sábado, 30 de octubre de 2010

Historias del teléfono (IV)


Cuando me aburro, suelo descolgar el teléfono, marcar un número al azar y sentarme a escuchar insultos. A veces, como ahora, ni siquiera hace falta marcar el número. Las tormentas solares del verano barren, con sus ejércitos de electrones hambrientos, la circulación ordenada de nuestras comunicaciones terrestres. Las líneas hablan y gritan solas. Y el ruido de la batalla oscurece cualquier intento de diálogo coherente. Todo se vuelve loco y extraño.
Al descolgar, comienza a oírse alguna voz airada entre el fragor de los electrones:
—¿Sabes lo que te digo, hijoputa...?
Es la voz de una mujer aún joven y ya experimentada. Respondo:
—Dilo. Estás deseando.
Y ella grita como respuesta; y el estrépito vuela hasta confundirse con el bramido del Sol en erupción. Cuando la línea se recobra, añado:
—Nunca me han impresionado tus gritos.
—¿Sabes lo que te digo, hijoputa? ¡Pues que eres un hijoputa!
—Buena demostración...
—¿Ah, sí...? Pues me vas a...

Los electrones vuelven al ataque y su voz se pierde junto a otras voces secundarias. Viene sonando, entre las interrupciones, la voz de un hombre, de tono tranquilo, que llama, sin desesperarse, a Elisa. Al final, la voz del hombre prevalece y llegamos a un claro, en medio de un bosque de ondas retorcidas, mientras una voz lejana de mujer suena de vez en cuando llamando a Alberto, acompañada por un coro de risas y de gritos. Cuando puedo, reconozco, en la voz del hombre que llama a Elisa, el tono de voz de mi amigo Alfredo, perdido hace más de veinte años. Exclamo:
—¡Alfredo...!
Y él:
—Por fin. Te oigo fatal, pero vuelvo a oírte.
—¿Qué tal estás? ¡Cuánto tiempo...!
—Estoy bien. Pero aquí puedes eternizarte. Llevo, por lo menos, quince minutos esperando que la línea se aclare un poco mientras te oigo llamarme a lo lejos. Y, ahora, me parece como si no fuese tu voz. Con este ruido de fondo es imposible...
—Yo te oigo perfectamente, como en nuestros mejores tiempos.
—Sabes que soy un sentimental.
—A mí me ocurre lo mismo —le aseguro—. ¿Qué tal sigues...?
—Se me va la línea de vez en cuando, pero te oigo. ¿Qué me estabas diciendo de esos problemas antes de que un caradura se metiera por medio...?
—No comprendo.
—Antes de que la comunicación fallara entre nosotros.
—Pero eso fue hace muchos años... Una serie de errores de la vida...
—No me refiero a eso. Mejor, habláme de ese conflicto tuyo. No me digas ahora que tienes problemas sicológicos. Si es como justificación, no me sirve.
—Pareces haberme leído el pensamiento. Siempre me has conocido bien.
—A estas alturas... –Lo dice con un poco de ironía— ¿Qué problemas hay?
—Es que soy psicoléptico.
—¿Cómo...? No te oigo bien. ¿Has dicho Psicolepsia...?
—Así es.
—No veo ningún problema. ¿Qué te ocurre...?
—Es que me vienen presentimientos.
—Y a mí; y cualquiera. No hay que darles importancia.
—Es que a mí se me cumplen.
—Pero eso es normal si tienes Psicolepsia...
—Es que también soy epinoico.
—¿Cómo...? ¿Quieres decir que estás epinoica...?

Suenan ráfagas de electrones furiosos; entremedias, se oye la voz de una mujer desesperada, que llama a Alberto, perseguida por un coro de risas. La línea logra recuperarse. Antes de que pueda responderle, vuelve a sonar la voz de mi amigo:
—No conocía esa enfermedad. ¿Es la manía persecutoria...?
—Al revés: es el instinto de fuga. A los epinoicos nos da sólo por huir.
—Y tú, ¿de quién huyes...?
—Huyo de mi psiquiatra. Dice que no le pago y se propone extorsionarme.
—Creo que exageras. Un psiquiatra nunca es como un dentista.
—Es que también me persigue el dentista.
—Oye, la epinoia es una enfermedad muy delicada...
—Lo sé... También tengo algo de Parafrenia.
—Me lo temía... Pero eso es grave...
—¡Qué va...! Si no es más que una enfermedad cultural...
—¡Ah...!
—Es una enfermedad antropol—l—l—ógica, un estado cultural determinado, con sus rituales, sus comidas...
—Pero, ¿dónde está la enfermedad...?
—Piensa que practicamos la Antropofagia...
—No creo que sea ninguna enfermedad.
—¿Lo ves...?
—Sólo creo que es un caso de mal gusto.
—Pero eso lo dices dentro de tus esquemas culturales –me apasiono—. Hay otros esquemas. No puedes hablar por un parafrénico.
—Preferiría no hacerlo.
—Bah... Prejuicios.
—Mira, querida, a mí no me importa si te comes a...

