sábado, 6 de octubre de 2012

Mediodía

Siguiendo con la cosecha de tridecasílabos construidos al modo del viejo trímetro yámbico, aquí van estos, bastante bárbaros ellos, que me vinieron ayer a los dedos cuando le daba vueltas al tema.

Al dar el sol su luz mejor, apenas hay
adónde huir; sin eco tiene nuestra voz
un tono gris de sofocante intimidad.
Estamos ya donde el amor apenas es
el hilo afín que destejiéndonos se va,
la mano en llamas que se niega a consumir
el excipiente refractario a toda luz,
el resto opaco en que consiste nuestro ser. 

jueves, 4 de octubre de 2012

Te iré a buscar

Cada vez que me toca explicar Edipo Rey, hago un intento de familiarizarme con la música del verso en que está compuesta la mayor parte de la obra: el trímetro yámbico. Aunque supone una simplificación, uno se hace una idea de por dónde va la cosa si coloca en las sílabas largas que marcan el ritmo (no todas lo hacen) una sílaba tónica; y en las breves (o largas no marcadas), una sílaba átona.

El sistema es más complejo, porque caben inversiones y resoluciones (en vez de una larga podemos encontrar dos breves). Pero esencialmente es algo así:

tatátatá tatátatá tatátatá 

En este esquema, cada grupo de cuatro sílabas constituye un metro, y la secuencia breve-larga, tatá, se llama yambo. De ahí el nombre: trímetro (tres metros) yámbicos (a base de yambos).

Vertido así al español, el esquema produce un dodecasílabo con final agudo, que sería por tanto un tridecasílabo. Las métricas académicas sugieren que se trata de un verso desdichado (ya el número de sílabas sugiere el mal fario) que solo algún romántico o modernista chalado intentó redimir; pero no es del todo cierto. Hay varias canciones pop (a falta de mejor apellido) que lo utilizan. Recuerdo solo dos:


y aquella otra de Javier Krahe, Paréntesis:

¡Oh, cuán curiosa —me decía— es la mujer! 

En el primer ejemplo se ve que el final en agudo puede alternar, como es costumbre en español, con finales en palabra llana o esdrújula sin que la medida se altere. El regalo del intento de esta tarde ha sido darme cuenta de que también Antonio Hernández, Mandul, nuestro querido amigo, practicó ocasionalmente este verso, aunque ciertamente no lo llamó trímetro yámbico. Así suena en su mano, tratado con libertad (los acentos no siempre caen en sílaba par) y combinado en cada estrofa con un eneasílabo final (dáctilo + troqueo + troqueo + troqueo):

Te iré a buscar al más allá de las mesetas, 
lejos del muro donde mueren los ocasos, 
donde no hay suelo para el pie,  donde aún florecen, 
altos y libres, nuestros pasos. 

Mas, ¿dónde ir, si tú no existes, si tu entorno 
es un osario que, insepulto en el desierto, 
mana estertores como manan oquedades 
todos los huesos que se han muerto? 

¿Qué me dirás, si no te veo, o si te viera:
—¿Quién eres tú?, no te conozco, ¿qué pretendes?
—Estar contigo.... —Yo no soy a tu medida, 
no me conoces ni comprendes....? 

No: me dirás —Yo sólo soy lo que has creado, 
yo sólo existo en la espesura de tu centro, 
somos el mismo ser, somos los dos reales, 
ven a habitar, conmigo, dentro.... 

11-4-98

sábado, 29 de septiembre de 2012

Habanera septembrina

Como quien no quiere la cosa, llega la primera composición de este curso: una habanera (ya perpetré alguna otra) en re mayor, para clave y melotrón y percusión, un tanto psicotrónica ella.

lunes, 24 de septiembre de 2012

¿Por qué me persigues?


He pasado un verano sobrio, pero rico en lecturas psicodélicas, de las que iré contando alguna cosilla. La que cierra por ahora el ciclo es To live outside the Law de Leaf Fielding. Es un libro magnífico (con hábil guiño dylaniano) en el que este hombre cuenta cómo, tras una niñez desastrosa, su primer viaje de LSD le convirtió en apóstol del fármaco, y cómo poco a poco se vio involucrado en una red inmensa (y muy lucrativa) de tráfico de drogas.

