domingo, 17 de octubre de 2010

El ron del Edén


Nunca se sabe dónde sopla el aire. El otro día, haciendo zapping, fui a parar a Intereconomía, que es algo así como el Tea Party español, con zarajos en vez de pastas. Pues bien, ahí estaba: Viento en las velas, una película genial de Alexander Mackendrick, de la que nunca me habían hablado. Anthony Quinn es el capitán Chávez, un pirata entrañable e inepto que aborda un barco que va de Jamaica a Inglaterra. Con el cargamento se le cuelan unos cuantos arrapiezos que le hacen la vida apasionante e imposible, en una secuencia de acontecimientos de los que pocos, si alguno, pasarían hoy la criba de la corrección política: negros e hispanos supersticiosos y primarios, niños que pasan una tarde inolvidable en un burdel, piratas borrachos que bajan a la bodega a buscar a la mayor de las niñas para que les haga un bailecito en cubierta.

La historia me pareció tan buena que sospeché un libro aún mejor en la trastienda. Lo hay: Huracán en Jamaica, de Richard Hughes. El texto se suele vender como un precedente de El señor de las moscas, por la visión nada ingenua que da de la niñez. Hay cierta semejanza, pero la novela de Golding es un apólogo, y la de Hughes avanza sin brújula, sensible al encanto de las mareas. Hughes recuerda las ambigüedades y puertas abiertas de la niñez con una exactitud nada frecuente. Un suponer:

Durante esa media hora, Jonsen [el capitán pirata; Chávez, en la película], que seguía al timón, no dijo ni palabra. Pero su irritación acumulada estalló al fin:
—¡Eh, vosotros! ¡Ya está bien!
Los niños lo miraron con estupor y desilusión.
Hay un período en las relaciones de un niño con cualquier adulto que esté a su cuidado; este período discurre entre el momento en que lo conocen y su primer reproche, y sólo puede compararse a la inocencia primordial del Edén. En cuanto tiene lugar el primer reproche, el Edén ya no puede recuperarse.
Jonsen acababa de ponerle fin.
Pero, no contento con eso, seguía parloteando con rabia:
—¡Dejadlo! ¡Dejadlo! ¡Dejadlo ya!
(Por supuesto, los niños ya lo habían dejado.)


jueves, 14 de octubre de 2010

Opus en sol


Vuelan por Vietnam este octubre los dos mejores tercios de Ciento Volando, Daniel y Luli, en bicicleta —y los echo mucho de menos. Tanto como para buscar esta canción del 93 o así y sacarla a bailar un rato. El arpegio de la guitarra, con tres cuerdas, tiene su aquél: eran todas las que quedaban cuando Dani compuso la pieza. El sonido como de percusión que acompaña a la guitarra es (creo) el movimiento del micro que metimos como pudimos dentro del instrumento para amplificarlo. Toda la canción tiene un sabor inolvidable, no exactamente de época, sino de tiempo sin formatear, en que los sueños y las posibilidades empapan lo real. También hay algo de época, no obstante, en esas preguntas sin pregunta, tan babelianas; las referencias al juego de rol (inolvidables partidas de Rune Quest y Aquelarre) y la superabundancia de abriles (que Sabina, buen olfateador, fijó poco después para el gran público: ¿Quién me ha robado el mes de abril?).

Un libro abierto por dónde,
donde se escapa mi voz,
una galleta sin punta
y algún pañuelo de arroz.
¿Dónde perdimos el alma
jugando a un juego de rol?
Te acompañaba hasta casa,
las farolas eran yo.

La casa de la colina
donde solíamos reír,
donde el tiempo nos olvida,
donde sólo hay un jardín
y abrazados de la risa
y muriéndonos por fin,
tú tejías dulce y sin prisa
una sonrisa de abril.

Un libro abierto y desnudo
y algo nuevo que contar,
me dijiste 'No lo digo,
que es mejor adivinar'.
Cómo nos hacemos daño
porque yo no sé jugar;
aún no he cumplido cien años
y algo tuyo se ha ido ya
por el desagüe de abajo,
por la voz que nunca fui.
Tengo los ojos cansados
de no saber qué decir.

Cuánto tiempo hemos pasado
yo sin ti y tú sin mí,
el recuerdo sopla afuera
para hacer feliz la espera
de los que no se marcharon
con la última flor de abril.
No sé si me has enterrado,
yo aún sigo pensando en ti.



lunes, 11 de octubre de 2010

Días de ocio


Hubo un tiempo en que podía pasarnos cualquier cosa. Ahora, como siempre, también nos puede pasar cualquier cosa (buena, incluso); pero flota la sospecha de que llega tarde, a destiempo. De esa zanja brota angustia y dulzura, en proporción variable: perdida la inmortalidad infantil, vivimos el ocio de un condenado a muerte.

jueves, 7 de octubre de 2010

Estabas ocupada siendo pálida





(Imágenes: May Gañán, oct. 2010.
Mil gracias por jugar esta partida.)


Estabas ocupada siendo pálida,
serrín incandescente de las horas
que pasan como pájaros dormidos.
¿Adónde la flota de azúcar?
¿Qué versos dividen el cielo?
...Volver a tus ojos, volver.
No puedo seguir aquí fuera.



martes, 5 de octubre de 2010

Venta de fresas


(Santiago Parres, Ex Machina V)

Leyendo lo que va cayendo sobre la muerte de Miguel Ángel Velasco, encuentro una evocación desdeñosa del momento neosurrealista de la poesía española, la época de Blanca Andreu, cuando amainaban los novísimos y no rodaba aún el pelotón de la experiencia. Acepto que Velasco llegara a ser el gran poeta que es con su segunda manera, a partir de El sermón del fresno; pero no puedo dejar de sentir cierta añoranza de ese momento no vivido en que hubieran encartado, quizá, poemas como éste y otros que escribí muy a destiempo, ya en los 90 —aquellos decapentes que tanto le gustaban a mi querido Santiago Parres.

Venta de fresas

Te pones a pensar en la baraja congelada,
las bragas de tu prima, su mirada soberana,
entrar al corazón redondo y sucio de tu hermana
para mirar sus fotos asesinando cachorros,
bolígrafos mohosos, tarros de galletas verdes,
deja que entre una vez hasta la sala de los muertos
a recoger el libro que perdí en aquella barca
que dejamos partir en la marea, mahonesa
cortada entre los labios de la tarde abandonada.


domingo, 3 de octubre de 2010

Vals sonámbulo


...And of course Henry the horse dances the waltz.

Las piezas instrumentales tiende uno a componerlas más con el teclado (o con la cabeza) que con la guitarra, así que después, si uno quiere tocarlas con un par de guitarras, hay que adaptarlas al instrumento. Como todas las operaciones 'meramente técnicas', implica en realidad un repaso profundo de la pieza. Es cuestión de tonos, octavas y digitaciones —pero también pasa por eliminar todo lo que no resulte esencial, transformar sin tergiversar y añadir lo que llegue al calor del momento.

Total, que ahí va una vieja amiga (el Vals Sonámbulo) en traje nuevo. Por si a alguien le apetece comparar, rescato también la versión anterior, para piano y otros instrumentos.





sábado, 2 de octubre de 2010

Miguel Ángel Velasco abandona la sala



Hay sincronismos negros. Hablábamos estos días de la Ilíada y se nos muere inesperadamente Miguel Ángel Velasco, el autor de los versos que siguen, que dicen lo que importa bien e tan mesurado. Espero que su memoria no descanse en absoluto y siga dando muchísima guerra. Donde estés, gracias por El dibujo de la savia, La miel salvaje y La vida desatada —los tres mejores libros de poesía de los últimos años, y de tantos.




*

Acerca de las heridas de los héroes

A Agustín García Calvo


En la Ilíada nos prende
esa intención precisa en la manera
de describir el daño. Cuántas veces
se demora el hexámetro en el sitio
de la quebrantadura,
en el fiel inventario del estrago:
el lugar que desgarra la espada, cómo hiende
la carne y desmorona ese cartílago;
donde triza el pedrusco
el hueso, el recrujir de sus astillas;
la trayectoria exacta del venablo
que atraviesa las chapas del escudo,
la coraza de bronce.
Y el estruendo que hace al derrumbarse
la torre del guerrero.
Y no hay buenos ni malos, todos son
feroces alimañas que se ceban
en la carne ensartada,
que la agonía infaman del contrario
con palabras de burla,
y que después arrojan los despojos
al festín de los perros.

