lunes, 31 de agosto de 2015

Juegos del Tiempo

El tesoro, nuestra cápsula del tiempo, como todos los juegos en que uno intenta desde un punto abarcar 'el futuro' y darle un sentido, está sometido a esa certeza melancólica con la que Góngora concluye su décima a las estrellas:

Si quiero por las estrellas 
saber, tiempo, donde estás, 
miro que con ellas vas, 
pero no vuelves con ellas. 
¿Adónde imprimes tus huellas
que con tu curso no doy? 
Mas, ay, qué engañado estoy, 
que vuelas, corres y ruedas; 
tú eres, tiempo, el que te quedas, 
y yo soy el que me voy. 


Es el tiempo, en fin, el que juega con nosotros, incluso cuando somos nosotros quienes le invitamos a ello. Si de algún modo creemos anularlo dándolo por pasado antes de que llegue (haciendo planes a 20 años vista, cual hipoteca) o volviendo al mismo sitio en la misma fecha con parecidas intenciones, parecidas provisiones y parecido instrumental para enfatizar que seguimos siendo, al menos en parte, los mismos, él se divierte poniéndonos en el camino zancadillas varias (dudas, ausencias, distancias, silencios, conciertos, viajes, reservas) y presentándose al cabo de los 20 años como si no acabaran de pasar ni cinco minutos, para decirnos que la hora ya está cumplida. Por citar a Carla Bruni:


On me dit que nos vies ne valent pas grand chose, 
elles passent en un instant comme fanent les roses. 
On me dit que le temps qui glisse est un salaud 
que de nos chagrins il s'en fait des manteaux. 

O sea, más o menos:

Me cuentan que no valen demasiado nuestras vidas, 
que en un pispás se pasan, como rosas desvaídas. 
Me comentan que el tiempo se las pira. el muy cabrón,
y que con nuestras penas se fabrica un chaquetón. 

Y sí, solo un cabrón como él podría disfrutar recordándonos que si hemos logrado en algún caso (por margen tampoco muy estrecho) no ser abuelos de nuestros propios hijos, en cambio respiramos hoy un aire incierto que ya no comparten con nosotros gentes que parecían eternas, cada uno un artista en lo suyo, como Michael Jackson, Osama bin Laden, Amy Winehouse, Hal 9000, Agustín García Calvo o Javier Krahe. Peor aún, ni Cristóbal nos puede recordar (aunque bien lo sepamos) que tenemos hoy, más o menos, la edad que tenía él cuando empezamos este ritual (yo hasta soy profesor como él, y de lo mismo: no digo más), ni Alfonso puede decirnos (aunque a mí nunca deja de soplármelo al oído) que la melodía no está mal, pero hay que tocarla más fuerte y más deprisa, ni podremos llevarle al tite Antonio (Fos, Aker) la primera piedra que nos saquen del riñón, por si acaso resultara vecinas de las otras, también talladas, que han aparecido en Andorra o en Marte.