domingo, 24 de octubre de 2010

Historias del teléfono (III)


Estoy dormido, posado sobre el suelo de los sueños, en el fondo del mar. Y hablo concienzudamente por teléfono con mi vecino. Es por culpa de esa maldita interferencia entre nuestros dos aparatos; y ese muro interfaz, que necesita urgente reparación...
—Necesita alguna reparación urgente.
—El que la necesita será Vd. No sé de qué está hablando. No me venga con esas ahora. ¿No ve que estoy dormido...?
—¿Y cómo cree Vd. que estoy yo...? Todos tenemos que dormir. Pero hay problemas mayores. Hay una interferencia.
—Sólo la tiene Vd. En su imaginación.
—No. En el muro interfaz. Es culpa de ese muro. El enchufe de su teléfono transfiere electrones hasta el mío. Cuando descuelgo, me entero de si Vd. descuelga; y le puedo espiar... Piense que también le puedo oír cuando no habla por teléfono... El muro da para todo.
—Vd. es un cotilla miserable. Porque estoy descansando..., si no...
—Sí, sí..., descanse, descanse todo lo que quiera. Pero haga algo cuando se despierte. Es Vd. quien está creando la interferencia. Va a tener que desembolsar una considerable suma...
—Mire, Enrique...
—No. Me llamo Esteban, no se equivoque. Enrique es Vd.
—¡Encima, eso...!
—Vd. verá...
—¡Ahggg...!

Cuelgo. Me despierto en un momento impreciso. Salgo de la oscuridad, me levanto, me visto. Inicio la jornada. Vivo y existo. Salgo al portal, entro en la calle; pero en la escalera me cruzo con Enrique. Me mira fija, brevemente. Yo diría que maliciosamente. Saludo, buenos días..., algo así. Sigo andando... Él no puede saber nada de mi sueño. Sin embargo, me mira como si lo supiese... Me voy.
Cuando regreso, por la tarde, me topo de nuevo con Enrique en la escalera. ¿Me estaba esperando...? Parece que no. Me mira, simplemente. Ya es inquietante. Me mira terca, penetrantemente, con cierta luz de burla. Me molesta. Adiós... Y paso, quiero pasar, subo por la escalera, entro al portal, tendría que haberle dicho:
—¿Qué quiere Vd? ¿Por qué me está mirando así...?
Pero ya no hace falta. Él viene detrás. Cierra la puerta. Y no puedo evitar preguntarle:
—¿Qué quiere Vd.?
—Cálmese, se lo ruego.
—Actúa como si supiese algo... ¿De qué...? Vd. no sabe nada.
¿De qué...? Ahora, soy yo el que se lo pregunta a Vd. Luego había algo que yo tenía que saber...
—Es al revés: que no tenía que saber.
—Pues ya ve... Demasiado tarde. Descubra al fin que yo también sabía.
—Le repito que Vd. no puede saber nada.
—¿Por qué...? No sea tan incrédulo...
—No es que sea incrédulo, ya que ha citado el término. Pero es que Vd. nunca podría tener información sobre lo que yo haya soñado esta última noche.
—Le repito la pregunta: ¿por qué...? ¿Hay alguna razón incuestionable para que tenga que ser así...? Lo cierto es que yo sabía lo que sólo Vd. sabía. ¿Lo ve...?
—Pues no lo veo... Nada sucede así en nuestro mundo.
—¿Pero de qué mundo me está hablando, señor Enrique...?
—Esteban, por favor...
—Dígame...
—Pues del mundo real. El único.
—Haga un esfuerzo. Sitúese. Vd., y le ayudo porque es mi vecino, se encuentra, ahora, soñando.
—Tampoco puedo creerlo. Vuelvo de trabajar. Lo sé bien.
—No importa. Cuando despierte, lo sabrá mejor aún. Piénselo: ¿cómo iba yo a poder conocer su sueño de anoche si no estuviese también soñando como Vd.? Es verdad que en la realidad no ocurren estas cosas. En eso tiene Vd. razón.
—Y Vd. también la tiene en lo que acaba de decir. Empieza a confundirme...
—No es una confusión. Es una aclaración.
—Entonces ¿se acuerda Vd. de lo del muro interfaz y la interferencia telefónica...?
—¡Oh...! Sabía que lo iba a mencionar... Olvídelo, por favor... Ahora no tiene ninguna importancia. Precisamente, Vd. está soñando que vuelve del trabajo y necesita descansar a gusto. Hágame caso.
—Sí..., sí..., en eso tiene Vd. razón... Hasta me da algo de sueño...
—Pues siga durmiendo. Por mí no se moleste. Yo me encuentro en la misma situación que Vd. Buenas noches, amigo mío...
—¡Oh, sí...! Buenas noches, buenas noches, señor Esteban...
—Señor Enrique. Pero, en fin, da lo mismo.

Entro en mi madriguera y sueño que beso a mi esposa Natalia a mi regreso del trabajo. Después, sueño que veo la tele, que juego con Nino, nuestro bebé animado, tan animado que parece real. Y sueño que lo sueño todas las tardes. Sigo soñando que ceno, leo filosofía y me da sueño, me acuesto en breve y continúo mi sueño en sueños. Y llamo por teléfono a mi vecino.
—Hola, Enrique –me contesta—. Le he reconocido.
—No. Soy Esteban. Pero da lo mismo. ¿Qué tal...?
—¿Se refiere a lo de la interferencia...?
—Ahora es Vd. el que lo menciona.
—Es que ahora estamos despiertos, ¿ve...? Es diferente, ¿no...?
—Sí... —reconozco—, como del día a la noche.
—Es al revés: como de la noche al día.
—Hasta habla Vd. como yo. Es asombroso...
—Yo creo que es Vd. el que repite. Pero no importa. Los dos estamos de acuerdo. Y todo porque estamos despiertos. Ahora, podemos conversar con franqueza y sin interferencias, ¿me entiende...?
—Perfectamente –le aseguro—. Yo también creo que hay una interferencia en el muro de nuestros dos teléfonos.
—¡Claro que la hay! Si hasta le oigo bostezar de sueño por las mañanas...
—Yo pienso que se debe a ciertos óxidos de los enchufes, que han podido volver conductor al muro. Es mi opinión.
—Y yo pienso lo mismo que Vd. Es por culpa del óxido.
—Pero yo me refiero al teléfono. Hay una interferencia telefónica evidente.
—Le repito que es mucho más que eso. —Y me aclara—: Conozco todas sus intimidades electorales. Y sólo estoy de acuerdo con su política internacional.
—Por lo menos, Vd. está de acuerdo en algo. No acostumbro a ese éxito.
—Lo sé. No le comprenden. Pero Vd. se lo pasa bien aun así. Lo sé todo.
—Yo también sé de Vd... –le dejo caer—.
—Lo sé... Y sé que Vd. sabe que lo sé.
—También sé que Vd. sabe que yo sé que, aún sabiéndolo, Vd. también lo sabe.
—Es verdad –asevera—: Hay un muro conductor.
—Así es. ¿Qué podemos hacer...?
—Nos tocará pagar a medias alguna forma de reparación. Yo no veo inconveniente.
—Yo tampoco. ¿Algo así como 50+50?
—No. –Y matiza—: Quiero decir 100+100. Cada uno pagaría un 75% de reparación más un 25% de desplazamiento. En total, 100. Telefónica siempre gana.
—Según Vd., ganaría mucho más. Ganaría el doble. En cambio, el muro sólo precisa de una reparación, sólo una, que pagaríamos ambos.
—Es lo que yo le digo; que ambos pagaremos la reparación y el desplazamiento. Ya lo verá.
—Vd. siempre me convence al final –he de reconocerle—.
—Sabía que me comprendería, que nos entenderíamos mejor despiertos.
—Pues ya lo ve. No se ha equivocado. Despierto, uno se siente más seguro.
—Hágame caso..., Enrique.
—Soy Esteban, pero da lo mismo, ¿no cree...?
—Claro que sí... Adiós, Esteban.
—Hasta luego, Enrique.

