Con lo sedentario que es uno, casi todas las ocurrencias más o menos interesantes me llegan paseando, yendo de aquí para allá y pensando en cosas urgentes y cotidianas. A mi cerebro le encanta interrumpirme entonces:
—Oye, ¿y tú has pensando alguna vez que El Señor de los Anillos es en realidad la combinación de dos motivos folklóricos bien conocidos? —Con lo que odiaba Tolkien que se dijeran esas cosas. Pero en fin, dime. —Pues sí: de un lado, el motivo del tesoro maldito, envenenado, que trae la desdicha a quienes lo consiguen. —Vaya novedad. Como si Tolkien no hubiera avisado que el Anillo de los Nibelungos y el suyo se parecían solo en una cosa: los dos eran redondos. (A regañadientes.) Aunque en Las aventuras de Tom Bombadil también hay un poema sobre el tema. —Ya. Y el otro, el del alma externada, que el ogro guarda en un huevo o algún otro objeto externo, tornándose así aparentemente invulnerable. —Mira, ahí si podrías tener algo. —Y tanto. Piénsalo. —No prometo nada. En otro rato, quizá. ¿Un cruasán? —Sea.
El regalo de este día: una música para romance, que se repite unas cuantas veces para encajar con la letra del Romance del Prisonero. La tonalidad es inequívoca (re menor), pero hay cierta perversidad en el acompañamiento, que a menudo relega la nota fundamental a la melodía (suena así, por ejemplo, un acorde de re menor novena que no tiene re: fa-la-mi; otro de sol menor séptima con quinta bemol que parece si bemol menor, etc.). Canta el violín, sobre un piano eléctrico con wah-wah.
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Así suena una versión más completa, disonante y (solo quizá) satisfactoria.
Para un votante del PP, la definición práctica de 'franquismo' es 'una época cuyos aspectos negativos se han exagerado'.
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'Piratería': fenómeno que consiste en que los bienes culturales se han digitalizado y están mejor repartidos gracias a las redes de P2P. Cosa que no soportan las minorías de entendidos que antes tenían acceso exclusivo a todo lo que era difícil de conseguir y/o carísimo
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Mi muela y yo: enemigos íntimos. Vamos a tener que hacer terapia de pareja.
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La estatua de Fabra. Quién fuera pájaro, para ir a comentarla debidamente.
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Doce y una son trece. —Hacen trece. —Pues eso. —No es lo mismo; aunque dé igual.
Nuevos pasos por viejos caminos: compuse esta pieza en otoño para dos instrumentos, pero hoy he pensado que quedaría mejor reducida a uno solo, que canta la melodía y se acompaña. Así suena:
Me siento feliz en estos días de margen, en que no hay nada demasiado acuciante que hacer, y cabe por tanto seguir al corazón, como el caballero que deja que su montura decida el camino. Para restaurar el artículo sobre la metáfora de la Wikipedia, que estaba el pobre muy precario, he rescatado un libro que leí hace muchísimo, Metáfora y realidad, del filósofo estadounidense Philip Wheelwright.
Wheelwright va más lejos que Carlos Bousoño, el poeta de los 50 y autor de la Teoría de la expresión poética, que tanto ha hecho por aclararnos cómo funcionan estas cosas. Bousoño mantiene el sentido tradicional de la metáfora como asociación entre un plano real (aquello de lo que realmente estamos hablando) y otro imaginario o metafórico (cosas que se asemejan a aquello de lo que estamos hablando), y explica que la semejanza entre ambos planos o términos comienza siendo sensible (semejanza en la forma, el color, etc.) pero a lo largo de la historia de la literatura se vuelve cada vez más abstracta, hasta llegar al caso de la imagen visionaria, en que lo similar no son los dos términos, sino la respuesta emotiva que ambos nos provocan (el ejemplo célebre de Aleixandre, Un pajarillo es como un arcoiris, donde la única semejanza, dice Bousoño, es que ambos son cosas delicadas, puras o inocentes, que nos provocan ternura).
Wheelwright propone distinguir un tipo de metáfora, la diáfora, en que se asocian dos términos sin que haya entre ellos semejanza alguna, creando así una realidad nueva. No acierta, me parece a mí, a dar ningún ejemplo especialmente convincente, pero la memoria me ha traído uno que podría valer:
A mí me gustan los bocadillos que solo tienen papel de plata.
