domingo, 26 de febrero de 2012

Condiciones de luna (2/2)


ACTO SEGUNDO: ANA

La misma cama, pero ahora en lo que es, evidentemente, una celda o habitación de hospital. Sara está mucho más demacrada. Le cuesta moverse.

SARA: Venga, va. ¿Quieres salir? Sé que me estás escuchando, y yo me aburro de hablar sola. ¿Tanto te divierte esconderte? ¡Lo que os cuesta a los fantasmas salir del armario!
ANA: ¡Uh!
SARA: ¿Dónde estás? Llevo horas buscándote. Pareces un camello, que nunca está cuando lo necesitas. Entiendo que los demás se hayan ido, pero ¿tú? Te tenía en más estima que todo eso.
ANA: ¡Ah!
SARA: Si eso es lo que te preocupa, yo no le voy a contar a nadie. Soy lo bastante chiquita para tener una amiga invisible, y lo bastante mayor para saber que estas cosas no hay que contarlas. Por tu seguridad, mayormente...
ANA: ¡Eh!
SARA: No está bien visto que os toméis estas familiaridades. Pero no te preocupes. No nos ve nadie. No hay cámaras. Venga, no seas moña. Sal.
ANA: ¿Y?
SARA: ¿Estás debajo de la cama? ¡Qué truco tan barato!
ANA: ¡Oh!
SARA: No me digas más. (Volviéndose) ¡Eres el monstruo que siempre estás detrás de mi nuca!
ANA: ¿Detrás de ti? Nunca.
SARA: De mí. Como siempre.
ANA: Apura ese siempre. No creas que le queda mucha cuerda.
SARA: Qué ceniza eres. La verdad es que estabas mejor escondida. Venga, métete otra vez dentro (fuera, quiero decir) y yo te busco. ¡¡¡Ah de la Muerte!!! ¿Nadie me responde?
ANA: Depende.
SARA: ¿Qué tengo yo que mi amistad rehúyes?
ANA: Unos kilos de más. Yo por debajo de princesas no trato.
SARA: Pues para no bajar al nivel de la plebe, qué golpe tan bajo acabas de darme. ¿Eso valgo para ti? ¿Lo que dejo de pesar?
ANA: Al contrario. Lo que te nutre, te destruye. A cada lastre que sueltas, eres más libre. Estamos (porque así lo has decidido) más cerca cada vez. Un rato más y nos vamos (si tú quieres) de aquí juntas. Morir no está tan mal. Todo es cuestión de soltar amarras.
SARA: Qué generosa eres.
ANA: Ávida, más bien. Pero hay motivo.
SARA: Poco motivo, ya. Ni mis padres se preocupan de mí. Los muy cabrones.
ANA: Ya no eres su problema. Te internaron. Te desterraron. Y los doctores, ya ves. Hace tiempo que te dan por perdida.
SARA: La niña perdida y hallada en tus brazos. Que no en los de la psicóloga aquella.
ANA: Bueno. Mía y yo nos parecemos más de lo que crees. Las dos te queremos sacar de aquí. Las dos te queremos, puti. Cada una a nuestro modo.
SARA: No creo que ella quiera llevarme a su casa, como tú.
ANA: No te equivoques. Que vengas conmigo no significa que vayas a vivir conmigo. Todo lo contrario.
SARA: Qué fantasma eres. ¿Intentas asustarme?
ANA: ¿Debería?
SARA: No sé si podría. Asustarme, digo. Si estoy aquí, es porque le he perdido el miedo a llegar hasta el final, a ser coherente y marcharme.
ANA: Qué generosa eres contigo misma. Otros dirán que le tenías demasiado miedo a vivir.
SARA: Qué cosas dices. No es tu papel decir eso.
ANA: ¿No es mi papel? ¿Tan presa me crees de lo que piensas que soy?
SARA: Todas sois iguales. Decís que me queréis abrazar, y luego me dais la puñalada.
ANA: Ah, no. Yo solo he prometido darte la puñalada. ¿No me llamabas para eso?
SARA: En realidad, no te he llamado. ¿Crees que no sé lo que hay? La gente cree que se muere y que vienen, quién sabe de dónde, los gusanos a comérselos. Pero yo sé que no.
ANA: ¿No?
SARA: No. Los gusanos crecen dentro de uno mismo. Siempre han estado ahí. Son toda la basura, toda la impureza que has ido acumulando dentro de ti. Un segundo en el paladar y una eternidad en la cartuchera.
ANA: Y eso, ¿qué tiene que ver conmigo? Si me estás llamando gusano grasiento, es tan absurdo que ni alcanzo a ofenderme.
SARA: No te hagas la tonta. Tú eres yo. Mi espíritu tutelar. Mi Doble. Estás conmigo desde siempre. Estoy enferma y hablo conmigo misma. Como todos.
ANA: Me vas a asustar, niña. Me asusta la seguridad con que lo ves y lo dices todo.
SARA: Qué le vamos a hacer. Soy una moribunda. Me asiste el don de la clarividencia.
ANA: Pues nada. Retiremos las luces de la sala, no vayas a opacarlas con tu brillo.
SARA: Bien harías. Y guarda los espejos. No me gustaría quedarme encerrada en uno de esos, teniendo que venir a rendir cuentas cuando me invoquen las de mi clase con una Biblia y unas tijeras.
ANA: Esas historias de espejos, que te cuentan para meterte miedo... ¿Tú has leído a Tolkien, verdad?