Pero la línea se inunda de murmullos de risas electrónicas inoportunas y de voces de mujer, que siguen llamando a gritos. Respondo:

—¿Por qué has dicho querida...? Alfredo, sólo soy yo..., tu amigo.

Y él, con brusquedad:

—Oiga, ¿quién es Vd? ¿Qué está haciendo aquí?
—Lo mismo que Vd. Estoy hablando.

Vuelve a cortarse la comunicación entre la marea solar y las voces, cada vez más cercanas, de una mujer que, al fin, parece llegar a puerto. Y se la oye claramente decir:
—Querido, ¿eres tú...?

Y la misma voz de mi amigo contesta en un suspiro de alivio:
—¿Me oyes ahora, Elisa...?

Y ella, con un suspiro gemelo:
—¿Alberto...?
—Sí, soy Alberto –confirma la voz que creía de Alfredo—. Es que acaba de meterse un gracioso por medio y volví a perder la comunicación. Pero sólo ha durado un par de segundos. Ahora te oigo con tu voz de siempre.
—A mí me viene pasando igual con ese tipo. Estoy convencida de que me persigue, de que va a por mí y quiere destruirme.
—No lo plantees así. No puedes seguir con esa obsesión por huir de todo.
—Es que me asalta a diario. Además de imbécil, es idiota.
—Probablemente.

Entonces, yo, que sigo oyéndolos en la bruma electrónica, intervengo por si acaso y digo cualquier cosa como:
Los idiotas serán perseguiiidooos...
Y estalla un coro de insultos. Los dos se descargan a dúo contra mí y me llaman psicópata, terrorista y gilipollas. Después, siguen hablando, convencidos de haberme echado. Él toma la palabra:

—No me habías dicho antes que estabas epinoica...
—¿Para qué...? No quería que me huyeras...
—Se supone que tendrías que ser tú la que saliese huyendo.
—¿Por qué...? Yo nunca pensé en dejarte. Fue por la enfermedad.
—Pero, vamos a ver: ¿La Epinoia es instinto de fuga o no...?
—Qué va, querido... La Epinoia es..., no sé..., es lo mismo que los presentimientos.
—Acabo de decirte que todos tenemos presentimientos.
—Pero a mí me perseguía el presentimiento de que nuestro matrimonio acabaría mal.
—Eso es obsesión, Elisa.
—Qué va, Alberto: es Epinoia.
—Yo no le veo ningún problema siempre que no te lo tomes en serio. Todo el mundo tiene presentimientos...
—Eso es verdad... Pero es que soy, también, paraléptica.
—¿Y qué...? La Paralepsia es algo físico, digo yo..., y no algo imaginario.
—Claro: al menos, te revuelcas por el suelo hasta romper las baldosas, echando espumas amarillas y gritando auggrrr...
—Pues, en fin... Mientras no haya fotógrafos, no pasa nada. Lo malo de nuestra profesión es hacerse famoso. Como periodista, prefiero que hablen mal sólo de los demás.
—Gracias, Alberto, por comprenderme así.
—No te oigo, con este ruido. Elisa, ¿sigues ahí...?
—¡Alberto...!
—Mira, Elisa, que me vas a poner sentimental.
—Pues yo estoy casi llorando...
—Vamos a cambiar de tema. Te veo estupendamente.
—Y yo también a ti.
—Hemos perdido algunos años. Pero los vamos a recuperar todos. Anda y no llores así.
—Si no lloro... ¿Cómo habré sido tan tonta...?
—No hay que culpabilizarse nunca, recuérdalo. Y no pienses que te ocurre nada. Ni aunque estuvieses katafrénica, si he dicho bien, je, je...
—¿Quieres decir frenotrófica...?
—Es posible. ¿Por qué...?
—Porque la Frenotrofia no es una enfermedad...
—¿Qué es...?
—Es una actitudd cultural—l—l mal entendida.
—¡Ah...!
—Es una posición antropol—l—ógica respecto a los sistemas culturales.
—Sí, ya lo sé... No le demos más vueltas. Es lo de la Antropofagia. No lo disfraces ahora.
—Pero si no lo estoy disfrazando: eres tú el que no entiende. Deja, por un momento, tus posiciones culturales. La Antropofagia no es la enfermedad.
—Te he dicho ya que te comprendo en eso.
—La Antropofagia es, precisamente, la curación.
—La curación, ¿de qué...?
—De la Frenotrofia, querido. No me entiendes.
—Olvídalo. ¿Cómo lo hacéis...?
—Se trata de comidas rituales, ¿comprendes...?
—Creo que sí.
—Nos reunimos en un gran hotel. Somos veinte más los dos antropólogos.
—Entre tantos, no tocaréis a mucho.
—Pero los dos antropólogos no ingieren. Sólo dirigen el sacrificio.
—¿Y a quién os coméis...?
—De entrada, que—ri—do, sólo comemos hombres para no perjudicar a la especie.
—¿Y se dejan?
—Claro que sí. Casi siempre son aborígenes, que vienen, incluso, desde Australia con tal de defender su cultura.
—Qué dulce...
—Desde luego, los antropólogos les han enseñado todo lo que saben. Antes, ni siquiera distinguían entre lo crudo y lo cocido.
—¿Se los comían crudos...?
—Ja, ja... Y yo qué sé... Lo mismo eran tan salvajes que ni siquiera se los comían...
—Qué inconscientes...
—Los antropólogos les han enseñado incluso a sentarse. Y a calcular los primos y las primas colaterales mediante un código algebraico. Imagina que, antes de los antropólogos, los primitivos eran capaces de sentarse frente a una prima de tercera generación por vía paterna viéndole la raja, ja, ja, ja, y sin que nadie protestara.
—Absurdo.
—¿Alberto...? ¿Alberto...? No puedo oírte con este ruido. ¿Qué habías dicho...?
—Quiero decir que, si los antropólogos les hubieran enseñado a ellas a vestirse, se habrían ahorrado las clases de matemáticas.
—Pero eso lo dices por tus esquemas occidentales.
—Es posible.
—Así nunca vas a lograr integrarte en la cultura del futuro, Alberto. Tienes que abrirte y participar un poco más.
—Si te refieres a comer de lo mismo, ya sabes... Creo que no me gustaría.
—Pero eso es normal... Hay unos buenos antivomitivos. Algunos órganos producen reparos..., imagínate...
—No sigas hablando...
—¿Por qué...? Tenemos hoy un éxito que nunca pudimos esperar. Piensa nada más que, cuando fuimos a celebrar un banquete al que el aborigen no pudo acudir por haber quedado en la aduana confundido con un salvaje, ¡convencimos culturalmente al electricista del hotel para que lo supliera!
—No me lo explico...
—Siempre por esos malditos esquemas. ¡Si hubieras oído hablarle a los dos antropólogos del grupo...! El electricista no pudo resistirse o habría quedado en ridículo, ¿comprendes ahora...?
—Sí.
—Por fin. Lo que tienes que hacer es probar por ti mismo y decidir. Ya lo verás...
—No sé, no sé...
—Hasta podríamos comernos al conserje del hotel, nosotros dos solos, ¿eh...?
—Pero yo no estoy frenotrófico, Elisa...
—¿Y qué...? Tampoco yo lo estaba...
—Es que no me imagino comiéndome al fontanero.
—Si es por eso, no te preocupes. Antes de sacrificarlos, los antropólogos les ordenan seriamente depilarse y cortarse las uñas de los pies.
—Aún así, no me abre el apetito... Preferiría comerme a la secretaria del hotel.
—¡Eso es machismo y desenfreno! Mira, Alberto, no vuelvas otra vez por ahí...
—Ya, ya...
—¿Me oyes...? ¡Alberto...!
—Sí, sí. Te sigo oyendo pese a la interferencia.
—Tienes que abrir un poco más tus planteamientos cultural—l—les...
—Y, a todo esto, ¿qué sabe la Policía de vosotros...?
—¿La Policía...? Como los aborígenes, los policías son las personas más sensibles ante la cultura y la conducta como vectores de sistematización social—l—l.
—Cómo no lo había pensado... ¿Es que os habéis comido alguno...?
—Bah..., casi nada... Pero los antropólogos no tuvieron que hacer ningún esfuerzo para convencerlos: ya estaban convencidos. Y no digamos los pol—l—líticos...
—¿Sabes, Elisa...?: prefiero estar siempre de tu parte y no en contra..., je, je...
—No exageres, je, je...
—¿Hasta dónde te propones llegar con tus banquetes...?
—¡Uy...! Ja, ja, ja...

Pero yo, entonces, considero que es el momento oportuno de las aclaraciones, de interrumpir el contrapunto de estas dos voces de caramelo y de contestar con una frase cualquiera como:
Hmmmm... Dentro de poco os meteré en mi olla...

Y me insultan enrojecidos, entre descargas, y me llaman petromínido, genocida y epizote. Comienzo a sentirme un poco molesto.
Cuelgo con hastío; pero, aunque sé que no tienen realidad y no son sino apariencias agitadas por las tormentas solares, los sigo oyendo:

—Creo que ha colgado ya.
—No puedo más con ese tío asqueroso.
—Olvídalo de una vez y acabará pasando..., etc, etc...

Es por mi glucotimia. En verano, los glucotímicos nos volvemos extraordinariamente sensibles a las alteraciones magnéticas. A falta de una buena estabilidad, el funcionamiento de nuestros aparatos podría conducirnos a la locura ajena.
Y, entonces, envío un correo electrónico al periódico de mayor tirada, aunque no sepa en qué se pueda convertir su texto. En él, acuso a la Compañía Telefónica de corrupción estival y pasividad interesada frente el Sistema Solar. Sin más comentarios.
Pero, en la edición del día siguiente, encuentro, en la sección de Breves, un pequeño recuadro con esta nota:

La Compañía Telefónica ha sido acusada por un conocido paratrófico de practicar la Antropofagia, y de llevar a cabo, entre sus directivos, banquetes culturales de carne humana (y de no haber invitado todavía al paratrófico, suponemos).

(Antonio Hernández Marín, 27—7—06 )