jueves, 15 de mayo de 2014

Incorporando sombras



Con humildad, confesaba Rafael Sánchez Ferlosio en un artículo suyo que, habiéndole dado por darle vueltas por libre, como hace siempre, a cuestiones relacionadas con la antropología (el rendimiento simbólico del margen y lo marginal en ritos y otras actividades humanas), al leer luego a Mary Douglas u otros autores similares se dio cuenta de que había descubierto el Mediterráneo. Lo cual, a pesar de todo, no dejaba de ser una validación tanto de su propia agudeza como de las observaciones ajenas: algo habrá de razón común en conclusiones a las que distintas gentes van llegando por su cuenta.

Digo esto como disclaimer porque estos días, explicando en clase lo que quiere decir comprender, íbamos a parar a un terreno que seguramente esté más que explorado, pero que a mí, como profano de la psicología del día, se me hizo novedoso.

En efecto, si uno piensa que el sentido original de comprender es el de 'albergar, incluir' que tiene en oraciones como Esta casa comprende varias habitaciones o Esta unidad comprende cuatro apartados, parece inevitable preguntarse cómo se pasa de eso a cosas como Comprendo tu posición, pero no la comparto o Nunca logré comprender a mi padre.

En este punto, nos acudía el recuerdo de esa triquiñuela de los sistemas operativos más modernos que es la posibilidad de ejecutar otros sistemas ya anticuados, o simplemente distintos, en una 'máquina virtual' que actúa como si fuera, pongamos Windows XP, pero dependiendo de un entorno 'real', externo, que es, pongamos, Windows 7.

Comprender algo, y sobre todo a alguien, viene a ser habérselo instalado satisfactoriamente en la propia sesera. Sentimos que comprendemos a alguien cuando somos capaces de poner en marcha, como una de esas máquinas virtuales, la idea que nos hemos hecho de él, y que esta simulación produzca previsiones satisfactorias: 'Fulano, sobre esto, diría tal cosa' o 'Seguro que esta canción la va a gustar a Mengano'.  (Tanto más satisfactorias estas previsiones, de hecho, cuanto menos se parezca lo que creemos que diría Fulano o le gustaría a Mengano a lo que nosotros mismos diríamos o apreciaríamos).

Viendo así las cosas, resulta lógica la tremenda resistencia de muchos a entender a otros: es comprensible que uno no quiera 'instalarse' a un psicópata o a un fanático religioso, por ejemplo (si es que hay diferencia entre ambas cosas); y es dudoso que uno pueda entender de veras a un desaprensivo o un mezquino sin contaminarse con semejante roce.

La negativa a entender nos mantiene, así, 'puros', o simplemente cómodos. Una mala postura si de hecho necesitamos tratar con ese tipo de gentes y combatirlas, o al menos precavernos contra sus ataques.

Por otra parte, junto a la simulación exitosa, que nos permite predecir con cierto acierto  lo que sentiría o pensaría Zutano (y, de paso, sentir de rebote sus posibles penas: hacernos empáticos con él) y la abortada (que es, mirada de otro modo, un éxito de nuestra intolerancia), tertium datur:  no es nada extraño que nos hagamos una idea vívida de alguien que nos importa y  creamos por ello haberlo comprendido —...para más tarde descubrir traumáticamente que en esa imagen que habíamos hecho tan nuestra y que parecía funcionar a todo trapo es bastante escaso el input externo (lo que procede de la interacción con esas gentes) y mucho lo que habíamos volcado en su figura de nuestras propias necesidades y expectativas.

Peor aún (o no): tampoco es nada raro que en el momento crucial decidamos que nos importa y nos gusta más la idea que nos habíamos hecho de alguien que la que tendríamos que recomponer penosamente si fuéramos a 'actualizar' su imagen integrando la información discordante. El culto a los héroes (y a su sombra, los supervillanos) sobrevive así a la evidencia de sus flaquezas y crímenes (o de sus 'momentos humanos').

Comprender, pese a todo, parece la mejor opción, si uno tiene que interactuar con gente que no le agrada (¿y quién no tiene que hacerlo?). Es cierto que albergar multitudes consume recursos, socava convicciones y adensa el tráfico. Pero, por más que nos exaspere, esa ha sido nuestra opción, la que funda en el mito nuestra identidad cultural, medio grecorromana, medio judeocristiana. Ante posibles reclamaciones, quien nos tendió el fruto del conocimiento (y es imposible conocer sin entender) podría respondernos con aquella coplilla de Isabel Escudero:

Toma media manzana, 
buen amiguito
—y también a medias,
el gusanito.