martes, 12 de noviembre de 2013

La caída de Arturo


La cosa va así: quedas con un amigo, Josu Gomez, y comentas el último poema publicado de Tolkien, La caída de Arturo. Coincides en que el traductor ha hecho un trabajo digno, teniendo en cuenta que el metro original, basado en la aliteración, es impracticable en castellano. Al menos nadie lo ha intentado, que se sepa. Luego debe ser imposible: un empeño que no tendría sentido. Tras una leve sonrisa, comenzáis a traducir los primeros versos...

Hacia el Este va Arturo, con sus armas resuelto
 a emprender el combate en agrestes campiñas;
 va surcando la mar hasta el suelo sajón
para el Reino de Roma defender de la ruina.
A tornar y torcer la corriente del tiempo
su esperanza le urgía; y a humillar al pagano,
que en bajeles voraces a atacar no volviera
las bahías brillantes y las aguas bajeras
de Bretaña del sur, su botín saqueando.
Como el mundo va a menos en los meses de otoño,
y a su destino, raudo, va declinando el día
bajo la bruma triste y un hombre busca entonces
quehaceres y aventuras en lo que corre, aún cálida,
su sangre asoleada, así ardía su espíritu
por un postrer asalto en pos de eterna gloria
de proezas y orgullo, afrontando la prueba,
soportando en su empeño el embate del sino.
El hado mal urdido así le daba impulso
y con malicia Mordred endureció su mente:
'La guerra es sabia', dijo, 'dislate el demorarse.
Que sus templos se caigan; que queden sus bastiones
derrumbados, desnudos; calcinados sus diques
y sus islas, inmunes al paso de las armas
o al imperio romano, ¡que ahora apesten al cielo
en fuego de venganza! Feroz es vuestra mano,
os sigue la fortuna: ¡salid y someted!'