Cuelgo el teléfono y me despierto. Pero soy yo, Enrique. Soy Enrique y estoy en mi lecho, de mi casa de Enrique. En la cocina, mi esposa Noelia hace girar un molinillo. Soy Enrique y lo soy desde siempre. Algo está mal en todo esto. Algo muy grave. ¿Cómo es que soy Enrique...? Porque yo soy Enrique. Y eso me recuerda lo del muro oxidado. He de actuar rápidamente, sin que Noelia se percate y descubra que soy Enrique como todos los días. Hay que llamar a Telefónica. Rápidamente.
—Telefónica. Dígame...
—Tengo un problema angustioso.
—Entonces, espere atentamente nuestra señal. No cuelgue aunque prefiriese hacerlo. Gracias.
Era sólo una voz electrónica. Y ahora me ponen el hilo enrollado de la Partita para flauta en La menor, de Bach, y la llevo por la mitad cuando una voz dorada de señorita me pregunta:
—¿Qué tal...?
—Señorita, tengo un problema.
—Veamos... Cálmese. Vd. tiene un problema, ¿no es así...?
—Sí..., es así. Mire : yo soy Enrique; y, además, lo he sido siempre. Y creo que lo voy a seguir siendo..., ¿comprende...? Ayúdeme, por favor. Es angustioso...
—Le comprendo muy bien. Vd. tiene un problema.
—Sí. Un grave problema.
—No sea tan pesimista. Dentro de cinco minutos, verá llegar a nuestros oficiales, que pondrán fin a su problema. ¿Cómo se siente ahora...?
—¡Oh...!, bien, no crea... Pero es como si no se tratase de mí...
—No piense en eso. Adiós, señor ¿Enrique...?
—No. Esteban.
—Oh, gracias.
—Quiero decir: Enrique, sí, Enrique.
—Vale, sí, como quiera. Pondré Enrique. Adiós...
—Adiós, señorita...
¡Todo es tan rápido...! Hago pasar el tiempo muy deprisa. No transcurren ni cinco minutos y ya están los oficiales llamando al timbre. Son dos oficiales vestidos de amarillo, con una escalera naranja y un ladrillo verde.
—¿Qué tal se siente...?
—Bien. Yo soy Enrique. Pero, a veces, es como si no fuese yo...
—Háganos caso. No piense más en eso. Nosotros se lo vamos a arreglar en un momento.
Y manipulan algo en los inferiores del muro prodigioso; e introducen el ladrillo verde. Después lo dejan todo igual.
—Son 100$
—Me parece excesivo por una escalera naranja y un ladrillo verde.
—Son 75 de reparación y 25 de desplazamiento.
—Ya lo sabía... Vds. ganan siempre. Váyanse; y que no se repita.
—No se ponga así, señor Enrique.
El oficial segundo interrumpe:
—No. Éste es Esteban.
—No. Es Enrique. ¿Quién es Vd....?
—Ese es el problema. Que soy Enrique.
—No se preocupe. Verá cómo dentro de un rato se le pasa.
—Adiós, señores.
—Adiós, Enrique.
...Y despierto. ¡Uf...! ¡Qué sueño...! ¡Qué pesadilla con el teléfono...! ¿Cuánto he dormido...? ¿Cómo es posible...? Ha sido un sueño tan largo...; y sólo ha durado un par de minutos, desde las siete en punto. No sabía que la urgencia atacase también a los sueños. ¡Va todo tan rápido! Tengo que moverme. Al fondo, Natalia hace girar un molinillo. Entonces, llaman a la puerta.
Abro y se presentan dos oficiales amarillos, cargados con una escalera naranja.
—¿Es Vd. Enrique?
—No. Yo soy Esteban.
—Entonces, es Vd.
—¡Alto! O soy Esteban o soy Enrique.
—No se preocupe. Eso quedará listo en sólo un par de minutos.
—¡Pero yo no los he llamado!
—Aquí pone que sí, que Vd. se llama Esteban.
—Eso es verdad...
—...O Enrique.
—Ese es el problema, créame.
—Déjenos entrar y se lo arreglaremos.
Y ellos pasan, circulan por sí mismos, se introducen, llegan al muro, tantean, mueven, quitan, ponen y dejan un ladrillo verde; y, luego, cierran.
—Son 150$
—¡Pero Vds. me cobran casi el doble de lo establecido!
—Es lo que deberíamos hacer, ya que Vds. son dos. Pero, pensando siempre en Vd., le hemos adjudicado el descuento Ciudad Plus de Telefónica para que pueda seguir llamándonos...
—Oh, comprendo. Son tan amables... No hay forma de oponérseles...
—No hay forma...
—Está bien. Tomen. Tengan.
—Tomamos y tenemos.
—Adiós, señores.
—Adiós, señor Enrique.
—Soy Esteban. Pero no tiene importancia.
—Ya lo sabemos. Adiós, señor Esteban.
—Adiós.

¡Qué rápido va el tiempo...!

(Antonio Hernández Marín, 4-12-2001)


sábado, 23 de octubre de 2010

Historias del teléfono (II)


Intento sorprenderme. Descuelgo el auricular de mi teléfono analógico y me llamo a mí mismo. Pero cuelgo el auricular justo al acabar el repique de mi último número; y un segundo antes de que la llamada avise a la central para que me la devuelva.
Se trata de un teléfono analógico, un tipo de aparato hoy en desuso. Telefónica ha vetado el progreso de la red en el sector oeste de la ciudad. Y pienso aprovecharme.
Y mi llamada vuelve a mí; y el teléfono se sacude, con su grillo electrónico enlatado.
Descuelgo y oigo mi propia voz que me pregunta:
—¿Quién es Vd.?
Y yo le contesto:
—Más bien, soy yo el que tendría que preguntárselo. Vd. me acaba de llamar.
—¿Qué está diciendo? Es Vd. el que me acaba de llamar a mí.
—Comprendo. Pero es que yo me había llamado a mí mismo.
—No le entiendo. ¿Qué está diciendo Vd...?
—Nada extraño, créame. Es un problema del teléfono. Vd. usa, como yo, un antiguo aparato analógico. Ya no se instalan.
—¿Con que un problema del teléfono....?
—Y, además, comparte Vd. conmigo el mismo número...., el 7000102, etc, toda una chuleta memorística. ¿Qué le parece ahora....?
—Que Vd. es un loco. No tiene gracia.
—No soy un loco.
—Entonces, ¿quién es?
—Soy Vd. mismo.
—Deja de interesarme....
—¿Por qué...? Nos encontramos en la mejor de las condiciones para conversar, libres como estamos de atracciones fatales.
—Lo suyo suena a esquizofrenia de lo más normal, si es que sé algo.
—Vd. sabe exactamente lo mismo que yo. Y yo, lo mismo que Vd.
—....pero sepa, por si le interesa, que yo soy solamente yo y no una copia suya. He terminado.
—Espere, por favor. ¿Cómo puede Vd. decir que es distinto de mí cuando los dos hablamos con la misma voz?
—¿Con la misma voz....? Pues sonará así en su alucinación. Lo siento.
—Píenselo: Si Vd. es otra persona, ¿cómo es que sé de Vd. lo que nunca ha contado a nadie....?
—No me impresionan los prestidigitadores. No lo intente.
—Por ejemplo: Vd., para llamar al sueño, acostumbra a imaginar que se tiende sobre una duna de arena y se entretiene contando granos. Y, a veces, teme resultar aburrido. ¿Sigo aún....?
—Déjelo. Ya le he dicho que no iba a impresionarme.
—Tampoco le impresionará saber que vivo, exactamente, donde Vd., Los Azores, 381, y que ocupo el mismo lugar que Vd.
—Vd. es un maníaco persecutor y tendré que avisar a la policía.
—Perfecto: avíselos y dígales que le han llamado desde el número 7000102, etc, y observe atentamente las reacciones.
—Esto es absurdo.
—Correcto. Lo absurdo es que Telefónica nos mantenga aún con una tecnología tan anticuada. Vd. va a tener que pagar una llamada que yo le he hecho.
—Creo, más bien, que quien la va a pagar va a ser Vd.
—Pero yo no he llamado fuera de mi número. Por lo tanto, yo no he llamado. Y la llamada real que está sucediendo, sucede por Vd., que es el que paga.
—Hace ya tiempo que Vd. me viene molestando. Voy a dejarlo.
—Pero, ¿de qué se preocupa, hombre? Ni Vd. ni su factura telefónica son del todo reales. No se queje tanto. Sepa que Vd. no existe fuera de la red del cable. Vd. no es sino mi yo desdoblado en un teléfono antiguo.
—¿Y Vd. me dice a mí que no existo....?
—Así es.... Sólo hay uno.... Y cuando cuelgue este auricular, Vd. se disolverá en una corriente eléctrica.
—Por favor, cuelgue ahora mismo ese auricular. Si no lo hace Vd., lo haré yo.
—Está bien. Pero acepte, al menos, este reto. Después de haber colgado, salga al portal de su vivienda. Los dos vivimos en la misma casa. Y los dos vamos a salir. No proteste ni me siga insultando. Salga y compruebe que no había nada que comprobar.
—Su estupidez ha logrado sorprenderme al fin.
—Gracias. Es lo que me había propuesto.
—Pues lo acaba de conseguir. Adiós.
—Adiós.

Y cuelgo el auricular y sigo siendo yo sin más problemas. Y no salgo al portal de mi vivienda. ¿Para qué, si sé que sólo era yo mismo y que sólo había uno...?
Y, entonces, suena el grillo enlatado del teléfono; descuelgo y mi propia voz me sorprende y me dice:
—Con que haciendo trampas...

Y me toca pagar esta última llamada.

(Antonio Hernández Marín, 30-8-2001)

viernes, 22 de octubre de 2010

Historias del teléfono (I)


Mi amigo Daniel se ha comprado un teléfono móvil. Pero, durante un viaje en barco, no puede evitar perderlo para siempre en el fondo del mar. Es el titánic de la telefonía en movimiento.
Informado del percance, tengo una idea y llamo inmediatamente a ese teléfono.
Y me sale la operadora, con su voz ondulante y escurridiza, y sostiene ante mí que el número al que llamo ya no se encuentra operativo.
Pero...., no obstante, si deseo otro, puedo bajar a pedírselo a ella....

Luego los buenos buzos nunca mueren.