Y en esa pulcritud, en el registro
de la calamidad, va una plegaria
por la carne solar, por el milagro
precario de este cuerpo.
La cálida estructura bien trabada
que en la danza aligera su destino,
que se hace esclarecida geometría,
claro esquema en el nado, esa otra danza.
El delicado cuerpo
que reverbera en luz cuando lo anima
el ritmo del amor o del poema.
Porque no hay canto alguno
sin el humor del cuerpo, aunque destile
ese licor amargo de la pérdida.
De Sófocles nos dicen que era diestro
en el baile, y que Byron
gustaba de medirse
a menudo en el pulso de las olas.
Y de Tolstoi que sólo sonreía
después de nadar hondo en un brío de sábanas,
porque tras la liturgia de los cuerpos,
en contra del proverbio, no hay tristeza.

Velemos por su gracia,
porque el cuerpo es un templo mientras arde
el resplandor de su desnuda gloria.

viernes, 1 de octubre de 2010

Tristes guerras


Tristes guerras
si no es amor la empresa.
Tristes, tristes.
(Miguel Hernández)

Aunque la Ilíada canta una guerra, la de Troya, nunca se idealiza el combate ni se presenta como algo grato. Homero habla siempre de la guerra funesta, la triste guerra.

El rechazo a las pretensiones de la guerra, estéticas o morales, se hace inequívoco en la escena en que Zeus discute con Ares y le escupe su desprecio, indicando que es el dios que menos estima, y que, de no ser hijo suyo, lo arrojaría del Olimpo, por solazarse con el odio, la destrucción y la muerte (Ilíada 5: 888-898).

Al mismo tiempo, en el poema se acepta la guerra como cosa inevitable. Como escribe Heráclito, la guerra es el padre de todo. No sólo desde que hay registro de sus andanzas ha estado siempre el hombre en guerra consigo mismo, sino que las sociedades 'pacíficas' crían y adiestran especialistas en la violencia (ejércitos, policías) para afrontar al enemigo exterior o reprimir al interno. Dentro de cada uno, también los deseos luchan: la lujuria con la pereza, la sociabilidad con la timidez, el orgullo con la necesidad de afecto. Según la concepción de otro filósofo griego, Empédocles, el mundo es una partida sin fin entre dos tunantes: Amor y Odio.

Homero acepta que la guerra está ahí, y nos muestra cómo otorga a los hombres la oportunidad de descubrir su mejor yo. Las situaciones extremas sacan, en efecto, lo mejor y lo peor de la gente. Sin guerra, no hay héroes: quienes serían admirados por su valor en la lucha, pueden terminar catalogados en tiempos de paz como psicópatas (mata uno y serás un asesino; mata mil y te colmarán de medallas). Cf. las barbaridades que hicieron famoso al mutilado Millán Astray: ¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte! y el canto de los legionarios: soy el novio de la muerte.

En Homero, por otra parte, no hay buenos ni malos: los héroes de uno y otro bando compiten como si fueran atletas con distinto espónsor y equipo. De ahí que, en ocasiones, el respeto mutuo prevalezca sobre la hostilidad: el aqueo Diomedes y el troyano Glauco se enfrentan en un duelo a muerte, pero charlando descubren que sus antepasados fueron amigos. Renuncian a matarse y se separan amistosamente, tras intercambiarse las armaduras (Ilíada libro VI: 119-235). Cf. la denuncia pacifista: Los soldados se matan. Los generales se saludan.

Lo absurdo de la guerra de Troya, y por extensión de toda guerra, se expresa muy bien en el personaje de Protesilao: un joven al que, nada más casarse, enrolan en el ejército griego. Cuando los aqueos llegan a Troya, Protesilao es el primero en desembarcar. Nada más pisar tierra, se lo lleva por delante una flecha, sin darle opción a desplegar su valor. De algún modo, simboliza la carne de cañón necesaria en toda guerra. Cf. la ironía de Allen Ginsberg: La guerra es un gran negocio. Invierta a su hijo.


miércoles, 29 de septiembre de 2010

Leyenda urbana


Últimamente se ha puesto de moda entre los colegas ir a confesarse con grabadora. La peña acude al confesionario con la intención de quedarse con el cura. Le cuentan, bajo secreto de confesión, burradas inhumanas, calientes y sucias. Se deleitan en todos los pormenores simulando vergüenza, haciendo pasar por suspiros lo que sólo son espasmos de risa, mientras la grabadora, a la vez, va dando testimonio del doble juego recíproco del cura, que se está inventando un escándalo con la intención de saborear hasta el más mínimo detalle.

Después, todos los amiguetes se ríen hasta revolcarse en carcajadas; y se reparten copias secretas de la cinta. Para entonces, suele aparecer algún colega que se presta al siguiente experimento. Si no se atreve nadie, la peña lo echa a suertes.

Es así como me tocó a mí y no pude negarme. La gente me dio ideas, todas ellas a cual más morbosa y excitante. Pero yo las rechacé todas y elaboré mi propia historia sin contársela a nadie, buscando siempre la sorpresa.... No vi muchos problemas. Todo era tan fácil como acudir a un confesionario previamente elegido, con grabadora y dominio de las ganas de reírse.

...Estuve brillante e impacté en el cura, que parecía un viejecillo medroso. Me crecí en la descripción de los pormenores. Incluso me hice de rogar por él con el pretexto de vacilar ante un ataque de vergüenza. Me sentí tan dueño de la escena que inventé cosas que no había imaginado ni tampoco hubiera podido imaginar. Me detuve en los matices y vueltas de escenas y sensaciones que nunca había experimentado, con la esperanza de que tampoco los hubiese experimentado mi confesor, que parecía virgen. Pero me entusiasmé tanto ante el temblor y el estupor del viejecillo, quise poner tanta emoción, que hasta llegué a matarla. Fue un crimen pasional, producto de la orgía. Lo pormenoricé: le había cortado el cuello primero; y, después, le había atravesado el corazón para asesinarla también en sentido satánico.

El viejecillo rugió de asco. Escuché un gorgoteo tenebroso, áspero, maledicente. Después, se hizo el silencio. Y, pasados unos momentos, aleteó un susurro de voz. Y la voz me pidió que lo contase todo a la policía.

—Padre, deme la absolución...

Pero él se negó a dármela. El susurro murmuró alegando que yo era un pervertido. Y no se me daría la absolución hasta no demostrar arrepentimiento. Tras esto, se negó a seguir hablando.
Asustado, abandoné la iglesia. Al salir a la calle, me asaltó un mal presagio. Por los motivos que fuese, la farsa había resultado inútil. La grabadora se me había atascado tras las primeras frases. Evité el encuentro con los amigos y deambulé sin rumbo por calles y calles sintiéndome cada vez más observado, más culpable, más criminal. ¿Qué había hecho de malo salvo el fracaso....? Era ya muy tarde cuando volví a mi casa. Había alguien apostado en una esquina lejana que se disipó cuando lo sorprendí. O así me pareció. Escapé a las preguntas de mis hermanos. Profundamente afectado, temiendo lo peor, me dispuse a abrir mi cuarto.

Nada anormal vi allí. Sólo un silencio de muerte. Sin apagar la luz, me encerré en la cama. Estaba tan cansado, tenía tanto miedo, tanta inseguridad... Pero no me dormí. Media hora después, sonó el teléfono. El teléfono...

Oí su voz asfixiada:

—Javier, lo hiciste mal conmigo, lo hiciste todo al revés... En vez de haberme pinchado en segundo lugar el corazón para que no siguiese viva, debiste haberme cortado el cuello para que no siguiera hablando....

