lunes, 17 de septiembre de 2007

Ya burlaron la muerte


En su Canción urgente para Nicaragua, incluida en su disco de 1982 Unicornio, el cantautor cubano Silvio Rodríguez nos habla del triunfo del Frente Sandinista de Liberación Nacional (que en 1979 se hizo con el gobierno del país, dando fin a la tiranía del dictador Anastasio Somoza) y de tres de sus héroes, los revolucionarios Simón Bolívar, Augusto César Sandino y Ernesto Guevara, el Che. La letra dice así:

Se partió en Nicaragua
otro hierro caliente
con que el águila daba
su señal a la gente.

Se partió en Nicaragua
otra soga con cebo
con que el águila ataba
por el cuello al obrero.

Se ha prendido la hierba
dentro del continente.
Las fronteras se besan
y se ponen ardientes.

Me recuerdo de un hombre
que por eso moría
y que, viendo este día
como espectro del monte,
jubiloso reía.

El espectro es Sandino,
con Bolívar y el Che ,
porque el mismo camino
caminaron los tres.

Estos tres caminantes,
con idéntica suerte,
ya se han hecho gigantes,
ya burlaron la muerte.

Ahora el águila tiene
su dolencia mayor:
Nicaragua le duele,
pues le duele el amor.

Y le duele que el niño
vaya sano a la escuela,
porque de esa madera
de justicia y cariño,
no se afila su espuela.

Andará Nicaragua
su camino en la gloria,
porque fue sangre sabia
la que hizo su historia.

Te lo dice un hermano
que ha sangrado contigo;
te lo dice un cubano,
Te lo dice un amigo.


De un texto tan comprometido con las circunstancias históricas (y, por tanto, tan emocionante como discutible, según compartamos o no las posiciones políticas del autor) nos interesa ahora, paradójicamente, lo que hay de intemporal, y hasta de ancestral, en la presentación del héroe y el villano.

Sobre el villano, apuntemos sólo que Silvio Rodríguez no lo presenta directamente, sino a través de un símbolo: un águila que actúa como un ser humano y trata al pueblo como ganado, marcándolo a hierro y jalándolo del cuello con una soga tramposa. Por el contexto, no es difícil descifrar a quién se refiere, pues el águila aparece en el Sello Oficial de Estados Unidos:



En la canción, las flechas que el águila sostiene en su garra izquierda se convierten en hierros ardientes, y las ramas de olivo que lleva en su derecha se transfiguran en sogas con cebo. Pensados como emblemas de poder (las flechas) y paz (las ramas de olivo), se transforman aquí en armas de opresión y sometimiento.

Que el villano al que se enfrenta el héroe tome la forma de un animal prodigioso, dotado de inteligencia humana, es, como veremos, muy habitual en los cuentos, mitos y leyendas: el águila tiene aquí la función que otras veces ejercen la serpiente, el dragón o algún otro monstruo.

Lo que más nos interesa, sin embargo, no es la presentación del villano, sino la del héroe. Augusto César Sandino fue un revolucionario que a finales de los años 20 e inicios de los 30 luchó contra Estados Unidos y contra la oligarquía que dominaba Nicaragua. Fue asesinado en 1934, y en ese mismo año comenzó la dictadura de Anastasio Somoza, que duró hasta 1956. Sus hijos Luis y Anastasio heredaron el poder, y este último, tras la muerte de Luis en 1967, se mantuvo como dictador hasta 1979.

Por tanto, en el momento del triunfo del Frente Sandinista (que toma de él su nombre), Sandino lleva muchos años muerto. Objetivamente, su vida fue un fracaso, pues murió a manos de sus enemigos, que a continuación tomaron el poder.

Sin embargo, Silvio Rodríguez no nos presenta a Sandino como un muerto que no siente ni padece, sino como un espectro que asiste desde el monte al triunfo de la revolución y ríe jubiloso (haciendo buena la advertencia tradicional: quien ríe el último, ríe mejor).

Abundando en esta visión del héroe como un fantasma dotado de vida sobrenatural, la canción sigue explicando que Sandino marcha junto a Bolívar y el Che Guevara, y los presenta como tres caminantes que han seguido una misma senda (una senda metafórica: el camino de la Revolución), y que por ello han recibido un don singular: burlar la muerte y volverse gigantes.

Ahora bien, resulta que esta visión del héroe como un difunto anómalo y rebelde, que no muere del todo, sino que permanece presente como un fantama en los lugares donde vivió y murió, se corresponde exactamente con la visión de los héroes que tenían los antiguos griegos, que fueron los creadores de la palabra héroe.

En griego, una de las acepciones de héroe (y probablemente la más antigua) es la de revenant, un muerto que torna a la vida (o, visto de otro modo, no acaba de morir del todo). La visión de este muerto redivivo solía causar pánico. Los que lo veían solían morir de miedo, o eran asesinados por el fantasma. Por tanto, no puede extrañarnos que su vuelta no fuera mejor recibida que la de otros no-muertos (como el vampiro o el zombie).