* * *

Mi amigo Demetrio sufre un gravísimo accidente viajando en su automóvil.
Y muere en el hospital completamente convencido de encontrarse en una final de motocross.
Tan rápido sucede todo, que sus familiares lo entierran con lo que llevaba puesto, incluido el llavero; y, también, el teléfono móvil en un bolsillo.
Enterado del acontecimiento, caigo en la cuenta y llamo inmediatamente a ese teléfono.
Y el hilo de voz del contestador me dice: —Hola. Soy la voz de Eugenio Demetrio. En estos momentos, no puedo atenderte por haberme quedado sin batería. No hace falta que dejes ningún mensaje. Tengo tu número. Dentro de tres días, recibirás la visita de mi representante de superficie. Suerte....

¡Estamos buenos! Y cambio de teléfono, de número, de amigos y de amigas, y hasta de dieta. Y no me va muy mal.

(Antonio Hernández Marín, 9-8-01)

miércoles, 20 de octubre de 2010

Llegan las águilas


Un círculo y en su centro un círculo... En mi ejemplar de Poesía antigua, de Agustín García Calvo, encuentro fotocopiado un artículo del maestro sobre las peripecias gramaticales y filosóficas del sujeto, creo que incompleto; y cuando voy a guardarlo de nuevo me doy cuenta de que hay más: unas líneas finísimas, fáciles de ignorar, al dorso del penúltimo folio. Es la letra de Ana Leal, desde luego, y, aunque afines a los de GC, los versos, que no recordaba, parecen ocurrencia suya (no recuerdo ejemplo de pareados con rima consonante en el corpus calvus). Expuestos quedan.


Si después de llorar has de vivir
y tus lágrimas fueron de morir
y no mueres, por ser flexible acero
la astucia oculta de tu amor entero,

y si escondido llamas desleal
a memoria que mata, y no es cabal
tu olvido, y te combaten sin figura
recuerdos que no quieren sepultura,

y si te salen sombras al camino
reclamando lugar en tu destino
y recelo que tras de ti se esconde
a angustiada pregunta no responde,

y ni sabes de voces sin palabras
que te piden albergue, y que no abras
dice el miedo a espantar la certidumbre
que anida en peñas de insegura cumbre,

no estás vivo ni muerto, sino en trance
de morir y nacer, y no hay avance
posible si no mueres por completo
una vez en tu vida, sin secreto

para nadie que viva en tu interior
con el diáfano rostro del amor,
y si muriendo así no lloran ellos
en silencio, no lágrimas, destellos

que iluminen tu gracia moribunda
y con su luz eviten que se hunda
en rencoroso lago de no ser
tu esperada figura y el quehacer

que te cumple. Y yo te enviaría
mis águilas después de tu agonía.

martes, 19 de octubre de 2010

Rosa del amor


Las canciones que una polilla escribiría a una vela. Incunable noventil, en modo dórico. Peca el que suscribe. A la flauta, Alfonso.


Rosa del amor,
mi última jugada,
cuando el viento atroz
limpie mi mirada,
pedirás perdón
por decirme nada.

Rosa del amor,
víctima apropiada,
tomaré color
tinto de tu espada.

Rosa del amor,
recadera amarga,
medirás mi voz,
me dirás quién anda.

Rosa del amor,
víctima apropiada,
libaré la luz
limpia de tu falda
cuando el viento atroz
limpie tu mirada.

Nada...



domingo, 17 de octubre de 2010

El ron del Edén


Nunca se sabe dónde sopla el aire. El otro día, haciendo zapping, fui a parar a Intereconomía, que es algo así como el Tea Party español, con zarajos en vez de pastas. Pues bien, ahí estaba: Viento en las velas, una película genial de Alexander Mackendrick, de la que nunca me habían hablado. Anthony Quinn es el capitán Chávez, un pirata entrañable e inepto que aborda un barco que va de Jamaica a Inglaterra. Con el cargamento se le cuelan unos cuantos arrapiezos que le hacen la vida apasionante e imposible, en una secuencia de acontecimientos de los que pocos, si alguno, pasarían hoy la criba de la corrección política: negros e hispanos supersticiosos y primarios, niños que pasan una tarde inolvidable en un burdel, piratas borrachos que bajan a la bodega a buscar a la mayor de las niñas para que les haga un bailecito en cubierta.

La historia me pareció tan buena que sospeché un libro aún mejor en la trastienda. Lo hay: Huracán en Jamaica, de Richard Hughes. El texto se suele vender como un precedente de El señor de las moscas, por la visión nada ingenua que da de la niñez. Hay cierta semejanza, pero la novela de Golding es un apólogo, y la de Hughes avanza sin brújula, sensible al encanto de las mareas. Hughes recuerda las ambigüedades y puertas abiertas de la niñez con una exactitud nada frecuente. Un suponer:

Durante esa media hora, Jonsen [el capitán pirata; Chávez, en la película], que seguía al timón, no dijo ni palabra. Pero su irritación acumulada estalló al fin:
—¡Eh, vosotros! ¡Ya está bien!
Los niños lo miraron con estupor y desilusión.
Hay un período en las relaciones de un niño con cualquier adulto que esté a su cuidado; este período discurre entre el momento en que lo conocen y su primer reproche, y sólo puede compararse a la inocencia primordial del Edén. En cuanto tiene lugar el primer reproche, el Edén ya no puede recuperarse.
Jonsen acababa de ponerle fin.
Pero, no contento con eso, seguía parloteando con rabia:
—¡Dejadlo! ¡Dejadlo! ¡Dejadlo ya!
(Por supuesto, los niños ya lo habían dejado.)


jueves, 14 de octubre de 2010

Opus en sol


Vuelan por Vietnam este octubre los dos mejores tercios de Ciento Volando, Daniel y Luli, en bicicleta —y los echo mucho de menos. Tanto como para buscar esta canción del 93 o así y sacarla a bailar un rato. El arpegio de la guitarra, con tres cuerdas, tiene su aquél: eran todas las que quedaban cuando Dani compuso la pieza. El sonido como de percusión que acompaña a la guitarra es (creo) el movimiento del micro que metimos como pudimos dentro del instrumento para amplificarlo. Toda la canción tiene un sabor inolvidable, no exactamente de época, sino de tiempo sin formatear, en que los sueños y las posibilidades empapan lo real. También hay algo de época, no obstante, en esas preguntas sin pregunta, tan babelianas; las referencias al juego de rol (inolvidables partidas de Rune Quest y Aquelarre) y la superabundancia de abriles (que Sabina, buen olfateador, fijó poco después para el gran público: ¿Quién me ha robado el mes de abril?).

Un libro abierto por dónde,
donde se escapa mi voz,
una galleta sin punta
y algún pañuelo de arroz.
¿Dónde perdimos el alma
jugando a un juego de rol?
Te acompañaba hasta casa,
las farolas eran yo.

La casa de la colina
donde solíamos reír,
donde el tiempo nos olvida,
donde sólo hay un jardín
y abrazados de la risa
y muriéndonos por fin,
tú tejías dulce y sin prisa
una sonrisa de abril.

Un libro abierto y desnudo
y algo nuevo que contar,
me dijiste 'No lo digo,
que es mejor adivinar'.
Cómo nos hacemos daño
porque yo no sé jugar;
aún no he cumplido cien años
y algo tuyo se ha ido ya
por el desagüe de abajo,
por la voz que nunca fui.
Tengo los ojos cansados
de no saber qué decir.

Cuánto tiempo hemos pasado
yo sin ti y tú sin mí,
el recuerdo sopla afuera
para hacer feliz la espera
de los que no se marcharon
con la última flor de abril.
No sé si me has enterrado,
yo aún sigo pensando en ti.



lunes, 11 de octubre de 2010

Días de ocio


Hubo un tiempo en que podía pasarnos cualquier cosa. Ahora, como siempre, también nos puede pasar cualquier cosa (buena, incluso); pero flota la sospecha de que llega tarde, a destiempo. De esa zanja brota angustia y dulzura, en proporción variable: perdida la inmortalidad infantil, vivimos el ocio de un condenado a muerte.

jueves, 7 de octubre de 2010

Estabas ocupada siendo pálida





(Imágenes: May Gañán, oct. 2010.
Mil gracias por jugar esta partida.)


Estabas ocupada siendo pálida,
serrín incandescente de las horas
que pasan como pájaros dormidos.
¿Adónde la flota de azúcar?
¿Qué versos dividen el cielo?
...Volver a tus ojos, volver.
No puedo seguir aquí fuera.



martes, 5 de octubre de 2010

Venta de fresas


(Santiago Parres, Ex Machina V)

Leyendo lo que va cayendo sobre la muerte de Miguel Ángel Velasco, encuentro una evocación desdeñosa del momento neosurrealista de la poesía española, la época de Blanca Andreu, cuando amainaban los novísimos y no rodaba aún el pelotón de la experiencia. Acepto que Velasco llegara a ser el gran poeta que es con su segunda manera, a partir de El sermón del fresno; pero no puedo dejar de sentir cierta añoranza de ese momento no vivido en que hubieran encartado, quizá, poemas como éste y otros que escribí muy a destiempo, ya en los 90 —aquellos decapentes que tanto le gustaban a mi querido Santiago Parres.