Antonio

Todas las vacas saben volar. Pero no saben aterrizar.
2-6-02

domingo, 26 de septiembre de 2010

Pequeña caja líquida de sueños

Aka El puente de Aranda (motion picture). Me apuesto lo que quieran a que les gustará el final; aunque a mí me asombra el resto. Uno toma más o menos al azar un puñado de imágenes del disco duro, públicas y privadas, con sólo dos criterios: no haberlas utilizado antes (con dudas en algún caso) y que encajen, intuitivamente, con el aura de la música. Una vez que las tienes todas sobre la mesa, no veo otra manera de ordenarlas que buscar en cada caso algo objetivo que relacione una con otra. Lo increíble es que entonces se descubre toda una cascada de correspondencias: algunas tan llamativas (y no buscadas) como la del paraguas. El puente, claro, sale hacia la mitad (y, de entre todas las imágenes posibles, Youtube lo ha seleccionado como portada: ¡!); pero también encontrarán otros escenarios y personas queridas de esta casa: Ofelia, Melusina, la vagina dentada, Alfonso, Claudia, Carlos, Valdemanco, Candeleda, el laberinto, Arrabal, mi madre, Luli, Dioniso, el Edén, el buque fantasma y el ataúd de Blancanieves. Para un viaje tan breve, no es mal plan. Disfruten si se pierden. Y no se corten: cuéntenmelo.

sábado, 25 de septiembre de 2010

El reportaje fantasma


No creo en sincronismos —pero ellos no lo saben y siguen cortejándome. Algunos son muy cantosos. La presentación del libro que hicimos el curso pasado, El aula encantada, ha ido derivando (menos mal) hacia nuevas actividades con sentido propio, que toman el producto previo como excusa para tirarse la piscina. Una de ellas es que los chavales recojan leyendas: esta vez, leyendas locales (no desespero de encontrar una sobre el instituto donde penamos) y leyendas urbanas. Sondeando el terreno, mencionamos en clase, como una de las más famosas, la historia de la autoestopista fantasma, de la que promociones anteriores recogieron ya una versión local, ambientada en la curva de Torreseca.

Bien. Cuando llego a casa, mi amiga Guadalupe me pregunta si sé lo de Peraleda. Al parecer, todo el pueblo está revolucionado porque el último programa de 'misterio' del infumable Iker Jiménez ha sacado a la luz una historia increíble. Suponen bien: se trata de una aparición que frecuenta las carreteras de la comarca. Al parecer, los rumores vienen de lejos, pero ahora ha surgido un testigo de impecable reputación que da la cara y afirma haber visto por tres veces a la susodicha.

Por decirlo todo, no es una autoestopista al uso. En realidad, ni siquiera está claro que le cuadre lo de autoestopista. Según nuestro hombre, se trata de una niña vestida con un traje blanco de comunión, al gusto de nuestros abuelos, con gorrito y libro de pastas de nácar. La niña parece perdida, en busca de ayuda; pero cuando él se decide a bajar del coche e intenta hablar con ella, sale corriendo cual alma que lleva el Diablo (lo cual no debe descartarse).

Sobre el aparato Jiménez uno preferiría hablar lo menos posible. Su método de investigación, en cualquier caso, impresiona. Hay que ir a los sitios de noche, y a ser posible llevarse una máquina de ésas de humo para cubrirlo todo de niebla, así sea agosteña. Un rápido vistazo a la historia local hará el resto: se localiza un pueblo despoblado (Valparaíso) y se nublan, también, las causas del despoblamiento (en este caso, una guerra que se llevó a los jóvenes del lugar), de modo que el espectador pueda proyectar sobre la zona la película de terror que mejor le cuadre: sectas satánicas, incestos rurales, brujas en celo... Si todo falla, siempre cabe dejar una grabadora en mitad del campo, para después, con ayuda de un buen procesador de ectoplasmas, localizar algún crujido de yerbas o hipo de pájaros que pueda pasar por voz del Maligno.

Imagino que en estos casos hay que asumir la manipulación televisiva como un último tentáculo, purulento quizá, del folklore. En cualquier caso, la coincidencia es curiosa. A ver si algún alumno de Peraleda se anima a darle forma a la historia. Seguiremos informando.

martes, 21 de septiembre de 2010

Érase otra vez


Cinco siglos, al menos, separan el relato homérico, compuesto en el siglo VIII a.C., de los sucesos en que se inspira. El lapso es largo: del Poema de Mio Cid se cree, en cambio, que pudo escribirse cuando el héroe aún vivía. De ahí, probablemente, su carácter realista, que contrasta con la exuberancia mítica de la Ilíada. Cuanto mayor el tiempo, también el margen para exagerar, mezclar, depurar y, en definitiva, digerir los hechos, haciéndolos dignos de canto.

Hay una tendencia universal a dorar el pasado, a hacer de él una Edad de Oro. Manrique asegura con aire proverbial cómo cualquiera tiempo pasado / fue mejor. La Revolución Industrial actualiza el tópico, al crear como efecto secundario una añoranza de las cosas hechas como antes, artesanalmente, frente a los productos industriales fabricados en serie.

En todas las épocas, ha sido también un tópico que los padres y abuelos se quejen de la decadencia moral y física de las generaciones siguientes (efecto del recuerdo selectivo que se tiene de la propia juventud). Ya no quedan hombres como aquéllos. Si los quejosos tuvieran razón, bastaría remontarnos tiempo atrás para hallar una primera generación de hombres excelentes, semejantes a los dioses.

Por supuesto, así es. Muchos pueblos cuentan en su cronología con una época heroica o mítica en la que los dioses y los hombres estaban más cercanos en todos los sentidos: se parecían más, y vivían en mayor proximidad. En el principio de los tiempos, in illo tempore, el hombre y Dios o los dioses convivían en un mismo espacio (el Paraíso). En Egipto y en otros lugares, los primeros gobernantes fueron los dioses (Osiris, Horus). En Grecia se dice que los dioses se paseaban por la tierra, invitaban a sus amigos mortales al Olimpo, bebían con los hombres y se acostaban con las mujeres: de ahí los frecuentes nacimientos de semidioses: hijos de dios y mortal, que viven más que los hombres comunes y son mucho más fuertes que ellos. De entre los semidioses saldrán casi todos los héroes.

Semidioses, híbridos de deidad y mujer, son también Jesucristo y su eventual contrafigura, el Anticristo o hijo del demonio, que tanto juego ha dado en la imaginación popular (cf., entre los casos más recientes, películas como La semilla del diablo, La profecía, Demian).

En la Biblia, hay huellas de este tema en la historia según la cual los hijos de Dios se unieron a las hijas de los hombres, engendrando así la raza de los gigantes o héroes (Gn. 6) .

Los textos ugaríticos, anteriores a la Biblia, usan hijos de Dios para designar a los dioses del Panteón cananeo, hijos del dios principal. Es probable que el mito bíblico sea una reliquia politeísta, del tipo del salmo 82, en el que YHVH se dirige a los demás dioses en la Asamblea divina: Dios se levanta en la asamblea divina, rodeado de dioses juzga….

La tradición de los teólogos judíos se divide entre quienes hacen de los hijos de Dios ángeles enviados por éste a la tierra para reformar a los hombres (pero que caen en la tentación y sucumben al encanto de las mujeres) y quienes tratan de evitar toda sombra de heterodoxia entendiendo por hijos de Dios a los descendientes de Seth, virtuosos, y por hijas de los hombres al linaje de Caín. En este caso, queda por explicar por qué los descendientes de la unión de ambas familias son gigantes, y a santo de qué viene la preocupación divina que trata de limitar el número de años de la vida humana.

La interpretación de los hijos de Dios entra, dentro del cristianismo, en contradicción con el dogma de que los ángeles, puro espíritu, no tienen sexo ni capacidad de engendrar. Cf., no obstante, la creencia medieval en íncubos y súcubos, y la creencia en hijos derivados de estas uniones híbridas (Merlín, hijo de un íncubo; el Anticristo, hijo del demonio).


Se observa también que, en un inicio, Dios hace al hombre a su imagen, inmortal. Los sucesivos errores o faltas hacen que el hombre sea objeto de castigo, primero perdiendo la inmortalidad (expulsión del Edén), más tarde el conocimiento del idioma divino (Babel). Aunque no inmortales, los patriarcas antediluvianos vivían aún sus 175 (Abraham) o hasta 969 años (Matusalén). Los hombres antiguos se parecían más a los dioses: su vida era más larga y su fuerza mayor. YHWH, que percibe esta cercanía como una amenaza, decide acabar con la raza de los héroes o gigantes, limitando a partir de entonces la vida humana a los 120 años.