En lo que llevo leído, hay una escena conmovedora. Fielding está ya entre rejas como resultado de un montaje policial muy aparatoso, la Operación Julie. Acude a verle Wally, un policía que ha desmantelado uno de los laboratorios clandestinos. Al retirar el material, él y sus compañeros policías se exponen sin saberlo al LSD y tienen un viaje glorioso. Pero al final casi todos se sienten culpables y acuden a un hospital a que les 'curen'. El policía necesita hablar con alguien que entienda lo que ha sentido (en su entorno nadie quiere oír hablar del tema) y busca a Fielding. Y se hacen amigos.

En medio de toda la represión absurda, surge esa amistad y ese viaje de los policías, como un regalo inesperado. Después de algo así, es imposible que los agentes no se planteen lo absurdo de perseguir una sustancia que les ha abierto los ojos, aunque haya sido durante una sola noche, a la belleza infinita del mundo. Aunque Fielding no lo dice, queda flotando la idea de que si jueces, políticos y demás pasaran por la experiencia, otro gallo cantaría. Y así, se hace justicia (poética): el ácido se vindica a sí mismo a través de quienes lo persiguen, como Dioniso haciéndose cargo de Penteo, o el Galileo apareciéndose a Saulo.




martes, 11 de septiembre de 2012

Érase una vez (pero ya no sé cuántas)


Volver sobre los versos ahora célebres, 
ya secos de aquel jugo que les daba 
su incógnita vidilla, su sustancia. 
Contemplarlos muñón, latiguillo, Museo,
refrán, frase deshecha, cortinilla, retuíter. 

Decir, entonces, 
como quien abre un viento, 

Hoy la tierra y el cielo se sofríen; 
hoy el fondo del alma huele a alcohol; 
hoy la he frito, he untado y me he empapado. 
Cásome en Dios. 

Seguir

Me gustas cuando hablas; imparable, eres fuente 
de noticias, rumores, sinsentidos hirientes 
que me arrastran; de pronto, te detienes en seco 
y estoy alegre —alegre de inventar tu silencio. 

Constatar

Puedo escribir los versos más hueros esta noche. 
Imitar a Neruda, sentir que me disperso. 
De otro, son de otro los trajes que me pruebo 
y yo soy su relleno: la muerte de un deseo. 

Recordar, moralista,

 Vinieron a buscar a Bisbal, pero no me importó porque yo era muy indie. Cuando, extrañado de que no me llamaran, acudí por mi pie hasta el plató, ya era tarde: habían cerrado el casting. 

Concluir, fiel al día

Sigan ustedes sabiendo 
que mucho más temprano que tarde 
abriremos las líneas telefónicas 
 para que puedan hablar los muertos.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Hágase la oscuridad

Para Fátima, Aníbal y David, que la oyeron toser antes que nadie.

 ¡Y se puede bailar!, dicen que dijo Dylan cuando escuchó por primera vez la versión lisérgica que hicieron The Byrds de su Hombre de la Pandereta. Pues sí: también a esta canción que he hecho estos días, que empezó sonando más bien intimista y sinfónica, sin dejar de sonar así, con sus acordes invertidos, su nota pedal y sus giros modales, ha empezado a latirle el corazón a mil por hora.

Es mi hora drum and bass: de las canciones de Ciento Volando, me fascinan sobre todo los momentos en que Benja y Luli se quedan solos marcando el ritmo y el grado cero de la armonía; y me encanta arreglar con la Orquesta Encantada la percusión y el bajo de los temas nuevos que voy haciendo. Es como darles el beso de la vida.

En lo que grabamos la canción bien cantada, con instrumentos de verdad, así suena en las voces tuneadas de mi orquestina portátil:





sábado, 8 de septiembre de 2012

Lecciones





El hombre es fuego, la mujer estopa; llega el Diablo y sopla. A este poema popular, tan acertado y vigente, solo le sobra casi todo: el sesgo sexista, el heterosexual y el religioso. Un poeta moderno lo escribiría de otro modo: Semos fuego y estopa; llega el Deseo y sopla.


*

La función de los cuentos: no tanto dormir a los niños (aunque lograrlo ayude), sino infiltrarse en sus sueños —para ensancharlos.

