miércoles, 18 de diciembre de 2013

Rosalida

Como un par de amigos me animan a ello (son las responsabilidades propias de su condición: ¡pobres! —¡y gracias!), continúo rescatando algunos de los relatos que escribí en otra era.


ROSALIDA

Le preguntaba por ella. Por él, en realidad. Por los dos. Cómo la había conocido, cosas así. Si a ella le gustaban, como a mí, los lunares que él tenía en la boca, escondidos tras el bigote, y que a mí me parecían marcas de nacimiento, señales de un destino noble y remoto.

Me dolía, al principio, tanto. Sus silencios después de hacer el amor. Todo el mundo se calla, se queda triste después de hacerlo. Pero yo no lo soportaba. Imaginaba comparaciones, audacias femeninas, deliciosas ingenuidades. Me odiaba, a veces, por no haber sido la primera; por no haber sido ella.

Yo supe, desde el principio, que él no me quería. Primero lo temí, y luego lo supe, pero de algún modo lo supe todo el tiempo. Yo no digo que no me quisiera, que no le gustara; era, más bien, como aquél que ha hablado con Dios, ha estado suscrito a su Reino, y un día comprende que la línea, su línea, se encuentra cortada para siempre.

Le conocí, según supe después, cuando llevaba ya dos o tres años solo. Había dejado de fingir que estudiaba, que creaba, que era alguien. Había dejado, incluso, de compadecerse. Llevaba entonces una barba terrible; olía mal, y nunca hablaba cuando, a veces, coincidíamos en el portal, a bajar la basura, o por las mañanas, cuando yo iba a la Editorial, y le veía abajo, desayunando en el bar de la esquina, acariciando la máquina de tabaco.

La gente del piso sabía poco de él. Solo Charo, que vivía encima de él, me contaba a veces que su marido, el bueno de él, solía golpear el suelo, preso de furia, por las noches, cuando él conectaba a Bach, o al Hilliard Ensemble, sobre las tres o cuatro de la madrugada; que al principio, él subía el volumen, por desquite, pero que luego lo ponía muy bajito, tan bajito que los dos se dormían a su arrullo. Que a veces, y todo el mundo lo sabía, recibía cartas negras sin remite. Que estaba, según parece, suscrito a una revista de hombres, de esas que se envían de forma discreta, y que los chicos del bloque, haciendo alarde de ingenio, le robaban, casi todos los meses, los ejemplares del buzón. Conociéndole, supongo que nunca reclamó.

Su madre (la de Charo) se acordaba todavía del abuelo, el que había comprado el piso, y después de quedarse viudo, había vivido con su nieto, su ordenador y su gata. Hubo cierto lío (cosa de herencias, supongo), pero al final, después de volver de la mili, él se había instalado en el piso.

Nunca le vi (y eso me fastidiaba) en las Juntas de vecinos. A mí siempre, lo reconozco, me han gustado esas cosas. Como dice mi madre, yo hubiera valido para comunista, o hasta sufragista, si la Historia me hubiese dado la oportunidad. En aquellas reuniones de vecinos (que eran también el bar de al lado, a las siete de la tarde, subiendo la escalerilla de caracol) se hablaba a menudo, por hablar de algo, del inquilino del tercero A; verdad era que pagaba lo suyo, que no daba problemas por ahí. Con esa pinta, decía Charo, lo mismo trabaja en el tanatorio, o de hombrelobo en el Pasaje del terror. A mí se me corta la mayonesa cuando pienso en él. Y se reía; y yo me enfadaba, porque todos los vecinos debíamos ser solidarios, porque la Junta de vecinos era, a estas alturas, la única democracia en la que yo creía, y me fastidiaba que aquel tipo, con su barba y su gata que a veces maullaba, nos ignorara tan olímpicamente. Me ignorara, como a veces me ignora.

A veces, jugamos los dos a la contra. Él me pregunta por mis amores, y yo le digo, por mortificarle, que los tuve, a edad muy temprana. Que perdí mi virginidad, y buena parte de mis ilusiones infantiles sobre los chicos, una noche de campamento en que todos habíamos bebido mucho, y en realidad a ninguno nos apetecía, pero así decía que había que hacerse, en el Libro de los jóvenes castores se indicaba claramente, ni una sola noche sin animación, y él me había dicho que no me dolería, que no se lo diríamos a nadie, que casi no iba a suceder.

