martes, 14 de diciembre de 2010

Adversus atheologos (II)


Dawkins y Hitchens: dos pingüinos perorando sobre el trópico. No ven más allá del hielo. Pedirnos que hablemos de la religión olvidándonos (por resumir) de la antropología, como si ni Lévi-Strauss ni su reverenda madre nos hubieran aclarado cómo se produce el discurso religioso y en qué sentidos funciona, podrá tener su razón estratégica, para levantar un muro contra tales o cuales fundamentalistas, pero fuera de esa confrontación no es de recibo.

Por ejemplo, el mito de la creación en siete días es totalmente desdeñable si lo leemos literalmente, como una explicación de la evolución del universo; pero es un documento inestimable y revelador sobre cómo dividían el tiempo y el espacio quienes lo trujeron. Los mitos nunca hablan sobre lo que parece que hablan: o, mejor dicho, hablan sobre eso (falazmente) y, al mismo tiempo, sobre muchas otras cosas (y sobre esas suelen tener cosas muy interesantes que decir). Es un lenguaje simbólico, en suma. En todas las religiones hay un contraste entre la fe del carbonero, que no entiende lo que cree que cree, y la intuición del poeta o el mitógrafo (que, en tiempos dogmáticos, acaban en la hoguera). Dawkins y cía. reducen la religión a la fe del carbonero. Nada justifica esa trampa.

Religioso, por ejemplo, es también aquel apólogo sobre el mono que desde su árbol, a prudente distancia, acierta a ver cómo unos viajeros se reúnen en torno al fuego y pasan una noche estupenda contándose cuentos. Al día siguiente, lleva la buena nueva a la tribu. Desde entonces, seducidos por la novedad, los monos celebran sus fiestas en torno a un círculo pintado de rojo y mueven los labios con empaque, convencidos de haber alcanzado el summum.

La religión es eso: un ciclo de historias. Algunas tan inteligentes como ésa, que resume de forma inmejorable el problema. La tensión entre la experiencia, válida, y la fórmula que se deriva de ella, mecánica. Con todo, un mono inteligente podría llegar a diagnosticar que el rito es un simulacro, e imaginarse lo que hay detrás, como un antropólogo detecta en la hostia el sucedáneo de un enteógeno.

Lo que deberían aprender los literalistas (y los fanáticos religiosos no son otra cosa) es a leer, a distinguir 'me he puesto morado de pasteles' de 'me he pintado de morado con un pastel'. Pero lo mismo puede decirse de los neopositivistas, empeñados en ponerse las anteojeras de Comte, con lo que ha llovido.

La antropología, en fin, o cierta manera de entenderla, encara el cientificismo como un ismo arquetípico más: Apolo intentando desterrar a Dioniso, en vez de alcanzar una entente provechosa con él (como sucedía en Delfos). Es la historia de Las Bacantes, vaya. Que, por supuesto, no da la razón a ninguna de las partes: un exceso de retención provoca que la vejiga estalle, pero ese estallido no es 'razonable', 'provechoso' o 'justificado'. Simplemente es.

Mi problema con los neopositivistas es el mismo que se me plantea cuando un cristiano me pregunta si creo en Dios o soy ateo. A lo que sólo cabe responder lamentando que quien pregunta no conciba más posibilidades que ésas. Así con estos otros: no me reconozco en su retrato del creyente, pero tampoco, para nada, en el modelo de descreído que me ofrecen.

‎(Reveladoramente, ambas partes están de acuerdo en condenar que algunos nos salgamos del tiesto, nombrándonos paganos, un suponer, o negándonos directamente a nombrarnos de ninguna forma: ésas son las opciones y no hay más, nos dicen. O con nosotros o contra nosotros, al evangélico modo. Lo especular del caso da para meditar.)

No se entienda por lo dicho que uno arremete contra la ciencia, es decir, contra el método científico, como quien se da de cabezazos contra la pared. Otra cosa es estar, decididamente, en contra del cientificismo, entendido como una pretensión de dar por zanjadas cuestiones que no han sido abordadas ni adecuada ni íntegramente (así, al analizar como 'religión' sólo lo que nos conviene considerar, tácticamente, como tal). Es como si alguien me viene con la buena nueva de que la literatura no es más que palabras y las historias a las que tanto tiempo hemos dedicado y dedicaremos usted y yo, querido lector, son 'sólo' ficción. Lo cual, si se quiere ver así, es totalmente cierto; pero considerado como 'todo lo que hay que saber sobre el tema' o 'lo único decisivo' sobre el mismo constituye una engañifa monumental.

7 comentarios:

Juan Gálvez dijo...

Magistral amigo: una reflexión magistralmente deconstructiva, que no destructiva.

Al59 dijo...

Gracias, Juan. Me conforta sentirme entendido. En general, en estos asuntos cuando uno se sincera le cabe decir lo de Krahe: 'Pero si me preguntan y lo digo, / aparte de algún que otro íntimo amigo, / todos creen que es broma'. Que también.

antónimo dijo...

Enorme, Al. No nos podemos tomar en serio este resurgir del ateísmo de todo a cien, ni tampoco esta ciencia de disimuladas aspiraciones teológicas. Desenmascarar a estos nuevos vendedores de crecepelos y recuperar el misterio y la esencial e irresoluble paradoja que nos constituye ha de ser la tarea de una razón en la resistencia, de una filosofía que se niega a comulgar con las ruedas del molino cientifista y sus certezas farmacéuticas.

Saludos.

Alejo Urzass dijo...

Quizá le resulte interesante este post que permite inferir que la madeja está lejos de ser manejable. (Aviso, los comentarios son oportunos y el total no se lee en 10 minutos... además enlaza con otro anterior, pero da para pensar.)

Nicolas Gonzalez Serna dijo...

Gracias, Alex, por tan inspiradoras consideraciones.
Ser ateo es ser un abandonado mental. Negar a Dios está bien como primer paso dialéctico, mas para quedarse ahí, en la mera negación, no merecía la pena rebelarse. Mejor con Dios que vivir con su ausencia a cuestas. Hay que dar el salto; hay que encontar un tercer nivel donde ese Dios Trascendente que nos han obligado a interiorizar deje de ser referencia. Lo Sagrado está Aquí y Ahora. Hay Dios o puede haberlo, pues lo podemos ser cualquiera que lo hipostasie en su propia corporalidad. Nuestro cuerpo puede ser un Templo de Dios si nos tomamos el esfuerzo de divinizarlo. Y claro que hay un mito -y bien antiguo- que nos recuerda la posibilidad de este proceso "transubstanciador" : El Viaje de RA a Ultratumba
Salud!

javi dijo...

Magnífico.

Al59 dijo...

Gracias a todos. Viene a qué también, en la línea de lo que señala mi querido padre, aquel texto de Mei (el de más abajo: primero o último, según se cuente).