martes, 30 de enero de 2018

Desánimo y lexicografía





Hay mucha gente que no entiende el propósito de los diccionarios. No están ahí para proponer una forma sana y políticamente correcta de hablar. Deben, sobre todo en el caso del diccionario de la Academia, recoger todo el vocabulario heredado y también el que se va incorporando en los últimos tiempos. Esto incluye términos tan odiosos como 'panchito', 'sudaca', 'feminazi' o 'judiada', y expresiones no menos penosas, como 'merienda de negros'.


El diccionario no es machista o racista por recoger estos términos (como no es pseudocientífico por recoger qué es el 'flogisto'). Los que los usan, seguramente sí. ('Seguramente', porque siempre cabe el uso oblicuo, irónico, etc.) Sin embargo, a la gente le mola la idea de que la Academia es un grupo de fachas misóginos que se refocilan redactando estas entradas. Es una forma barata de sentirse moralmente superiores. En realidad, revela una incomprensión total de lo que es la lexicografía. En sí, es una bobada, pero se suma a una corriente general que juzga todo sin entender casi nada, con parámetros fanáticos. Gente así pide que se retire 'Maus' de las bibliotecas o librerías porque aparece una esvástica en la portada. 'Maus', una obra maestra del cómic antifascista. 

Con esa gente (por no decir algo peor) nos toca vivir, y su poder va en ascenso. A mí me produce un enorme desánimo. Hay días que pienso que no merece la pena oponerse a la ola, que nos va a tragar sí o sí. Me gustaría decir que sigo luchando porque la rabia me impulsa, pero esos días, que van siendo más, es solo la conciencia del deber la que me obliga a hacer un comentario donde sé que no va a ser bien recibido, interrumpir un speech que a todo el mundo le está pareciendo de perlas para introducir un pero, poner pegas a la lapidación preventiva de alguien, etc. Alguien tiene que hacerlo, me digo. Pero a veces me gustaría no ser siempre yo.

viernes, 19 de enero de 2018

It's all too much (Robe Iniesta vs. Pablo Alborán)




IT'S ALL TOO MUCH

Esparcimiento cero

                Vivimos tiempos interesantes para la libertad de expresión. Siempre hemos sabido que la libertad de cada uno acababa donde empezaba la del otro. Pero la globalización ha producido un efecto de hacinamiento virtual que hace que ese espacio intermedio en el que uno podía extenderse, expandirse, esparcirse, se encoja drásticamente. A no ser que elijamos decir algo en la más estricta intimidad (y aun caben dudas de que eso siga existiendo: pues al final todo se sabe y se cuenta), se diría que hoy todo lo que decimos puede (y hasta debe) utilizarse en nuestra contra. Pocas eras han vivido con la intensidad de la nuestra el temor a pasarse, a dar un paso en falso que pueda ser inmediatamente capturado, quizá manipulado, y reproducido en cualquier caso viralmente hasta exponernos ante un jurado anónimo popular predispuesto a hallar cada día alguien de quien escandalizarse y a quien apedrear, hasta dejarlo exánime, sin empleo, sin prestigio, sin credibilidad, sin margen (en fin) de movimiento sino para pedir públicamente perdón por haberse salido de la raya. Una autocrítica que nos recuerda las que solía exigir el dictador Stalin a los que osaban discutir sus órdenes o no mostraban suficiente entusiasmo en sus elogios al líder.

                El humor es la víctima más inmediata de este recorte del espacio disponible para la libre expresión. Hoy, si una broma puede ofender a alguien, podemos apostar sin temor a equivocarnos a que ese alguien no solo se va a enterar enseguida, sino que además hará algo al respecto.  En su versión más brutal, ese algo puede ser poner una bomba en la redacción de una revista humorística o entrar en la misma con un arma y comenzar a disparar contra los 'chistosos'. Pero hay gente más sutil. A veces puede ser casi igual de efectivo declararse ofendidísimo en público (lo que antaño se llamaba rasgarse las vestiduras) y exigir a las autoridades (o a los jefes del chistoso) que respondan del mal gusto y el atrevimiento del chiste. Si no hacen nada, los ofendidos podrán declarar que el Gobierno y las leyes no protegen debidamente sus sentimientos, que reírse de lo que para ellos es sagrado sale gratis, que quizá ya no sientan obligados a respetar las leyes de una sociedad que no los respeta. Si el chistoso trabaja para un medio de comunicación, una editorial, una casa de discos, se podrá amenazar con un boycott que quizá no acabe de la noche a la mañana con la empresa, pero le hará perder anunciantes y usuarios, adquirir una mala publicidad, una mala imagen, un mal karma, que con toda certeza no desean.