Venta de fresas

Te pones a pensar en la baraja congelada,
las bragas de tu prima, su mirada soberana,
entrar al corazón redondo y sucio de tu hermana
para mirar sus fotos asesinando cachorros,
bolígrafos mohosos, tarros de galletas verdes,
deja que entre una vez hasta la sala de los muertos
a recoger el libro que perdí en aquella barca
que dejamos partir en la marea, mahonesa
cortada entre los labios de la tarde abandonada.


domingo, 3 de octubre de 2010

Vals sonámbulo


...And of course Henry the horse dances the waltz.

Las piezas instrumentales tiende uno a componerlas más con el teclado (o con la cabeza) que con la guitarra, así que después, si uno quiere tocarlas con un par de guitarras, hay que adaptarlas al instrumento. Como todas las operaciones 'meramente técnicas', implica en realidad un repaso profundo de la pieza. Es cuestión de tonos, octavas y digitaciones —pero también pasa por eliminar todo lo que no resulte esencial, transformar sin tergiversar y añadir lo que llegue al calor del momento.

Total, que ahí va una vieja amiga (el Vals Sonámbulo) en traje nuevo. Por si a alguien le apetece comparar, rescato también la versión anterior, para piano y otros instrumentos.





sábado, 2 de octubre de 2010

Miguel Ángel Velasco abandona la sala



Hay sincronismos negros. Hablábamos estos días de la Ilíada y se nos muere inesperadamente Miguel Ángel Velasco, el autor de los versos que siguen, que dicen lo que importa bien e tan mesurado. Espero que su memoria no descanse en absoluto y siga dando muchísima guerra. Donde estés, gracias por El dibujo de la savia, La miel salvaje y La vida desatada —los tres mejores libros de poesía de los últimos años, y de tantos.




*

Acerca de las heridas de los héroes

A Agustín García Calvo


En la Ilíada nos prende
esa intención precisa en la manera
de describir el daño. Cuántas veces
se demora el hexámetro en el sitio
de la quebrantadura,
en el fiel inventario del estrago:
el lugar que desgarra la espada, cómo hiende
la carne y desmorona ese cartílago;
donde triza el pedrusco
el hueso, el recrujir de sus astillas;
la trayectoria exacta del venablo
que atraviesa las chapas del escudo,
la coraza de bronce.
Y el estruendo que hace al derrumbarse
la torre del guerrero.
Y no hay buenos ni malos, todos son
feroces alimañas que se ceban
en la carne ensartada,
que la agonía infaman del contrario
con palabras de burla,
y que después arrojan los despojos
al festín de los perros.

Y en esa pulcritud, en el registro
de la calamidad, va una plegaria
por la carne solar, por el milagro
precario de este cuerpo.
La cálida estructura bien trabada
que en la danza aligera su destino,
que se hace esclarecida geometría,
claro esquema en el nado, esa otra danza.
El delicado cuerpo
que reverbera en luz cuando lo anima
el ritmo del amor o del poema.
Porque no hay canto alguno
sin el humor del cuerpo, aunque destile
ese licor amargo de la pérdida.
De Sófocles nos dicen que era diestro
en el baile, y que Byron
gustaba de medirse
a menudo en el pulso de las olas.
Y de Tolstoi que sólo sonreía
después de nadar hondo en un brío de sábanas,
porque tras la liturgia de los cuerpos,
en contra del proverbio, no hay tristeza.

Velemos por su gracia,
porque el cuerpo es un templo mientras arde
el resplandor de su desnuda gloria.

viernes, 1 de octubre de 2010

Tristes guerras


Tristes guerras
si no es amor la empresa.
Tristes, tristes.
(Miguel Hernández)

Aunque la Ilíada canta una guerra, la de Troya, nunca se idealiza el combate ni se presenta como algo grato. Homero habla siempre de la guerra funesta, la triste guerra.

El rechazo a las pretensiones de la guerra, estéticas o morales, se hace inequívoco en la escena en que Zeus discute con Ares y le escupe su desprecio, indicando que es el dios que menos estima, y que, de no ser hijo suyo, lo arrojaría del Olimpo, por solazarse con el odio, la destrucción y la muerte (Ilíada 5: 888-898).

Al mismo tiempo, en el poema se acepta la guerra como cosa inevitable. Como escribe Heráclito, la guerra es el padre de todo. No sólo desde que hay registro de sus andanzas ha estado siempre el hombre en guerra consigo mismo, sino que las sociedades 'pacíficas' crían y adiestran especialistas en la violencia (ejércitos, policías) para afrontar al enemigo exterior o reprimir al interno. Dentro de cada uno, también los deseos luchan: la lujuria con la pereza, la sociabilidad con la timidez, el orgullo con la necesidad de afecto. Según la concepción de otro filósofo griego, Empédocles, el mundo es una partida sin fin entre dos tunantes: Amor y Odio.

Homero acepta que la guerra está ahí, y nos muestra cómo otorga a los hombres la oportunidad de descubrir su mejor yo. Las situaciones extremas sacan, en efecto, lo mejor y lo peor de la gente. Sin guerra, no hay héroes: quienes serían admirados por su valor en la lucha, pueden terminar catalogados en tiempos de paz como psicópatas (mata uno y serás un asesino; mata mil y te colmarán de medallas). Cf. las barbaridades que hicieron famoso al mutilado Millán Astray: ¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte! y el canto de los legionarios: soy el novio de la muerte.

En Homero, por otra parte, no hay buenos ni malos: los héroes de uno y otro bando compiten como si fueran atletas con distinto espónsor y equipo. De ahí que, en ocasiones, el respeto mutuo prevalezca sobre la hostilidad: el aqueo Diomedes y el troyano Glauco se enfrentan en un duelo a muerte, pero charlando descubren que sus antepasados fueron amigos. Renuncian a matarse y se separan amistosamente, tras intercambiarse las armaduras (Ilíada libro VI: 119-235). Cf. la denuncia pacifista: Los soldados se matan. Los generales se saludan.

Lo absurdo de la guerra de Troya, y por extensión de toda guerra, se expresa muy bien en el personaje de Protesilao: un joven al que, nada más casarse, enrolan en el ejército griego. Cuando los aqueos llegan a Troya, Protesilao es el primero en desembarcar. Nada más pisar tierra, se lo lleva por delante una flecha, sin darle opción a desplegar su valor. De algún modo, simboliza la carne de cañón necesaria en toda guerra. Cf. la ironía de Allen Ginsberg: La guerra es un gran negocio. Invierta a su hijo.


miércoles, 29 de septiembre de 2010

Leyenda urbana


Últimamente se ha puesto de moda entre los colegas ir a confesarse con grabadora. La peña acude al confesionario con la intención de quedarse con el cura. Le cuentan, bajo secreto de confesión, burradas inhumanas, calientes y sucias. Se deleitan en todos los pormenores simulando vergüenza, haciendo pasar por suspiros lo que sólo son espasmos de risa, mientras la grabadora, a la vez, va dando testimonio del doble juego recíproco del cura, que se está inventando un escándalo con la intención de saborear hasta el más mínimo detalle.

Después, todos los amiguetes se ríen hasta revolcarse en carcajadas; y se reparten copias secretas de la cinta. Para entonces, suele aparecer algún colega que se presta al siguiente experimento. Si no se atreve nadie, la peña lo echa a suertes.

Es así como me tocó a mí y no pude negarme. La gente me dio ideas, todas ellas a cual más morbosa y excitante. Pero yo las rechacé todas y elaboré mi propia historia sin contársela a nadie, buscando siempre la sorpresa.... No vi muchos problemas. Todo era tan fácil como acudir a un confesionario previamente elegido, con grabadora y dominio de las ganas de reírse.

...Estuve brillante e impacté en el cura, que parecía un viejecillo medroso. Me crecí en la descripción de los pormenores. Incluso me hice de rogar por él con el pretexto de vacilar ante un ataque de vergüenza. Me sentí tan dueño de la escena que inventé cosas que no había imaginado ni tampoco hubiera podido imaginar. Me detuve en los matices y vueltas de escenas y sensaciones que nunca había experimentado, con la esperanza de que tampoco los hubiese experimentado mi confesor, que parecía virgen. Pero me entusiasmé tanto ante el temblor y el estupor del viejecillo, quise poner tanta emoción, que hasta llegué a matarla. Fue un crimen pasional, producto de la orgía. Lo pormenoricé: le había cortado el cuello primero; y, después, le había atravesado el corazón para asesinarla también en sentido satánico.

El viejecillo rugió de asco. Escuché un gorgoteo tenebroso, áspero, maledicente. Después, se hizo el silencio. Y, pasados unos momentos, aleteó un susurro de voz. Y la voz me pidió que lo contase todo a la policía.

—Padre, deme la absolución...

Pero él se negó a dármela. El susurro murmuró alegando que yo era un pervertido. Y no se me daría la absolución hasta no demostrar arrepentimiento. Tras esto, se negó a seguir hablando.
Asustado, abandoné la iglesia. Al salir a la calle, me asaltó un mal presagio. Por los motivos que fuese, la farsa había resultado inútil. La grabadora se me había atascado tras las primeras frases. Evité el encuentro con los amigos y deambulé sin rumbo por calles y calles sintiéndome cada vez más observado, más culpable, más criminal. ¿Qué había hecho de malo salvo el fracaso....? Era ya muy tarde cuando volví a mi casa. Había alguien apostado en una esquina lejana que se disipó cuando lo sorprendí. O así me pareció. Escapé a las preguntas de mis hermanos. Profundamente afectado, temiendo lo peor, me dispuse a abrir mi cuarto.

