viernes, 20 de diciembre de 2013

Algo de margen



ALGO DE MARGEN
(cuento borgiano y moderadamente profético; diciembre 1998)
 
       Los ángeles rebeldes tenían la costumbre de anotar en unos cuadernos las conversaciones que sostenían los otros ángeles en los confines del cielo. Lo hacían con la esperanza de descubrir secretos que les permitiesen entrar otra vez en el Paraíso y pensaban dar cuenta de ello a su jefe. Pero eran muy malos alumnos y lo anotaban todo al revés. Salomón se enteró y confiscó los cuadernos. Los encerró en un cofre y colocó este debajo de su trono. A su muerte, Satán se apresuró a indicar a los israelitas el lugar donde se  hallaban... "Y así surgieron" —dice el comentario— "las falsas leyendas..."


En unas traviesas páginas cuyas letras se antojan aladas, el folklorista Andrew Lang demuestra, aplicando las teorías de Max Müller sobre el mito —enfermedad de las palabras— que Napoleón Bonaparte es un héroe solar, una larga alegoría del astro que despunta y arrolla para luego declinar cruentamente, y que las fábulas sobre sus miserias y hazañas en Waterloo o en Elba no tienen otra procedencia que la de una viejísima metáfora cuya naturaleza, con el tiempo, se ha enturbiado.

Lang bromeaba. Tal vez ciertas verdades especialmente ominosas sólo de esa forma pueda alguien plantearse decirlas. No es bromear, empero, lo que ahora me propongo hacer aquí; por más que, tal vez, no quede otra cosa que hacer para mí, para nadie.

Se me crea o no, las consecuencias no serán mejores. No lo serán, tampoco, si decido no escribir, mandar en blanco a Port Selin estas hojas. Mi silencio podrá ser leído con la misma mala fe que ha dispuesto escribir estas palabras.

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Abizmael Guzmán nació en la Chinantla, México, en 1985. En las mismas fechas, los periódicos informaron del encuentro casual de dos gemelos de piel verdosa, hembra y varón, en una espelunca del Cerro Ixtatlán; bebés a los que el pueblo chinantla consideró progenie de los chaneques, los duendes cavernícolas que huyeron en su día del conquistador español, y cuyas ciudades subterráneas albergan viejos dioses que no duermen.

No es cierto, o tal vez sí, que Abizmael fuera el tercero de esos niños gemelos, y que su mero nacimiento fuera ocultado durante treinta años por los medios de formación de masas.

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No pasaba nada. Pasaba lo de siempre. Habíamos llegado a un punto crítico después del cual todo sería distinto. Cualquiera de estas tres frases, puestas en boca de un historiador, definen con igual exactitud lo que fue el tiempo de entre milenios. Cualquiera de las tres; y ninguna.

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En el principio era la ausencia, y el aliento de Dios flotaba sobre los signos vacíos. Alguien echó sangre en los huecos tallados de la piedra, y las fieras del cerro proclamaron graznando el nombre gris de Abizmael.

Abizmael no es un nombre de gente. Para sus guerrilleros, para sus torturadores, Abizmael era abismo; El Elyon es el nombre más viejo del Dios único cuyos hombres mandaron, hace tiempo, masacrar a las mujeres y niños de Madián.

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La CIA inventó a Abizmael. En un determinado momento, aletargado el integrismo islámico, simplemente hacía falta un enemigo que batir; ello sería mucho más fácil si este pelele era simple ilusión, invento de los medios, un estereotipo cuyas acciones, por arquetípicas, estuvieran previstas de antemano, y que jamás pudiera sorprender a quienes lo habían animado para poder jactarse de su muerte.

Varios profesionales, algunos de ellos significados por su labor en las mejores teleseries del Margen, fueron la voz y la mano de Abizmael. El actual Premio Nobel de Cine fue, tal vez, el rostro de su única (e incierta) aparición grabada en video: Abizmael masturbando al anciano general Tomás antes de darle a masticar a su mujer sus testículos.

Sus golpes de mano tenían algo de Guevara; sus discursos, del subcomandante Marcos; su oscura religión indigenista, de Gadaffi o el Imán palestino Izmalah. Fue el centro de la información durante muchas temporadas. Muchos izquierdistas acudieron a los lugares que la información dejaba entrever pudieran ser cubiles del comandante Guzmán, y sólo unos pocos de ellos llegaron a tener la oportunidad de hablar sobre aquello en lo que se implicaron. La hipótesis de un genocidio político casi masivo parece, pese a la falta de datos, una de las más consistentes; si ello fue un desarrollo premeditado o una respuesta de los guionistas a la  inesperada afluencia de indios, ni a mí ni a nadie le es dado saberlo.