                Pero después del humor, y con él, cae el arte. De repente, sentimos cómo han envejecido y perdido casi todo su vigor las ideas que desde el romanticismo proclamaban al arte libre de obligaciones con cualquier otra cosa que no fuera la belleza y la expresividad. Como en la Ilustración, ahora a cada obra de arte se la juzga por sus consecuencias, por su efecto sobre el público. Esto podría ser justo si se valorara una obra teniendo en cuenta, en primer lugar, los beneficios que puede aportar a un receptor idóneo, adecuado. Por ejemplo, si una obra es irónica, podríamos juzgarla por el placer que provoque en aquellos que son capaces de entender y disfrutar su ironía. Pero esto no es así. La nueva premisa es que hay que juzgar una obra, en gran medida, por su efecto sobre aquellos incapaces de entenderla. Así, dará igual que tú hayas dicho algo en broma, si alguien se puede ofender creyendo que lo has dicho en serio (y, si cree eso, no va a cambiar de opinión porque le digas que bromeabas; pensará que al quitarle hierro solo intentas eludir tu responsabilidad). Tampoco importará, por ejemplo, que si tu obra contiene (un suponer) una apología del crimen, el terrorismo o cualquier otro horror cierto o percibido como tal, estas palabras reprobables estén puestas en labios de un personaje, y no se pueda por tanto creer automáticamente que lo que está diciendo este es lo que piensa el autor. El acusador dirá que al poner lo que piensa en boca de una marioneta creada por él, el autor intenta despistarnos, como si no fuera evidente que esas palabras se le han ocurrido a él y que ha sido él quien las ha puesto por escrito o las ha dicho. Peor aún: el acusador nos dirá que él, si se pone, es capaz de distinguir entre lo que piensa el autor y lo que piensan sus personajes, pero que no todos los lectores son capaces de tal sofisticación, y hay que tener en cuenta el daño que pueden sufrir estos lectores ingenuos si se toman al pie de la letra lo que el autor ha escrito en su obra. 

Y, sin embargo...

                Y, sin embargo, no siempre ha sido así, ni siempre pensamos de este modo, penalizando la osadía de aquel que va demasiado lejos. De una obra magnífica (una gran película, una gran canción, una improvisación en la que un rapero se come a su rival y al mundo) seguimos diciendo que se sale. Percibimos entonces el exceso como excelencia: y, por contraste, nos damos cuenta de hasta qué punto eran previsibles y aburridos los que se habían limitado a darnos más de lo mismo, a apostar por lo seguro, a mantenerse dentro de lo aceptable. 

                Aceptable es lo que un profesor pone en un examen o un trabajo que tiene un pase, que no está del todo mal —pero que, desde luego, no tiene nada notable ni sobresaliente. La etimología no miente: es imposible ser notable sin ser un notas, ni sobresalir sin llamar la atención y extenderse en ese discutido espacio entre uno mismo y los demás. 

                Comparemos, por ejemplo, dos canciones de amor, una de Extremoduro y otra de Pablo Alborán. En la del segundo, dice el cantautor (o cantante melódico) a su chica que

Has volcado mi universo
y con un solo beso has parado mi tiempo.
Canta por dentro un corazón que late muy lento
cuando estoy sin ti.

                Ella no está, él la echa de menos. La cosa se podría haber dicho, desde luego, de maneras aún más predecibles (sin ti la vida no tiene sentido, si no estás siento que no estoy vivo, mi vida empieza cuando tú estás y un largo etc.). Que su corazón lata más lento si ella no está tiene sentido sin ser una cosa enteramente obvia. Que, ya de paso, cante por dentro, por fuera o por los bordes no es una imagen muy novedosa que digamos: en 1968, John Lennon, en parecidas circunstancias (a miles de kilómetros de su amor, Yoko, en la India; y a muchos años de distancia de su madre, muerta cuando era un niño), se acordaba de esta metáfora del corazón cantarín y la rechazaba por manida y falsa, como un ideal que nunca se cumple: when I cannot sing mi heart, nos dice, I can only speak my mind (Julia). Y lo preferimos.

                Ahora veamos cómo expone Robe Iniesta este mismo sentimiento de anonadamiento del amante abandonado:

Sin patria ni bandera,
ahora vivo a mi manera;
Y es que me siento extranjero,
fuera de tus agujeros.