Nada anormal vi allí. Sólo un silencio de muerte. Sin apagar la luz, me encerré en la cama. Estaba tan cansado, tenía tanto miedo, tanta inseguridad... Pero no me dormí. Media hora después, sonó el teléfono. El teléfono...

Oí su voz asfixiada:

—Javier, lo hiciste mal conmigo, lo hiciste todo al revés... En vez de haberme pinchado en segundo lugar el corazón para que no siguiese viva, debiste haberme cortado el cuello para que no siguiera hablando....

Antonio

Todas las vacas saben volar. Pero no saben aterrizar.
2-6-02

domingo, 26 de septiembre de 2010

Pequeña caja líquida de sueños

Aka El puente de Aranda (motion picture). Me apuesto lo que quieran a que les gustará el final; aunque a mí me asombra el resto. Uno toma más o menos al azar un puñado de imágenes del disco duro, públicas y privadas, con sólo dos criterios: no haberlas utilizado antes (con dudas en algún caso) y que encajen, intuitivamente, con el aura de la música. Una vez que las tienes todas sobre la mesa, no veo otra manera de ordenarlas que buscar en cada caso algo objetivo que relacione una con otra. Lo increíble es que entonces se descubre toda una cascada de correspondencias: algunas tan llamativas (y no buscadas) como la del paraguas. El puente, claro, sale hacia la mitad (y, de entre todas las imágenes posibles, Youtube lo ha seleccionado como portada: ¡!); pero también encontrarán otros escenarios y personas queridas de esta casa: Ofelia, Melusina, la vagina dentada, Alfonso, Claudia, Carlos, Valdemanco, Candeleda, el laberinto, Arrabal, mi madre, Luli, Dioniso, el Edén, el buque fantasma y el ataúd de Blancanieves. Para un viaje tan breve, no es mal plan. Disfruten si se pierden. Y no se corten: cuéntenmelo.

sábado, 25 de septiembre de 2010

El reportaje fantasma


No creo en sincronismos —pero ellos no lo saben y siguen cortejándome. Algunos son muy cantosos. La presentación del libro que hicimos el curso pasado, El aula encantada, ha ido derivando (menos mal) hacia nuevas actividades con sentido propio, que toman el producto previo como excusa para tirarse la piscina. Una de ellas es que los chavales recojan leyendas: esta vez, leyendas locales (no desespero de encontrar una sobre el instituto donde penamos) y leyendas urbanas. Sondeando el terreno, mencionamos en clase, como una de las más famosas, la historia de la autoestopista fantasma, de la que promociones anteriores recogieron ya una versión local, ambientada en la curva de Torreseca.

Bien. Cuando llego a casa, mi amiga Guadalupe me pregunta si sé lo de Peraleda. Al parecer, todo el pueblo está revolucionado porque el último programa de 'misterio' del infumable Iker Jiménez ha sacado a la luz una historia increíble. Suponen bien: se trata de una aparición que frecuenta las carreteras de la comarca. Al parecer, los rumores vienen de lejos, pero ahora ha surgido un testigo de impecable reputación que da la cara y afirma haber visto por tres veces a la susodicha.

Por decirlo todo, no es una autoestopista al uso. En realidad, ni siquiera está claro que le cuadre lo de autoestopista. Según nuestro hombre, se trata de una niña vestida con un traje blanco de comunión, al gusto de nuestros abuelos, con gorrito y libro de pastas de nácar. La niña parece perdida, en busca de ayuda; pero cuando él se decide a bajar del coche e intenta hablar con ella, sale corriendo cual alma que lleva el Diablo (lo cual no debe descartarse).

Sobre el aparato Jiménez uno preferiría hablar lo menos posible. Su método de investigación, en cualquier caso, impresiona. Hay que ir a los sitios de noche, y a ser posible llevarse una máquina de ésas de humo para cubrirlo todo de niebla, así sea agosteña. Un rápido vistazo a la historia local hará el resto: se localiza un pueblo despoblado (Valparaíso) y se nublan, también, las causas del despoblamiento (en este caso, una guerra que se llevó a los jóvenes del lugar), de modo que el espectador pueda proyectar sobre la zona la película de terror que mejor le cuadre: sectas satánicas, incestos rurales, brujas en celo... Si todo falla, siempre cabe dejar una grabadora en mitad del campo, para después, con ayuda de un buen procesador de ectoplasmas, localizar algún crujido de yerbas o hipo de pájaros que pueda pasar por voz del Maligno.

Imagino que en estos casos hay que asumir la manipulación televisiva como un último tentáculo, purulento quizá, del folklore. En cualquier caso, la coincidencia es curiosa. A ver si algún alumno de Peraleda se anima a darle forma a la historia. Seguiremos informando.

martes, 21 de septiembre de 2010

Érase otra vez


Cinco siglos, al menos, separan el relato homérico, compuesto en el siglo VIII a.C., de los sucesos en que se inspira. El lapso es largo: del Poema de Mio Cid se cree, en cambio, que pudo escribirse cuando el héroe aún vivía. De ahí, probablemente, su carácter realista, que contrasta con la exuberancia mítica de la Ilíada. Cuanto mayor el tiempo, también el margen para exagerar, mezclar, depurar y, en definitiva, digerir los hechos, haciéndolos dignos de canto.

Hay una tendencia universal a dorar el pasado, a hacer de él una Edad de Oro. Manrique asegura con aire proverbial cómo cualquiera tiempo pasado / fue mejor. La Revolución Industrial actualiza el tópico, al crear como efecto secundario una añoranza de las cosas hechas como antes, artesanalmente, frente a los productos industriales fabricados en serie.

En todas las épocas, ha sido también un tópico que los padres y abuelos se quejen de la decadencia moral y física de las generaciones siguientes (efecto del recuerdo selectivo que se tiene de la propia juventud). Ya no quedan hombres como aquéllos. Si los quejosos tuvieran razón, bastaría remontarnos tiempo atrás para hallar una primera generación de hombres excelentes, semejantes a los dioses.

Por supuesto, así es. Muchos pueblos cuentan en su cronología con una época heroica o mítica en la que los dioses y los hombres estaban más cercanos en todos los sentidos: se parecían más, y vivían en mayor proximidad. En el principio de los tiempos, in illo tempore, el hombre y Dios o los dioses convivían en un mismo espacio (el Paraíso). En Egipto y en otros lugares, los primeros gobernantes fueron los dioses (Osiris, Horus). En Grecia se dice que los dioses se paseaban por la tierra, invitaban a sus amigos mortales al Olimpo, bebían con los hombres y se acostaban con las mujeres: de ahí los frecuentes nacimientos de semidioses: hijos de dios y mortal, que viven más que los hombres comunes y son mucho más fuertes que ellos. De entre los semidioses saldrán casi todos los héroes.

Semidioses, híbridos de deidad y mujer, son también Jesucristo y su eventual contrafigura, el Anticristo o hijo del demonio, que tanto juego ha dado en la imaginación popular (cf., entre los casos más recientes, películas como La semilla del diablo, La profecía, Demian).

En la Biblia, hay huellas de este tema en la historia según la cual los hijos de Dios se unieron a las hijas de los hombres, engendrando así la raza de los gigantes o héroes (Gn. 6) .

Los textos ugaríticos, anteriores a la Biblia, usan hijos de Dios para designar a los dioses del Panteón cananeo, hijos del dios principal. Es probable que el mito bíblico sea una reliquia politeísta, del tipo del salmo 82, en el que YHVH se dirige a los demás dioses en la Asamblea divina: Dios se levanta en la asamblea divina, rodeado de dioses juzga….

La tradición de los teólogos judíos se divide entre quienes hacen de los hijos de Dios ángeles enviados por éste a la tierra para reformar a los hombres (pero que caen en la tentación y sucumben al encanto de las mujeres) y quienes tratan de evitar toda sombra de heterodoxia entendiendo por hijos de Dios a los descendientes de Seth, virtuosos, y por hijas de los hombres al linaje de Caín. En este caso, queda por explicar por qué los descendientes de la unión de ambas familias son gigantes, y a santo de qué viene la preocupación divina que trata de limitar el número de años de la vida humana.

La interpretación de los hijos de Dios entra, dentro del cristianismo, en contradicción con el dogma de que los ángeles, puro espíritu, no tienen sexo ni capacidad de engendrar. Cf., no obstante, la creencia medieval en íncubos y súcubos, y la creencia en hijos derivados de estas uniones híbridas (Merlín, hijo de un íncubo; el Anticristo, hijo del demonio).


Se observa también que, en un inicio, Dios hace al hombre a su imagen, inmortal. Los sucesivos errores o faltas hacen que el hombre sea objeto de castigo, primero perdiendo la inmortalidad (expulsión del Edén), más tarde el conocimiento del idioma divino (Babel). Aunque no inmortales, los patriarcas antediluvianos vivían aún sus 175 (Abraham) o hasta 969 años (Matusalén). Los hombres antiguos se parecían más a los dioses: su vida era más larga y su fuerza mayor. YHWH, que percibe esta cercanía como una amenaza, decide acabar con la raza de los héroes o gigantes, limitando a partir de entonces la vida humana a los 120 años.