Como matar a quien ya está muerto plantea importantes problemas técnicos, la estrategia más común ante los héroes era intentar darles lo que necesitaban. Después de todo, si el difunto no descansaba en paz era porque tenía algo pendiente, por resolver. En muchos casos, se trataba de una injusticia: había sido asesinado (como Sandino), o se le negaba el reconocimiento que merecía por las hazañas realizadas durante su vida.

Para complacer al héroe descontento, los habitantes de la localidad en que había muerto solían levantar un templo (muchas veces, también una estatua) y hacerle ofrendas. Lo trataban, pues, como a un dios. Un dios menor, o, como suele decirse, un semidiós.

Una vez aplacado, el héroe pasaba de enemigo de la comunidad a protector de la misma. Se celebraban sus hazañas y se le hacían sacrificios. (En ocasiones, incluso, sacrificios humanos. A algunos héroes se les entregaban hermosas vírgenes para que se unieran con ellos. El fantasma del gran Aquiles, por ejemplo, exigió que los griegos llevaran a su tumba a la princesa troyana Políxena y le dieran allí muerte.)

Como vemos, la conducta del héroe-fantasma se parece a veces mucho a la de un dragón o brujo malvado: un ser con poderes sobrenaturales que chantajea a la comunidad, y se lleva cada cierto tiempo lo más preciado de ésta (una joven princesa, el hijo del rey…) a cambio de respetar las vidas de los demás lugareños. De ahí que encontremos historias en las que el héroe-difunto es el villano, y otro héroe (vivo) tiene que enfrentarse a él.

El historiador Pausanias, que recogió muchas leyendas locales del folclore griego vivas en su época (el siglo II antes de Cristo) nos cuenta lo siguiente:
Dicen que Odiseo, tras la toma de Troya, fue llevado por los vientos a varias ciudades de Italia y Sicilia, y llegó también igualmente a Temesa con sus naves. Y que allí uno de los marineros, borracho, forzó a una doncella y fue apedreado por los del lugar por ese crimen. Odiseo, por su parte, no teniendo en nada la pérdida de éste, partió, pero el fantasma del hombre apedreado en ninguna ocasión cesaba de matar sin distinción a los de Temesa, yendo contra los de toda edad, hasta que la Pitia [sacerdotisa de Apolo] por una parte en modo alguno a los que deseaban huir de Italia les dejaba abandonar Temesa, y por otra ordenó que se delimitara un santuario y que se levantara un templo, y que se le diera cada año a la mujer más hermosa de las doncellas de Temesa. Para éstos, al cumplir lo ordenado por el dios, no hubo en adelante terror alguno del fantasma. Pero Eutimo en efecto llegó a Temesa, y justo en el momento del año en que se hacía sacrificio al fantasma, y se entera de lo que les sucede, y se le metió en el ánimo entrar al templo y, entrando, mirar a la doncella. Y cuando la vio, primero se vio llevado hacia la compasión, y luego hacia el amor. Y la muchacha juró casar con él si la salvaba, y Eutimo, preparado, esperó la acometida del fantasma. Y ganó en verdad la lucha y, pues fue expulsado de la tierra, el héroe desaparece sumergiéndose en el mar y hubo una boda espléndida para Eutimo y para los hombres de allí libertad en adelante del fantasma (Pausanias 6.6. 4-11)
El poeta Calímaco trató también esta historia en un poema, que se ha perdido, pero del que se conserva un breve resumen:
En Temesa un héroe superviviente del barco de Odiseo cobraba tributo tanto a los del lugar como a los vecinos, los cuales (se cuenta que) tras llevarle un lecho y dejarle una doncella núbil se retiraban sin mirar atrás, y al alba los padres se llevaban una mujer en vez de una doncella.
Como ves, este marinero de Odiseo (Ulises) no tiene en vida una conducta muy heroica que digamos —pero después de muerto sí demuestra un poder extraordinario, y eso hace que la Pitia aconseje a los habitantes de Temesa la respuesta habitual: tratarle como a un semidiós, elevarle un templo y darle lo que, en primer lugar, buscaba: una doncella con la que satisfacer sus ansias. (Después de todo, como sabemos, no pide nada que no hubiera pedido antes el gran Aquiles, admirado por todo el mundo.)

Sin embargo, la leyenda no termina ahí: aun después de domesticado, el fantasma sigue comportándose como un enemigo, un tirano. Por tanto, hace falta que alguien se enfrente a él . El héroe vivo (Eutimo) derrota al héroe muerto y se aplica la sentencia popular: el muerto al hoyo (en este caso, al mar) y el vivo al bollo (los encantos de la doncella).