En Grecia, se da también una pérdida de confianza entre dioses y hombres: tras sucesos como el de Ixión y Tántalo, que ofenden la hospitalidad de los dioses, éstos restringen drásticamente el contacto entre ambos mundos; no hay, pues, más semidioses ni héroes.

En definitiva, el tiempo de los mitos y de la épica es el tiempo antediluviano, los tiempos de Maricastaña: un pasado que se siente muy lejano, superior y distinto.

Puesto que la épica habla de cosas muy viejas, es normal que el propio lenguaje que se utiliza sea arcaizante: que suene él mismo antañón, artificiosamente avejentado. Si habla un personaje de hace cinco siglos, se intenta que hable como se hablaba hace cinco siglos (sólo que, en realidad, ya nadie sabe cómo se hablaba entonces). El fenómeno se da también en nuestros romances, donde abundan las formas que habían caído en desuso, o que nunca habían estado en la lengua: futuros del tipo oiredes, sabredes, la e paragógica (infelice), la conservación de la f- inicial (fablaba)...

Es un lenguaje que quiere evocar el ἀρχή, el principio de los tiempos, la época primorosa de los príncipes (cf. la cascada de ideas: principio, príncipe, presidente, primor, primario). Lo originario es también lo original: aquello que, a diferencia de la copia, del cliché, conserva todo su poder. Es también lo radical: la raíz que da origen y mantiene lo que es.

Las fiestas nacen como regreso periódico al tiempo de los orígenes, que se actualiza mediante el rito, repitiendo la acción original de los dioses (cf. la misa, en la que se revive la Última Cena). Las fiestas son al tiempo profano lo que los templos o zonas tabú al espacio común: rupturas de la continuidad, centros u ombligos del mundo en los que se manifiesta lo otro, lo distinto, lo separado o sagrado. El historiador de las religiones Mircea Eliade aborda a menudo el tema en sus obras.

Lógicamente, la épica intenta (sin éxito) evitar el anacronismo. Homero, por ejemplo, atribuye siempre a sus héroes armas de bronce, aunque en su época ya se usaban las de hierro. Como en un sueño, se trata de crear un pasado que pase, un recuerdo en acción. La muerte heroica inmortaliza al héroe, y con él a su tiempo. Poco importa que el recuerdo no coincida con los hechos. Como escribiera el neoplatónico Salustio estas cosas no sucedieron jamás, pero son siempre.

lunes, 20 de septiembre de 2010

El futbolín de Homero


Hace algunos años escribí unos apuntes bastante apresurados sobre Homero y la épica en general. Este curso vuelvo sobre ellos, a ver si les saco algún provecho en las clases de Literatura Universal. Me doy cuenta de que cuando empecé escribía de forma mucho más confusa, casi oracular, dando por familiares muchas referencias que los alumnos no tienen por qué conocer. Al mismo tiempo, asociaba ideas con más libertad, como si fuera más consciente que ahora de los lazos que unen lo que suele creerse separado. En cierto modo, aún estaba más allí (del lado de la escritura y la exploración sin brújula) que aquí.

El texto revisado, del que voy a traer algunos tramos si les place, es un compromiso: resulta más claro y didáctico que mis clases de entonces, pero no renuncia a seguir hasta donde quieran llegar las ocurrencias que se van planteando, aunque por momentos nos alejen bastante del mundo clásico. Sigue siendo, en fin, inestudiable, distinto y distante del libro de texto; pero creo que su lectura atenta puede dejar una idea general válida sobre el tema y sus correspondencias.

El fragmento de hoy habla de Homero: no del autor 'real' de los textos, que se nos escapa totalmente —sino del protagonista de varias historias que los griegos fueron inventando a partir de aquéllos.


*

No sabemos nada cierto sobre Homero: ni siquiera que verdaderamente se llamase así, o que las dos obras principales que se le atribuyen, la Ilíada y la Odisea, fueran compuestas por un mismo autor. A partir de la impresión que producía en ellos la audición de los poemas, los griegos fueron haciéndose una imagen del autor, atribuyéndole rasgos que casaran bien con su naturaleza de aedo.

Se dice, por ejemplo, que era ciego: hallamos ahí el tema de la ceguera de lo inmediato/visible, que permite, por compensación paradójica, la videncia de lo invisible: lo pasado o lo venidero (la ceguera agudiza de hecho la percepción, externa e interna, de los demás sentidos, y desarrolla la imaginación o visión interior). Cf. el personaje mítico de Tiresias, que queda ciego tras ver desnuda a la diosa Atenea, y es, a partir de entonces, profeta. Tanto el poeta épico como el adivino son videntes: de ahí que la palabra latina vate (de donde vaticinio, vaticinar) se aplique a ambos.

En latín, caecus (de donde procede el castellano ciego) es tanto quien no ve como aquel que no se deja ver (oculto, invisible). Un punto ciego es aquél que, situado entre ambos ojos, no se percibe. Homero es caecus en ambos sentidos, ya que no sabemos nada de él: situado en las sombras, en un punto ciego, no ve ni se deja ver.

La ceguera (pérdida de la percepción de lo inmediato) es también un efecto transitorio del trance o de las drogas que modifican la percepción: cf. las expresiones estar ciego, coger (pillar, llevar) un ciego. También en este caso la ceguera, más o menos metafórica, favorece las visiones, tanto las que se ven con los ojos cerrados como las que surgen de una interpretación inusual de los datos de los sentidos (cf. las mal llamadas drogas alucinógenas).

La Justicia y el Amor son también proverbialmente ciegos, o llevan los ojos vendados. Ciega es la Fortuna , y ciegos son también quienes la reparten. (Y, en general, por magia compensatoria, los desafortunados: cf. el colegio de huérfanos de san Ildefonso, y la figura de la gitana, nómada y marginal, que echa la buenaventura).

Imagen del modus operandi de la Fortuna es la figura de la Rueda de la Fortuna (imagen medieval que se encuentra también en el Arcano X del Tarot, y que reproducen hoy día algunos concursos televisivos, así como el juego de la ruleta). De la raíz de fortuna procede la palabra fortuito. Otros términos semejantes, como suerte, aluden también a un juego de azar que es al tiempo método adivinatorio. Las sortes eran piedrecillas, bolas o dados que se arrojaban, y mediante su posición el adivino leía la ventura (es decir, ventura, participio de futuro del verbo venio: lo que va a venir); también se llamaban así las bolas que se utilizaban para hacer un sorteo. De ahí que, para expresar que ya estaba determinado lo que había de pasar, César diga que la suerte está echada (alea iacta est; alea es un sinónimo de sors, de donde aleatorio). Queda huella del uso mágico en las palabras sortilegio (acto de echar e interpretar las suertes) y sorciere (de sortilegus, el que lee las suertes; cf. el vasco sorgiña, castellano sortero).

Subyace en todo esto la idea de que la vida es un juego, donde somos peones o fichas a merced de las tiradas de los dioses; así es en la Ilíada, especie de tremendo futbolín donde los dioses, divididos en dos bandos, manipulan a sus héroes predilectos por el placer de verlos pelear.

domingo, 19 de septiembre de 2010

Por el puente de Aranda


Otro pequeño papel secante, con ecos de King Crimson era Islands. Para tirar de la melodía, tomé prestados los versos del cantar, que siempre me intrigaron: Por el puente de Aranda / se tiró, se tiró, / se tiró por el puente / pero no se mató. Algo así como el Ahorcado de Makaroff (y del Tarot). Aún se puede cantar la copla con la melodía de la primera parte. La melodía le gustaba a Alfonso, que grabó una versión estupenda, por digitalizar. Ésta de ahora, virtual, tiene dos clásicos (el oboe, que lleva la voz cantante, y el cello) y una novedad: un grupo de percusión Gamelan (que viene a sonar como un xilófono) va marcando los acordes.

[Edito para añadir una intro de piano, españolisíma ella.]

