viernes, 12 de junio de 2009

Elogio de Disney


Por imperativo familiar, me he dado una buena dosis (sobredosis, incluso) de Disney. Algunas respuestas del paciente son previsibles: me agradan más las películas que vi de pequeño que las que descubro ahora, y en general encuentro mejores las de la época dorada (con Disney vivo y al mando) que las epigonales (aunque El Rey León, remake de Plutarco, tiene su punto).

No es del todo justa la asociación que suele hacerse de estas películas con una moralidad rancia y periclitada. En al menos un par de ellas, el patriarcado queda al pie de los caballos: el malhumorado señor Darling de Peter Pan y el pomposo Coronel Hatti de El Libro de la Selva son machotes incompetentes, acompañados de mujeres inteligentes y sensibles que salvan la situación (digna Lisístrata, la de Hatti amenaza con tomar formalmente el mando si su marido se niega a ayudar a Mowgli).

Es cierto que algunos aspectos se han quedado anticuados, políticamente incorrectos. Hoy la industria se cuidaría de presentar unos indios estereotipados como los de Peter Pan, y entre los juguetes de la casa de Gepetto vemos unos cuantos móviles que deben dar sudores a los pedagogos: una oronda madre o criada azotando el culo de un niño travieso, un alegre borrachín que saluda el día con su botella, un granjero que intenta decapitar a un pavo...

Otras veces, sin embargo, la subversión se cuela por un recoveco: son ejemplares el desfile lisérgico de los elefantes de Dumbo (Kesey hubiera aprobado ese champán) y el elogio apenas disimulado de las tinieblas en la escena de La noche en el Monte Pelado de Fantasía.

El dibujo es a menudo memorable, y la música, aunque tiende al pastelón, tiene también sus cimas (toda la banda sonora de El Libro de la Selva es de antología, y hay otros momentos realmente señeros: ¡La vida pirata, la vida mejor!).

Las ediciones antológicas de estos últimos años, en DVD, incorporan comentarios fascinantes. El de Dumbo, por ejemplo, insinúa que la película es en realidad un manifiesto de los trabajadores de la Disney, por entonces en huelga, contra su jefe, que explotaba su talento sin darles el debido reconocimiento (no es casual que la película acabe con un Dumbo que ha renegociado su contrato y goza al fin del status de estrella: el Circo es él, no su patrón ni sus adictos, los payasos esquiroles).

Las libertades que se tomaron en la adaptación de los clásicos literarios correspondientes son notables, pero casi siempre justificadas. El Pinocho de Collodi es un niñato insoportable; el de Disney, un niño inocente que tiene en esa condición su flaqueza (se deja engañar) y su punto fuerte (sus enemigos no logran corromperle, volverle rencoroso o malévolo). El Peter Pan de Disney se aparta bastante del texto, pero conserva el espíritu: en su primera aparición, hasta se aprecia el fuego pagano, demoníaco, que desprende su figura. La traición a Kipling es quizá la más notoria: pero se redime por el resultado extraordinario, una tergiversación que tiene valor por sí misma.

Aunque se habla mucho de Hergé, está claro que la línea clara del comic debe lo suyo a Disney. Su huella está clara en la serie Peter Punk de Max: un ejemplo (como El Baile de los Vampiros, de Polanksi) de cómo la parodia virtuosa puede constituir el mejor homenaje.

Tendremos Disney hasta en la sopa, y no me parece mal. Al igual que los hermanos Grimm (cuyas versiones artificiosas hay a veces que apartar o contextualizar para comprender adecudamente el corpus de los cuentos tradicionales), Disney ha creado un canon de las principales historias para niños (tanto tradicionales como literarias) que sigue vigente, más allá de la promoción, por méritos propios. Hay que procurar, desde luego, que no sea el plato único del menú; pero sería tonto negarle el lugar que ganó y conserva.

11 comentarios:

Antonio del Camino dijo...

Estimado Al:

Muy interesante este recorrido por Disney, donde se muestran con mesura y sentido común encomiables sus luces y sombras; interesante los secretos que desvelas y de los que yo, sinceramente, no tenía ni idea: esa segunda lectura de Dumbo, por ejemplo.

Coincido contigo en tus preferencias por los clásicos, incluidos los matices que apuntas, así como en la consideración hacia algunas bandas sonoras de estas películas.

Por último, hago mía también la idea de que, sin hacer de él un plato único, es buen alimento paara incluir en la dieta de niños y no tan niños.

Un abrazo,

Antonio

Anónimo dijo...

Disney, como ha dejado dicho Rafael Sánchez Ferlosio, no deja de ser el mayor corruptor de la infancia que ha habido en el siglo XX con su galería maniquea de malos malísimos y buenos buenísimos.

Al59 dijo...