Un bocadillo sin pan ni relleno, que no es en rigor tal bocadillo (como una silla sin patas, respaldo ni asiento), es ciertamente una realidad (o irrealidad) inédita. Se puede, por supuesto, argumentar que se trata de un objeto real y hasta trivial (un bulto de papel de plata que parece, por la forma, un bocadillo, pero al desenvolverlo resulta estar vacío), pero el poema no se detiene ahí: nos propone saltar a una realidad en que el papel de plata pudiera trasmutarse, pasando de envoltorio a ingrediente. Algo así como la percepción que tendría un niño al ver que el adulto anuncia que se va a comer un bocadillo y saca un objeto plateado, de apariencia metálica. Imagina entonces que va a morder la superficie brillante, y al ver que la aparta y saca de su interior un vulgar pan con fiambre, tortilla o similar sufre una discreta decepción. Esforzándose al bousoniano modo, llegaríamos a algo como Lo que más me gusta de los bocadillos es su envoltorio: parece que fuéramos a merendar plata.
En este ejemplo, y quizá también en los de Wheelwright, lo que se da es una suerte de contaminación entre la metáfora y la metonimia: se deshacen los límites que separan dos cosas próximas (el bocadillo y su envoltorio), yuxtapuestas, formando un continuo. En mi Devocionario pop hay un poema, de los que menos me molestan, que juega a lo mismo: recordando la canción de Syd Barrett, habla el espantapájaros y dice:
Soy el espantapájaros. Me ausento en cada vuelo. Disuelto en cada prófugo, mi angustia siembra el cielo.
El espantapájaros y los pájaros que espanta forman así un continuo: el personaje inmóvil, clavado en la tierra y preso de su función, vive pendiente de los pequeños prófugos, única razón de su presencia en el huerto. Sigue su movimiento de huida con tal atención que lo vive como propio (o, sencillamente, no lo separa de sí), como el padre que siente vértigo al ver que su hijo se acerca al hueco de la escalera.
El movimiento nervioso, disperso, crea una analogía entre los dos terrenos: el sembrado real y el cielo que los pájaros siembran con su angustia (una angustia que es literal, de los pájaros asustados, pero aquí es también la del espantapájaros, incapaz de escapar definitivamente de su puesto y salir volando). La semilla cae sobre la tierra: los pájaros, en el poema, 'caen hacia arriba', como si alguien (el miedo) los esparciera por el cielo: ante la visión aterradora del espantapájaros suben, pero retroceden, asustando quizá a su vez a otros pájaros que no comprenden qué sucede.
La teoría, en fin, lejos de destruir el placer del texto, ayuda a localizar algunos de los hilos que lo mueven y nos permite seguir su movimiento. Es una sensación similar a la del análisis sintáctico, que nos acerca a lo que estamos diciendo desde una perspectiva completamente distinta al simple uso, y nos permite entrar en ello, desentrañar en parte su funcionamiento. No me extraña que el descrédito progresivo del análisis sintáctico (que va perdiendo importancia en el currículo de Lengua) vaya unido al del comentario de texto (que, siendo la única forma sensata de practicar el estudio de los textos literarios, pasa en nuestros días por un lujo que no podemos permitirnos).
He temido estos días nuevas muertes, nuevas pérdidas. Parece que el destino ha comprendido que tengo el depósito lleno: gracias. No se me ocurre mejor homenaje para los resistentes que estos versos de Valorio 42 veces, del maestro Agustín, que ojalá siga con nosotros mucho tiempo —tanto que, como los besos de Catulo, nadie acierte a contarlo.
¡Eya oh! Para danzar en las eras, hermana, no esperes a la fiesta, ¡eya! ni las lágrimas que para mí guardes las guardes hasta que me muera. ¡Ópopoy ea!
Nada quieren decir los amores, música sin letra. Pero ay del amor de recluta que del cuartel merdoso solicita permisos y licencia. Pero ay del amor que en la fábrica día tras día se va ganando y para el Sábado se reserva. Lo que tiene su fecha roja en la hoja del calendario tiene su precio en el mercado, tiene en la banca su cuenta.
¡Eya! Oh! Para danzar en las eras, hermana, no esperes a la fiesta, ¡eya! ni las lágrimas que para mí guardes las guardes hasta que me muera. ¡Ópopoy ea!
Que no puede en el mundo haber blanca mientras haya negra. Mírala la riqueza, amasada con sangre de los pobres, ella misma preñada de pobreza. Mírala la moneda de oro, que lleva en su centro el agujero que taladró la miseria en ella. Que la noche de día duerme y en la noche vigila el día, y lo que sueñen los obreros sólo es trabajo a la inversa.
¡Eya oh! Para danzar en las eras, hermana, no esperes a la fiesta, ¡eya! ni las lágrimas que para mí guardes las guardes hasta que me muera. ¡Ópopoy ea!
