sábado, 11 de junio de 2016

Orfeo y la poesía oscura (Rafael Herrera)


Orfeo supone un caso aparte de todos los usos que de la mitología grecorromana ha hecho la Tradición Clásica. Además de los valores de ejemplo, de argumento, de alusión erudita u ornamental que el mito ofrece siempre, hay en las recreaciones órficas un componente mucho más fundamental, primario. Es materia poética misma por ser la representación del canto y por unir en su figura los dos arquetipos básicos capaces de explicar toda el alma humana: amor y muerte. Ya desde antiguo la figura de Orfeo adquiere un status especial en el ámbito de los seres mitológicos, diverso de dioses, hombres, héroes, seres de ultratumba, magos y adivinos, pero participando un poco de todos ellos.

Para recordar su figura, hagámoslo con su tal vez más hermosa recreación, en Virgilio, Geórgicas IV 467-526; tras toda su aventura en el infierno, donde puede acceder sólo a través del poder de la poesía, su fracaso se vierte en "los versos más tristes", sólo puede cantar (vv. 516-27 en versión de A. García Calvo):

Ni un amor doblegó su pasión, ni boda ninguna:
solo, los hielos del Norte y el Tánais nevicoso
y la llanura que nunca la escarcha escita abandona
él recorría, llorando perdida a Eurídica, el vano
don de Plutón. Despechadas de tal honor, las señoras
tracias, en medio del rito y orgía de Baco nocturno,
descuartizado al mozo por la ancha vega esparcieron.
Y aún después, la cabeza del claro cuello arrancada,
cuando por sus cabozos rodando el Hebro de Tracia
iba llevándola, "Eurídica" el frío son de la lengua,
"Ay Eurídica triste" exhalando el alma llamaba;
río abajo sonaba en la orilla "Eurídica" el eco.

La imagen no puede ser más sugerente, y así ha interesado siempre de muchas maneras, aunque en líneas generales podemos distinguir dos formas de "orfismo". La primera, más directa, es recobrar el mito apropiándoselo, una forma tradicional de influencia como la que hace Juan de Jáuregui en su _Orfeo_, llevándolo a su época, y lo presenta como un músico muy del XVII (_Orfeo_ IV 65 ss.):

Al pecho aplica la admirada lira
que en ligero cendal del cuello pende;
alguna luego de sus cuerdas mira
si a la precisa consonancia ofende;
áurea claver, tenaz, un nervio estira,
otro relaja; y, mesurado, atiende
siendo al examen árbitro el oído.

Ya que la lira, en corregidas vocesm
precursora del canto se adelanta,
y en perezosos puntos o veloces
suena la firme o trémula garganta,
fieras voraces, áspides atroces
tierno mitiga, sonoroso encanta;
llega su voz, en riscos y montañas,
a infundir vidas, a humanar entrañas.


De la figura comentaba Gerardo Diego ("El virtuoso divo Orfeo") que "quien en realidad toca ante Jáuregui es un diestro tañedor de la vihuela de arco del siglo XVI".

Junto a la apropiación estilística, está el uso poético de un argumento que reviste la intención lírica de un autor, y un ejemplo de esto, centrándose en la parte femenina del mito, es el soneto de Eurídice de Sophia de Melo Breyner-Andersen del que ya hablamos en otro lugar, pero que es necesario recordar aquí:

A Eurídice perdida en el aroma
y en las voces del mar buscaba Orfeo,
ausencia que poblaba tierra y cielo
y cubre de silencio el mundo entero.

Así bebí mañanas de neblina
y dejé de estar viva y ser yo misma
a la busca de un rostro que era el mío
que era mi rostro auténtico y secreto.

Mas ni en las olas ni en los espejismos
te pude hallar: se erguía solamente
el rostro puro y limpio del paisaje

y despacio tornéme transparente
como muerte nacida a imagen tuya
y en el mundo perdida estérilmente.


Pero cuando en una interpretación así entra ya la cuestión de la propia poesía, y se tratan además cuestiones más o menos mistéricas, es cuando en realidad gustamos ya de esa cualidad especial que decíamos tenía ese mito. Y es que Orfeo es del umbral, de los pocos que lo cruzan en ambos sentidos, y por eso es de dos mundos; así Rilke (Soneto a Orfeo, trad. propia):

¿Es él de aquí? No, sino que se cría
en ambos reinos su mayor naturaleza.
Las ramas de los sauces doblaría
quien sabe su raíz, con más destreza.

No dejéis en la mesa, al acostaros,
pan ni leche; a los muertos los convoca.
Pero él los conjura, y trastoca,
bajo los suaves párpados más claros

su aparición con todo lo visible,
y de tierra o de rombo, el hechizo
es para él de lógica invencible.

Nada muda su imagen verdadera,
sea en sepulcro, sea en cobertizo,
celebre anillo, fíbula o cratera.