Miente el carné de identidad:
tu culo es mi localidad.

                Tu culo es mi localidad es abiertamente grosero. No se lo vamos a aplaudir. Pero en me siento extranjero / fuera de tus agujeros esa misma grosería aparece purificada por el ingenio. El tipo logra ser a la vez cochino y tierno, cínico y emotivo, coloquial y conceptista. 

                Iniesta puede ofendernos, pero si le pillamos el punto, la gracia, si aceptamos su propuesta estética, nos dice algo que no le hemos oído o leído antes a nadie, en una forma que es también sorprendente, fresca. Por contraste, Alborán se mueve en un terreno de metáforas de éxito tan garantizado como parcial: esos besos que paran el tiempo, esos universos volcados y esos corazones cantarines a medio tiempo forman todos un imaginario que tenemos la sensación de haber recorrido infinitas veces desde que empezamos a escuchar canciones románticas. 

                Incluso los pequeños desvíos que vuelven sus letras un poquito mejores que las de otros cantantes azucarados no sabe uno si resisten un escrutinio más exigente. ¿Tiene mucho sentido volcar un universo? Dicho así, parecería que ese universo es un brick de zumo o algún otro tipo de recipiente cuyo contenido se vuelca por error, o bien un volquete de esos que se utilizan para acarrear escombros; cuando seguramente de lo que se trataba era de darle un vuelco a ese mundo, dejarlo patas arriba y cabeza abajo, cambiar totalmente los valores y las prioridades del enamorado. La expresión, más que apartarse del tópico, es meramente rebuscada, y ese rebuscamiento no añade ningún matiz interesante a la idea: parece solo una fórmula perezosa para expresarla en pocas palabras, sin partirse mucho la cabeza con el metro o la rima, sacrificando a cambio la propiedad del idioma, aquella manera de hablarlo con fluidez y elegancia que llamamos ser idiomático. A lo peor, se trata sencillamente de decir algo que suene bonito. Y no hay cosa tan alejado de lo hermoso como eso: lo que suena bonito

                No hay arte sin atrevimiento. Tanto si pensamos que el acierto artístico consiste en decir cosas nuevas como, más modestamente, en decir las de siempre de otro modo, lo cierto es que al arte necesita adentrarse en lo otro para encontrar allí lo que no se nos da ya hecho, lo que aún queda por decir, por intentar. Traerlo aquí, al mundo de lo que se puede decir y ver, siempre es un riesgo: lo que allí parece oro puede y suele transformarse en plomo aquí, a la luz del día. Ponerle encima aduanas a ese proceso, hacerle pasar al artista un control de alcoholemia y buenas costumbres cuando vuelve del abismo con mercancía nueva es feo y, en el fondo, es irresponsable. Porque si alguien no abriera de vez en cuando las ventanas y dejara entrar aire nuevo (y con él, el frío), hace tiempo que habríamos muerto todos de un cálido y seguro aburrimiento.

jueves, 11 de enero de 2018

A los cuentos de niños se les cambia el final


Una reflexión, a partir de algo que todo el mundo sabe: lo que conservamos del arte del mundo antiguo, tanto griego como latino, es una mínima parte de lo que fue. De algunos de los textos que más nos gustaría leer, como los poemas de Safo, conservamos
apenas retales. Lo que quizá no es tan obvio es que quienes quemaron esos textos, derribaron las estatuas, saquearon los templos y los museos, pensaban (como ahora los del ISIS) que nos estaban haciendo un favor a todos al eliminar una cultura injusta e inhumana de la que no habría razón para echar nada de menos. Se sentían parte de un cambio a mejor inevitable que acabaría con lacras como la esclavitud, se estaban vengando de quienes los habían tratado como inferiores, azotado, marginado; sentían un placer físico al ver arder los textos que no contenían sino mentiras e inmoralidades. Amenábar lo cuenta muy bien en Ágora. Con esa purga de lo antiguo comenzaba un mundo nuevo, presidido por el Evangelio, donde todos vivirían en paz y serían hermanos. ¿Les suena? No hay barbarie que no comience así, motivada por la lucha contra cierta injusticia previa, cargada de superioridad moral, desdeñosa de cualquier valor artístico o moral en las creaciones del enemigo. ¿Los genios de la filosofía o la literatura grecolatina? ¡Paganos, esclavistas, adoradores de ídolos! Cualquier escritorzuelo cristiano se sentía superior a ellos, porque él sí que era una buena persona que llevaba una vida recta y dedicaba sus esfuerzos a hacer el bien. De este modo desapareció, o casi, la civilización más brillante del mundo, de la que aún mana en gran medida lo que de bueno haya en la nuestra. Anegada por el rencor, la venganza y una superioridad moral que no tardó en demostrarse completamente ficticia.