Y si el tiempo es el rey de la vida, muera el rey y muera. Oh que sí, que si sale a destiempo la primavera por el túnel, puede que sea primavera. Oh que sí, que si llueven tus lágrimas cuando tus ojos estén más verdes, las beberé como agüita buena. Que los días se comen unos a los otros, y a fin de cuentas los otros son los unos. Y por eso, vida mía, mi prenda,
¡eya! para danzar en la era florida no esperes a la fiesta ni las lágrimas que para mí guardes las guardes hasta que me muera.
Carta blanca, sí, a algunas ocurrencias más, de las que le viven a uno de noche. Como siempre, tiro de Twitter, aunque algunas mutan, creo que para bien, al quitarles la camisa de fuerza de los nosecuantos caracteres.
I
Los fines no son lo mío. Ni lo nuestro, creo. Lo humano es andar por ahí en medio, y tirar por la calle del ídem. No persigo fines / porque son ruines, cantaba el maestro Antonio.
II
Hagas lo que hagas, no exhibas las llagas.
III
El argumento de los etarras es el de todos los maltratadores: la maté, pero fue por amor (a la patria). La maté porque era mía pero te votaba a ti. La muy guarra.
IV
Reloj, no marques las horas —no vayan a cogerte el teléfono y la tenemos.
V
...y de todo tendrás que desprenderte. —Comprendo. Como el globo que suelta lastre. —No, no comprendes. Como la hoja que cae del árbol.
VI
No conozco a nadie a quien le guste tanto soñar, y tan poco ir a dormirse.
VII
La tilde que cae sobre las esdrújulas no las ensalza: las fulmina.
VIII
Mi aliteración favorita: la de las haches. Haberlas, haylas.
IX
Poesía: un incordio muy bien hecho. La piedra perfecta en el zapato. Llámalo perla.
X
Decirle al reloj que trae las tantas lo que al tipo que lanza un farol: Las veo.
XI
Lo que es mentira paga el precio de serlo con tal de ser. Establecido el sujeto, el tema, lo demás es predicado. Aderezo.
XII
—Te lo comes y punto. —Punto y coma. / El niño conceptista, todo retruécanos y repámpanos.
XIII
La mancha de la mora la almendra la desea.
XIV
Como la generación de las hojas, así la de los nombres. La savia no tiene ninguno.
XV
La tele es ya cosa de niños y viejos. La España adulta ha dejado de ser catódica.
XVI
La vida es un concurso sin notario.
XVII
Carlo Frabetti: El hábito no hace al monje —pero oculta sus erecciones.
XVIII
La sabiduría del demonólogo siempre es sospechosa. Aunque se siente en la mesa con los demás monjes, los dedos le cantan a azufre.
XIX
¿Cuándo serás digna de tu millón de trotskistas?, preguntaba Allen Ginsgberg a América. ¿Cuándo merecerá España su millón de indignados?
XX
La CEOE, crecida en nuestra adversidad como un forúnculo en la falta de asepsia.
XXI
Digas lo que digas, recoge las migas. A menudo, por no decir siempre, los lapsus (las migas de lo dicho) son la parte más interesante del discurso. También se habla entre líneas.
XXII
El miedo a la psicodelia es miedo a que la psique se manifieste (délomai): miedo a saber qué hay en ti que no es obvio pero está y actúa.
XXIII
Una niña del cole: Santa Claus, santa Claus, / dulce desgraciao, / nos traes los juguetes / del año pasao.
XXIV
El primer unfollow: Cancel my subscription to the Resurrection (Jim Morrison, When The Music's Over).
El pan de hoy, la salsa de tan lejos como pueda llegar el pensamiento.
Alimento estos días con una mixtura musical bastante extraña: rock progresivo japonés, las Gymnopedies y Gnossiennes de Satie ajazzadas por Jacques Louissier y algún villancico heterodoxo de Javier Bergia. De entre todo eso brota de repente, a la hora del baño, esta especie de danza arcaica en modo menor (eolio, quizá), interpretada por el solista de shakuhachi (una flauta japonesa) de la Orquestina Virtual.
Como se acerca el invierno, hago acopio de provisiones: aquí van las ocurrencias tuiteras de las últimas semanas.
¿Agonizando? Si cree Vd. que su muerte es prematura, pulse 1 y desespere; si desea elegir entre nuestro menú de famous last words, pulse 2.
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En un examen. Alumno con dudas: Yo es que no soy mucho de leer enunciados.
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Salomón ahumado (sic) en el número 10 de Ophelia: teatro y poesía.