Esa participación en los dos mundos, su carácter mistérico, es lo que divulgó toda la secta órfica y lo que ha cautivado también a todos los poetas que buscan una salvación; así era el Orfeo de Rilke, pero también el de Novalis, crípticamente aludido en el VI de sus Himnos a la Noche:

De costas lejanas, bajo el cielo sereno y alegre de
Hélade nacido, llegó a Palestina un cantor, y entregó su corazón
entero al Niño del Milagro...

La muerte nos anuncia eterna vida.
Tú eres la muerte y sólo Tú nos salvas.


Con esa peculiar interpretación religiosa que, si toma elementos del cristianismo (como éste los tomó en principio de las sectas órficas) lo funde en una concepción conciliadora, que elimina opuestos en figuras sincréticas, biformes como lo es la de Orfeo. También Orfeo, al decir de Marcel Detienne, (La escritura de Orfeo, trad. esp. Barcelona 1990) "reescribe los dioses de la ciudad", siendo síntesis de Apolo y Dionisos, de la armonía y de la oscuridad. Es esta parte oscura la que hoy nos interesa, y queremos entender oscuridad como decía Juan Eduardo Cirlot ("La oscuridad en la poesía", _Poesía_ 5-6 (1979-80); p. 120):  "Oscuridad se toma en el doble sentido de voluntad de entenebrecimiento exterior, y de abismación en hondanares que acaso valdría más ignorar";  pero frente a las reticencias estéticas o intelectuales que esto podría suscitar, aclara que "Puede que mucho de esto sea cierto, pero no es razón para prescindir de un factor de conocimiento y de comunicación esencial". Ciertamente, una mayor o menor dificultad en la poesía no nos exime de buscar su intención, cuando ésta se dice así porque así tiene que decirse: por eso la figura de Orfeo tiene un papel tan preponderante en la poesía oscura, o acaso es que la poesía se oscurece cuando aparece Orfeo, con su lado tenebroso, expresado a través de la clara armonía del verso. Poetas de los llamados "iluminados", "crípticos", "herméticos", "oscuros" en fin, porque tienen un mensaje profético sólo expresable en un lenguaje determinado, se han identificado siempre con Orfeo: así en el soneto El desdichado de Gérard de Nerval que recoge otros mitos frecuentes en su obra, pero que concluye con la figura de Orfeo y el paso del Aqueronte, la circulación entre mundos (trad. propia):

Dos veces vencedor yo crucé el Aqueronte
modulando por turno en la lira de Orfeo
suspiros de la Santa y los gritos del Hada


A veces es sólo la imagen poética de la bajada, sin referencia directa a Orfeo, lo que nos lleva sin embargo al terreno de lo órfico, a la iniciación mística que supone hundirse en las tinieblas, en la conciencia, para regresar otro, y así en el poema del portugués António Ramos Rosas, de su libro O incéndio dos aspectos (trad. de Ángel Crespo, al que Orfeo tenga en sus glorias):

Animado el poeta bajó
la horizontal escalera
al encuentro de la lámpara animal.

Baja hasta la tierra humedecida
buscando la pobreza de una lámpara
violeta
sobre una pierna soberbia allí perdida.

Baja
hasta que baja en la pobreza
de la faz de follaje negro
araña negra sobre aquella pierna
del cuerpo glorioso.


O la imagen del descenso que es central en estos versos finales del Himno del Gran Retorno de Ánguelos Sikelianós (trad. propia):

Cual mano que entre medias de las cuerdas de la lira
imagina tocar
igual mi corazón entero en cada astro que mira
se estremece de amar.

¡Hondo misterio! El pálpito universal al fondo
del cuerpo conocido
de entre la fuente de tu fuerza lo respiro hondo
de robustez henchido,

y pues que sin buscarlo yo del cielo alto me alcanza
y va hacia mí de frente
Amor armado, yo me agito y respondo a su danza
con armas de la mente.

Pues yo lo sé, que más allá del resplandor astral
cual águila acechante
me aguarda donde empieza la tiniebla divinal
mi propio yo formante...


Así que la bajada es conocimiento de uno mismo, que a lo que nos quiere obligar la poesía. Medio de conocimiento es también la experiencia órfica para Carles Riba, que en la X de las Elegías de Baskerville recurre a Orfeo para expresar su sentido salvífico muy relacionado con Rilke como él mismo reconocía:

Dioses fraternos, así tras beber e inundarme en mi propio
puro retorno, pasé dentro del alma hasta allí
donde moráis, más allá de la infancia, vosotros conmigo
en la sonrisa de estar ciertos, un solo final,
yo el glorioso instrumento y vosotros amor...