En Grecia, se da también una pérdida de confianza entre dioses y hombres: tras sucesos como el de Ixión y Tántalo, que ofenden la hospitalidad de los dioses, éstos restringen drásticamente el contacto entre ambos mundos; no hay, pues, más semidioses ni héroes.

En definitiva, el tiempo de los mitos y de la épica es el tiempo antediluviano, los tiempos de Maricastaña: un pasado que se siente muy lejano, superior y distinto.

Puesto que la épica habla de cosas muy viejas, es normal que el propio lenguaje que se utiliza sea arcaizante: que suene él mismo antañón, artificiosamente avejentado. Si habla un personaje de hace cinco siglos, se intenta que hable como se hablaba hace cinco siglos (sólo que, en realidad, ya nadie sabe cómo se hablaba entonces). El fenómeno se da también en nuestros romances, donde abundan las formas que habían caído en desuso, o que nunca habían estado en la lengua: futuros del tipo oiredes, sabredes, la e paragógica (infelice), la conservación de la f- inicial (fablaba)...

Es un lenguaje que quiere evocar el ἀρχή, el principio de los tiempos, la época primorosa de los príncipes (cf. la cascada de ideas: principio, príncipe, presidente, primor, primario). Lo originario es también lo original: aquello que, a diferencia de la copia, del cliché, conserva todo su poder. Es también lo radical: la raíz que da origen y mantiene lo que es.

Las fiestas nacen como regreso periódico al tiempo de los orígenes, que se actualiza mediante el rito, repitiendo la acción original de los dioses (cf. la misa, en la que se revive la Última Cena). Las fiestas son al tiempo profano lo que los templos o zonas tabú al espacio común: rupturas de la continuidad, centros u ombligos del mundo en los que se manifiesta lo otro, lo distinto, lo separado o sagrado. El historiador de las religiones Mircea Eliade aborda a menudo el tema en sus obras.

Lógicamente, la épica intenta (sin éxito) evitar el anacronismo. Homero, por ejemplo, atribuye siempre a sus héroes armas de bronce, aunque en su época ya se usaban las de hierro. Como en un sueño, se trata de crear un pasado que pase, un recuerdo en acción. La muerte heroica inmortaliza al héroe, y con él a su tiempo. Poco importa que el recuerdo no coincida con los hechos. Como escribiera el neoplatónico Salustio estas cosas no sucedieron jamás, pero son siempre.

lunes, 20 de septiembre de 2010

El futbolín de Homero


Hace algunos años escribí unos apuntes bastante apresurados sobre Homero y la épica en general. Este curso vuelvo sobre ellos, a ver si les saco algún provecho en las clases de Literatura Universal. Me doy cuenta de que cuando empecé escribía de forma mucho más confusa, casi oracular, dando por familiares muchas referencias que los alumnos no tienen por qué conocer. Al mismo tiempo, asociaba ideas con más libertad, como si fuera más consciente que ahora de los lazos que unen lo que suele creerse separado. En cierto modo, aún estaba más allí (del lado de la escritura y la exploración sin brújula) que aquí.

El texto revisado, del que voy a traer algunos tramos si les place, es un compromiso: resulta más claro y didáctico que mis clases de entonces, pero no renuncia a seguir hasta donde quieran llegar las ocurrencias que se van planteando, aunque por momentos nos alejen bastante del mundo clásico. Sigue siendo, en fin, inestudiable, distinto y distante del libro de texto; pero creo que su lectura atenta puede dejar una idea general válida sobre el tema y sus correspondencias.

El fragmento de hoy habla de Homero: no del autor 'real' de los textos, que se nos escapa totalmente —sino del protagonista de varias historias que los griegos fueron inventando a partir de aquéllos.


*

No sabemos nada cierto sobre Homero: ni siquiera que verdaderamente se llamase así, o que las dos obras principales que se le atribuyen, la Ilíada y la Odisea, fueran compuestas por un mismo autor. A partir de la impresión que producía en ellos la audición de los poemas, los griegos fueron haciéndose una imagen del autor, atribuyéndole rasgos que casaran bien con su naturaleza de aedo.

Se dice, por ejemplo, que era ciego: hallamos ahí el tema de la ceguera de lo inmediato/visible, que permite, por compensación paradójica, la videncia de lo invisible: lo pasado o lo venidero (la ceguera agudiza de hecho la percepción, externa e interna, de los demás sentidos, y desarrolla la imaginación o visión interior). Cf. el personaje mítico de Tiresias, que queda ciego tras ver desnuda a la diosa Atenea, y es, a partir de entonces, profeta. Tanto el poeta épico como el adivino son videntes: de ahí que la palabra latina vate (de donde vaticinio, vaticinar) se aplique a ambos.

En latín, caecus (de donde procede el castellano ciego) es tanto quien no ve como aquel que no se deja ver (oculto, invisible). Un punto ciego es aquél que, situado entre ambos ojos, no se percibe. Homero es caecus en ambos sentidos, ya que no sabemos nada de él: situado en las sombras, en un punto ciego, no ve ni se deja ver.

La ceguera (pérdida de la percepción de lo inmediato) es también un efecto transitorio del trance o de las drogas que modifican la percepción: cf. las expresiones estar ciego, coger (pillar, llevar) un ciego. También en este caso la ceguera, más o menos metafórica, favorece las visiones, tanto las que se ven con los ojos cerrados como las que surgen de una interpretación inusual de los datos de los sentidos (cf. las mal llamadas drogas alucinógenas).

La Justicia y el Amor son también proverbialmente ciegos, o llevan los ojos vendados. Ciega es la Fortuna , y ciegos son también quienes la reparten. (Y, en general, por magia compensatoria, los desafortunados: cf. el colegio de huérfanos de san Ildefonso, y la figura de la gitana, nómada y marginal, que echa la buenaventura).

Imagen del modus operandi de la Fortuna es la figura de la Rueda de la Fortuna (imagen medieval que se encuentra también en el Arcano X del Tarot, y que reproducen hoy día algunos concursos televisivos, así como el juego de la ruleta). De la raíz de fortuna procede la palabra fortuito. Otros términos semejantes, como suerte, aluden también a un juego de azar que es al tiempo método adivinatorio. Las sortes eran piedrecillas, bolas o dados que se arrojaban, y mediante su posición el adivino leía la ventura (es decir, ventura, participio de futuro del verbo venio: lo que va a venir); también se llamaban así las bolas que se utilizaban para hacer un sorteo. De ahí que, para expresar que ya estaba determinado lo que había de pasar, César diga que la suerte está echada (alea iacta est; alea es un sinónimo de sors, de donde aleatorio). Queda huella del uso mágico en las palabras sortilegio (acto de echar e interpretar las suertes) y sorciere (de sortilegus, el que lee las suertes; cf. el vasco sorgiña, castellano sortero).

Subyace en todo esto la idea de que la vida es un juego, donde somos peones o fichas a merced de las tiradas de los dioses; así es en la Ilíada, especie de tremendo futbolín donde los dioses, divididos en dos bandos, manipulan a sus héroes predilectos por el placer de verlos pelear.

domingo, 19 de septiembre de 2010

Por el puente de Aranda


Otro pequeño papel secante, con ecos de King Crimson era Islands. Para tirar de la melodía, tomé prestados los versos del cantar, que siempre me intrigaron: Por el puente de Aranda / se tiró, se tiró, / se tiró por el puente / pero no se mató. Algo así como el Ahorcado de Makaroff (y del Tarot). Aún se puede cantar la copla con la melodía de la primera parte. La melodía le gustaba a Alfonso, que grabó una versión estupenda, por digitalizar. Ésta de ahora, virtual, tiene dos clásicos (el oboe, que lleva la voz cantante, y el cello) y una novedad: un grupo de percusión Gamelan (que viene a sonar como un xilófono) va marcando los acordes.

[Edito para añadir una intro de piano, españolisíma ella.]

[[Y vuelvo a editar: la intro, excitada, se alarga.]]


jueves, 16 de septiembre de 2010

La fiera despierta


Vi venir este curso, más que escéptico o desanimado (que también), aprensivo. El efecto principal de nuestras famosas vacaciones es que uno tiene tiempo de volver sobre las cosas que el trabajo no te deja hacer, como tocar la guitarra eléctrica con los amigos o pasearse Madrid, y vuelve al curro con la sensación de que todo el asunto del instituto no es ya que sea mejor o peor, sino que no va con él. Meterme otra vez en el personaje docente me daba pereza, grima y, en suma, ganas de salir huyendo.

Bien. Como nada sale como esperamos, el curso ha empezado estupendamente. La primera en la frente: llegué y me encontré primorosamente editado el libro que estuvimos preparando el curso pasado, El aula encantada. De primeras, incluso la realidad del libro me dio como dentera: viéndola como obra ajena, y con el ojo algo torcido, ¿no se trataba, simplemente, de intentar dar importancia a unas historias simplotas y mal contadas, añadiéndoles un gazpacho de notas eruditas sobre un tema del que, encima, no es que no fuera uno erudito, sino ni siquiera mediano conocedor?

