sábado, 22 de agosto de 2009

El discurso vacío


Voz silenciosa. Veo estos días el mundo desde el otro lado: leo y no escribo; sigo, obediente, el hilo del pensamiento ajeno. Disfruto la comodidad del receptor, consumidor, cliente que tiene a su servicio el chorro perpetuo de la oferta cultural y goza además de algún tiempo libre (y hasta cierta formación) para elegir en qué caño abreva. Podría seguir así siempre (ese brevísimo siempre de la vida humana y sus situaciones), pero tendría que convivir con el desprecio de una parte de mí que aún tiene, si no el mando, cierta influencia en mis decisiones. No sé limitarme a escuchar. Mi timidez tiene esta cara (o cruz) oculta, no elegida o elegida sólo a medias. Al final alzo la mano para hacer la pregunta, distingo las palabras o la melodía que se insinúan y acepto perderme en ellos y defenderlos, comunicarlos, cuando hayan tomado forma. Necesito esa droga o alimento interior, de suministro dudoso, pero irremplazable.

Lo que leo, en fin, conspira también en esa dirección. El discurso vacío, de Levrero, que ha caído entero hoy (en un día de coche y piscina), no habla de otra cosa. Un hombre adicto a sí mismo, o al Sí Mismo, en el sentido junguiano, se echa de menos y decide hacer algo: escribir cada día unos minutos sin prestar atención al contenido, atento sólo a fijar y mejorar su caligrafía, hasta volverla legible. La tarea (aclararse) no es banal: Levrero está convencido (como es arriba, es abajo) de que un cambio en el trazo implica, o al menos propicia, un cambio interior análogo. A pesar de su intención no literaria, sus ejercicios de caligrafía acaban sembrados de anécdotas, relatos de sueños y meditaciones. En el entorno que acaba calcándose en sus folios hay un perro y un gato (sacados, se diría, de un dibujo animado perverso), una mujer comprensiva y lianta y un niño mimado. Piensa Levrero que él es todo eso que le rodea, consumiendo su tiempo y su atención (también sus juegos de ordenador, su colección de películas, los libros que le están dejando ciego) —pero, al mismo tiempo, es o podría volver a ser otra cosa que nunca acaba de declararse y que importa, al menos, otro tanto.

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Jung para dummies. La etiqueta no existía cuando se publicó El hombre y sus símbolos (1964), pero el prólogo no deja lugar a dudas: un periodista ruega a Jung, ya anciano, que resuma su visión del mundo en un breviario que pueda entender alguien de inteligencia y formación limitadas (como el propio periodista en cuestión). Jung se niega, se lo piensa y acaba aceptando, aunque con trampas: escribe sólo el primer capítulo del libro, y encomienda el resto a sus alumnos más aventajados o fieles.

Sólo he leído la parte de Jung, convincente en el planteamiento, un tanto dogmática o difusa en las conclusiones. Es probable que Levrero también la conociera. En su libro cita una vez a Jung, a propósito del Ánima, pero abundan las referencias más sutiles. La obsesión de fondo (reestablecer la comunicación entre su conciencia actual y el lugar del que brotó su obra pasada) es totalmente junguiana, y quizá ni el propio doctor acertó a expresarla nunca con la elocuencia manriqueña de este pasaje:

Si escribo es para recordar, para despertar el alma dormida, avivar el seso y descubrir sus caminos secretos; mis narraciones son en su mayoría trozos de la memoria del alma, y no invenciones.

El alma tiene su propia percepción y en ella viven cosas de nuestra vigilia pero también cosas particulares y exclusivas de ella, pues participa de un conocimiento universal de orden superior, al cual nuestra conciencia no tiene acceso en forma directa. De modo que la visión del alma, de las cosas que suceden dentro y fuera de nosotros, es mucho más completa que lo que puede percibir el yo, tan estrecho y limitado.

Bien: no sé si es adecuado afirmar que uno escribe por o para, pero me reconozco en el juego que describe Levrero. En parte, uno escribe porque no puede evitarlo (algo, el discurso, surge y se impone); pero, sobre todo, tras la experiencia, uno siente que no puede permitirse cortar el hilo, que no soportaría perder el contacto con aquello que fluye a ratos en la escritura. Si no hubiera discurso que pidiera salir, uno tendría antes o después que ir a buscarlo, como hace Levrero, con la certidumbre paradójica que nos enseñaron ciertas novelas: no sé lo que busco, pero lo reconoceré cuando lo vea.

3 comentarios:

Juan Poz dijo...

"no sé lo que busco, pero lo reconoceré cuando lo vea". ¿O cuando "lo lea"? Porque lo que se busca acaba, casi siempre, siendo escrito, y entre ver y leer hay cierta diferencia. No conocía a Levrero, pero desde mañana me lanzo a la caza y captura de ese "Discurso vacío", porque sé que también ha sido escrito para mí, por la disección que de él haces. Suena a "raro", y me extraña que Vila-Matas que tiene un radar para raros no lo tenga catalogado, pero a lo mejor es "poco raro" para él o, por la edad de Levrero, hay un abismo de sinceridad entre la pose vilamatiana y la verdad de Levrero. Por cierto, ¡qué cerca de librero y de liebre y de libre!
Gracias por la presentación.

Al59 dijo...

Pues sí: yo creo, amigo Poz, que lo pasará teta con Levrero. (Y, me atrevo a pedir: si es así o no, cuéntenoslo.)

Rubén A. Arribas dijo...

Franco y sustancioso diálogo suyo, don Alejandro, con "El discurso vacío". Y que, en lo que a mí respecta, siento cercano.

Hay tanto contenido en pequeña esa novela que resulta complicado sintetizarla; cada cual se engancha por aquella punta que más le toca. Entre otros muchos, ese es uno de los grandes méritos de Levrero: su capacidad para narrar de una manera tan (aparentemente) sencilla una personalidad tan (neuróticamente) compleja.

Es sorprendente; pero aquí o en "La novela luminosa" se permite ir desde la espiritualidad al psicoanálisis, pasando por su afición a los videojuegos o las novelas policiales, y el lector no protesta, acepta gustoso hasta la más surrealista digresión sobre el más mínimo detalle imaginable. Todo, absolutamente todo, cabe en su narración. Y cabe todo porque, a diferencia de otros autores, apela a ese concepto de verdad que lo une con Chéjov o Kafka.

Como señaló Ignacio Echevarría en su certero ensayo, dos claves para entender a don Mario son estos pensamientos de Kafka:

. No es ‘ver’ la verdad, sino serlo.
. “No nos haga creer en lo que usted dice, sino: háganos creer en su decisión de decirlo”.

Abrazos.

PD: Quede aquí otra perla levreriana, al hilo de lo de Jung: «El Inconsciente sabe que puede hacer muchas cosas que nuestro pobre yo consciente ni imagina posibles».