Esta tendencia órfica es la que se advierte en algunos libros como El  jardín de Orfeo de Antonio Colinas, que recoge motivos muy clásicos con los salvíficos del dolor y la muerte; una muestra con el poema Órfica:

Cerrado el alto muro del jardín
fundido ya mi fuego con su fuego,
llega la noche y oigo unos pasos
que descienden de espacios siderales,
que hacen crujir serenas las esferas.
Es Orfeo, Orfeo: la Armonía.
Orfeo, que adormece o torna beodos
a animales y a plantas, que del alma
humana arranca con trinos y músicas
—sueño tras sueño, espina tras espina—
todo el dolor que supura del mundo.


o el extensísimo poema Doce de los órficos de José Lezama Lima, tan fabuloso que merece estudio aparte (aquí sólo se apunta para que el lector inquieto corra a leerlo).

Pero dentro de la poesía oscura no queremos dejar de referirnos al ya mencionado Juan Eduardo Cirlot, que también merece un estudio más a fondo; en cuanto a Orfeo, tiene al menos tres tratamientos del tema en su poesía; el primero en su libro Árbol agónico (de 1942-45), y que se inserta junto a otros poemas mitológicos a La Pitonisa, Apolo Musageta, Medea, etc.:

ORFEO

Del viviente silencio que los cuerpos sollozan,
del canto palpitante de los bosques reunidos,
del himno acumulado, solar, por las llanuras,
Orfeo, en la ribera del fuego, extiende el grito.

Al rumor del incendio, las rojas, degradadas,
las azules y negras bestias, mansas acuden;
los pájaros descienden, y los árboles sufren:
los oscuros cipreses de ensueño disonante.

La subceleste calma de los sagrados valles
lenta vibra, sublime de espumas y laureles,
y, en el desnudo espacio, cristales y palomas,
ambos gimen, prendidos en el pulso severo.

Sonidos inmutables doran sordas montañas,
y pechos, y cabellos, que a su luz resplandecen.
El dolor ha encontrado la fuente, y el espejo
en el camino profundo donde no se destruyen.

Mujeres de ceniza, pastores enterrados,
sueñan cielos de plata a través de la arena.
Sus pupilas resecas se inundan de jacintos,
y en la orilla del río las cañas se estremecen.

El mar es un lamento que corta las magnolias,
y el aire es un gemido que las estatuas muerde,
pero tiene el abismo del hombre otra violencia
con que expresar la sangre que invade sus paisajes.

El siguiente es un libro entero, de 1970, Orfeo, con casi todos sus poemas en tercetos sin rima aunque también con cuartetos y algún alejandrino, pero que recuerda el estilo de las fábulas antiguas aunque en un lenguaje altamente hermético: aquí se da la vuelta al tema del autoconocimiento que veníamos viendo y propugna (algo así como nuestro Agustín García Calvo) un desconocerse, un des-saberse, comenzando el libro con una autocita que dice: "Niégate a ti mismo y síguete", y que se dedica, mistéricamente, "A Eurídice-Perséfone". Yo remito a su lectura, pues el desarrollo de la idea es largo, pero quiero recordar al menos un verso tan revelador como éste, que tan bien cantaría, un poner, Silvio Rodríguez:

Mi máscara es la lira: yo mato cuando canto
aunque esa muerte sea también mi propia muerte.

Por fin, de 1972 el libro Ocho homenajes (que los incluye a Dante Gabriel Rossetti, Scriabin, Nerval, Schoenberg, Tasso y Wagner, o sea, muy músico y muy mistérico), comienza con este soneto a Orfeo, que ya lo dice todo:

Lejos está la sombra que me mira,
perforadas montañas la circundan;
hay olas escarlatas, y se inundan
las órbitas de todo cuanto gira.

En sangre y resplandor flota la lira,
las cuerdas y planetas se secundan
y el orbe gemirá cuando se hundan.
Una cabeza muerta que respira

canta en mi corazón donde la sangre
en el mar de sus ojos, de su boca.
Una cabeza sola a la deriva.

Quiero que mi cabeza se desangre,
me quiero convertir en una roca;
mas que mi voz no yerta sobreviva.

Yo no sé hasta qué punto pueda tener la poesía ese valor salvífico, pero sí que esa actitud del poeta logra creaciones tan impresionantes como éstas; luego, dejamos los versos y nos vamos a beber unos vinos, sin angustiarnos mucho con la muerte y el otro lado, porque como ha escrito nuestro amigo Alejandro

La mariposa muere mientras gustas
el polvo delicado de sus alas.
Sal ya de mi memoria, oh tú, viajero.
Tras estos versos, mira, ya no hay nada.

(Rafael Herrera, «Orfeo y la poesía oscura», en El mundo de ultratumba en la Antigüedad. Actas del 8º Coloquio de Estudiantes de Filología Clásica, Valdepeñas: 1996, pp. 33-40).