*

La comprensión de un poema importa, pero menos que la convicción de que nuestros poetas predilectos hablan en clave, en un dialecto que conocemos por nuestros sueños.

*

Cuando los alumnos dejan de serlo empieza, por ambas partes, la verdadera evaluación, que no registra boletín alguno.

*

Mantengo mi amor por los maestros que me enseñaron, de veras, algo: me llevaron a un barrio que antes no estaba en mi mundo. Y ahí sigo.

*

Viejos amigos: esta tendencia, de la que no me curo, a apartarme de lo que funciona probadamente bien en cada medio e intentar lo inusual —por gusto y por si acaso.

*

¿Es cosa mía o tener mucha razón es menos que tener razón a secas?

*

Llega septiembre. —¿Yo era profesor? —Te ganabas la vida con eso. —Buen matiz. Vale.

viernes, 7 de septiembre de 2012

Fortuna falaz


Lo del cariño que se siente por las canciones es asunto complejo. A algunas se las quiere porque han sido un éxito, en el sentido noble del término: han logrado comunicarse con el oyente y hacerse cosa suya; pero a otras se las quiere casi por lo contrario, por ser hijos secretos, poco o nada divulgados y quizá mal comprendidos: una entraña irrenunciable. Las alegres y marchosas te arreglan sin perdón la tarde —pero en las melancólicas te juegas algo más que el pase a la final, una suerte de apuesta por lo que en principio nunca puede ganar, pero acaso merece algo mejor que el triunfo.

Compuse esta canción, que no sé dónde colocar (es melancólica, pero ha sabido hacer amigos), hace muchos años, mientras estaba de vacaciones en la costa (Benidorm, nada menos). Veraneaba con mis padres, sin nadie de mi edad, y merodeba a solas por el pueblo, sin llegar a entablar conversaciones. Más hurón que nunca, paseaba por el mercadillo con una libreta en la que a intervalos febriles iba apuntando versos al modo surrealista, procurando no descartar ninguna ocurrencia por extraña o poco poética que fuera (de esos paseos medio alucinados entre manzanas y camisetas estampadas surgió la poética de las cosas de comer, que nunca me ha dejado del todo). De vuelta a casa, a media tarde, registraba la guitarra acústica por si tenía algo que añadir. Y lo hubo: compuse allí Anabel (un sorbito de zumo de miel y mercromina), cuyo tono un tanto así da fe de esas mañas vanguardistas, y esta otra canción, de tono más clásico, que combina un recuerdo doloroso de la infancia (un beso que no pudo ser) con la dulzura Canterbury (que no Cadbury) de Caravan.

Hablando por entonces con mi amiga Eva, le comentaba que me obsesionaba la idea de alguien que al final de todo, en los últimos momentos de mi vida (o quizá de un sueño), viniera a llevarme de la mano de vuelta a los columpios, a mi infancia. Una figura extraña, mezcla del primer amor, la madre y esa Muerte que después encontré en los tebeos de Neil Gaiman, amable, lisérgica y comprensiva. En la canción la voz le pide a la Fortuna (falaz como en los Carmina Burana: velut Luna) que la lleve con Ella: un recorrido en dos tiempos, de una dama a otra (la Fortuna y la amada), que quizá son fases de la misma.

Esta es una de esas canciones que piden un cantante apto: yo nunca le hice justicia. Alguna vez, he preferido entregársela a las hadas de la Orquesta Encantada: voces exactas, aunque muertas. Por suerte, en esta versión Luli y Dani se hacen cargo de ella y la llevan donde debe estar, cogida de la mano entre el bajo y el saxo. Y con ella (pero no se lo digan) es a mí a quien llevan —a un Alejandro póstumo, un tanto más ligero y llevadero que el de ahora.






domingo, 2 de septiembre de 2012

Extraños juegos

Tuve la suerte de conocer este año, vía Facebook, a Bernardo Bonezzi, que ha muerto de manera inesperada hace unos días. Solicité su amistad sin muchas esperanzas, pero pronto comprobé que Bonezzi (adicto a las redes sociales, lo llama su amigo Diego Manrique) no era nada escrupuloso y abría la puerta lo mismo a ovejas que a lobos, sin solicitar santo y seña.

