miércoles, 11 de junio de 2014

La momia de Cervantes

Cervantes, el culto oficial de España (como diría Borges), es en realidad un autor mucho menos leído y querido que, por ejemplo, Antonio Machado o Federico García Lorca. Promoción tras promoción, nuestros alumnos de Bachillerato evitan cuidadosamente la lectura del Quijote, auxiliados por resúmenes y fichas de lo más resultón y colorido. En estos días, se planea la exhumación de los restos del escritor: lo que sin duda contribuirá a hacer más presente su figura en los medios de formación de masas —pero (desengáñese quien crea otra cosa) en poco o en nada contribuirá a que alguien se deje leer más o menos desprevenidamente cualquiera de sus obras.

Las gentes de la tertulia política del Ateneo andan moviéndose estos días para protestar contra este enésimo intento de dar el cambiazo, quitándonos lo que Cervantes dijo para vendernos ideíllas varias (y vanas) sobre lo que dijo y en qué circunstancias. Perdóneme quien supo escribirlos tan ágiles y graciosos que me sume al empeño con este soneto.

Desentierran la momia de Cervantes
(se la inventan, quizá) y, encuadernada,
planean añadirla a la ampliada
versión que marcará un después y un antes.

Aquí tiene el alumno comprobantes
de que el hombre existió: su lengua helada
en las letras y su desconcertada
osamenta: sin duda, son bastantes

las reliquias y cabe de ese modo
dar por sabido al hombre y a su obra
sin molestarse en darles voz u oído.

Alegrémonos pues: Cervantes todo
ha acabado y se va. Su sombra sobra.
La duda y la ocasión han concluido.