Y bien: algo hay de eso. Pero ahí estaba el libro, sonriéndose de mis dudas. Luego fueron llegando los grupos de alumnos. Unos, que se prometían buenos, han resultado mejores. En otros, donde hay de todo, movimientos de última hora van reduciendo la ratio y dejándome un grupo prometedor.

Empiezo a pensar, en fin, en qué se podría hacer para presentar el libro, y todo empieza, también, a conspirar en su favor. Si nada se tuerce, vendrá a presentarlo el candidato ideal, y de paso dará a los chavales una charla sobre leyendas urbanas y otras formas de folklore que andan sueltas aquí y ahora. Dudo entonces si eso les interesará: así que se lo pregunto —y les encanta.

Este año, en fin, doy por primera vez 4º de ESO. Entonces, mi compañera Valle (que es un sol) me indica que el tema de las leyendas urbanas encaja estupendamente con los temas de literatura que se dan en ese curso: las Leyendas de Bécquer, El estudiante de Salamanca...

Total, que ya estamos pensando en recopilar leyendas y montar la Semana Legendaria, coincidiendo con el día de las bibliotecas, y sacar a pasear los libros que hay sobre leyendas, y comprar más, y hacer copias de lo que se recopile y colgarlo por las paredes, y en Internet, y...

(Luego está que, por todo esto, encima a uno le pagan.)

Respecto al libro, como siempre hay que hacer caso al daimon, le he dado vueltas y creo saber qué es lo que realmente me molestaba al verlo impreso. El libro se ha 'vendido' a la administración, y se presenta en el propio texto, como un proyecto. Pero es mentira, por suerte. Uno no tiene, desde nunca, proyectos sino empeños. Puede parecer que la diferencia es sólo nominal, pero qué va. Un proyecto es algo en lo que te metes dándolo desde el principio por sucedido, con plazos y objetivos; si sale bien, será lo que ya sabíamos (un aburrimiento); si no se cumplen las previsiones, los mínimos, un fracaso.

Un empeño es otra cosa: algo en lo que te metes como el depredador que husmea la presa, o la presa atraída por el perfume irresistible del depredador. Uno nunca sabe ni por qué se mete en estos berenjenales ni qué va a salir, si es que sale algo. Y en ese no saber reside toda su gracia. Así este blog y todo lo demás.

El curso, en fin, en vez de arrastrarme me engancha. De repente pienso que es un lujo tener un trabajo así, en el que lo aburrido o no de lo que pase depende en gran medida de tu propia capacidad de entrega. La aprensión no desaparece, pero cambia de signo: ojalá esté uno a la altura de las circunstancias. Por ganas, no será.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Educar el olfato


No recuerdo ahora si debemos a Ferlosio o a Muñoz Molina cierto artículo estupendo que apareció unos años en El País. Eran los días en que se discutía (y cuándo no) la futura ley de educación que vendría a salvarnos del desasosiego, y los nacionalistas luchaban por subir el tanto por ciento de los contenidos 'autonómicos' de las asignaturas. El argumento, ya lo saben: qué sentido tiene que el alumno conozca el Partenón y los órdenes de las columnas griegas si no sabe reconocer los estilos de los edificios más o menos ilustres de su patria chica. De ahí a defender que leer a Carolina Coronado es mucho más urgente que perderse en Safo o Emily Brönte sólo hay un paso, tan resbaladizo como concurrido.

Con valentía, señalaba nuestro columnista que, lejos de centrarse en el entorno inmediato del alumno, la educación tenía por objeto llevarle de paseo por esos mundos, cuanto más lejanos mejor, ofreciéndole el conocimiento de lo que (en segunda instancia) podría o no 'gustarle' e 'interesarle'. Ni qué decir tiene que al final la única manera de valorar adecuadamente lo 'autóctono' es poder situarlo en un marco más amplio y distinguir lo que hay en ello de copia de segunda o tercera mano de logros provenientes de otras latitudes y lo que pueda haber de realmente peculiar e interesante: siendo esto último precisamente lo que trasciende la mera 'gloria local' y constituye materia de interés general (y uno piensa, por ejemplo, en Rosalía de Castro: mujer, sí, y gallega, pero sobre todo, al margen de cuotas feministas o galleguistas, una escritora como la copa de un pino).

Por estas fechas, los profesores de lengua y literatura, que venimos siéndolo cada vez menos, nos planteamos siempre las causas del desencuentro de nuestros alumnos con las lecturas obligatorias que les planteamos. Partiendo de que yo siempre me quedo en minoría cuando se votan estas cosas, tampoco pierdo mucho por señalar lo que realmente pienso: que la mayor parte de la literatura 'juvenil', escrita por viejos para jóvenes, es deshonesta y estéril y se mueve, como aquellas películas de los años 70 sobre adolescentes que hacen surf por el vicio, entre la explotación del morbo y la catequesis políticamente correcta; que en modo alguno la lectura de ese tipo de obras prepara al alumno para otras menos obvias, favoreciendo más bien su cretinización crónica; y que, si no queremos convertirnos en el enésimo altavoz de 'los más vendidos', nuestra labor es poner ante los ojos de nuestros chavales lo que la industria del entretenimiento no les ofrece.

Machado, también educador, fue despiadado con quienes desprecian lo que ignoran. Puestos a ignorar, ignoremos ese desprecio como lo que es (ausencia de criterio), en vez de respetarlo como sagrado gusto personal, y procuremos darles una oportunidad a los textos que no fueron escritos al servicio del negocio ni se han plegado con el tiempo al mismo. ¿Podría ser? ¿Nos atreveríamos?

domingo, 12 de septiembre de 2010

La novela instantánea


Yo no soy de ésos. Soy de aquéllos, o sea: los que entran en la Casa del Libro y esquivan las mesas de novedades, rumbo a la estantería más remota del sótano o el piso segundo, donde encontrarán o no (las más veces no) ese libro (pongamos: La noche de Walburga, de Meyrink) del que la mayor parte de la gente no ha oído hablar, ni se les espera, y que sin embargo.

Me sentí, pues, un poco extraño cuando ayer, nada más entrar, vi el libro que buscaba, el primero a mano derecha, lo separé de su torre clónica y me dirigí con él a la caja. Normalmente, le habría echado un ojo a las primeras páginas en el Metro y después, ya en casa, habría ido a parar a la sección dispersa en la que duermen varios libros que deben de ser interesantes (si no, por qué los compré), pero no terminan de hacerse urgentes.

El caso es que eché andar hacia Sol con el libro abierto, y seguía andando con él en mis manos media hora después, cuando llegué a casa de mis padres, en Marqués de Vadillo. Había caído el primer capítulo. 'Lo sabe'. Yo aún no lo sabía, pero empezaba a sospechar que el libro no me dejaría en paz. Así ha sido: el último capítulo, 'Lo que me queda por vivir', se cerró hoy a unos kilómetros de mi pueblo, sentado en el asiento del copiloto mientras giraba en la radio (¿qué habrán hecho los domingos para merecer esto?) el carrusel paradeportivo.

La novela de Elvira Lindo se podrá leer con más calma, pero leyéndola a ritmo febril, en dos días, me ha dejado la sensación de haberme metido de veras en la piel de otra persona, a tiempo casi completo. La conclusión es que mola, y mucho, ser Antonia-Elvira, aunque la experiencia es mucho más agridulce de lo que uno podía suponer.

Los profesores enseñamos siempre que la ventaja de un narrador en tercera persona es que podemos concederle la omnisciencia sin demasiado escándalo. La narradora y protagonista de esta novela no puede, en sentido estricto, saber qué piensan y sienten los demás salvo en la medida en que éstos lo demuestran, pero tiene un talento nada común para proyectarse en los otros e interpretar sus señales. Antes de convertirse en una herramienta profesional, la empatía debió de ser esto: un don a menudo doloroso para cambiar la perspectiva y asumir por un momento los intereses, prejuicios y deseos ajenos. El resultado es que todos los personajes están vivos: se les siente capaces de moverse en cualquier dirección (a veces lo hacen: alucinante el destape de Jabato en el capítulo 6, que altera decisivamente lo que creíamos saber sobre su vida), y hasta el que podría ser el villano de la historia (y hasta cierto punto lo es), el marido progre que no termina de decidirse entre la protagonista y otra mujer, nos resulta, si no simpático, difícil de condenar cuando la autora nos presenta tan bien la red de ideas y afectos en que se mueve.

Aunque los formalistas redujeran hace mucho tiempo los relatos posibles a un catálogo cerrado, la sensación que uno saca es que esta historia nunca la había leído. Ni ésta ni, desde hace muchos años, ninguna capaz de atraparme así, sin truco ni trampa. Ahora, claro, tendré que buscar las anteriores, en parte por ver si siento lo mismo y en parte por saborear las diferencias. Es lo que pasa con los literatos. Te fascinan, se hacen sitio en tu vida y se reproducen en tu sistema nervioso, inoculándote sus experiencias, enriqueciéndose y enriqueciéndote. Para colmo, no sueles tener ocasión de darles las gracias.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Ya no es posible que te esté mirando


(Luli puso música en su día a este poema, tan bien como suele. No encuentro la grabación, pero ahí va el texto, por si algo puede.)