No diré que Bonezzi se publicaba completo, pero casi: hablaba a calzón quitado de sus proyectos y desengaños (muy ligados, por desgracia) y nos recomendaba cada día alguna canción, generalmente setentera, dándonos pistas valiosas sobre sus referentes.

Una tarde, me animé a escribirle en su tablón, para agradecerle una de las canciones que más me impresionaron de niño: Extraños juegos. Resultó que Bonezzi también prefería esta canción a su hit oficial, Groenlandia. Animado por su calor, le confesé que yo, aunque hice algunas concesiones puntuales, y he revisado mi criterio más tarde, por entonces crecí contra la Movida que él, queriéndolo o no, personificaba, arrimándome a destiempo a los discos de King Crimson y otros sinfónico-progresivos. Su respuesta me sorprendió: si había pasado mis horas escuchando a Fripp, Eno y cía., no me había perdido nada de bueno —ni de nuevo.

Aproveché también la ocasión para hacerle un guiño: en alguna de sus intervenciones, me había parecido detectar referencias a Aleister Crowley, el más pop de los magos de antaño. No me equivocaba. Recordamos el aire mágicko (sic) y pagano de algunos de los discos de entonces: las Canciones profanas de Dinarama, los tambores de Llegando hasta el final y su evocación de tiempos paganos, de ritos divinos, las galas irónicas de Isis, el ambiente fantasmal de De máscaras y enigmas... Bonezzi descartaba todo aquello como pura, aunque grata, frivolidad, concesión a la moda británica, pero dejó caer que por su parte sí había un conocimiento directo del tema. Extraños juegos, desde luego, es la canción más pagana, mágica, de esos años: en vez de hacer referencias culturales desde un escepticismo juguetón, como hacía (y muy bien) Carlos Berlanga, recoge el testigo de El pueblo blanco, de Arthur Machen, y revive de forma inolvidable (a la distancia de sus pocos años: Bonezzi era un adolescente, casi un niño, cuando compuso las primeras canciones de los Zombies) las sensaciones infantiles de asombro y de vértigo. Como en la canción, yo también había pasado buenos ratos cavilando cómo serían las casas y las plazas si el techo fuera el suelo y viceversa; y una de mis primas me contaba este verano que ella y su hermana estuvieron a punto de salir ardiendo cuando se vieron atadas a un palo en nuestro cuarto y los indios insistimos en encender una hoguera para darle más verismo al ritual.

Bonezzi tenía la mirada puesta en lo que iba a hacer en septiembre, cuando acabara la reforma de su estudio de grabación. No tengo ni idea de las circunstancias de su muerte, pero es un hecho que se ha librado del comienzo de curso: quedará en mi memoria como espíritu tutelar de este verano que ya nos deja. 


sábado, 1 de septiembre de 2012

Santo y seña

Para Sergio Herrero

No tengo nada que decir. Me sobran
incluso estas maneras de decirlo, 
estas pruebas de imprenta que ahora obran 
en tu poder lector. Sin percibirlo,

el signo, esa serpiente desdentada,
devora sin piedad su propio rastro:
una bola de sangre abandonada
que alcanza en soledad trazas de astro.

Si doble es mi natura, no mi lengua,
es una mi desdicha: ser la clave
que ha crecido sin puertas ni cerrojos,

el vértigo infecundo que sin mengua
ignora su derecho, pero sabe
quebrarse en los cristales de tus ojos.

sábado, 25 de agosto de 2012

Estudio en escarlata


Raíz de lo que viene,
amor de lo que pasa,
burbujas de colores
para inundar tu casa.
Sentir que todo empieza
donde mi voz acaba,
soplar sobre tus brasas:
estudio en escarlata.

La tarde se desliza
como un salvapantallas,
patitas invisibles
arañan la mirada.
Qué pronto pasa todo
cuando no pasa nada;
qué tarde, qué deprisa
caducan las palabras.

Iglesias emergidas,
redobles de guadaña,
derrama sus favores
la muerte subterránea.
Te eché tanto de menos
que a veces me abrumaba
tu ausencia en todas partes,
lo mucho que me faltas.

El IVA de los sueños
en esta temporada
rebasa en cinco puntos
la avilantez del alma.
Promesas empapadas
en agua de borrajas:
gobiernos en ayunas
patrullan la mañana.