Pues, con permiso del argumento de autoridad, amigo anónimo, no lo veo claro. ¿Son malísimos los lobos que deciden que Mowgli debe abandonar la manada? ¿Es un malo malísimo el Rey Lui? ¿Son buenísimos o malísimos los buitres que primero se mofan de Mowgli y planean devorarlo, pero después acaban ayudándole a sobrevivir? ¿Qué hacer con la confesión inicial de la buenísima Bagheera ('si hubiera sabido lo que vendría después, seguramente habría seguido mi primer impulso y habría abandonado al cachorro a su suerte')? En cuanto a Peter Pan, sin dejar de ser el héroe, ¿no es también un egoísta insensible? Al señor Smee, por otra parte, ¿no se le aplica una suerte de eximente moral por su obediencia cariñosa al capitán Garfio?

Alfredo dijo...

Es verdad que Disney sigue vigente, dentro del canon del dibujo animado, en muchos de sus logros (esos que citas, con Dumbo, en mis preferencias, a la cabeza, y sin olvidar el "hito fundacional" de Bambi, quizás la primera revelación del dolor que recibieron varias generaciones). Pero me parece que el género ha crecido y cambiado mucho en los últimos años, sobre todo gracias a la factoria Pixar, cuyas películas (con esa joya llamada Wall-E a la cabeza) han elevado un punto (o dos) el listón artístico de estas obras. Ayer, en la misma sesión de cine en que vi Los mundos de Coraline, también con muchos hallazgos (pero más previsible), pude ver el trailer de Up, un filme que, según algunas opiniones, consolida la trayectoria de Pixar y la eleva a cotas artísticas memorables. Habrá que verla.
En cuanto a la tan conocida y jaleada opinión de Ferlosio, creo que más bien alancea un fantasma, o sea, que juzga sólo algunos tópicos de la gazmoñería disneyniana, que también existe, más que basarse en un cabal conocimiento de lo juzgado. Vamos, que no me imagino yo a don Rafael contemplando con atención estos filmes (a no ser en la época en que su hija Marta le pudiera haber arrastrado a los cines de barrio, igual que lo «obligaba» a ver los títeres del Retiro, según contó el escritor en su discurso del premio Cervantes).
Andaba (y ando) estos días dándole vueltas al asunto de los dibujos animados, y tu post me ha sorprendido gratamente.

AJR

Arion dijo...

Yo no acabo de entender ese reproche recurrente al maniqueísmo de las historias de Disney. Los cuentos para niños siempre han estado habitados por buenos y malos (...y malditos, como en el título de aquel libro de Savater), eso no es ninguna novedad. No sé, a lo mejor era justamente eso lo que nos los hacía tan atractivos... Claro que Sánchez Ferlosio tal vez prefiera que llevemos a los niños a ver la última de Tarantino...

Enhorabuena por el blog, Al.

Juan Poz dijo...

Cuando comprendí la carga de dolor que puede haber en una película como Bambi fue cuando llevamos a nuestro hijo, de cuatro años, a verla. Tuvimos que salirnos de la sesión. La pérdida de la madre no la pudo soportar, y la atmósfera umbría del bosque le sobrecogió. Desde entonces, también he visto ciertas películas de Disney con otros ojos. Y coincido en lo de la espectacular banda sonora de El libro de la selva, que vi ya crecidito, con quince años, y que volví a ver al día siguiente con idéntico placer que la vez primera. ¡Un clásico!

Jesus, etc dijo...

Vaya, Al, yo también me vi reconociendo estas luces cuando me llegaron, como a ti, las sesiones obligadas. Como hasta ahora no sueles tocar temas de cine (y menos aún cine infantil) y sin más que añadir al respecto de Disney, veo aquí la oportunidad de recomendar la gran película de animación que es El viaje de Chihiro. No te la pierdas
( http://es.wikipedia.org/wiki/Chihiro )

Al59 dijo...

Qué sincronizados (a la Jung) estamos, Jesús. Ayer me trajeron mis padres El viaje de Chihiro. Sólo pude ver la mitad, pero me pareció fascinante (y con ecos odiseicos: esos padres que acaban convertidos en guarrapus). Dice mi retoño que le da mucho mucho miedo la peli; pero, por eso mismo, volveremos.

Al59 dijo...

Da gusto leerles, la verdad. No sólo de verso y música vive el hombre. Gracias a todos. Tomo nota de las recomendaciones (Bambi nunca la he visto; habrá que solucionarlo en breve).

Jesus, etc dijo...

¡Qué bueno y qué gran casualidad!
Si en vez de retoño fuera retoña algo ya tendría ganado, por facilitarle el identificarse con la protagonista. Y hasta en este pequeño detalle se hace importante la película.
Como en todo viaje, hay algo de odiseico, claro. Pero hay algo de impepinable sello oriental, las vicisitudes que le suceden a la niña son como koans que sólo se pueden resolver desde uno mismo, no son fatales, no hay dioses fuera.
Mejor termina de verla porque no estoy seguro de haberme explicado del todo.

hjg dijo...

Antes de aficionarme (la palabra es débil) al estudio Ghibli (Miyazaki y Takahata) -a través de El viaje de Chihiro- yo creía que me gustaba Disney. De las nuevas me entusiasmó La bella y la bestia (aunque menos las siguientes). Ahora me cuesta disfrutarlas, aun sin tener objeciones ideológicas ni nada.