Ya no es posible que te esté mirando:
te has envuelto en un año, en dos, en quince.
Ya no eres cosa que pueda decirte
ni menos contemplarte claramente.

Te has ido como el agua de las fuentes
se va a la vida negra de las plantas.
Imposible saber dónde regresas,
en qué casualidad absurda brotas
y si eres o si no, si estás debajo
o eres la pelusilla de las cosas,
jarabe del placer en el ombligo
repleto de patatas y de salsas.

Si pintas en las fotos, los espejos,
corrompes la belleza del instante.
Las niñas sólo esperan esa mano
que les enseñe dónde esta la herida.

Los niños que se juegan nuestros nombres.
Tu mano que es cualquiera de las manos
que empujan al suicida hacia la vía
por la que ve venir el tren fantasma.

Cortad los corazones con tijeras
para conseguir rosas más espesas
cuyo perfume borre la memoria.

Ya no es posible: somos tomas falsas.
Termina tú el poema como quieras.


viernes, 10 de septiembre de 2010

Abogados de la vida nueva


Como verá el desprevenido lector, estoy de obras. El curso arranca en serio el lunes que viene y me distraigo del miedo escénico (¿o es angustia genuina?) dándole vueltas al diseño del blog, sección colores y complementos. Para empezar, he elegido un retrato que haga honor a mi aptitud para el baile.

Me gustaría integrar más el blog con Facebook, porque al final es allí donde recibo más respuestas, pero no encuentro la manera exacta de volcar aquí los comentarios que se producen allí sin cargarme los comentarios que ya están (y que, llamadme fetichista, valoro como oro en paño). Intuitivamente, lo que uno quiere (y al parecer no se puede) es sumar los comentarios vía FB a los comentarios vía Blogger y que ambos aparezcan en una misma y única ventana. Parece que, como mucho, lo que se puede conseguir es que aparezcan dos ventanas.En fin, si alguien conoce el hechizo pertinente, le ruego que no se lo guarde.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

El barco fantasma


En la bahía de Galway, en la costa oeste irlandesa, durante las noches de tormenta, los pescadores han podido ver un barco fantasma, con sus velas desplegadas y enorme. Una noche que Owen Moor se encontraba pescando con su hija en su barca, se levantó una terrible tempestad y la pequeña embarcación se vio en trance de zozobrar. Repentinamente apareció un enorme barco luminoso, que con las velas desplegadas caminaba hacia ellos. A su alrededor el agua se encontraba milagrosamente en calma. La pequeña embarcación de Owen se hundió, y éste logró como pudo mantenerse a flote en las furiosas aguas y ganar la orilla. No así Maureen, que desapareció tragada por el mar. Durante dos días los pescadores esperaron en vano que el mar arrojara el cuerpo de la infortunada joven sobre la playa, pero todo fue en vano.

Dos años más tarde, en medio de una terrible tormenta, en una noche de invierno, Moor y su familia escucharon unos golpes en la puerta y al abrir quedaron petrificados por la sorpresa. En el dintel se encontraba Maureen, resplandeciente de belleza. Sus cabellos eran de color del oro, su traje parecía hecho de la espuma del mar, y su manto verde era del mismo color de las algas. Maureen les pidió un sencillo vestido, y que su madre peinara sus cabellos, con lo que volvió a ser la joven de antes. Según les contó a continuación, la noche del naufragio cuando estaba a punto de ahogarse unas manos la cogieron y la subieron al buque fantasma. En medio de una intensa luz sobrenatural, pudo ver cómo navegaban con rumbo desconocido y cómo más tarde llegaba a una isla maravillosa habitada por hadas. Maureen se había casado con el rey de dicha isla y éste, al ver su pena, le había permitido volver a ver a su familia. La joven permaneció durante dos días con sus padres y hermanos para posteriormente volver con el rey del mar, disimulando su pena, ya que, aunque las hadas la trataban muy bien, no tenían corazón humano y eran incapaz de sentir alegría o tristeza. Durante la segunda noche de estancia en el hogar paterno, la madre de Maureen quemó los maravillosos vestidos de su hija. A la mañana siguiente, Maureen había desaparecido.

Al cabo de cinco años Maureen volvió a presentarse ante sus padres, diciéndoles que por haberle quemado sus vestidos su esposo no le había permitido volver antes. Después de permanecer varios días con ellos volvió a adentrarse en el mar en la misma lancha luminosa que la había traído. No obstante, Maureen volvía de vez en cuando a visitar a su familia. Los años fueron pasando, su padre murió y poco después su madre. Poco antes de expirar, se presentó Maureen y arrodillándose a los pies de la moribunda le rogó que pidiera a Dios que la librara del poder de las hadas y que pudiera tener una muerte cristiana. Después de morir sus padres, Maureen no volvió a aparecer. Sus hermanos emigraron y se repartieron por distintos países. Solamente el hermano más pequeño siguió siendo pescador y permaneció en la vieja cabaña familiar. Sus hijos también emigraron y solamente la hija más pequena, casada también con un pescador, permaneció viviendo en el hogar de su padre.

Pasaron muchos años y una noche de tormenta llamaron a la puerta y se presentó Maureen, tan joven y bella como siempre. Pidió un vestido y que le peinaran los cabellos con el peine de su madre. Así lo hicieron y vieron inmediatamente que su bella figura empezaba a envejecer, para transformarse en pocos minutos en una anciana con el pelo tan blanco como la nieve y el rostro surcado por profundas arrugas. Poco después, murió. Dios había escuchado el ruego hecho a su madre. Enterraron su cuerpo con el de sus padres y un maravilloso trébol creció sobre la tumba.

Han pasado los años, y las hadas no han vuelto a aparecer, pero todavía en las terribles noches de tormenta del mar de Aran se puede ver un maravilloso barco que con todo su velamen desplegado, tan blanco como la luna, surca majestuosamente las encrespadas olas.

(Ramón Sainero, Leyendas celtas en la literatura irlandesa, Madrid: Akal, pp. 125-7).



martes, 7 de septiembre de 2010

Ni caído del cielo


Cuenta Jung en sus memorias que una de sus primeras visiones trascendentales fue ésta: la cúpula de una iglesia. De pronto, del cielo, cae una catarata de mierda que cubre todo el edificio. Lo que se construye en honor de lo sagrado (lo desconocido) es en realidad una blasfemia, una costra que obstaculiza su curso. 'Dios' se da por aludido, pero sólo para desautorizar la maniobra de 'los suyos'. Heráclito, más fino: 'Uno y solo lo inteligente no quiere y quiere que se le diga nombre de Zeus' (Ἓν τὸ σοφὸν μοῦνον λέγεσθαι οὐκ ἐθέλει καὶ ἐθέλει Ζηνὸς ὄνομα, fr. 32 D-K).


lunes, 6 de septiembre de 2010

Adopta una canción


Qué mundo éste. Los amigos de mi grupo, Ciento Volando, en Facebook superan ya en un centenar a los famosos 300 de las Termópilas. Parece el momento de decir o hacer algo, así que, como odio lo de decir unas palabritas, propongo una acción: si te mola que nuestras canciones suenen por esos mundos, adopta una y muévela por donde quieras (redes sociales, mundo real, Tierras Altas del Sueño...). Luego puedes contar aquí qué efecto ha tenido la maniobra (seguramente nada, pero quién sabe: el mundo es un concurso sin notario).

Las canciones se pueden encontrar en varios sitios: en mi perfil de Youtube o GoEar, en este mismo blog y hasta en Spotify. Son más de 20 años de canciones, y ni de lejos están todas, pero la muestra puede valer. Las grabaciones más pulidas son las del disco de estudio, Por amor a lo que venga, que está en Spotify; pero es probable que las canciones más aventureras se encuentren en otra parte, con calidades de grabación e interpretación muy variables.

Que lo imposible pase. Y que nosotros lo veamos. De momento, aquí va un incunable: Dos palabras en las escaleras de un banco y ahora tengo el cuerpo que me va a reventar. He sentido como si me tragara la granada con la anilla quitada.


sábado, 4 de septiembre de 2010

La más bella niña de nuestro lugar


Buscando melodías para la clase de guitarra, topo con esta miniatura encantadora, «Dorfschönheit / Belle of the Village». No sé si es una pieza tradicional arreglada por el compositor, Jürg Hochweber o una creación de éste: y eso ya dice mucho de ambos, pieza y probable autor. El aire modal me recuerda la melodía principal de Ricochet, de Tangerine Dream (o aquella como gregoriana de Pink Floyd, en Set the controls for the heart of the sun). Asombra comprobar, una vez más, que en una pieza extremadamente sencilla puede caber un mundo.

*


Pensándolo mejor, a la que se parece, y no poco, es a ésta:



miércoles, 1 de septiembre de 2010

Conjurando a la Muerte


Por gentileza de Amancio Prada y de la gente de produccionesinmateriales.com se pueden seguir en Youtube varios números de una actuación que hicieron en 1982 Prada, el maestro Agustín y Chicho Sánchez Ferlosio. Mi momento favorito, hasta ahora, es este poema del Libro de conjuros. Nótese cómo el narrador pasa del femenino (la Muerte) al masculino cuando cuenta la historia de Sísifo: para los griegos, Thánatos es masculino: don Muerte.