miércoles, 11 de abril de 2007

Simulacros I: metáfora del sacrificio


Muy bretoniano: la evocación de juegos me lleva a las muñecas, y sólo entonces me doy cuenta de la armonía entre los dos empeños. Jugar a las muñecas es jugar a los dobles.

Los shabti, ushabti o ushebti (tienen surtido en portada), en egipcio «los que responden» (los responsables; ¡los replicantes!) son muñecos, figuras humanas reducidas de cera, madera o piedra que se enterraban en las tumbas de reyes o nobles para que en el Más Allá, tras recitar el conjuro adecuado (capítulo sexto de El libro de los muertos), cobrasen vida y realizasen las tareas cotidianas o engorrosas en beneficio del difunto. Resulta tentador pensar en una evolución. Primero, se liquida literalmente a los sirvientes del difunto para que le acompañen y sigan sirviendo en la Trastienda; después, se transige con el cambiazo, la metáfora. Por mí y por todos mis compañeros — pero éstos son ya figuras, palabras.

*

Si en este caso la evolución del sacrificio humano al de muñecos es hipótesis, los hay más explícitos. Síganme y conoceremos a la romana Mania: una dama siniestra, madre o abuela de los Lares o, según otros de las Larvas (o Manias).

Como su genealogía, su nombre se presta a equívoco: no tiene relación con el griego Manía, «locura», sino con el adverbio mane, «por la mañana» (Mania sería entonces la que nace con el alba) —o tal vez con los Manes, «los Buenos» (por la misma maniobra preventiva por la que aquellas otras Erinias o Furias dieron, por antífrasis, en Euménides, «Benévolas»). Mania: «la matutina», «la buena». [En un segundo nivel, lo mismo: la mañana no es otra cosa que «la (parte) buena (del día)»].

Según un experto en imposibilidades (Marciano Capela, De nuptiis Philologiæ et Mercurii II 160-5), Mania vive en la región que se extiende entre la zona media del aire y los confines de la tierra y los montes, en compañía de los semidioses o héroes. Nos dice otro docto, Macrobio, que en época del rey etrusco Tarquinio el Soberbio, al llegar la fiesta de las Compitales se sacrificaban en las encrucijadas ciertos bebés para que Mania les diera curso administrativo. Más tarde (sin duda asesorados por Jodorowsky), en los primeros días de la República, los romanos sustituyeron las cabezas humanas por cabezas de ajo y de adormidera. La diosa no protestó: si había contrato, lo releyó y estimó que los términos eran correctos.
Añadió Albino Cecina: «esa sustitución en el sacrificio que nos has presentado, Pretextato, la encuentro luego llevada a cabo en las fiestas Compitales, cuando por toda la ciudad en las encrucijadas se celebraban juegos, restituidos claro está por Tarquinio el Soberbio en honor de los Lares y de Mania a partir de un oráculo de Apolo, en el que se ordenó que se suplicara por las cabezas con cabezas. Durante algún tiempo se observó esta costumbre, el inmolar niños a la diosa Mania, madre de los Lares, para la preservación de las familias. Este tipo de sacrificio, una vez expulsado Tarquinio, el cónsul Junio Bruto resolvió que se celebrase de otra manera. Ordena, en efecto, que se realice la rogativa con cabezas de ajo y de adormidera, de forma que se satisficiera el oráculo de Apolo en lo tocante al nombre de cabezas, eliminándose, claro está, el crimen de un sacrificio infausto: y se hizo que, si algún peligro amenazaba a las familias, lo expiasen unas figurinas de Mania colgadas en la puerta de cada uno; y a estos mismos juegos, en referencia a los caminos de las encrucijadas (compita) donde se celebraban, los llamaron Compitales» (Macrobio, Saturnalia 7).
Pues no hay una sin dos, ni dos sin que sigan muchas, a esta Mania primeval la seguía un coro de Manias, tan numerosas como diminutas. En paradoja que no lo es tanto, se llamaba así a las hijas o nietas de Mania, coro de ogresas; pero también a las muñecas deformes de lana o harina que, con la misma función de las cabezas de ajo o adormidera, se colgaban en la puerta en honor de la Señora. Retrato y espejo: en cuanto víctimas sustitutivas, representaban a los hombres libres de cada familia, con los que deberían guardar una relación de semejanza; pero el hecho de que fueran figuras feas (turpes) y recibieran el nombre de aquélla o aquéllas a las que estaban dedicadas (maniae) sugiere que se trataba de representaciones apotropaicas, cuya eficacia estribaba en ser lo más similares posible a aquellos mismos espíritus a los que debían alejar.