La princesa está triste,
¿qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan
de su boca de fresa
que ha perdido la risa,
que ha perdido el color
y en un vaso, olvidada,
se desmaya una flor.

lunes, 20 de agosto de 2012

Ariadna

Lectura del Fedón o de Juliano,
mal llamado el Apóstata:
había en aquel tiempo en Galilea
(o tal vez era Atenas) una mano
capaz de recorrer todas las páginas
hasta estrujar la nuestra.
Hijo de la Penuria y el Ardid,
el Héroe (o el Amor) cortó la lengua
y dejó abandonada la cabeza.
El texto nos aguarda: un laberinto
formado por los hilos 
de sangre que se escapan.

domingo, 12 de agosto de 2012

Bruma de agosto


Rescato otra canción del concierto que dimos el sábado 21 de julio en El Jardín de las Delicias, en Gargantilla del Lozoya. Esta canción de Dani es una de mis favoritas, todo un clásico cientovolandero (tiene sus años, vaya), pero apenas la habíamos tocado en vivo hasta ahora: esperaba su momento, que ha llegado con la formación actual del grupo, con Luli al bajo y Benja a la batería.

Así dice el cuento:

No sé si fue esa bruma de agosto
en su pálido rostro
o era algo más normal; 
pero cuando se acercaba la tarde 
a pasitos cobardes 
y dejando en la arena 
sus pisadas calientes 
que borraban las penas, 

nos sentábamos sudando y sin fuerza 
en la tapia de piedra 
 y veíamos pasar 
con los ojos de un poeta extranjero
las mujeres primero, 
meneando el trasero, 
y eran hadas valientes 
cuya magia aún se siente. 

Y la noche se acercaba y de lejos 
susurraba consejos 
que no supe escuchar 
y veíamos pasar 
los últimos reflejos 
sobre nubes volando
mientras iban cantando: 

«Para ver el otoño, 
 hay que ser diferente, 
para que ella te mire, 
hay que ser diferente. 
Guarda horas felices 
en lo más profundo de ti.» 

En las noches oscuras, 
fuimos aventureros, 
la ventana enrejada 
de la dama de fuego, 
su rostro en penumbra 
y ella más hermosa que nunca. 

Iban dando ya las últimas notas 
de aquella canción rota 
con sabor a cristal 
y el otoño enemigo 
iba abriendo camino, 
nuestros sueños alados 
quedaron en tierra 
y mayo siempre me recuerda su olor.

Para el curioso de esos temas, no hay dos estrofas musicalmente iguales (muy danielero eso) y el estribillo, a la manera romántica, conserva el tono (re) pero cambia de modalidad (de mayor a menor). En el arreglo, si no en la canción en sí, se nota el aire de la época en que surgió: como el oyente avisado ya sabrá, son los años de En algún lugar de Duncan Dhu y Buena chica, de Los Secretos :)

lunes, 6 de agosto de 2012

Juventud, divino tesoro

En su Autobiografía, se sorprende Rubén Darío de que su poesía, tan musical, apenas se haya musicado, incluso en casos como la Sonatina, que, desde el título, llama a ello. Aún hoy, por la razón que sea, no son muchas las canciones que conozco basadas en textos de Darío. Paco Ibáñez hizo una versión preciosa de este poema, la Canción de otoño en primavera; la nuestra, que nos acompaña desde hace ya tiempo, es una lectura blusera, más áspera. Así sonó el otro día en el Jardín de las Delicias de Gargantilla del Lozoya.

viernes, 27 de julio de 2012

La casa de nuestra vida



Abro un libro de sueños de Walter Benjamin. Una muestra:

Ya hace mucho que hemos olvidado el ritual con el que se construyó esa casa, la de nuestra vida. Pero si es asaltada y las bombas enemigas ya están cayendo sobre ella, de repente unas esmirriadas y extravagantes antiguallas quedan a la vista en los cimientos. ¡Cuántas cosas fueron enterradas y sacrificadas ahí abajo entre fórmulas mágicas! ¡Qué grimoso gabinete de rarezas descubrimos abajo, donde a lo más cotidiano le han sido reservados los pozos más profundos! 

