jueves, 12 de abril de 2007

Simulacros II: jugando a los barquitos


Cuentan, pues, que Nectanebo, el último rey de Egipto, después del cual Egipto decayó de su anterior dignidad, dominaba todas las cosas con su poderío mágico. Todos los elementos cósmicos se sometían a él, a su palabra y, valiéndose de ese poder para someter a todos los pueblos por la magia, vivía en paz. Ya que si en alguna ocasión se lanzaba contra él cualquier potencia en son de guerra, no se apresuraba a equipar sus ejércitos, ni a montar sus ingenios bélicos, ni a disponer el armamento, ni a ejercitar a sus oficiales contra las formaciones enemigas, sino que tomaba un lebrillo y practicaba la lecanomancía. Echaba en el lebrillo agua de una fuente y con sus propias manos modelaba con cera barquitos y figurillas humanas y los ponía en el barreño. Él se revestía con una túnica de profeta y conservaba en la mano su báculo de ébano. Y puesto de pie invocaba a los supuestos dioses de los encantamientos, a los espíritus del aire y a las divinidades subterráneas, y a efectos de su conjuro cobraban vida las estatuillas humanas. De modo que entonces sumergía los barquitos en el lebrillo y, al momento de sumergirse éstos, los barcos de los enemigos que le atacaban por mar eran destruidos, gracias a lo muy hábil que era aquel hombre en los poderes mágicos. Así transcurría en paz su reinado.
(Pseudo Calístenes, Vida y hazañas de Alejandro de Macedonia, Madrid: Gredos, 1988, tr. de Carlos García Gual)

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Pobre Nectanebo... De poco le valió la magia frente a los ejércitos (indisciplinados pero abrumadores) de Artajerjes no sé cuántos, en la llamada segunda invasión persa, que lo destronó y lo puso en fuga a Nubia. La túnica de 'profeta' es equívoca. Como 'profetas' tradujeron los griegos el término 'sacerdote-wab' (sacerdote-puro), el sacerdote común egipcio. Quiere decir el texto que Nectanebo se vestía con túnica larga sacerdotal. El bastón ése de ébano es epúreo, tanto como lo son las prácticas mágicas aludidas, propias de un periodo más tardío (ignoro la fecha del autor del texto) -aunque no sean desconocidas en Egipto-.
La mitificación que sufrió Nectanebo, último faraón autóctono, se refleja aquí y allá. Por otra parte, también él se la buscó: invirtió buena parte del tesoro público en la construcción de templos. Pocos fueron los lugares en los que no dejase memoria de su piedad para con los iconos de ya más de 3000 años de vejez de su país.
Saludos.

Grifo

Al59 dijo...

La tradición le pagó su piedad haciéndole padre del gran Alejandro (lo que dio a los egipcios una buena excusa para aceptar a éste y sus sucesores como reyes legítimos del Doble País).

Anónimo dijo...

Y en esta última historia, Nectanebo se convierte en un curioso rey fantasma, viajante invisible, que se lo monta con la futura mamá poco más o menos como un Espíritu Sto.
Por desconocido, el de Nectanebo es un caso desaprovechado por la mala novela histórica; y por el buen sentido del humor.
Saludos.

Grifo

Anónimo dijo...

Vudú en el balde.

Premio consuelo para Lucía Folino dijo...

Yo lo creo.