Acusamos a los goblins de cambiones, pero está claro que somos los reyes del truco.

*

El prestigio siniestro de los muñecos viene, pues, de lejos. Quietos como muertos (así los encuentran o dejan las estriges), pequeños como niños pequeños que se niegan a crecer, dóciles como sirvientes. Silenciosos, hasta que la magia los vuelve shabti —aunque su mera presencia, como sucede al final de El planeta de los simios, pueda convertirse en un grito.

6 comentarios:

Horrach dijo...

Muy buena tu entrada, Alejandro. La verdad es que me resulta apasionante la interpretación del juego con muñecos en sentido del 'doble', pues hay en todo esto una cultura explícita de la mímesis.

Sí que creo que puede hablarse de una 'evolución sacrificial' en el sentido sustitutivo. Es decir: de la misma manera que en muchas culturas los sacrificios humanos derivaron en sacrificios de animales, que cumplían una función sustitutoria, un grado más en esta supuesta evolución, nos lleva a sustituir al hombre de carne y hueso por un símbolo de su figura. En estas figuras se endosaría todo lo que tiene que ver con lo Otro, con la exterioridad que se sacraliza (que aúna lo demoníaco y lo angélico a la vez).

En cuanto al juego con muñec@s, su siniestro halo humano, yo lo percibí de forma enfermiza cuando era niño, con una película que me tenía obsesionado y que tenía olvidada desde hace la tira de años (su entrada me la ha devuelto a la conciencia). No recuerdo su título, pero creo que era inglesa, de los 50, en blanco y negro, y el protagonista era un ilusionista con un muñeco inquietante que se llamaba Hugo, que de repente tenía vida propia. Es una película que me pareció de lo más inquietante (tal vez por lo que de mimético infernal demostraba) que he visto nunca, y, la verdad, me gustaría recordar su título para intentar volver a verla de nuevo.

saludos

Anónimo dijo...

Horrach, era uno de los episodios de la película 'Dead of Night', el que dirigió el brasilero Arturo Cavalcanti, con Michael Redgrave haciendo de ventrílocuo. Y efectivamente, nunca una marioneta dio tanta grima (y mira que la competencia está reñida).

jr

javi dijo...

Que interesante toda esta serie sobre la identidad y el juego que estás haciendo, Al. Da mucho sobre lo que pensar.

(Yo recuerdo únicamente una escena en una película en que unos muñecos se fundían por un incendio: puritito mal rollo, como el plástico/carne se deshacía por el calor. En V de Vendetta -el tebeo, no la filfa de película- pese a la atmósfera, no es igual. Hay fotos de Cindy Sherman sobre el tema que también tocan nervio.)

Un saludo!

Anónimo dijo...

Lamento no haber entrado cuando la historia de Georgina y JRJ, que he encontrado estupendamente documentada. Lo mismo cabría decir de esta última intervención, que, además de interesante, es artículo maestro (con un final de aplauso).
La viñeta aporta una foto muy clara, con sus hileras de figuritas egipcias, buena parte de los resortes iconográficos egipcios en lo que toca a representaciones humanas momiformes. O una pequeña parte ya que tal vez no haya dos ushebtis iguales. No estoy informado de sacrificios de sirvientes en el Egipto predinástico, dato arqueológico que tendría que buscar. En Sumer sí está documentado para su periodo inicial (1 din. de Ur, tumbas reales). Los sirvientes estaban muertos sin muestras de violencia. Tal vez se murieran por convencimiento religioso.
La idea del origen de nuestros muñecos como formas de una sustitución mágica podría explicarme por qué me parecen tan siniestros, por qué se ven esas gotas de sangre sobre las caras de las muñecas en los escaparates de las esquinas.
Saludos.

Grifo

Horrach dijo...

JR (¿eres el JR que yo me imagino, con huesos y todo?)

Sí, justo esta mañana he curioseado por la red y he visto que se trataba de esta peli, aunque no recordaba que sólo fuera un capítulo (tendré que volver a verla y comprobar si mis recuerdos, esos que afloraron sólo ayer de madrugada, se sostienen). Tampoco me suena demasiado la cara de Redgrave. Eso sí, el bicharraco, el Hugo, sí que me ha dado escalofríos cuando lo he vuelto a ver.

saludos y gracias

Al59 dijo...

Cuando se produce una cadena de comentarios como ésta (un recuerdo también al señor Verle), recuerdo el sentido del juego (el del blog). Suya es la culpa, señores: para tener el placer de leerles, no me quedará otro remedio que mantenerlo en movimiento mientras pueda y sepa.