Jugamos, pero yo pronto me aburro. Me cansa inventarme cosas, recordarlas, fingir que de veras me importan, que alguna vez he estado viva lejos de él. Y entonces nos quedamos callados, y él pregunta: ¿de verdad quieres que te hable de ella? ¿De verdad no te importa? Y yo le digo que no, que no me importa. Que lo necesito. Y él, entonces (quizá no se da cuenta) cambia el tono de voz y el de los ojos, mira hacia otra parte, y comienza a hablar de un modo atropellado, atropelladamente dulce y sereno.

A él nunca le han gustado los fotos. Quizá las destruyera todas, pero nunca ha querido aceptarlo. Dice que en su familia no las hacían, que siempre ha odiado a la gente que se obsesiona por eternizar los instantes, por crear falsos instantes memorables y conservar en realidad tanta angustia, tanta alegría polaroid y rostros mirando hacia la cámara, hacia el futuro, hacia la muerte. Él dice esas cosas y yo no le creo, pero nunca le llevo la contraria. Yo sé cómo jugar a hacer sus fotos, las que él ha quemado. Volvemos a los sitios donde iban, donde solían discutir tanto. Yo le pregunto cómo podría ponerme, cómo te gustaría que posara, y él me dice súbete a ese banco, abrázate a esa farola, abrázate muy fuerte a mí, mírame como si me odiaras; y yo hago foto, foto tras foto, y las ordeno luego, en los álbumes que él finge no hojear jamás, y los ordeno, como fotogramas de una película, la película que los dos jugamos. Ésta es la toma de cuando se conocieron. Ésta es la toma de cuando ella le dijo que le engañaba. Ésta es de un día que él tenía mal aliento y ella le decía, le conminaba a que tomase manzanilla, y dejase de comer esos bollos apestosos, esas palmeras de chocolate y merengue.

Charo nunca me lo perdonó. Al principio le hacía gracia. Maldita la gracia. Me citaba, como a escondidas, en algún bar del Centro o de Atocha, y después de tomarnos tres cervezas me decía, riendo, pero le ducharás antes de iros a la cama; no me digas que te lee versos. Porque tiene pinta de escribir versos. Y a mí al principio me hacía gracia, porque siempre he querido a Charo, y le podía perdonar casi todo, que me dijera lo que pensaba, así era desde pequeñas. Maldita la gracia. Un día me dijo que él no me quería, que no me había querido nunca, y aunque yo sabía perfectamente que era verdad, agarré mi bolso, me callé, la invité al café y los bollos, y le dije que, en ese mes y el siguiente, iba a estar muy ocupada. Que él estaba trabajando otra vez, presentando un proyecto a un laboratorio, e íbamos a estar los dos, los dos, muy ocupados. Ella entendió que no quería volver a verla, y estuvo a punto de llorar, pero le pudo más el orgullo. Ahora ella tampoco va a las reuniones de vecinos.

Apuntaba, en una libretilla, lo que iba averiguando de ella. No todos los días. Una vez, a la semana, y había semanas que conseguía olvidarlo, que vivíamos en el presente, y yo no apuntaba ni averiguaba nada. Una vez él me juró que me quería, que me quería como a ella, que me quería más; yo le creí y quemé la libreta. Luego, a los dos meses, lo volví a escribir todo otra vez de memoria. No había conseguido olvidar ni un detalle.

Sé que ella no era muy guapa, que yo lo soy bastante más. Que sólo hicieron el amor una vez; lo suficiente para no hastiarse, supongo, y además lo habían hecho sin tomar ninguna precaución. Que él la hizo faltar a clase, una mañana, y se fueron al extrarradio, a la farmacia más lejana, a comprar un Predictor y un chocolate con churros, y mientras se iba al baño, a probar, él, además de comerse todos los churros, había ido a pagar, y se había dado cuenta de que no tenía bastante, y el dueño se había molestado, y hay días que uno no debería levantarse, pero ella no estaba embarazada, y él dijo que dejaba el DNI, que volvería a pagar en una hora, pero el dueño les dijo que no volvieran, y que se metieran el DNI por el culo, y a la salida los dos se habían reído mucho, pero luego discutieron, y ya no volvieron a intentarlo más veces, con la de avances de la técnica que existen.