No todo se destruyó, claro. A veces los materiales eran salvables, reutilizables.Todo era cuestión de cambiarles el fin... Se citó a los filósofos y a los poetas si se pensó que la verdad se exponía mejor refutando el error, o que cambiando aquí y allá (a Dionisos u Orfeo por Cristo, por ejemplo; a Venus por María), sin complejos ni consideraciones, se podían reorientar los atisbos que de algo bello y bueno hubiera en ellos, sustituyendo eso sí lo errado, lo moralmente inaceptable, por elementos conformes a la nueva sensibilidad. ¡Bien está lo que bien acaba!

No solo se destruyó, pues. También se adulteró, se faltó sistemáticamente al respeto a la integridad de las obras de los artistas y pensadores de antaño. Todo desde una conciencia limpísima. Desde el orgullo de estar mejorando lo que los otros no habían sabido hacer debidamente, víctimas como eran de su cultura inmoral y atroz.

Con este preámbulo creo que se entenderá bien lo que yo pienso y siento cuando me hablan de retirar cuadros de los museos o ponerles un cartelito infamante que avise que se trata de arte degenerado; dejar de ver las películas de tal o cual autor, una vez que un jurado popular lo ha declarado 'monstruoso' a través de las redes sociales y la prensa prensada; cambiar el final de las obras para que se ajusten a lo políticamente correcto y den buen ejemplo a los niños; y demás ocurrencias salvíficas para mejorar el mundo, comenzando por los infectos dominios de la cultura.
 
 

sábado, 8 de julio de 2017

Qué profunda distancia


Hace tiempo que no traigo música (o cualquier otra cosa, por lo demás) por estos pagos. Hoy ha venido a verme esta canción cientovolandera, una de las primeras que hice, y ha pedido nuevo arreglo. El resultado reúne muchas cosas que me son queridas: en particular, la melodía de flauta del arranque, tan juguetona ella, que es danielera, y la melodía central de la cuerda y la flauta, que es alfonsí (lo mismo que la idea de hacer canciones en modos medievales, en este caso en eólico —aunque hay un momento pop, muy sesentero, en que el acorde de cuarta torna menor).

El ritmo, en cambio, es de estos años. He intentado reflejar en el acompañamiento el juego de la clave de 2 + 3, pero no sé si se apreciará :)

Hela.

jueves, 29 de junio de 2017

Scherzo finale (Aker)

Buscando poemas en tercetos irregulares (o que resulten tales si se les considera desde la regla errada),  doy con este poema del maestro Aker, incluido en el libro manuscrito inédito al que alguna vez se refirió como Escrito para los perros:



sábado, 29 de abril de 2017

Cuando un desconocido te regala flores, eso es...



¿Impulso? ¿Acoso? ¿El inicio de una hermosa amistad? Todo es posible. 

El cuelgue por alguien a quien te encuentras en un espacio público, y que te atrae de manera exagerada, incomprensible (no lo conoces, no tienes ni idea de si sois compatibles; pero tampoco se trata solo de una atracción sexual: se fantasea más bien con la posibilidad de un gran amor) es uno de los grandes temas de la literatura —sin duda porque también es una experiencia frecuente, común y extraordinaria al mismo tiempo. 

Como es una situación de partida tan abierta, caben todas las posibilidades y ramificaciones. Empecemos por la más chunga: el enamorado enamoradizo (lo hago masculino, aunque no es imprescindible; de vez en cuando, denle la vuelta a los sexos en lo que sigue y verán que no se vuelve absurdo) puede acabar siendo un psicópata que rapta a su presunta media naranja y la guarda en un cobertizo para que, llegando a conocerle, ella también se enamore de él. 

Sin embargo, puede que suceda algo bien distinto: que ni él se atreva a dirigirle la palabra, ni ella se dé cuenta de su atención, y sin embargo él viva lo que le resta de existencia convencido de que aquel encuentro cambió su vida. 

André Breton, al que le iban mucho estas cosas, decía que la característica de estos encuentros es que en ellos se anula la antinomia entre destino y azar: si fueron azarosos, resultaron sin embargo decisivos, tan significativos como el punto en que un escritor hace girar a su personaje; y si fueron obra del destino, tenían sin embargo la ingravidez encantadora de lo imprevisto.

