domingo, 5 de enero de 2014

Ciento Volando (I): el refrán


Quien hace un cesto, hace ciento. Ciento viene a ser en el refranero lo que mil y una en las noches orientales, o catorce en boca de Asterión. Si no cientos, somos muchos los que hemos vuelto sobre el refrán tradicional, desoyendo su advertencia para quedarnos con el pájaro innumerable en vuelo en vez del triste que canta en la jaula o se fríe en la sartén. Por si aportara alguna luz, creo que puede estar bien recorrer la historia del asunto. Comencemos por el refrán.

1. La fórmula Más vale pájaro en mano que ciento volando parece acuñada de una vez para siempre, pero en realidad es solo una realización entre varias de un refrán tradicional, que otras veces dice, por ejemplo, Más vale pájaro en la barriga que ciento en la liga, Más vale pájaro en mano que buitre volando, Más vale pájaro en mano que volando y Más vale un pájaro en la mano que dos volando.

2. Las variantes son instructivas en varios sentidos: para empezar, muestran que el sintagma ciento volando no es central al refrán, cuyo núcleo invariable podríamos intentar trazar recurriendo a las palabras que aparecen siempre, Más vale pájaro... que... , y tratando de reducir a un mínimo común denominador semántico las variables: Más vale (un) pájaro seguro que (otro, más de uno, muchos)  dudoso(s).

3. La antítesis entre el pájaro cierto y el dudoso, que da para una formulación expresiva y elegante del refrán (Más vale pájaro en mano que volando), tiende a adornarse enfatizando el tamaño del pájaro incierto o multiplicándolo. Es un movimiento curioso, concesivo, podríamos decir, pues la idea es que cuanto mayor sea el bien hipotético al que se renuncia, mayor importancia se reconoce a aquello que se prefiere: lo inmediato, lo presente. Un matemático lo expresaría mejor, pero permítanme el aproximamiento: si yo digo x vale más que y, cuanto más haga valer a y, más valdrá x.

El pájaro incierto se vuelve así dos, tres o ciento; o torna un pájaro enorme, que no cabe en la mano (el buitre). En una versión particularmente aventurera, ni siquiera es ya un pájaro: Más vale pájaro en mano que buey volando.

4. El maestro Agustín solía distinguir entre los refranes propiamente populares y aquellos otros (algo más de la mitad, decía) que se habían colado en la tradición oral, pero que provenían claramente de las clases dominantes (del enemigo,vaya). Este lo contaba entre los primeros, por su denuncia de lo futuro, lo hipotético, lo prometido: the pie in the sky, que decía el sindicalista Joe Hill, llegando por sus propios medios al mismo territorio metafórico que el refrán español. El pastel celeste, imagen del Paraíso venidero que prometen los predicadores desaprensivos, bien cebados ellos, a una masa de hambrientos cuyas tripas rugen aquí y ahora, viene a ser lo mismo que la bandeja de pájaros fritos o escabechados.

5. A pesar de todo (y a eso vamos, o iremos, en la siguiente entrega de la serie), el refrán se ha utilizado también para intentar desalentar a todos aquellos que sienten el vuelo de las posibilidades y no se resignan a apostar sobre seguro, haciendo lo que hace todo el mundo del mismo modo y a las mismas horas. Así que es normal que los que tenemos, mal que bien, la cabeza a pájaros, o al menos pájaros en la cabeza, nos hayamos revuelto contra el refrán, en el que no hemos visto (como quizá era el sentido original) un rechazo del futuro planificado, sino todo lo contrario: una afirmación del adocenamiento, de la forma establecida de hacer las cosas, como el único camino viable, y un rechazo burriciego y arrogante de las posibilidades sin límite.

Algo de esto reconocía el maestro, hablando con nosotros del tema, cuando tras afearnos la elección del nombre y reivindicar el refrán popular, se dejaba sonreír un instante y añadía: aunque no está mal del todo eso de dejar libres los pájaros, de devolverles la vida. En  nuestra defensa, podríamos haberle citado sus propios versos, que tan bien musicara Chicho Sánchez Ferlosio, en los que el pájaro atrapado se convierte en símbolo de todo aquello que vive anclado por sus propias fronteras:

De la jaula aletea y sangra
el pájaro desconocido;
salir quiere y no puede,
su jaula es él mismo.


[Y aún más cerca de impugnar el refrán, el lamento que aparece en una de las canciones de Baraja del rey don Pedro, a propósito de alguien, cualquiera de nosotros, que

Por tener lo que volaba,
llenó su jaula de pájaros muertos
.]