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Dice mi niño que le gustan los brillancicos. Linda sinestesia.
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Lírica arañuela: El primer novio que tuve / lo puse en un plato fino / y se lo comió mi gato / pensando que era tocino.
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Estética elemental: lo que de verdad es bello se parece más, por intenso, a lo doloroso que a lo sencillamente agradable.
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(Sobre un pie de Alejandro Jodorowsky) Monumento Pánico: un libro impreso en hojas de afeitar.
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Estética (II). La técnica simbolista: escribir entre líneas. Ese intertexto, nunca cerrado, es la verdadera obra de arte.
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El lema de Jung, Vocatus atque non vocatus deus aderit, es cierto en la medida que es circular: Dios llamaba el maestro a lo que se presenta sin aviso y te trastoca. Pero eso, sin duda lo esencial,es anterior y externo al nombre que eligas pegarle.
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Trayectoria ejemplar: un papel que lleva el viento.
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Jodorowsky: Si subes a lo más alto de los sueños, encuentras al que te está soñando.
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Si tu ojo te ofende, sus motivos tendrá. Investiga.
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En el reino de los ciegos, solo el tuerto es picajoso.
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Leyendo el Quijote: señores que vomitan sobre señores que, al verse vomitados, vomitan a su vez sobre el vomitador. Políptoton con tropezones.
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El Quijote: vómitos, mierdas y perros manteados por Carnestolendas. Y de El Buscón ni hablamos. Todo nuestro Barroco es un mar de gapos.
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Creeremos en el Señor de los Ejércitos cuando consiga controlarlos. De momento, andan todos desmandados y a la greña.
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Ya lo decía Tzara: pase lo que pase, no nos pongamos históricos.
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Pensando en el frío que pasaron los románticos. Por estas fechas señaladas, me gustaría regalarles algo. Aire asado. Aliento de dragón.
Mi niño, al oído: —¿Sabes dónde está el infinito, papá? En el espacio exterior. Es el planeta más lejano que hay. Y tiene color. (Duda un momento.) Yo creo que es de color blanco.
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Hay algo satisfactorio en solfear mientras llueve. Es como bendecir lo que se acerca.
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Mi cuento ultrabreve favorito, de Ric-per-mar: Temíamos al dragón, sobre todo, por sus lágrimas.
Vuelvo sobre los valses fríos, aunque esta vez el timbre afilado del violín y la sonoridad recurrente del acorde menor de sexta deja la cosa a medio camino entre la miel más o menos balsámica y el ruido de una tiza en la pizarra. Los acordes, siempre los mismos, se pueden tocar en una guitarra con las cuerdas al aire; para compensar, la melodía atraviesa diversos modos, sin dejarse enredar del todo por ninguno.
Inevitablemente, nos desplazamos. Cambia así nuestra visión: no tanto porque veamos distintas las cosas, sino porque vemos cosas distintas. En cada punto, hay lo que hay, tiende a preocuparnos los que de hecho nos ocupa —y es sano ajustarse a eso; no me lo parece tanto confundir lo invisible con lo que no hay, declararlo error o engaño. (Y quien dice no ver, dice verlo diminuto, demediado, y asombrarse de que haya podido tener alguna importancia, o la retenga.) Lo que aquí y ahora no vemos, otros (quizá nos-otros mismos, en otro momento) lo vieron, ven o verán. Nunca sabremos su importancia hasta que se decida a reclamarla.
El lema de Jung, Vocatus atque non vocatus deus aderit («Llamado o no, dios se presentará»), es cierto en la medida en que es circular: 'Dios' es en este sentido lo que se presenta sin aviso y te trastoca. Es decir, aquello que rompe tu idea de lo que puede ser o es y te religa (de ahí, religión) con lo imprevisto y desconocido.
Pero a eso mismo lo llamaba Lennon la vida: what happens to you while you're busy making other plans; otros, amor, en sentido tan amplio como sea posible: lo que conecta a las cosas y las personas, generando eso que llamamos 'sentido'. Aquel, en fin, 'placer', cuando constataba que ese señor no cena nunca en casa.
¿Quién no se ha sentido alguna vez desconectado de lo que hay, de los otros, de uno mismo? Pero, al igual que nada ni nadie está a salvo, tampoco está (de verdad) al margen. Sentirse así nos asemeja de hecho (nos acerca, aunque no lo parezca) a otros. Lo llamamos hermandad, pero queremos decir manada, calor animal. Nuestra única salvación contra el frío.
Y no es verdad, dolor, yo te conozco: tú eres nostalgia de la vida buena.