[[Y vuelvo a editar: la intro, excitada, se alarga.]]


jueves, 16 de septiembre de 2010

La fiera despierta


Vi venir este curso, más que escéptico o desanimado (que también), aprensivo. El efecto principal de nuestras famosas vacaciones es que uno tiene tiempo de volver sobre las cosas que el trabajo no te deja hacer, como tocar la guitarra eléctrica con los amigos o pasearse Madrid, y vuelve al curro con la sensación de que todo el asunto del instituto no es ya que sea mejor o peor, sino que no va con él. Meterme otra vez en el personaje docente me daba pereza, grima y, en suma, ganas de salir huyendo.

Bien. Como nada sale como esperamos, el curso ha empezado estupendamente. La primera en la frente: llegué y me encontré primorosamente editado el libro que estuvimos preparando el curso pasado, El aula encantada. De primeras, incluso la realidad del libro me dio como dentera: viéndola como obra ajena, y con el ojo algo torcido, ¿no se trataba, simplemente, de intentar dar importancia a unas historias simplotas y mal contadas, añadiéndoles un gazpacho de notas eruditas sobre un tema del que, encima, no es que no fuera uno erudito, sino ni siquiera mediano conocedor?

Y bien: algo hay de eso. Pero ahí estaba el libro, sonriéndose de mis dudas. Luego fueron llegando los grupos de alumnos. Unos, que se prometían buenos, han resultado mejores. En otros, donde hay de todo, movimientos de última hora van reduciendo la ratio y dejándome un grupo prometedor.

Empiezo a pensar, en fin, en qué se podría hacer para presentar el libro, y todo empieza, también, a conspirar en su favor. Si nada se tuerce, vendrá a presentarlo el candidato ideal, y de paso dará a los chavales una charla sobre leyendas urbanas y otras formas de folklore que andan sueltas aquí y ahora. Dudo entonces si eso les interesará: así que se lo pregunto —y les encanta.

Este año, en fin, doy por primera vez 4º de ESO. Entonces, mi compañera Valle (que es un sol) me indica que el tema de las leyendas urbanas encaja estupendamente con los temas de literatura que se dan en ese curso: las Leyendas de Bécquer, El estudiante de Salamanca...

Total, que ya estamos pensando en recopilar leyendas y montar la Semana Legendaria, coincidiendo con el día de las bibliotecas, y sacar a pasear los libros que hay sobre leyendas, y comprar más, y hacer copias de lo que se recopile y colgarlo por las paredes, y en Internet, y...

(Luego está que, por todo esto, encima a uno le pagan.)

Respecto al libro, como siempre hay que hacer caso al daimon, le he dado vueltas y creo saber qué es lo que realmente me molestaba al verlo impreso. El libro se ha 'vendido' a la administración, y se presenta en el propio texto, como un proyecto. Pero es mentira, por suerte. Uno no tiene, desde nunca, proyectos sino empeños. Puede parecer que la diferencia es sólo nominal, pero qué va. Un proyecto es algo en lo que te metes dándolo desde el principio por sucedido, con plazos y objetivos; si sale bien, será lo que ya sabíamos (un aburrimiento); si no se cumplen las previsiones, los mínimos, un fracaso.

Un empeño es otra cosa: algo en lo que te metes como el depredador que husmea la presa, o la presa atraída por el perfume irresistible del depredador. Uno nunca sabe ni por qué se mete en estos berenjenales ni qué va a salir, si es que sale algo. Y en ese no saber reside toda su gracia. Así este blog y todo lo demás.

El curso, en fin, en vez de arrastrarme me engancha. De repente pienso que es un lujo tener un trabajo así, en el que lo aburrido o no de lo que pase depende en gran medida de tu propia capacidad de entrega. La aprensión no desaparece, pero cambia de signo: ojalá esté uno a la altura de las circunstancias. Por ganas, no será.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Educar el olfato


No recuerdo ahora si debemos a Ferlosio o a Muñoz Molina cierto artículo estupendo que apareció unos años en El País. Eran los días en que se discutía (y cuándo no) la futura ley de educación que vendría a salvarnos del desasosiego, y los nacionalistas luchaban por subir el tanto por ciento de los contenidos 'autonómicos' de las asignaturas. El argumento, ya lo saben: qué sentido tiene que el alumno conozca el Partenón y los órdenes de las columnas griegas si no sabe reconocer los estilos de los edificios más o menos ilustres de su patria chica. De ahí a defender que leer a Carolina Coronado es mucho más urgente que perderse en Safo o Emily Brönte sólo hay un paso, tan resbaladizo como concurrido.

Con valentía, señalaba nuestro columnista que, lejos de centrarse en el entorno inmediato del alumno, la educación tenía por objeto llevarle de paseo por esos mundos, cuanto más lejanos mejor, ofreciéndole el conocimiento de lo que (en segunda instancia) podría o no 'gustarle' e 'interesarle'. Ni qué decir tiene que al final la única manera de valorar adecuadamente lo 'autóctono' es poder situarlo en un marco más amplio y distinguir lo que hay en ello de copia de segunda o tercera mano de logros provenientes de otras latitudes y lo que pueda haber de realmente peculiar e interesante: siendo esto último precisamente lo que trasciende la mera 'gloria local' y constituye materia de interés general (y uno piensa, por ejemplo, en Rosalía de Castro: mujer, sí, y gallega, pero sobre todo, al margen de cuotas feministas o galleguistas, una escritora como la copa de un pino).

Por estas fechas, los profesores de lengua y literatura, que venimos siéndolo cada vez menos, nos planteamos siempre las causas del desencuentro de nuestros alumnos con las lecturas obligatorias que les planteamos. Partiendo de que yo siempre me quedo en minoría cuando se votan estas cosas, tampoco pierdo mucho por señalar lo que realmente pienso: que la mayor parte de la literatura 'juvenil', escrita por viejos para jóvenes, es deshonesta y estéril y se mueve, como aquellas películas de los años 70 sobre adolescentes que hacen surf por el vicio, entre la explotación del morbo y la catequesis políticamente correcta; que en modo alguno la lectura de ese tipo de obras prepara al alumno para otras menos obvias, favoreciendo más bien su cretinización crónica; y que, si no queremos convertirnos en el enésimo altavoz de 'los más vendidos', nuestra labor es poner ante los ojos de nuestros chavales lo que la industria del entretenimiento no les ofrece.

Machado, también educador, fue despiadado con quienes desprecian lo que ignoran. Puestos a ignorar, ignoremos ese desprecio como lo que es (ausencia de criterio), en vez de respetarlo como sagrado gusto personal, y procuremos darles una oportunidad a los textos que no fueron escritos al servicio del negocio ni se han plegado con el tiempo al mismo. ¿Podría ser? ¿Nos atreveríamos?

domingo, 12 de septiembre de 2010

La novela instantánea


Yo no soy de ésos. Soy de aquéllos, o sea: los que entran en la Casa del Libro y esquivan las mesas de novedades, rumbo a la estantería más remota del sótano o el piso segundo, donde encontrarán o no (las más veces no) ese libro (pongamos: La noche de Walburga, de Meyrink) del que la mayor parte de la gente no ha oído hablar, ni se les espera, y que sin embargo.

Me sentí, pues, un poco extraño cuando ayer, nada más entrar, vi el libro que buscaba, el primero a mano derecha, lo separé de su torre clónica y me dirigí con él a la caja. Normalmente, le habría echado un ojo a las primeras páginas en el Metro y después, ya en casa, habría ido a parar a la sección dispersa en la que duermen varios libros que deben de ser interesantes (si no, por qué los compré), pero no terminan de hacerse urgentes.

El caso es que eché andar hacia Sol con el libro abierto, y seguía andando con él en mis manos media hora después, cuando llegué a casa de mis padres, en Marqués de Vadillo. Había caído el primer capítulo. 'Lo sabe'. Yo aún no lo sabía, pero empezaba a sospechar que el libro no me dejaría en paz. Así ha sido: el último capítulo, 'Lo que me queda por vivir', se cerró hoy a unos kilómetros de mi pueblo, sentado en el asiento del copiloto mientras giraba en la radio (¿qué habrán hecho los domingos para merecer esto?) el carrusel paradeportivo.