Luna Miguel recuerda en un artículo un poema de Baudelaire, A una transeúnte, que nos ofrece una de las variantes posibles de esta situación: el poeta queda deslumbrado por una bella desconocida, siente que podría haber llegado a ser su gran amor —y siente que ella se ha dado cuenta de que él siente eso. Pero ella desaparece entre la multitud, y solo queda el amor de él, privado ya de referente real, y el poema que lo salva del olvido. 

Creo que puede estar bien recordar otros ejemplos: Petrarca enamorándose para siempre de Laura tras verla fugazmente; Vinicius de Moraes escribiendo A Garota de Ipanema a esa bella desconocida que se dirige sonriente a la playa y que no se da cuenta de la admiración que provoca en el poeta (ni él, en ese momento, se la hace saber).  

Fonollosa, ese enorme poeta descubierto a última hora, le dedicó también una vuelta de tuerca al tema, que cantó así de bien Albert Pla:

Pobre muchacha hermosa apresurada
que deprisa vienes hacia mí al cruzar la calle
y te pasas por mi lado sin saber que yo,
que yo soy la razón de tu existencia.
Tú ni siquiera me ves, yo te sonrío
y admiro tus cabellos y tus piernas y tu culo;
tú estás tan buena, yo te haría tan dichosa
pero tú, tú te lo pierdes con tu prisa.
Tú estás tan buena, yo te haría tan dichosa
pero tú, tú te lo pierdes con tu prisa.
Pobre muchacha hermosa apresurada,
pobre muchacha hermosa apresurada.



Pero probablemente su manifestación más ingenua y explosiva sea esta canción de McCartney, que está entre sus mejores:

Acabo de ver una cara, no logro olvidar
el tiempo y el lugar donde acabamos de encontramos,
ella es la chica perfecta para mí
y quiero que todo el mundo vea que nos hemos encontrado. 


Aunque tampoco está nada mal (y con ella cerramos) la versión de la historia desde el punto de vista femenino que nos ofrecen Shelly y la Nueva Generación: girl gets met, podríamos decir:


Estaba paseando, estaba sola. 
Con el vestido nuevo que llevo ahora. 
Mas nadie me miraba y estaba triste,
la niña más feúcha ellos hacían sentirme. 

Andaba por la calle sin rumbo fijo. 
De pronto, entre la gente surgió aquel chico. 
Dijo que estaba linda con mi vestido, 
vestido azul, del color que tiene el mar;
vestido azul, en un día primaveral. 

Hablamos mucho tiempo 
de nuestras cosas; 
pasaron enseguida 
algunas horas 
Pronto llegó el momento 
de despedirnos 
y solo con mirarlo 
supe que era mío 

miércoles, 26 de abril de 2017

Paso a paso, la vida (Antonio del Camino)





Ayer martes tuve el placer de presentar junto al autor en la Fundación Concha el nuevo libro de Antonio del Camino, Paso a paso, la vida. Esto es más o menos lo que acerté a decir sobre este libro, una obra tan contenida como intensa, cuya lectura recomiendo encarecidamente. Mil gracias a Carmen, la esposa de Antonio, por la fotografía.  


Paso a paso, la vida

Tenemos la suerte, querido público, de encontrarnos aquí esta tarde, en compañía del talabricense Antonio del Camino, que presenta hoy entre nosotros su duodécimo libro de poemas, Paso a paso la vida. (El número alcanzado supone un aliciente especial para su siguiente trabajo, que sin duda andará ya cocinando.) Y es que, en verdad, como cantan Pata Negra, pasa la vida. De ahí la importancia de encontrar algo digno que hacer con ella. De eso se trata esta tarde: de hacer tan grata y provechosa como sea posible nuestra estancia en este lugar; y de eso, de mantener el equilibrio en el traqueteo incesante que es la vida, trata también el libro que viene a nuestro encuentro.  

