sábado, 14 de abril de 2012

¿Qué son las leyendas urbanas?


Como hice la vez anterior, voy a ir subiendo en tiempo real, o casi, lo que voy escribiendo para el estudio introductorio del libro que tengo entre manos. Mi esperanza es que los lectores del blog (y, en verdad, este blog los tiene de excepción) me ayudéis a reflexionar y a enriquecer, y en su caso corregir, el análisis. Gracias de antemano.

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Del tiempo escribió san Agustín que sabía lo que era cuando nadie se lo preguntaba. En cambio, cuando quería explicárselo a alguien, descubría que no lo sabía.

Con las leyendas urbanas viene a suceder lo mismo: cuando las nombramos, pasa por nuestra mente una procesión de personajes que nos resultan conocidísimos: la señora que metió a su perro en el microondas para secarlo, los cocodrilos ciegos (y acaso albinos) que viven en las alcantarillas de Nueva York, el cadáver criogenizado de Walt Disney, la autoestopista fantasma...

Nuestra familiaridad con estos personajes no solo es mayor que la que tenemos con los protagonistas de otras, como las que escribió Bécquer, o las medievales sobre el rey Rodrigo y la Cava, sino que nos parece intuitivamente distinta: no asociamos a estos personajes con el pasado, sino con el aquí y ahora. Si a menudo nos resulta imposible recordar cuándo escuchamos o leímos por primera vez sus historias es porque las ocasiones para tropezarnos con ellas son múltiples y recurrentes. Parece que nos hubieran acompañado durante toda la vida; y, lo que es más importante: como el rock’n roll o Internet, no parece que tengan la más mínima intención de marcharse. Rock’n roll is here to stay.

Sin embargo, cuando nos detenemos a observar estas historias, tratando de establecer con exactitud qué consideramos una leyenda urbana, surgen las dudas, numerosas y considerables. Por un lado, nos damos cuenta de que lo que se cuenta como leyenda urbana puede identificarse a menudo como una simple variante o versión de una leyenda de toda la vida. Por otro, dudamos si basta con que una historia sabrosa (y ficticia) se extienda como la pólvora (pongamos, la que habla del sabor del foie-gras o la Nocilla con que una muchacha alimentaba de forma peculiar a su perro: una escena de lo más íntimo que, a través de una presunta retrasmisión en directo del programa de TV Sorpresa, sorpresa, habría trascendido a medio mundo) para que podamos considerarla una leyenda urbana, o si en casos así será más adecuado hablar de rumores o chismes.

Libros hay, como el de la gran folklorista estadounidense de origen húngaro Linda Dégh Legends and Belief . Dialectics of a Folklore Genre (2001), de cuya lectura uno emerge tan lleno de dudas y matizaciones sobre las leyendas y el folclore en general que, como el intoxicado por un enteógeno de primera magnitud, duda si volverá alguna vez a manejar con la debida soltura y convicción las categorías que creía indudables.

Si comenzamos eliminando el adjetivo urbanas por problemático (ni todas estas historias suceden en urbes ni es exclusivamente urbano el público que las genera y difunde), nos queda un sustantivo que no debería ser tan difícil definir. Intentémoslo: una leyenda es una historia tradicional breve que cuenta un hecho extraordinario, situándolo en unas coordenadas de tiempo y lugar que, además de ser reales, suelen ser próximas al narrador y su público. Las leyendas resultan significativas porque son ejemplares: contienen una moraleja o enseñanza que, sin embargo, a diferencia de lo que sucede en las fábulas, suele quedar implícita. Aunque los hechos sean ficticios, se presentan como cosa que se cree cierta.

Ahora bien, rechazar sin más el adjetivo urbanas supone renunciar a entender cómo y por qué ha quedado ligado al sustantivo al que acompaña: mala premisa para un estudio del fenómeno.

En su magnífico breviario Rumores y leyendas urbanas (2009) Jean-Bruno Renard nos ofrece las claves que necesitamos para entender cómo surge el emparejamiento. El estudio del folklore se orienta en un primer momento hacia las ‘antigüedades populares’: el estudio de una cultura popular arcaica (cuanto más alejada en el tiempo, más prestigiosa) que pervive en la actualidad. Se recopilan así amorosamente los romances, leyendas, cuentos populares, refranes, supersticiones, etc., procurando siempre localizar o reconstruir la forma más ‘pura’ (antigua) posible.

A finales del siglo XIX y comienzos del XX, tenemos las primeras señales de que los folkloristas empiezan a ser conscientes de que no todo el folklore es trasmisión de algo ya hecho, sino también recreación de lo dado y (¿por qué no?) confección de productos nuevos a partir de diseños y materiales previos. Junto al folklore que pervive y (eventualmente) agoniza y muere, al extinguirse las formas de vida en las que estaba imbricado, hay un folklore que se adapta a las nuevas condiciones (la sociedad industrial, la imprenta, la prensa) o se desarrolla con naturalidad en ellas.

En el caso de las leyendas, se empieza a hablar así de leyendas modernas, contemporáneas o (al fin) urbanas para referirse a un grupo de historias cuyo carácter folklórico no resulta evidente en un primer momento porque no remiten (al menos explícitamente) a un pasado ancestral y remoto, sino que se adhieren a lugares, sucesos y personajes actuales, que el hombre actual reconoce como cotidianos, suyos.

Como se apreciará al repasar la definición que dimos antes, de ningún modo han dejado estas historias de ser leyendas, muy antiguas en algunos casos: sencillamente, hay un cambio en la estrategia que adoptan para hacerse memorables, pertinentes. En vez de enfatizar sus lazos con el pasado remoto de la comunidad, con sus raíces, se elige hacer patente su vigencia, su actualidad.

No nos extrañará, pues, sorprender in fraganti a algunas historias rurales, «de toda la vida», en el trance de urbanizarse: así, como ya comentamos en otra parte, uno de nuestros alumnos nos ofrece una versión de la Serrana de la Vera en que esta ni siquiera se llama así, ni vivió en el Siglo de Oro, sino que es una chica anónima que murió hace poco tras ser abandonada por su novio, y que ahora merodea alrededor de la cueva donde falleció buscando jovenzuelos con los que saciar su sed de venganza. El ejemplo muestra hasta qué punto puede sacrificar una historia todo su lastre más o menos ilustre con tal de conservarse eficaz, actual.

Si nos arriesgáramos a aportar una propuesta más a la confusa selva terminológica en que nos movemos, sería para hablar, sin más, de leyendas activas o vigentes, que se siguen contando de forma espontánea, por oposición a un repertorio de leyendas fosilizadas, que han dejado de circular (al menos en la forma en que nos habíamos acostumbrado a reconocerlas) fuera del espacio acotado de los libros que recogen leyendas tradicionales o recreaciones literarias de las mismas.