La novela de Elvira Lindo se podrá leer con más calma, pero leyéndola a ritmo febril, en dos días, me ha dejado la sensación de haberme metido de veras en la piel de otra persona, a tiempo casi completo. La conclusión es que mola, y mucho, ser Antonia-Elvira, aunque la experiencia es mucho más agridulce de lo que uno podía suponer.

Los profesores enseñamos siempre que la ventaja de un narrador en tercera persona es que podemos concederle la omnisciencia sin demasiado escándalo. La narradora y protagonista de esta novela no puede, en sentido estricto, saber qué piensan y sienten los demás salvo en la medida en que éstos lo demuestran, pero tiene un talento nada común para proyectarse en los otros e interpretar sus señales. Antes de convertirse en una herramienta profesional, la empatía debió de ser esto: un don a menudo doloroso para cambiar la perspectiva y asumir por un momento los intereses, prejuicios y deseos ajenos. El resultado es que todos los personajes están vivos: se les siente capaces de moverse en cualquier dirección (a veces lo hacen: alucinante el destape de Jabato en el capítulo 6, que altera decisivamente lo que creíamos saber sobre su vida), y hasta el que podría ser el villano de la historia (y hasta cierto punto lo es), el marido progre que no termina de decidirse entre la protagonista y otra mujer, nos resulta, si no simpático, difícil de condenar cuando la autora nos presenta tan bien la red de ideas y afectos en que se mueve.

Aunque los formalistas redujeran hace mucho tiempo los relatos posibles a un catálogo cerrado, la sensación que uno saca es que esta historia nunca la había leído. Ni ésta ni, desde hace muchos años, ninguna capaz de atraparme así, sin truco ni trampa. Ahora, claro, tendré que buscar las anteriores, en parte por ver si siento lo mismo y en parte por saborear las diferencias. Es lo que pasa con los literatos. Te fascinan, se hacen sitio en tu vida y se reproducen en tu sistema nervioso, inoculándote sus experiencias, enriqueciéndose y enriqueciéndote. Para colmo, no sueles tener ocasión de darles las gracias.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Ya no es posible que te esté mirando


(Luli puso música en su día a este poema, tan bien como suele. No encuentro la grabación, pero ahí va el texto, por si algo puede.)

Ya no es posible que te esté mirando:
te has envuelto en un año, en dos, en quince.
Ya no eres cosa que pueda decirte
ni menos contemplarte claramente.

Te has ido como el agua de las fuentes
se va a la vida negra de las plantas.
Imposible saber dónde regresas,
en qué casualidad absurda brotas
y si eres o si no, si estás debajo
o eres la pelusilla de las cosas,
jarabe del placer en el ombligo
repleto de patatas y de salsas.

Si pintas en las fotos, los espejos,
corrompes la belleza del instante.
Las niñas sólo esperan esa mano
que les enseñe dónde esta la herida.

Los niños que se juegan nuestros nombres.
Tu mano que es cualquiera de las manos
que empujan al suicida hacia la vía
por la que ve venir el tren fantasma.

Cortad los corazones con tijeras
para conseguir rosas más espesas
cuyo perfume borre la memoria.

Ya no es posible: somos tomas falsas.
Termina tú el poema como quieras.


viernes, 10 de septiembre de 2010

Abogados de la vida nueva


Como verá el desprevenido lector, estoy de obras. El curso arranca en serio el lunes que viene y me distraigo del miedo escénico (¿o es angustia genuina?) dándole vueltas al diseño del blog, sección colores y complementos. Para empezar, he elegido un retrato que haga honor a mi aptitud para el baile.

Me gustaría integrar más el blog con Facebook, porque al final es allí donde recibo más respuestas, pero no encuentro la manera exacta de volcar aquí los comentarios que se producen allí sin cargarme los comentarios que ya están (y que, llamadme fetichista, valoro como oro en paño). Intuitivamente, lo que uno quiere (y al parecer no se puede) es sumar los comentarios vía FB a los comentarios vía Blogger y que ambos aparezcan en una misma y única ventana. Parece que, como mucho, lo que se puede conseguir es que aparezcan dos ventanas.En fin, si alguien conoce el hechizo pertinente, le ruego que no se lo guarde.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

El barco fantasma


En la bahía de Galway, en la costa oeste irlandesa, durante las noches de tormenta, los pescadores han podido ver un barco fantasma, con sus velas desplegadas y enorme. Una noche que Owen Moor se encontraba pescando con su hija en su barca, se levantó una terrible tempestad y la pequeña embarcación se vio en trance de zozobrar. Repentinamente apareció un enorme barco luminoso, que con las velas desplegadas caminaba hacia ellos. A su alrededor el agua se encontraba milagrosamente en calma. La pequeña embarcación de Owen se hundió, y éste logró como pudo mantenerse a flote en las furiosas aguas y ganar la orilla. No así Maureen, que desapareció tragada por el mar. Durante dos días los pescadores esperaron en vano que el mar arrojara el cuerpo de la infortunada joven sobre la playa, pero todo fue en vano.

Dos años más tarde, en medio de una terrible tormenta, en una noche de invierno, Moor y su familia escucharon unos golpes en la puerta y al abrir quedaron petrificados por la sorpresa. En el dintel se encontraba Maureen, resplandeciente de belleza. Sus cabellos eran de color del oro, su traje parecía hecho de la espuma del mar, y su manto verde era del mismo color de las algas. Maureen les pidió un sencillo vestido, y que su madre peinara sus cabellos, con lo que volvió a ser la joven de antes. Según les contó a continuación, la noche del naufragio cuando estaba a punto de ahogarse unas manos la cogieron y la subieron al buque fantasma. En medio de una intensa luz sobrenatural, pudo ver cómo navegaban con rumbo desconocido y cómo más tarde llegaba a una isla maravillosa habitada por hadas. Maureen se había casado con el rey de dicha isla y éste, al ver su pena, le había permitido volver a ver a su familia. La joven permaneció durante dos días con sus padres y hermanos para posteriormente volver con el rey del mar, disimulando su pena, ya que, aunque las hadas la trataban muy bien, no tenían corazón humano y eran incapaz de sentir alegría o tristeza. Durante la segunda noche de estancia en el hogar paterno, la madre de Maureen quemó los maravillosos vestidos de su hija. A la mañana siguiente, Maureen había desaparecido.

Al cabo de cinco años Maureen volvió a presentarse ante sus padres, diciéndoles que por haberle quemado sus vestidos su esposo no le había permitido volver antes. Después de permanecer varios días con ellos volvió a adentrarse en el mar en la misma lancha luminosa que la había traído. No obstante, Maureen volvía de vez en cuando a visitar a su familia. Los años fueron pasando, su padre murió y poco después su madre. Poco antes de expirar, se presentó Maureen y arrodillándose a los pies de la moribunda le rogó que pidiera a Dios que la librara del poder de las hadas y que pudiera tener una muerte cristiana. Después de morir sus padres, Maureen no volvió a aparecer. Sus hermanos emigraron y se repartieron por distintos países. Solamente el hermano más pequeño siguió siendo pescador y permaneció en la vieja cabaña familiar. Sus hijos también emigraron y solamente la hija más pequena, casada también con un pescador, permaneció viviendo en el hogar de su padre.

Pasaron muchos años y una noche de tormenta llamaron a la puerta y se presentó Maureen, tan joven y bella como siempre. Pidió un vestido y que le peinaran los cabellos con el peine de su madre. Así lo hicieron y vieron inmediatamente que su bella figura empezaba a envejecer, para transformarse en pocos minutos en una anciana con el pelo tan blanco como la nieve y el rostro surcado por profundas arrugas. Poco después, murió. Dios había escuchado el ruego hecho a su madre. Enterraron su cuerpo con el de sus padres y un maravilloso trébol creció sobre la tumba.

Han pasado los años, y las hadas no han vuelto a aparecer, pero todavía en las terribles noches de tormenta del mar de Aran se puede ver un maravilloso barco que con todo su velamen desplegado, tan blanco como la luna, surca majestuosamente las encrespadas olas.