Se trata, en efecto, un libro íntimamente ligado a la experiencia de la vida, del paso del tiempo. No es, sin embargo, un libro biográfico al uso: aunque no faltan en él evocaciones de la infancia, estamos ante un libro escrito desde y para el presente. (De hecho, si aparece la infancia es sobre todo en calidad de recuerdo, de pasado que se hace presente, de forma a veces inquietante.) Quizá cabría (Antonio nos lo dirá) entenderlo como un diario no de lo que al poeta le pasa, sino de los sucesivos estados de ánimo que esos aconteceres provocan en él, y del balance de lo vivido que cabe hacer desde cada una de sus situaciones. No me refiero a nada divagatorio ni abstruso, sino a realidades tan cercanas como tremendas: por ejemplo, lo que sucede cuando llega, una vez más, tu cumpleaños, sin chuches ni vainilla; o cuando uno se sienta a celebrar en familia las fiestas y es inevitable observar que de la última vez a esta se han producido tres bajas. 
Dado que el libro no contiene una biografía al uso, quizá sea obligación de quien les habla ofrecerles una, que será necesariamente breve, aunque para ello tenga que resumir con cierta violencia una vida rica en sucesos y, sobre todo, en obras. Como sin duda son Vds. buenos observadores, saben ya lo esencial: Antonio es un autor de largo recorrido, reincidente e inasequible a la fatiga (este, hemos dicho, es su duodécimo poemario; ha publicado también libros de otros géneros; y practica también la escritura en la Red, en su blog Verbo y penumbra). Podemos precisar un poco la longitud de ese recorrido: nace en Talavera de la Reina en 1955, comienza a escribir en la adolescencia y publica sus primeros textos en la década de los 70, en la fértil veintena. Son de entonces sus libros Segunda soledad  (Premio Rafael Morales de 1979) y Donde el amor se llama soledad (1981). Este primer período culmina con la publicación a sus 30 de Del verbo y la penumbra (1985), un título memorable que mereció un accésit del Premio Adonais y que, como hemos visto, tiene un feliz eco en el nombre del blog que mantiene actualmente.

Le sigue a este período de actividad pública otro de relativa calma o oscuridad, en el que sigue escribiendo con la misma autoexigencia, pero opta por la autoedición, primorosamente artesanal. A comienzos de milenio, participa con su alter ego Miguel Ardiles en una curiosa aventura digital, la página web argentina poesia.com, en cuyos foros monográficos de sonetos y décimas vinimos a coincidir los dos por primera vez, junto a otros amigos, como Alfredo J. Ramos o Luisa Arellano. Se trata, sin duda, de un accidente; pero de un accidente feliz que obedece a un interés común por las formas métricas citadas, un interés que en su momento bien cabría definir como underground o soterrado, pues se producía en un panorama que, en la medida en que la propia página poesia.com lo reflejaba fielmente, estaba dominado por formas de expresión presuntamente más libres o modernas. (Sobre esto, si les parece, volveremos en un momento.)

Tras años de intenso trabajo en la Banca, llega su jubilación y, libre de compromisos laborales, Antonio vuelve a circuitos más amplios de difusión de su obra (es decir, a la ‘heteroedición’, si me permiten el palabro) con la publicación en LF Ediciones de Para saber de mí, un libro espléndido a cuya presentación en esta misma Fundación Concha tuvimos el placer de asistir en 2015. Le sigue el libro que nos convoca hoy, Paso a paso la vida, un libro que acaba de aparecer el mes pasado, pero del que ya podemos encontrar reseñas elogiosas en la prensa escrita y en la Red. Elías Moro nos ofrece una estupenda desde la propia solapa del libro: escribe allí que 

En un libro honesto (escrito «con la sobria belleza del olivo» y la hermosa «aspiración al silencio») de tristeza y gozo, de afanes y deseos, de cotidianeidad y memoria, el poeta desgrana el paso de sus días como trasunto también de los nuestros . De su lectura, nos asegura Elías Moro, y corroboro yo, saldrá el lector aparte de incólume, más sabio y limpio.

Hace un par de semanas, el 13 de abril, aparece en el blog Fuente de papel, de José Luis Morante, una reseña también elogiosa. Entre otras cosas de interés, Morante adscribe el libro a la tradición de la poesía meditativa y señala su distanciamiento radical de la poesía hermética, confusa e ininteligible que todavía algunos siguen considerando avanzada o moderna. Es una reseña perspicaz y muy bien escrita, que nos recuerda que la crítica de libros, en buenas manos, es en sí misma un género literario de primer orden.
Hace tan solo tres días, el 22 de abril, se publica en ABC (un diario cuyas páginas culturales gozan de merecida fama; quizá no tanto algunas otras) una reseña de Alfonso G. Calero, Tres hondos poetas de hoy, en la que escribe sobre el libro que nos ocupa que se trata de 

un libro hondo, sencillo, natural, que destila una filosofía cotidiana sin más artificios que los propios de la vida: el tiempo, el dolor, los pequeños placeres... y nos propone una serie de reflexiones sobre ello en un lenguaje claro, que discurre como el agua de un río. (...) Un libro lleno de sabiduría y auténtica poesía humana.