Para entender cómo se pasa de estos héroes inquietantes que exigen a los vivos sacrificios humanos, o al menos ser tratados como dioses, a la imagen que tenemos del héroe como un bienhechor de la comunidad hay que tener en cuenta que muchas veces no se esperaba a que el muerto hiciese sus demandas. Nada más muerto un gran guerrero, se le glorificaba de todas las maneras posibles: se le hacía protagonista de cantos épicos, se le elevaban estatuas, se le hacían copiosos sacrificios.

Esta conducta preventiva evitaba que el héroe llegara a dañar a la comunidad, y por tanto lo único que se manifestaba de él era su lado más positivo y soleado.

El siguiente paso es llamar héroes a personajes que aún están vivos, pero cuyas proezas indican ya que merecerán ser divinizados tras su muerte. Hay que tener en cuenta que las historias sobre héroes nos hablan de lo que hicieron en vida, pero se componen y cantan cuando los protagonistas ya han muerto y han sido glorificados. (Sucede lo mismo, y no es casualidad, con los santos cristianos: una vez que han muerto y han sido reconocidos como santos, se cuentan su vida y milagros reconociéndoles desde su nacimiento, retrospectivamente, la santidad.)

La victoria sobre la muerte de la que habla Silvio Rodríguez hay que entenderla, pues, como literal en un primer momento. Después, claro, se racionaliza: lo que sobrevive a la muerte del héroe no es su fantasma, sino el recuerdo de sus hazañas, y sus principios (otra canción comprometida, del cantautor uruguayo Quintín Cabrera, termina diciendo: porque el que murió peleando / vive en cada compañero). Sin embargo, la canción presenta los hechos que trata desde una clave poética, simbólica, que podemos sin miedo llamar mítica: por ello, del mismo modo que convierte a Estados Unidos en una ave de rapiña, recupera la visión mágica, arquetípica, del héroe como muerto que no muere y acaba vengándose de los que le maltrataron.

El canto épico vuelve así, mediante la licencia poética, a sus raíces antropológicas más profundas y oscuras.

(Hasta la idea de que los héroes se transforman tras su muerte, engrandeciéndose o cambiando de forma de algún otro modo, es en origen una creencia literal. La transformación convierte en ocasiones al hombre en animal sagrado: se creía que la espina dorsal de un héroe muerto se convertía en serpiente al pudrirse el tuétano (Plutarco, Cleomenes 39). La aparición de esta serpiente junto a la tumba de un héroe certificaba su condición de tal. Otras veces, los muertos se agigantan, como en la canción de Silvio Rodríguez: de los barcos que han desaparecido en altamar y se han convertido en buques fantasmas se cree que en cada avistamiento aparecen más grandes. Uno de los cuentos más misteriosos de Poe, Manuscrito encontrado en una botella, nos lleva a bordo de uno de estos barcos gigantescos, cuyos marineros encantados esperan con ansia que el buque perezca en un remolino, dejándolos libres. En el libro de Angelo S. Rappoport sobre las supersticiones de los marinos leemos:
En Finisterre los viejos marinos cuentan historias sobre barcos hundidos que vuelven a visitar la costa con su tripulación fantasma. Estos barcos se agrandan extraordinariamente. Un viejo marino cuenta que él formó parte de la tripulación de un bergantín que se hundió. Fue el único superviviente y, a menudo, volvió a encontrarse con su antiguo barco en mares lejanos; cada vez era más grande.)

5 comentarios:

Al59 dijo...

Armónicos de esta cuerda.

Maine dijo...

Gracias por toda la información brindada, disfruté mucho de esto. Tal vez lo que hace diferente la inmortalidad de los héroes de América Latina, con respecto a los héroes épicos, es la necesidad de tener a aquella como un símbolo de resistencia.

Antonio Álvarez del Cuvillo dijo...

Me ha gustado esa conexión entre los antiguos héroes que vuelven de la tumba y la letra de la canción; siempre me agrada encontrarme con el pálpito de los viejos mitos en el más acá de la vida moderna.

Acerina dijo...

Excelente canción!!!

Claro que nunca había ido más allá... tan profundamente como tú lo haces en este post...

Gracias!

Al59 dijo...

Gracias a todos. De las muchas cosas interesantes que se han ido comentando al hilo de la entrada, destaco ésta de maine, que permite comprender mejor lo de 'espectro del monte' (que al parecer, no es invención de Silvio, sino hallazgo popular): Recuerdo haber leído que, de hecho, muchos testimonios de campesinos nicaragüenses afirmaban haber visto al espectro de Sandino luego de su muerte, rondando por el monte. Al punto que "espectro del monte" no es algo pensado por Silvio, sino que es como se le llamó desde entonces a Sandino. Zapata aparece a menudo también con una carga mítica muy interesante; muy mexicana por cierto.