(Ramón Sainero, Leyendas celtas en la literatura irlandesa, Madrid: Akal, pp. 125-7).



martes, 7 de septiembre de 2010

Ni caído del cielo


Cuenta Jung en sus memorias que una de sus primeras visiones trascendentales fue ésta: la cúpula de una iglesia. De pronto, del cielo, cae una catarata de mierda que cubre todo el edificio. Lo que se construye en honor de lo sagrado (lo desconocido) es en realidad una blasfemia, una costra que obstaculiza su curso. 'Dios' se da por aludido, pero sólo para desautorizar la maniobra de 'los suyos'. Heráclito, más fino: 'Uno y solo lo inteligente no quiere y quiere que se le diga nombre de Zeus' (Ἓν τὸ σοφὸν μοῦνον λέγεσθαι οὐκ ἐθέλει καὶ ἐθέλει Ζηνὸς ὄνομα, fr. 32 D-K).


lunes, 6 de septiembre de 2010

Adopta una canción


Qué mundo éste. Los amigos de mi grupo, Ciento Volando, en Facebook superan ya en un centenar a los famosos 300 de las Termópilas. Parece el momento de decir o hacer algo, así que, como odio lo de decir unas palabritas, propongo una acción: si te mola que nuestras canciones suenen por esos mundos, adopta una y muévela por donde quieras (redes sociales, mundo real, Tierras Altas del Sueño...). Luego puedes contar aquí qué efecto ha tenido la maniobra (seguramente nada, pero quién sabe: el mundo es un concurso sin notario).

Las canciones se pueden encontrar en varios sitios: en mi perfil de Youtube o GoEar, en este mismo blog y hasta en Spotify. Son más de 20 años de canciones, y ni de lejos están todas, pero la muestra puede valer. Las grabaciones más pulidas son las del disco de estudio, Por amor a lo que venga, que está en Spotify; pero es probable que las canciones más aventureras se encuentren en otra parte, con calidades de grabación e interpretación muy variables.

Que lo imposible pase. Y que nosotros lo veamos. De momento, aquí va un incunable: Dos palabras en las escaleras de un banco y ahora tengo el cuerpo que me va a reventar. He sentido como si me tragara la granada con la anilla quitada.


sábado, 4 de septiembre de 2010

La más bella niña de nuestro lugar


Buscando melodías para la clase de guitarra, topo con esta miniatura encantadora, «Dorfschönheit / Belle of the Village». No sé si es una pieza tradicional arreglada por el compositor, Jürg Hochweber o una creación de éste: y eso ya dice mucho de ambos, pieza y probable autor. El aire modal me recuerda la melodía principal de Ricochet, de Tangerine Dream (o aquella como gregoriana de Pink Floyd, en Set the controls for the heart of the sun). Asombra comprobar, una vez más, que en una pieza extremadamente sencilla puede caber un mundo.

*


Pensándolo mejor, a la que se parece, y no poco, es a ésta:



miércoles, 1 de septiembre de 2010

Conjurando a la Muerte


Por gentileza de Amancio Prada y de la gente de produccionesinmateriales.com se pueden seguir en Youtube varios números de una actuación que hicieron en 1982 Prada, el maestro Agustín y Chicho Sánchez Ferlosio. Mi momento favorito, hasta ahora, es este poema del Libro de conjuros. Nótese cómo el narrador pasa del femenino (la Muerte) al masculino cuando cuenta la historia de Sísifo: para los griegos, Thánatos es masculino: don Muerte.




martes, 31 de agosto de 2010

Balada de las damas de antaño


Algunos encuentros, gratos de por sí, suelen traer premio. Ayer vi a la simpar Ana Leal y me silbó la Balada de las damas de antaño de Villon, primero tal como la cantaba Brassens y luego en esta versión, creo que inédita, del maestro Agustín. Por supuesto, se la sabía de memoria, y tuvo a bien escribírmela en una servilleta, que ahora despliego para ustedes. Allá va.


BALADA DE LAS DAMAS DE ANTAÑO

Decid dónde ni en qué lugar
Flora está, la bella romana,
Archipiada y Taide sin par
que fue diz que su prima hermana
y Eco, que en lago, que en fontana
va todo ruido a responder,
que de hermosa fue más que humana:
¿dónde están las nieves de ayer?

¿Dónde está Eloísa sutil
por quien fue capado a rebana
Abelardo y, monje por fin,
tal baldón por su amor se gana,
y asimismo la reina vana
que a Buridán mandó meter
para echarlo al Sena en botana:
¿dónde están las nieves de ayer?

Reina blanca como jazmín
que cantaba en voz meridiana,
Berta Larga, Lisa, Bietriz,
Aramburguis la capitana
y la gran lorenesa Juana,
la que en Ruán quemó el inglés,
¿dónde están, Virgen soberana,
dónde están las nieves de ayer?

Si indagáis, señor, de mañana
o de tarde por dónde estén,
ya el estribillo os lo devana:
¿dónde están las nieves de ayer?

(François Villon, tr. García Calvo)


lunes, 30 de agosto de 2010

Reverso


Termina el verano. No tengo tiempo de hacerle los honores, pero al menos traigo un tesoro (otro). Es un soneto que encontró esta semana Dani en el garaje de la casa de Antonio (sobre qué hacía allí, caben dudas. Yo apuesto a que lo perdió).

Reverso

Por aquí... por allí... Ya queda menos
para el dolor... Al fondo..., a la derecha,
donde una mano azul abre una brecha
y están, a rebosar, los ojos llenos

de imágenes del sol. Hoy no son buenos
los saludos del mar; y está deshecha
la redondez del agua en cada fecha
de tantos años para siempre ajenos.

¿Dónde está lo que fui, lo que no he sido
y, no obstante, tal vez..., la melodía
que no supe cantar, la aurora fría

que me anunció la luz que me ha vencido...?
¿Dónde el silencio aquel que nunca he oído...?
Sólo queda el dolor. La luz del día.

(2006)

viernes, 13 de agosto de 2010

Se dejaba llevar por ti


El pensamiento es automático: salvo cuando nos imponemos (o nos cae encima) una tarea intelectual, fluye 'libremente': en complejo diálogo, en realidad, con los estímulos externos e internos, y en movimiento por los dos ejes asociativos: semejanza y contigüidad. En animada mezcla, discurren recuerdos y ocurrencias, comparaciones, asentimientos y rechazos. Entiéndase que los recuerdos de los que hablo no son datos que uno saca de la memoria con tal o cual propósito, sino lo que el maestro llama 'reviviscencias': retornos involuntarios de sensaciones pasadas. Pensar es tan natural como respirar o andar, pero hacernos conscientes del proceso tiene resultados bien distintos: cuando la respiración o el caminar suben a la conciencia, un programa que corría en segundo plano pasa a consumir de repente casi todos los recursos de la CPU, obligándonos a un esfuerzo extraordinario e inútil, hasta que el hábito subconsciente retoma, felizmente, la tarea; en el caso del pensamiento, ser conscientes de que pensamos y de cómo se produce el discurso interno no detiene el proceso (a la espera de lo que dicte quien manda), y la división que se produce, el extrañamiento entre el que piensa y el que observa el pensamiento, produce con frecuencia arrobamiento, admiración.

Se entiende que los literatos hayan intentado hacer justicia a ese 'fluido de conciencia', y en especial al que se produce en los estados alterados de la misma: no ya durante los producidos por tal o cual fármaco, buscados, sino en los cotidianos y automáticos de la duermevela o la ensoñación diurna. Los mecanismos de asociación que obran entonces son, desde luego, los de siempre: semejanza y contacto; pero hay una apertura o expansión del panorama que permite llegar mucho más lejos en cualquier dirección. Apenas un aperitivo, desde luego, del prodigio del sueño, donde el pensamiento se convierte en un espectáculo audiovisual de primer orden; pero ya todo un orbe de tesoros y turbaciones.

Explorar el pensamiento de la duermevela y comprender sus peculiaridades técnicas se llamó, alguna vez, romanticismo; después, surrealismo (la 'cola prensil' de aquél) o psicodelia. Psicoanálisis y psicología analítica se suman a la fiesta, siempre y cuando se les asegure un propósito terapéutico que, según cómo se mire, añade valor a la experiencia o, convirtiéndola en sirviente de más altos fines, la devalúa.