A poco que los comentaristas citados hayan estado acertados, ya ven Vds. que Antonio es un autor que exige poco o ningún intermediario en su comunicación con el lector. Dado que no es preciso explicar a quien se explica estupendamente solo, si algún papel nos toca a los que lo presentamos es lanzarnos a formular a calzón quitado los elogios que él, pudoroso y modesto  por naturaleza y por posición, no puede ni debe verter. 
Hay algo, sin embargo, que sí siento necesario hacer y es contribuir a deshacer dos malentendidos que no sé hasta qué punto se dan o no, pero que resulta en cualquier caso placentero combatir.

El primero tiene que ver con la libertad creativa del poeta. La formulación del verso libre vino, por oposición, a configurar el fantasma de un verso siervo u obediente a convencionalismos más o menos burgueses o antañones. Don Antonio Machado vino ya a resolver esta impostura cuando escribió aquello de:

Verso libre, verso libre...
Líbrate, mejor, del verso
cuando te esclavice.

La poesía de nuestro Antonio es un ejemplo señero de lo que yo entiendo que es la obra de un autor libre, en el sentido métrico: es decir, de alguien que tiene libertad para elegir entre los diversos registros y formas porque se ha familiarizado debidamente con todos ellos: es igualmente hábil con el soneto (clásico o isabelino), la décima, el romance o el haiku que con el verso blanco, sin rima (pero no menos rítmico por ello) o la prosa poética. 

Dado que se ha hablado mucho de la claridad de sus versos, quiero también deshacer el posible equívoco de que lo que encontramos en este libro tenga algo que ver con la línea clara, lúdica y culturalista a su manera, defendida en los últimos decenios por Luis Alberto de Cuenca. La claridad a la que nos referimos nos remite, me parece, a otra tradición, a otras fuentes, más sobrias y hondas: si en el fondo de la misma podemos distinguir a Fray Luis, ese excelente poeta meditativo, más cerca de nosotros y de Antonio tenemos a su tocayo Machado y a Pedro Salinas, cuya fidelidad a la propia voz resuena a menudo en los versos de este libro; e incluso a Blas de Otero, aquel poeta que, como Antonio, un día bajó a la calle y comprendió. (Antonio, puntualicemos, no baja a la calle: sale a la misma; pues, como ha ido quedando claro, no vive en las alturas, en una torre ebúrnea —sino a pie de calle.)

La poesía de nuestro autor es meditativa, sí, pero también civil, agnóstica y estoica: si algo queda claro en ella es que el poeta no acepta ninguna golosina del Otro Mundo y se atiene con limpieza a lo que vemos, a lo que hay: el paso del tiempo y la oportunidad de salvar a través del verso algunas de las experiencias y sensaciones vividas (Cuanto escribo me salva ante mí mismo Tempus fugit; y lo que escribe es siempre un testimonio veraz de lo que vive: Un verso que actúa de testigo Ese testigo). A esta exigente transparencia le acompaña una gran felicidad verbal, que le lleva a formular estas verdades eternas de forma memorable. Por ejemplo, cuando escribe (en Anunciada derrota) que

En la larga batalla que la vida propone
solo hay un vencedor, y ese es el tiempo.

Por último, me parece también significativo que un repaso a su blog nos deje ver que los autores a los que ha dedicado más espacio son sus propios contemporáneos, autores vivos y presentes como Francisco Castaño, Pedro Tenorio, Alfredo J. Ramos e Hilario Barrero. Siento que a Antonio le hace feliz formar parte de esa hermandad de poetas vivos, que no muertos, y estoy seguro de que esa hermandad está abierta para incluir también a cualquier lector que acepte el envite que hoy nos plantea con este libro lúcido, abierto y sereno.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Hasta luego, Isabel Escudero



Ahora que todo el mundo saquea el artículo de Wikipedia sobre Isabel para sus necrológicas, no puedo evitar sonreír cuando llego a la parte que dice 'en colaboración con García Calvo intervino en numerosos foros'. La sonrisa es porque yo escribí esa frase —que en su redacción original, luego atemperada, decía: 'En colaboración, no siempre apacible, con Agustín García Calvo'. Y en ese 'no siempre apacible' se resumía también mucha verdad de aquel amor de tantos años, dialéctico y guerrero, indomable y cabezón. Pienso que es esa guerra la que la muerte no podrá dar nunca por concluida a ciencia cierta. Que las cosas de ambos, y las de entrambos, seguirán dándonos guerra, levantándonos de la cama para coger la guitarra, tirándonos de la lengua, haciéndonos llorar y meditar y descreer como solo ellos sabían. Que nunca nos deje, amigos, su compañía siempre cordial —pero casi nunca apacible.