Yo contra el punk no tengo nada. A lo largo de toda de su historia, seguramente haya aportado cinco o seis canciones interesantes. Más de la mitad, escritas por Glen Matlock, el bajista de los Pistols, admirador de los Kinks, los Who, los Faces... El resto, por Joe Strummer, de los Clash, hippie de conversión tardía y reversible. En resumidas cuentas, el punk es como el modernismo: solo fueron 100% punks los mantas incapaces de otra cosa. Villaespesas con cresta.
Parafraseando con intención a Italo Calvino, planteo un tema nada polémico. Leo que Google pagará el cambio de sexo de sus empleados. Y me hago un par de preguntas. Primera: si vivimos en una sociedad aún muy machista, en la que ser varón da ventajas en muchos aspectos, ¿por qué el cambio de sexo se produce prácticamente siempre en la dirección 'varón quiere ser hembra'? Segunda: si se aduce para ello una cuestión práctica (es más sencillo eliminar el pene y dejar en su lugar una vagina que lo contrario), ¿no flota de fondo la vieja ecuación que hace del hombre un ser, si no más perfecto, sí más complejo o dotado, y de la mujer un término más sencillo (de modo que hombre - pene = mujer)? Lo que queda muy cerca de la idea freudiana de la mujer castrada. (Pero, en cambio, los hechos no parece que apoyen su hipótesis de la envidia de pene: lejos de quererlo quien no lo tiene, algunos de los que lo tienen lo sienten como un incordio del que desean deshacerse.)
Ya lo he confesado alguna vez: las clases de solfeo, que para mucha gente son un tormento, o al menos una pesadez, a mí me inspiran. Sale uno con los compases nuevos que ha ido descubriendo (hoy, un 2/2), y a poco que te descuides, el repaso se convierte en ocurrencia. Esta que les traigo va, en efecto, en 2/2 y fluye en si menor a la manera clásica, que no modal, con abundancia de notas sensibles y cadencias de dominante. Solo los timbres son modernos: melotrón y piano eléctrico. Componer algo así es en realidad hacer variaciones sobre un tema que es a la vez omnipresente e invisible. Me pregunto (y no alcanzo a responder) si a pesar de eso se sentirá en la música eso que llamamos estilo de cada uno, o si la pieza podría pasar por una composición de siglos atrás. Vds., si quieren, dirán.
Actualizo. Así suena la pieza con algunas ideas del maestro Aníbal y otros ajustes varios, ahora para flauta y clave.
En el verso que llaman mayor por su arte, medieval según dicen, pero aún practicable, te querría contar lo que pienso. Me abate la inminente derrota de las huestes sociales, que por más que a su nombre nunca hicieran bastante honra, son lo que queda donde pueda agarrarse en su ruta al abismo el sufrido votante que no está muy seguro de que privatizándose vayan a ir a mejor los que hoy, estatales, mal que bien nos proveen de salud (hospitales), enseñanza (colegios) y otros bienes atales. Ayer conservadores, hoy ultraliberales, las derechas voraces con sus vicios contables provocaron la crisis que ahora dicen salvable recortando derechos y añadiendo caudales a los ya procelosos bancos irreprochables y al agudo inversor que en andar por el cable adquirió, virtuoso, un poder tan notable como falto de rostro —que si cae por el aire allá va del Estado nuestro erario a salvarle; mas si medra, no hay cuenta que nos toque un adarme de las mágicas sumas que convoca su arte. Dicha la misa, fecho el desastre, barren la mesa con garbo notable y se agencian las migas cual gestores del hambre: más con menos, nos dicen, fácil es de lograrse con que vuelva el poder donde debe quedarse y renuncie el obrero a buscar sindicales garantías: ¿acaso trabajar no es bastante? ¿A qué andar exigiendo posiciones estables si el mercado es mercurio, solo en sustos constante? Eso dicen, expertos en ambiguas verdades que ellos mismos las hacen y las venden a pares, ora hundiendo el Estado, ora yendo a ganarle democráticamente para despedazarle, sus mejores porciones regalando de balde al poder que financia su despliegue notable de emisoras, periódicos y otros medios radiales con que forman las masas que de vuelta han de auparles a las altas poltronas, dizque presidenciales. No es mi voto, por cierto, mercancía estimable en negocio tan pingüe; más bien, sé que si sale nulo, blanco o rosado, o si en doy en negarles la alegría siquiera de emitirlo, les vale todo igual: es tan cierta la victoria espantable que Estadística y Dios les prometen, que saben que han ganado y nos dictan por doquier jaque mate: suya es Grecia y es suya la pantalla en que salen dibujados los versos que quisieran borrarles.