar que hay excelentes libros de encargo (Trotta ha publicado hace poco dos de Erik Hornung, que recomiendo encarecidamente: una introducción general a la egiptología y un estudio sobre el concepto egipcio de 'Dios' y 'los dioses'). En la abundancia de libros testimoniales totalmente ilegibles es preferible no insistir.

A pesar de los contrajemplos, Nietzsche tenía razón. El caso de Valorio 42 veces (Zamora: Lucina, 1986), de Agustín García Calvo, puede ayudar a perfilar en qué medida o sentido. En este caso, una experiencia única (el encuentro del adolescente Agustín con su primera novia en el bosque —hoy apenas parque— zamorano de Valorio) genera un ritual: todos los años, el enamorado lleva las primeras violetas de la primavera a su amada, y con ellas un poema, o varios. Según los años separan a los amantes, y al poeta de su tierra, el ritual se complica. Ya no hay encuentro físico, sólo envío, y hasta cabe sospechar que el autor ya no envía sus versos a la persona adulta que una vez fue su amada, sino a la niña que ésta dejó de ser hace mucho. Como es común en las mareas amorosas, hay años que el poeta se cree recuperado y se abstiene de recaer en un ritual que ya no tiene sentido; para volver a él con fervor renovado al año siguiente. Otros, quizá el sentimiento mismo impide que las palabras fluyan adecudamente.

Cuarenta y dos años después de aquel primer encuentro (quizá en el año de la muerte de ella: pero eso no lo sabremos), el poeta baraja la idea de matar la serie y (sólo entonces) convertirla un libro: cuarenta y dos entregas (de varios poemas, algunas de ellas), una por cada año, y un epílogo. Siguiendo la distinción que propuso en otro de sus libros, las cuarenta y dos entregas son canciones, mientras que la composición final es un recitado, un soliloquio. Para que el conjunto funcione, siente preciso rellenar las lagunas ocasionadas por la sensatez o la desesperación: compone, a posteriori, una entrega para los años vacíos.

El resultado se presta, pues, a múltiples lecturas: es la historia de un amor apasionado que no se resigna a morir, pero también el diario (anuario) de un poeta en desarrollo, con instantáneas que nos permiten seguir su evolución y constatar la persistencia, en lo esencial, de su modo de entender (o negarse a entender) el amor y la poesía.

La clave biográfica no aparece explícita en ningún punto. Se desprende, poco a poco, de la lectura de los poemas. (Puede, en ese momento, traer a la memoria las Veinte canciones de amor y un poema desesperado de Neruda, pero hay más similitudes que diferencias: Valorio 42 veces no es, en conjunto, un libro adolescente ni de juventud). En el Libro de conjuros, también de García Calvo, sucede algo similar (la clave que preside el conjunto de los textos queda implícita, dispersa en multitud de indicios). Quizá por esa unidad soterrada son (a mi juicio) los dos mejores poemarios del autor (aunque la fama se la hayan llevado otros también magníficos: las Canciones y soliloquios y el largo Sermón de ser y no ser).

El poema que copio aparece hacia la mitad del libro, pero para mí fue el primero: nunca me había pasado antes que la lectura de los versos me trajera, como un regalo añadido, una música con que cantarlos. En la versión (maqueta superdoméstica) que cuelgo, la canción tiene un encanto añadido: la voz de Ana Leal, tan alejada de los timbres comerciales al uso, pero que se ajusta de maravilla a los recovecos modales de la melodía (y que, por lo que sea, me recuerda aquellas otras voces femeninas, también inusitadas, de la Incredible String Band).

Brinca el arroyo,
murmura en sombra,
sonríe al sol,
pero aquí no hay voz
para cantar.

Ay lino, ay lino,
ay lalá.

Varas de álamos,
floridas mimbres
mi jaula son;
pero no hay gorrión
para cantar.

Ay lino...

Ese sol tierno
también conmigo
que está en prisión,
pero ¿qué canción
sin libertad?

Ay lino...

Fue en este bosque,
la niña blanca
conmigo entró
pero aquí quedó
y ya no está.

Ay lino...

Álamos, nubes,
arroyo, rejas
de mi prisión;
sol y corazón,
sin amor cantad.

Ay lino...

1966