martes, 10 de abril de 2012

Leyendas urbanas I


Todo tiene, si no su porqué, su aquel. Escribir sobre las cosas que te gustan y te angustian (tus obsesiones, hablando en plata) implica repetirte, y con ello la probabilidad de aburrir a quien te tiene ya oído. Al mismo tiempo, nada como la repetición nos hace sensibles a los encantos de la variación, la evolución, el desvío: no hay dos flores, ni dos instantes, iguales. No he hecho nunca la lista de los temas sobre los que he ido volviendo en este blog: pero el blog la genera automáticamente, o casi. Bien están.

En el otro extremo, escribir sobre cosas que no sabías que te gustaban, o siquiera que estaban ahí, también tiene su punto. Cuando uno acaba de llegar a un lugar (pongamos, a la Bossa Nova, de la mano del ínclito Montano), es sensible a una serie de rasgos que después el trato cotidiano hace invisibles.

Por supuesto, el placer mayor llega cuando uno topa con algo que combina los dos campos: algo sustancialmente nuevo sobre lo que a uno, desde hace tanto, le importa.

Traigo hoy noticia de dos libros que cumplen, para mí, estas condiciones. Tratan de leyendas urbanas, pero no son recopilaciones al uso, ni panfletos ilustrados que tratan de exponer las leyendas (debunking) para librarnos de ellas, ni invitaciones (siempre de pega) al mundo de lo oculto y misterioso.

Ambos son libros breves, y sin embargo (o por eso mismo) dicen cosas inteligentes y nada obvias sobre su asunto. El primero está en inglés: Urban Legends, de Nick Harding, publicado en 2005. El segundo se publicó en francés en 2007, pero una editorial estupenda, davinci, lo ha puesto a nuestro alcance en español en 2009: Rumores y leyendas urbanas, de Jean-Bruno Renard.

El libro de Harding tiene 159 páginas y tres partes: la primera, 'Detrás de las leyendas urbanas', examina los temas recurrentes en estas historias (por ejemplo: Adolescentes en peligro, Comida contaminada, Cuerpos contaminados, Descubrimientos espantosos, Autoestopistas fantasmas), su posible origen, su posición dentro del folklore, su veracidad, su relación con las teorías conspiratorias, su significado cultural y su condición de memes. Se cierra con un dodecálogo a modo de resumen (p. 63) que no me resisto a traducir:

1. Las leyendas urbanas tienen un subtexto moral.
2. Las leyendas urbanas abordan a menudo tabúes sociales.
3. Las leyendas urbanas son básicamente falsas.
4. Las leyendas urbanas evolucionan y se adaptan a la cultura que las rodea.
5. Las leyendas urbanas reflejan en gran medida los miedos de la sociedad.
6. Las leyendas urbanas que tienen una trama sencilla llegan más lejos (travel further).
7. Las leyendas urbanas tienen a veces un elemento veraz en su núcleo.
8. Las leyendas urbanas escapan a la lente del escepticismo crítico.
9. Las leyendas urbanas satisfacen a veces una necesidad cultural.
10. Las leyendas urbanas nos aportan una sensación de control en un mundo en el que no se percibe ninguno.
11. Las leyendas urbanas no tienen un origen real o sus orígenes se han perdido.
12. Las leyendas urbanas son memes.

La lista es interesante e invita a la crítica. Los elementos interactúan: 3 y 7 se corrigen mutuamente. 10 parece generalizar en exceso (sobre las leyendas y sobre el mundo). 11 es correcta si se refiere a que no puede localizarse nunca, o casi nunca, algo que podamos considerar la primera versión de la leyenda (aunque sí cabe hablar de una 'primera versión conocida', que no niega la posibilidad de versiones previas). 12 aporta un punto de vista que resulta seductor, pero del que ya empezamos a estar vacunados: ¿hay algo que no sea un meme? ¿Qué nos aporta considerar las leyendas como memes que no sepamos por otro medio?

En la segunda parte, Harding examina algunas de las leyendas más conocidas, agrupadas en principio por temas: adolescentes en peligro, leyendas de carretera (entre ellas, la autoestopista fantasma), desnudo, cadáveres. Siguen otras leyendas sueltas, como el perro en el microondas y la rata frita de Kentucky. Se cierra el apartado examinando (una de las novedades del libro) las leyendas (¿o meros rumores?) sobre las Torres Gemelas y el 11-S.

El libro se cierra con una tercera parte sobre 'El futuro de las leyendas urbanas'. Se examina aquí el papel que juegan Internet y las películas en la difusión de las leyendas, su uso político, la génesis de nuevas leyendas, los efectos beneficiosos y nocivos de la circulación de leyendas y sus posibilidades de supervivencia. Harding resume en dos páginas (pp. 147-8) las conclusiones de su viaje. Asegura que las legendas nos recuerdan que quizá no todo vaya bien, y que nos incitan a ser precavidos sobre la complacencia en la moralidad y las costumbres. No estoy muy seguro de esto: hay leyendas que combaten los prejuicios racistas y clasistas, pero otras, como la de la mascota mexicana, buscan más bien confirmarnos en la idea, bastante conformista, de que por la caridad entra la peste. La ambigüedad moral de las leyendas tomadas en su conjunto recuerda a la de los refranes, de los que según el maestro Agustín la mitad o más parecen pensados por algún enemigo del pueblo. El propio Harding admite unas líneas más tarde que las leyendas urbanas pueden (y suelen, cabría añadir) ser profundamente racistas y sexistas, y que la mujer apenas tiene otro papel en ellas que errar y sufrir. Con todo, sus últimas palabras son para reivindicar el carácter significativo de estas historias: su estudio, dice, nos revela la psique de una nación. Se entiende que Harding habla para el mundo anglosajón, pero incluso este es plurinacional. Sería mejor hablar de una cultura o civilización en su conjunto, e incluso en ese caso cabe dudar si las historias no pasarán de una civilización a otra (si es que aún quedan varias).

Se hace un poco tarde para hablar del otro libro, el de Renard. Baste decir momento que es aún mejor que el de Harding. Que no es elogio chico.