sábado, 24 de marzo de 2012

Dentro del Laberinto


He disfrutado mucho volviendo con mis alumnos de Latín (sic) de 4º de este año sobre una de mis películas favoritas, Dentro del Laberinto, de Jim Henson. Aunque muchos no conozcan su nombre, los niños de todo el mundo, desde 1964 hasta hoy, hemos crecido con las criaturas inventadas por Henson (1936-1990), sin duda el artista de marionetas más influyente del siglo pasado. En 1964 creó a los muppets, conocidos en España como los teleñecos, protagonistas de la serie de televisión Barrio Sésamo (Sesame Street), con personajes como Epi y Blas, la rana Gustavo y Triqui (el Monstruo de las Galletas). En los años 80, creó la serie Los Fraguel (Fraggel Rock), que cumplió una función similar con una nueva generación de niños.

El éxito de sus programas televisivos permitió a Henson desarrollar en sus últimos años iniciativas más personales, en las que dio rienda suelta a su amor por los cuentos tradicionales, la mitología clásica y la literatura fantástica. Destacan las películas Cristal oscuro (1982) y Dentro del laberinto (1986). (Sin embargo, su último éxito de taquilla le llegó con un proyecto ajeno y muy distinto: Las tortujas Ninja, de 1990.)

En Dentro del laberinto encontramos a una adolescente, Sarah (Jennifer Connelly), que vive en un mundo personal, habitado por su perro Merlín, sus muñecos y sus pósters, maquetas y libros (entre los que encontramos clásicos como Alicia en el país de las maravillas, El mago de Oz y los cuentos de los hermanos Grimm).

Sarah está obsesionada por un libro llamado Laberinto, y fantasea que ella es la protagonista, una muchacha de la que se enamora el rey de los goblins (duendes), Jareth (David Bowie).
Cuando su madrastra la deja al cargo de su hermanastro, Toby, y descubre que este tiene su peluche favorito, Lancelot, Sarah se enfada tanto que intenta aterrar al bebé diciéndole que se lo entrega a los goblins para que se lo lleven lejos para siempre.

Para su sorpresa, los goblins cumplen su petición. Sarah, arrepentida, pide a Jareth que le devuelva a su hermano, pero el rey le dice que tiene trece horas para cruzar el Laberinto y llegar a su castillo. Si no lo hace, Toby se convertirá en un goblin.

En su viaje por el Laberinto, Sarah se hace amiga de varios personajes que le ayudan en su búsqueda. El traicionero Hoggle, un enano-goblin, trabaja para Jareth y debe llevar a Sarah de vuelta al comienzo del Laberinto para desanimarla, pero la bondad de la chica hace que vacile en su misión. En una ocasión traiciona a Sarah, entregándole un melocotón encantado que es en realidad una de las esferas mágicas de Jareth. Al morderlo, Sarah olvida quién es y cuál es su misión. Sin embargo, más adelante Hoggle se redime cuando acude en defensa de Sarah y sus amigos y se enfrenta al gigantesco guardián de la ciudad de los goblins.

Sarah recibe también la ayuda de Ludo, una criatura similar a un yeti, de apariencia temible, pero en realidad extremadamente amable, y la de sir Dydimus, un valiente perrillo que vigila el paso del Pantano del Hedor Eterno como si se tratase de uno más de los caballeros de la Tabla Redonda.

Como es lógico, al final Sarah cumple su misión, y derrota a Jareth, quien se siente traicionado por la muchacha: después de todo, dice, siempre ha actuado para complacer sus deseos.

El diseño del castillo de Jareth está inspirado en un dibujo del holandés M. C. Escher, que en su obra desafía la lógica, presentándonos, por ejemplo, dos manos que se dibujan la una a la otra, y un laberinto en el que cada tramo y rellano parecen tener su propia gravedad:


En la trama encontramos muchos de los elementos característicos de las historias sobre laberintos: el héroe que debe cruzar el Laberinto, el tesoro oculto, el personaje que traiciona a su señor y ayuda al héroe, el rey tiránico, señor del Laberinto, y el monstruo al que el héroe debe enfrentarse.

No se trata de una película perfecta, pero sí justamente inolvidable. En gran parte, su atractivo se debe a las paradojas que encierra: se trata de una película para niños sobre el fin de la niñez, una película que presenta temas intemporales, arquetípicos (a la Joseph Cambell; no es casual que George Lucas, devoto de este, financiara en parte el proyecto) con un fortísimo sabor de época (la película es ochentil a tope); y un fracaso comercial que ha demostrado después una capacidad de trascendencia muy notable, con secuelas como el manga Regreso al laberinto y homenajes como Mirromask, de Neil Gaiman.