domingo, 5 de febrero de 2017

Materiales para la Bestia (perfil A)


Para Ana Vera

Esta cerveza bruja
por cuyos ojos pasan veloces sostenidos,
pelícanos de fondos egresados
desde el hondo bocanal del plenilunio
grandes grandes son los hechos de san Juan y san Fermín
gres un poco de gres
la casa se hunde entre nubes de incienso basáltico
y soy esa propiedad vagamente intransitiva de los mares
cuando perfuman de ignorancia su malvada arqueología

férreas como truenos de un material doméstico
las densas alteridades de un señor en caras vivas
que persigue su propia valencia sobre el cielo incandescido

blanco será mi nombre cuando tú llegues a pronunciarlo:
lejos de mí estaremos cuando me beses con tus acequias
de nieve donde la e no arrastraría sus vanos prejuicios
sin aprehender en sus ijares un breve esputo de terciopelo

tendrás todos los nombres que necesites para llamarme
cuando las costras de los heridos hagan un árbol entre tus brazos
y un hombre de fin del muro diga verdades como alhelíes
o vértigos de Dante mientras divisa zonas de Laura

quién digo quién es autómata
si las flores arteras reposan su polen
sobre el costado límpido de un fresco atardecer
en que las cosas son casi de queso

helados bajo costosas expediciones a la cocina
alados miserables volvemos
hasta la voz de infinita luz que nos deja probar el tiempo
que atesora diamantes planos y asimetrías
como un delicioso sirope de manos introvertidas

probad probad tendré las energías suficientes
para sudarme un hueco entre las olas del verano
que llega buceando como un festín de cobre
como un mármol muy dado a la bebida de anagramas
o un sátrapa del Santo Corazón de la Gangrena

hemos ganado y hemos perdido pero no te hagas ilusiones
tú no jugabas
tus túmulos festivos daban gracia a los nenúfares
del cielo consternados por plegarias hidroeléctricas

uno más uno es el grave
y yo soy su perdido sobrino
comida para el búfalo de sangre imperdonable
amigo de los músculos que sueñan en la piel

nunca jamás me tendrás en tu lista
de aceleradas partículas, verbos a partir de boca
y cocacolas que dejan sentir un chispazo cetrino

airadas eléctricas lindas reservas
como si un banco de hielo portátil abriera los ojos
hasta tocar el sabor espectral de tus blancos peligros
entre penínsulas hechas de pluma de ferrocarril

tilos y amigos que sirven su voz en pequeñas palabras
como la vida qué suerte eso es guay nos veremos muy pronto
pero qué ojos nos van a servir eso ya no se sabe.

la incertidumbre esa amiga propensa a quedar en un verso
sin que uno sepa si habrá de venirle ocasión de encontrarlo
sin torcer algún rincón equivocado
que nos lleva de vuelta a Santa Siempre

es difícil perderse: llegar es lo fácil
hasta el tazón de terrible obviedad que ilumina las clases
donde explicita su argucia veloz el arcángel taimado

"Sócrates Sócrates Sócrates Sócrates Sócrates Sócrates"
un silogismo de tenso cristal en los verbos barbados
que hacen del ocio sintáctico un modo fugaz de morirse
sin esperar a que llegue la cita en materia indeleble

Hemos grabado una letra en los pliegues del miedo:
cuando miramos su eclipse sentimos a veces
el fraternal revolverse de un gato en fondo del circo
donde se juega con pocas palabras y zarzas contadas

mazas más hace una taza de té que un gobierno en Bruselas,
más un mojón de hachís que la Biblia en versión ilustrada
por el pequeño regato de añil que acompaña a los muertos
cuando atraviesan la lápida gres del pequeño terrado
para venir a dormir en las venas repletas de sueño
de los que bajan guiñando un doblón en sus ojos abiertos

mucho habría que morir para poder tocar el tiempo
ese niño de cristales que hacen noche como el plomo
en cañerías donde cada luz es un destello

almenas san Juan en vestido de noche fumándose un verso
de la versión del Cantar de Cantares del sabio fray Luis
mientras espera le hiera el señor de los tiempos perfectos

en torno al mar el filtro de las horas no conoce
maneras compatibles con lo próspero del censo
cuando atraviesa páginas de fresca yema abierta.

lunes, 2 de enero de 2017