El metabolismo colectivo da por conocido y agotado el surrealismo en cualquier sentido: como estética y como aventura. Pero así ha sido siempre: lo que ahora se rechaza como trivial se descartó antes como absurdo o sacrílego. En la fascinación por la duermevela hay una gratuidad y un sentido de promesa o inminencia que nunca han sido gratos al orden, en sus múltiples manifestaciones: no sólo se trata de una cosa que no se sabe para qué sirve, sino de una materia que se niega a ponerse al servicio de ninguna ideología o plan: satánica, pues. Los encontronazos de los surrealistas 'históricos' con el Partido Comunista son un buen ejemplo de esta desconfianza mutua entre propósito y encantamiento.

La valoración estética de la escritura automática (que es, casi siempre, menosprecio de la misma) parte de un equívoco: el mismo que ha situado el surrealismo entre los movimientos literarios, cuando quiso y a ratos logró ser otra cosa. Componer un poema o prosa poética y apuntar sin censura las ocurrencias del momento son dos ejercicios distintos: ninguno de los dos sencillo. Hay razones para que el segundo fascine a quien lo realiza, pero (una vez agotada la novedad) no tiene por qué resultar emotivo o revelador para 'el público', que con unas pocas muestras ya se dio históricamente por enterado de por dónde iban los tiros y qué daban de sí. Lo que uno descubre intentando la escritura automática son materiales, no productos acabados: una enseñanza práctica (si así se quiere entender el espectáculo) sobre ciertos vínculos nada obvios y los caminos que llevan a establecerlos. El interés de la escritura automática ajena podría ser, en todo caso, técnico: ilustra sobre la dificultad que plantea recoger con fidelidad algo tan escurridizo (es difícil, para empezar, ajustar la velocidad de escritura a la del pensamiento sin que se produzca, por razones sólo en parte técnicas, una demora que adultera el experimento) y muestra atajos que pueden servirnos.

Fuera ése o no su propósito, no cabe duda que la exposición a los materiales de la duermevela, tal como aparecieron recogidos por la actividad surrealista, generalmente etiquetada como arte, y la de otros movimientos afines, han dejado la sensibilidad general *achispada*. Ciertas formas de asociación están ahí, y aunque no estén 'de moda', se reconocen como un procedimiento extravagante, pero viable. Debidamente meneadas, nada impide que den sabor a productos de consumo masivo: si García Lorca se complacía comprobando que nadie entendía el 'Romance sonámbulo', pero andaba en boca de todos, lo mismo podría decir Antonio Vega con buena parte de sus canciones, que 'funcionan' sin que uno pueda decir de buena fe que entiende lo que ahí se está diciendo (si creen otra cosa, póngase a prueba, por ejemplo, con 'Se dejaba llevar por ti').

Otras veces, sin embargo, lo que surge como escritura automática, o próximo a ella, acaba resolviéndose, admitiendo explicación, paráfrasis. Lo he pensado estos días al recordar dos versos que aparecieron en algunos de mis intentos tempranos de e.a. y que, por la causa que sea, me han seguido rondando.

Hay elecciones en los mares del huevo

y

Caballo, en tu mandíbula residen las provincias.

No sólo tienen hoy sentido claro para mí, sino que hablan de lo mismo: de la propia escritura automática y sus posibilidades o límites. Donde no hay producto, sino despliegue de posibilidades o gérmenes (los mares del huevo), el discurso toma por una de ellas, o una de ellas se impone: hay no tanto una elección individual de la conciencia, sino un asentimiento colectivo, asambleario, de las sombras. Es, en fin, ese tiempo o lugar del que habló Alberti, donde el mar aún no sabía si sería niño o niña.

En la otra imagen, la duermevela no aparece como un lugar, sino como un animal: un caballo que puede tirar hacia donde quiera, y que, debidamente motivado, podría llevarnos a cualquier sitio, como Pegaso o Clavileño. El interés de esos lugares está en que no forman parte del centro, de la conciencia, sino de la periferia: las provincias del imperio, que han sido siempre el lugar donde medran peligro y salvación. La voz que habla no parece plantearse ir a ningún sitio concreto, tirar de las bridas: se limita a saborear las posibilidades, como el niño que no sólo ve todos los sabores de helado a su disposición, sino que sabe que todos se le entregan por igual, hasta que él cometa el error inevitable de escoger uno o dos y sienta como propia la frustración de los preteridos.

Está el peligro de pasar de la constatación (lo automático a menudo acaba iluminándose, perdiendo su condición de absurdo o enigma) al programa (la escritura automática nos sirve para, mediante su lectura posterior, conocernos mejor, iluminarnos). Sería, en fin, como pensar que las excursiones o los viajes nos sirven para hacer fotos, escribir memorias o (peor aún) matar el tiempo. Lo que de bueno pueda haber en eso se da, en todo caso, por añadidura. Lo cierto es que quien ha probado la duermevela (no ya en el momento en que se produce, sino saboreando lo que de ella queda preso en recuerdos, escritos u otros formatos) no puede ni quiere olvidar que ha estado allí, que hay un 'allí' que forma parte de 'esto'.


Avalanche

En el mes de mayo un alma amable subió a Youtube algunos temas de Avalanche, una banda de finales de los 70 que hacía una música atemporal y, con perdón, muy cientovolandera. Aquí los subo a mi vez. Bon appetit.




miércoles, 11 de agosto de 2010

Recuerdos, sueños, erratas



Recuerdos, sueños, pensamientos, la autobiografía de Jung, es un libro al que he vuelto muchas veces, abriéndolo al azar y leyendo unas cuantas páginas. Creo que, a pesar de mi devoción junguiana, nunca lo había leído entero. En esta ocasión, la edición que andaba por casa desde 1972 está tan estropeada que he tenido que acercarme al centro a por una actual, del 2009. Lo grande del caso es que, por lo que llevo visto, los señores de Seix Barral han tenido a bien respetar casi todos los errores y erratas de la edición del 72. Es cierto que han corregido alguna de bulto (así, 'en la familia de mi madre hubieron seis sacerdotes', pág. 53 de la ed. de 1972), pero asombra pensar que en 37 años ni la traductora, María Rosa Borrás, ni alguno de los correctores de editorial tan venerable hayan reparado en otras, como 'etónico' (por 'ctónico') (p. 202). Incluso la nota de la traductora explicando el significado de 'sinópticos' sigue incorporada, erróneamente, al texto, en vez de situada a pie de página (p. 110). Con frecuencia, uno no sabe qué está leyendo: si Jesús, por ejemplo, 'torna' a los niños para evitar que Satán los devore, como se lee en el libro, o más bien los 'toma' (p. 24); no sé si alguien habrá logrado descifrar el pasaje que Borrás traduce así, a propósito de las frases chocantes que solía decir una enferma:

Por ejemplo ella decía: «Soy la Loreley» y ciertamente porque el médico, cuando intentaba explicárselo, decía: «No sé lo que esto significa».
(p. 156)

Se intuye que esta última frase la diría también la paciente, no el médico, pero en el resto hay que hacer obras mayores para lograr sacar algo (¿«y ciertamente cuando el médico le pedía que se lo explicara, decía...»?). Eso sin entrar en por qué una palabra tan poco arcana como sinóptico merece una nota de la traductora, mientras que la leyenda de Loreley, lo mismo que las numerosas citas en latín, se da por cosa sabida.

Otras veces, aunque se entiende el texto, la traductora utiliza términos poco idiomáticos: en español hablamos de la noche de Walpurgis; alguna vez lee uno, en referencia a la santa, 'Walburga', pero nunca 'Walpurgia' (p. 123, n. 2).

En conjunto, resulta inevitable pensar que al lector español de traducciones se le trata con poco respeto. Por suerte, no se llega aquí al caso de ese traductor de James Hillman (en uno de los volúmenes de Anthropos sobre las conferencias de Eranos) que, al topar con un tal 'Onians' en el texto, como no le sonaba el autor, lo convirtió en una tribu o secta ('los onianos'); pero tantos años deberían haber dado para una revisión digna. A ver si para el 2011...