domingo, 2 de marzo de 2014

Ana María Moix besa la espuma


Ayer circuló por la Red la muerte de Ana María Moix, el gran amor de Leopoldo María Panero. Como tal llegué a ella a través de la biografía del poeta maldito. El título del primer libro de Panero, Así se fundó Carnaby Street (dedicado a los Rolling Stones), encaja estupendamente con los títulos de los primeros libros de Moix, no menos anglófilos y stonianos: Baladas del Dulce Jim, No time for flowers y Call me Stone. (Disuena en cambio el título más actual, tan sobrio él, que recoge los tres libros: A imagen y semejanza.) Los géneros también cuadran: eso que llamamos, si hablamos en serio, poema en prosa, a la manera de Novalis y Max Jacob; pero que hace años solíamos los amigos llamar postripi —y, en verdad, en estos textos de finales de los 60 e inicios de los 70 la referencia al enteógeno parece bastante ajustada.

Del mismo modo que bajo la fiebre química cualquier dibujo cobra vida (y acaso hasta voz y aroma), en estos prosemas se parte de un nombre propio o de una frase cualquiera (cotidiana o tópicamente literaria) y se salta por asociación de ideas a otro plano de realidad en que los personajes del cómic o del pop adquieren la estatura arquetípica de un Gilgamesh o un Beowulf y las palabras se abren en recovecos caleidoscópicos. El viaje imaginario a los confines (el Polo, el fin del mundo, el centro de la Tierra, la isla perdida) es el correlato del viaje verídico de la mente, espoleada por el ácido o el cáñamo indiano, por ese parque temático que forman nuestros recuerdos, deseos y temores.

Abriendo al azar el libro, encuentro estos dos textos (pp. 44-45), que hablan del mar, la nieve y otras imágenes de consumación y muerte. Parecen apropiados, además de muy bellos. Allá van.

Nevó en el mar. Y por fin caminé sobre el inmenso hielo hacia la blanca lejanía. Una cruz señalaba el lugar en el mapa. Crucé el océano y ya iba a alcanzar el sol cuando grité de pena y con las uñas abrí hendiduras en la helada capa para ver el mar. Las gaviotas, muertas de frío en las rocas, me ayudaron a recobrar el miedo que sienten los adolescentes cuando cesan en su llanto por las noches y se inventan un amable desconocido que acariciándoles la cabezas les ayuda a hablar sobre el amor.

*

Partieron muchos barcos aquel año. En la playa quedaron algunos cascos de botella sin mensaje y un plano muy completo del lugar donde empieza la aventura. A golpes de olas fui recobrando la memoria y tuve ganas de llorar sobre la arena, como si en aquel último barco hubiera partido alguien muy importante para mí. Si hubiese nevado sobre la playa y me hubiera sido imposible regresar a las ciudades, sabría ahora por qué es temible el mar, y a quién pertenecía el pañuelo blanco que flotaba en los océanos cuando el trasatlántico entraba en aguas internacionales y alguien, en cubierta, me recordaba quizás en jazz-band.

Empecé a ver elefantes color de rosa bailando sobre las olas, como las pesadillas de los alcohólicos que tiemblan ante un vaso de cerveza y beben para ahogar sus penas. Y fue entonces cuando muy despacio caminé hacia la orilla y me alcanzó el mar.