SARA: En español y en inglés.
ANA: Recordarás entonces que también Galadriel, la reina de los elfos, tenía un espejo. ¿Te acuerdas qué vio cuando miró en él?
SARA: ¿No era Frodo, el hobbit, el que miraba?
ANA: Técnicamente sí. Pero todo forma una cadena: Frodo mira en el espejo y, asustado por lo que ve, intenta convencer a Galadriel para que acepte el Anillo y se convierta en reina de la Tierra Media....
SARA: Una reina majestuosa y terrible. Ya me acuerdo...
ANA: Entonces Galadriel valora esa posibilidad, o recuerda haberla valorado en el pasado, cuando se miró en el espejo. Y llega a su conclusión: rechaza la gloria, la vanidad del mundo. I will diminish...
SARA: ¡Claro! Me haré pequeña. Disminuiré. Y me iré a Valinor, a las tierras de Occidente...
ANA: Así es. 'Conviene andar muriéndose. La tarde lo aconseja'.
SARA: Partamos, entonces. Yo ya estoy hecha pedazos. No te queda mucho que separar de la sábana.
ANA: Cuánta prisa. Luego quieres que crea que no te da miedo quedarte.
SARA: Olvida el tema. ¿Adónde vamos? ¿De compras? Con esta talla me va a caer todo de fábula.
ANA: ¿Te han puesto una moneda bajo la lengua?
SARA: Y una tarjeta de crédito. Es por que no me la muerda.
ANA: Poco veneno te queda. Pero dime: ¿algunas palabras para la galería? Hoy día las paredes no son lo que eran. Ni a papel llegan. Aunque creas que no te oye nadie, igual el eco de tu voz viaja por las tuberías y acaba llegando a la prensa, o a casa de tus padres.
SARA: Me da igual. No tengo nada que decirles. No les reprocho nada.
ANA: Te dan igual, entonces.
SARA: No he dicho eso.
ANA: Matiza, entonces. Es el momento. No habrá otro.
SARA: Siento... Bah, es una tontería.
ANA: También las tonterías hay que arrojarlas. Dilo.
SARA: Siento un poco no haber aceptado el abrazo de la psicóloga.
ANA: Vaya.
SARA: Quería demostrarme algo. Me retó y me rajé. Hubiera preferido abrazarla y decirle: '¿Ves? No significa nada.'
ANA: ¿Y no habría significado nada?
SARA: (Dudando) A lo mejor, sí. A lo mejor sí habría significado algo. Pero da igual, el caso es que habría salido ganando. Ahora me roe la duda.
ANA: Siempre lo he dicho. Con lo pesada que es la Esperanza, la Duda es mucho peor. Es la primera que llega y la última que se va. ¡Lo que cuesta despejarla!
SARA: No me entiendas mal. Quiero irme. Pero vienes a pincharme con esas mandangas, de las últimas palabras y demás. ¿Qué quieres? De algo hay que hablar, en lo que acaba de hacer efecto la anestesia.
ANA: No me enfado. No te enfades. Mira, te he traído una cosa. Un regalo.
SARA: ¿Bombones? Espero que no sean de la caja roja. Por menos de Lindt, ya no me rebajo a vomitar nada.
ANA: Bombones, no. Bombillas. ¿Ves este mando, con la rueda en el centro? Prueba a moverla.
SARA (con dificultad): Ok. Está duro. Lo muevo. ¿Qué pasa? [Baja la iluminación del escenario.] ¡Hostias! ¡Qué guapo!
ANA: Es mi regalo de despedida. Como diría un sabio Zen, ilustra la situación. Tú decides cuándo apagar las luces. Aunque, de todas formas... a las pilas tampoco les queda mucho.
SARA: Ana…. ¿Te llamas Ana, verdad?
ANA: Si tú lo dices, sí. Con lo que quieran llamarme, me tengo que conformar.
SARA: Qué coplera eres. Ana… ¿Tú me darías un abrazo?
ANA: (Turbada.) Bueno, no sé. Es algo irregular esto que pides.
SARA: No seré la primera.
ANA: No sé qué decirte. Me han invitado a jugar al ajedrez, a las 3 en raya y al escondite. Me han atado a la silla, en un descuido. También me han llamado como si fuera la novia que nunca tuvieron, o la madre que les quité de pequeños. Lo habitual. Pero llegado el momento, abrazos los justos. Soy fría, o friolera. Esto tan latino de andar sobándose no te creas que me llama mucho.
SARA: ¿Le vas a negar a una muerta su última voluntad?
ANA: Depende. ¿Tienes dudas?
SARA: Ya no.
ANA: ¿Se cortó el hilo? Lo uno por lo otro, entonces. Apaga la luz y te abrazaré.
SARA: (Girando la rueda. De aquí hasta el final, va bajando la luz.) Ven aquí, labios de bombón.
ANA: Vengo.
SARA: Qué labios tan dulces tienes.
ANA: Para morderte mejor.
SARA: No sé, ahora pienso…
ANA: Es tarde. No estropees el momento.
SARA: Pero…
ANA: Déjate ir. Descansa. Ya lo has echado todo.
SARA: ¡Papá! ¡Mamá!
ANA: Duermen.
SARA: ¡Mía!
ANA: Toda tuya, Sara. Ni de Dios ni de nadie.
SARA: Mmmmmmm….
ANA: Ya, ya. Siempre es igual. Sosiega. ¿Quieres que te cante una nana? ¿Sí? Venga:

Condiciones de luna
tiene mi amante,
tan pronto creciente
como menguante
—y cuando es llena,
no sé lo que me pasa,
que me da pena.

Al pasar la barca,
me dijo el barquero:
Obsidiana blanca
y asfódelos negros.
Nieve entre los dientes.
Sangre de perfil.
Eres lo que pierdes.
Sácame de aquí.


Ruido de un cuerpo al caer en la oscuridad. Silencio.

5 comentarios:

Alejandro Rivero dijo...

Leidas a retazos, se me dan un aire a Mona y Elaine, los personajes del spin-off de Sandman sobre Lucifer. Elaine es su sobrina, hija de Gabriel, y Mona una compañera de colegio que muere tragicamente pero a la que Elaine insiste en cuidar, lo que no le garantiza ni siquiera una vida de ultratumba tranquila, claro.

Al59 dijo...

¡Cierto! No lo habría relacionado, pero yo soy fan (gracias a Carlos) de ese cómic. Lo conocí antes que Sandman, y es verdad que el humor negro de esta parte es parecido al de esas conversaciones (y las de Abel con Caín).

Gharghi dijo...

Ya decía yo que me resultaba familiar el tono... 8-)

Alfredo J. Ramos dijo...

IM-presionante, Al. A lo mejor digo una tontería, pero la diré: es el tipo de tragedia en mi menor que hubiera escrito Lorca hoy. Gran fluidez, tono poético sostenido sin énfasis ni exceso de coturnos, muy ricas referencias de fondo (shakespeare and Co, mitos) que amplían el foco, humor y melancolía. Y todo en la más estricta estela del (nuevo) teatro griego. Dicho queda. ¿Alguna pega? Quizás se cita demasiado a Jung, con la mención de la peli sería suficiente. Conclusión: una muy grata sorpresa tus para mi desconocidas dotes dramáticas.

Al59 dijo...

Un gran regalo tu comentario, Alfredo. Describes al detalle lo que yo habría querido hacer, si supiera; si lo que de verdad me ha salido se acerca siquiera un poco, me considero afortunadísimo. Nunca me había pasado por la cabeza la idea de escribir nada dramático. Hace muchos años escribí un dialoguillo satírico sobre el verso libre y el maestro Antonio me dijo que estaba muy bien y que tenía dotes para el teatro, que debía cultivar; pero pensé que, una vez más, estaba siendo desmesuradamente amable. Sucede que a veces ese empujón amigo, o su recuerdo, es lo que uno necesita para animarse a probar cosas nuevas. Gracias, y muchas, por el que tú me das hoy —incluida la propuesta de aligerar la carga junguiana: la próxima vez que repase el texto la tendré muy en cuenta. ¡Un gran abrazo!