miércoles, 9 de septiembre de 2009

Revelaciones I: apócrifos y apocalipsis


Extraño destino el de los gnósticos, aquellos 'enterados' (eso significa el nombre) de antaño, cuyas santas y elitistas escrituras, encomendadas al azar del desierto egipcio para burlar la persecución del mainstream, han acabado empapando la cultura de cable y quiosco. La distorsión de la señal es tan notable que merece la pena dar todo lo sabido por corrupto y reiniciar la descarga desde el principio.

El comienzo puede estar, como tantas veces, en la etimología. Apocalipsis y apócrifo, aunque asociados generalmente a dos mundos enfrentados (lo canónico y lo herético), son en realidad dos caras de la misma moneda: apócrifo quiere decir oculto, escondido (ese crif es la misma raíz de cripta, encriptar, criptograma, etc.), mientras que apocalipsis es la acción de tomar lo oculto (lo apócrifo) y colocarlo en lugar visible (en este caso calipsis nos remite al verbo kalýptw, 'esconder', y a la más famosa de sus hijas: Calipso).

Al verter el término al latín se optó por revelatio, formado sobre velare (velar, cubrir con un velo), y éste a su vez sobre velum (velo): uno de los pocos casos en que el prefijo re- no indica acción repetida, sino contraria (velare: velar; revelare: desvelar, como claudo: cerrar y recludo: abrir).

El Apocalipsis por antonomasia es, por supuesto, el atribuido a san Juan, que cierra el Nuevo Testamento. Sobre este libro, puede que no sobre considerar que:

1. Se integró en el canon después de una polémica considerable, con varios autores de prestigio, como san Juan Crisóstomo, que se negaban a considerarlo inspirado y recelaban del efecto que pudiera tener sobre los fieles. (Siglos más tarde, Lutero compartirá esta prevención.)

2. No hay un único Apocalipsis, sino un género literario homónimo. Uno de los tomos de la colección dedicada a los apócrifos del Antiguo Testamento (ed. Cristiandad) está dedicado íntegramente a textos apocalípticos judíos, y hay otra recopilación que suma a éstos otros apocalipsis posteriores, ya cristianos.

La revelación de secretos de peso, penada en muchos casos por la legislación, es siempre empresa arriesgada, que suscita consideraciones incómodas. Si el secreto estaba justificado, aquel que rompe el silencio aparece, en principio, como un traidor. Peor aún: lo revelado debe competir, casi siempre en desventaja, con la idea vaga pero seductora que nos hacemos de lo Oculto. Es fácil que el contraste con lo desconocido pero soñado otorgue a lo que ha salido a la luz un aire sospechoso de sucedáneo o impostura (no era esto).

Mi sospecha (no tengo a esta altura más) es que el Apocalipsis por antonomasia sale victorioso, al menos en gran medida, de estas objecciones. Queda saber, si es así, cómo. Veremos si a medida que vaya leyendo el corpus de textos pertinente (el Apocalipsis de san Juan, los otros apocalipsis y algo de literatura secundaria sobre uno y otros) alcanzo a contarles algo al respecto. Se intentará.