Los asesinatos atribuidos a Guzmán fueron siempre atroces, crueles y al tiempo simbólicos, del viejo tipo del sacrificio que sacia, pródigo en efusión de sangre prócer, la inextinguible sed revanchista del populacho. Doce diputados del PRI fueron hallados, el 25 de diciembre del año 2015, sentados en torno a una mesa de juego; en la rugiente ruleta, en vez de bolas, flotaban 12 ojos que habían contemplado la faz de Abizmael. Otros doce, a modo de uvas, ocupaban un paquete pisoteado en el suelo con una tarjeta prendida de felicitación que deseaba buen apetito al presidente electo americano François Donought. Don Florencio Hidalgo, financiero y  principal sustento de la democracia cubana, fue hallado a la puerta de su casa; los guerrilleros le habían cortado la lengua y los dedos. Interrogado sobre lo sucedido, sólo pudo responder sí o no, asintiendo con la cabeza. Aunque vivió aún quince años, sus versiones son contradictorias, necesariamente vagas y truncas, y no han iluminado nada de lo sucedido. Me hubiera gustado, no obstante, entrevistarle, dejarme guiar por él hasta el lugar elevado. 
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Jamás ha pasado nada. Este aserto historiográfico ha movido la pluma de Marvin Harris, de Claudio A. Gilardoni, de Analía Zyger. Todo cuando parece prodigioso o providencial se revela, bien mirado, necesario, predecible, baladí. Jesús no pisó las aguas. No hubo extraterrestres que revelaran a los Dogon la existencia de una segunda estrella gemela de Sirio. Mahoma fue un epiléptico. Los diez acrósticos del nombre de Beatriz, hallados en la Divina Comedia, se encuentran también en cualquier guía de teléfonos. Los judíos de Sión inventaron la horrenda fábula del Exterminio. Abizmael Guzmán era un producto de su época, de la necesidad de un enemigo: un producto de diseño embaucador e inconsistente, semejante a las drogas fungoides que, en su vaporizador, inhalaban y aún inhalan nuestros jóvenes en cuartos cerrados.

Sin embargo, ¿quién puede convencer de que jamás sucedió nada a aquellos que perdieron un hijo, que arriesgaron una vida? Cientos de hombres, vencedores y carnaza, han dado testimonio de lo que fueron los ataques de la guerrilla de Abizmael, en la década de los 20, contra Tuxtepec y Benquinté. Hay libros ciertos o apócrifos escritos por Abizmael, libros que han provocado insurgencias y suicidios, y cuya confección no está al alcance de un hábil guionista o un falso predicador. Quien no sabe distinguir esto no sabe lo que hace cuando usa la palabra verdad.

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Albergué durante tiempo la sospecha de que un falso Abizmael precedió y motivó al verdadero. Ciertos datos me hacen imposible negar que su origen es falso; otros —un encuentro en la estación de Chuparrosa, una carta en mi buzón con sobre negro— me dan la certeza de que Abizmael ha sido.

Si Napoleón nunca vivió, no es menos cierto que no ha muerto: los psiquiátricos alojan cientos de ejemplares suyos. Si la CIA parió a Abizmael, muñeco sin hilos, y arrojó con estridentes sirenas su nombre falaz sobre la selva, alguien en Cerro Ixtatlán lo escuchó en la noche cerrada y se sintió aludido, convocado a luchar.

Puede haber habido, hay aún, muchos Abizmael, como hay Elvis en Graceland, Cristos en Getsemaní. Pero hubo un hombre, uno solo, que tomó Benquinté en el 2028 y ordenó a cada mujer ordeñar y ametrallar a su marido; un hombre cuyas acciones, cuyas proclamas, no hubieran tenido, tal vez, ningún eco, si no las hubiera amplificado la máscara funesta de Abizmael. Muchos hombres se apuntaron al ejército de un fantasma y se encontraron bajo las órdenes de un general lúcido, implacable, resuelto a destripar tantos huevones como  signos adornaban la piedra de Sochiapán.

Bajo la mirada atónita de EE.UU., los chaneques empuñaban fusiles, los enanos crecían y escupían aceite hirviendo sobre las brigadas internacionales enviadas a purgar los desfiladeros.

El Creador mandó morir al fantasma y este no respondió. Iba matando canallas.

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Hubo barreras que separaban la historia y la prensa. Luego las hubo, aún, que separaban información de interpretación, análisis de ficción, agua de aceite. Un día las agencias de información y los servicios secretos fueron, tal vez, conceptos discernibles. Hoy yo no sé para quién trabajo, quién me ha encargado redactar estas letras, qué uso se les dará. Vagamente malicio que mi inseguridad contribuirá a hacer verosímil, más neutral, el mensaje que interese, a su través, vehicular. Alcanzo a conceder que el mensaje sea accesorio: tal vez sólo interesa que vuelva a hablarse de Guzmán, y es ya inverosímil (quizás quise escribir indiferente) que ascienda o que descienda la creencia en su verdad. Puede que haya una película esperando salir, un juego de rol o una nueva guerrilla, y esto que escriba forme parte del imprescindible, y obligadamente crítico, dossier que dé respetabilidad de obra intelectual al empeño.

Yo no siento pena por los diputados del PRI, por los campesinos que huyeron al Cerro Itxatlán y que afirman haber luchado junto a Guzmán, pero jamás haber visto su rostro u oído su voz levemente aflautada.

Mi piel es verde y mis padres fueron, una vez, chaneques olmecas. No sé si esto es cierto o si alguien me ha obligado a recordarlo, a escribirlo. Tal vez esto descalifica la seriedad de este escrito (tal vez es añadido desvirtuador del mismo).

En la selva, mi máquina de escribir suena, yo sueño, los leños crepitan. Hoy es la fecha marcada y vendrán a miles o quizás nadie. No sé si seré Abizmael, si seré Tlalepuzco, cuando salga a entregar estas páginas y suplique que no me disparen. No sé si será ella o no quien venga.