 (Walter Benjamin, Sueños, p. 20, tr. Juan Barja y Joaquín Chamorro Mielke).

domingo, 8 de julio de 2012

Estudio élfico

Hora de regresos. Ya que el caballero Gharlhahath los mentaba, vuelven los elfos, con esta pieza instrumental para tres voces que suena aquí en el más élfico de los instrumentos del rock, el melotrón, y en el castañeteo antañón del clave.


Añado otra versión, con una leve enmienda. Así suena la cosa en piano eléctrico:

viernes, 6 de julio de 2012

Que llueva, que llueva

Un pequeño experimento estival (y estiwaltz). Esta canción se canta en Torrequemada (Cáceres) para pedirle a la Virgen del Salor que haga caer la lluvia. La letra dice así:

—¿Qué es aquello que reluce 
por cima de la Custodia? 
—Es la Virgen del Saló,
que va por agua a la Gloria. 

Agua, Virgen del Saló. 
Agua, Virgen del Rosario. 
Agua, Virgen del Saló, 
que nos secan los campos. 

De la pregunta que sirve como fórmula de partida, que también utilizó alguna vez Lorca, podríamos hablar en alguna ocasión. Esta vez me he centrado en la música: María del Pilar Barrios Manzano y Ricardo Jiménez Rodrigo reproducen la melodía de esta canción tradicional en su trabajo «Un núcleo rural del llano cacereño: música y tradiciones en Torrequemada», publicado en Saber popular. Revista extremeña de folklore, números 19-20, años 2002-2003, pp. 111-412. La canción aparece en la página 258.

Mi experimento ha consistido en armonizar esta melodía a mi manera (o a la cientovolandera manera, si se prefiere), como si fuera una canción que fuéramos a tocar con el grupo. Le he dado un toque modal, mixolidio, porque si no se me hacía, a más de sencilla, simplona. Vds. dirán (si les apetece) si el juego ha sido niño o niña.

Edito para añadir algunas sugerencias del maestro Aníbal. ¡Mejor así!

También algunas observaciones sobre la melodía: aunque uno tiende a oírla en sol mayor, la nota sol no aparece en toda la pieza. Ocupa su lugar la nota si, que es la tercera del acorde de sol mayor. Pilar Barrios plantea la posibilidad de que sea una melodía muy antigua, en 'modo de mi', o sea, en modo frigio (en este caso, no en tonalidad de mi, sino en si). Yo no logro oírla así, pero sobre el papel es posible. Otra nota que no aparece es la sensible, o sea, la séptima de la escala mayor. No hay fa natural ni sostenido. Eso significa que la melodía puede armonizarse desde sol mayor o desde el modo mixolidio (con fa natural); o combinar las dos cosas, que es lo que hace este arreglo.




domingo, 24 de junio de 2012

Cuando la Luna muera

Nobis cum semel occidit brevis lux 
nox est perpetua una dormienda... 
(Catulo) 

Escondido en mi canción 
de dos acordes con 
su eterna cantinela, 
acechando la ocasión 
de compartir el don 
con quien mi amor prefiera. 

Tardes en flor de mayo, 
perfume de cristal; 
cuando la luna muera, 
nos queda por velar 
la eterna oscuridad. 

Refugiado en el rincón 
más duro del salón, 
esperando la cena; 
como el plato principal 
de alguna bacanal 
erótico-manchega. 

Tardes en flor de mayo, 
perfume de cristal; 
cuando la luna muera, 
nos queda por soñar 
la noche sin rival.


jueves, 21 de junio de 2012

La Bossa y su Virtud

Cerveza y rock'n roll, acoples en color,
templar nuestra ilusión con su frescor amargo.
Retazos en sazón, turbia ciencia-ficción,
lo que pudo pasar —pero pasó de largo. 

Eterna juventud, 
curarnos en salud de nuestros propios nombres.
La bossa y su virtud:
dejar volar la luz y que nos lleve adonde...

Elástica ambición: doblar el corazón,
hacer segundas voces a mis días negros.
En un rincón feroz, fregar una canción,
frotar hasta lograr que se despegue el genio.

Eterna juventud, 
curarnos en salud de nuestros propios nombres.
La bossa y su virtud:
dejar volar la luz y que nos lleve adonde
quieras.