Que a ella le gustaban los cuentos de hadas, y que a veces se los leía, pero eso les ponía a los dos, con lo jóvenes que eran, tan tristes. Que iban a veces a comer a casa de los padres de ella, y en la sobremesa se abrazaban los dos, más ella a él, y un día la madre le dijo, llena de odio, que la vida les tenía mucho por enseñar, que algún día se acordarían de cuando estaban así abrazados, y se reirían, pero él nunca se ha acordado de esa día como la madre insinuaba, nunca ha pensado que era ingenuo, o se engañaba, o que los dos hacían mal besándose en familia, dos pequeños maleducados.

Sufrí, mucho, antes de saberlo. Él, al principio, nunca hablaba de ella. Yo la deducía, matemáticamente, de sus silencios, de las incoherencias en el relato (me vine a vivir aquí después... después de acabar la mili), de esa idea suya de que iba a dolerme, o que yo no iba a querer hacer ciertas cosas, o que no iban a gustarme los ramos de flores, y sí los partidos de baloncestos, y sí la música de los años sesenta.

Me preguntaba, sobre todo, si él la dejó, o si ella le dejó a él. Si él la dejó, pensaba, aún puede arrepentirse. Seguro que se arrepiente cada día, que es como si hubiese jugado un juego, el único importante de su vida, y lo hubiese perdido por descuido, vaciándose por completo. Yo llenaba ese hueco, sí, pero a poco que no lo hiciera bien, que no lograra ser mejor o igual a ella, él echaría de menos el original; quizá la llamaba escondidas, o se veían una vez al año, y esos pocos minutos en que hablaban, sin verse siquiera, eran para mí la mayor de las traiciones, peor que si se acostara con mi mejor amiga o se fuera de putas todas las noches para humillarme.

Pero si ella le había dejado a él (y eso me parecía lo más probable), entonces todo era mucho peor. Él nunca, nunca jamás, perdería la idea, infantil, de que ella volvería. Le seguiría, como yo veía a veces, palpitando el corazón cuando llamaban, y él cogía el primero el teléfono, aunque tuviera que salir de la ducha, quién es, lo decía como un niño, como si le fuesen a llamar de la tele, a concederle quién sabe qué premio, y luego yo siempre notaba la decepción ah eres tú, Alejandro o cariño, es para ti o es el banco. Si ella le había dejado, yo tenía que hablar con ella, conseguir de algún modo su teléfono, cerciorarme de que desaparecía, convertirme en su mejor amiga, aprender a copiarla, enamorarme, matarla...

La vi una noche, una sola noche. Él me dijo esa noche, una noche que los dos estábamos alegres, que si yo iba a veces, el día de los Santos, a la Almudena, a ver a mi gente. Yo le dije que no, que no solía a ir, que no me gustaba la muerte. Que un día fui, de pequeña, con Charo, a ver el entierro de mi bisabuela, y las dos nos habíamos reído, sin poder controlarlo, al ver, en un grupo de lápidas Aquí yace la familia Revuelta, y mi madre me había dado dos hostias, y estuvo a punto de darle otra a Charo, pero eso se gana de ir con las madres de las amigas. ¿Tú vas a ver a tu abuelo?, pregunté, y entonces él vaciló un instante, lo suficiente, y yo lo comprendí. ¿Está muerta, verdad? ¿Por qué no me has dicho que está muerta? ¿Cómo fue? Y habíamos cogido los dos el coche (esa noche no pusimos a Bach) y habíamos llegado cuando abrían el cementerio; yo compre un ramo grande de rosas (es la única venganza que me permití) y las puse sobre la lápida, Rosa Lida, quizá por eso odió tanto las flores, yo tampoco sabía su nombre, no hubo mala intención, y aunque él me llevó a ver la de su abuelo, de vuelta al coche dimos una vuelta, y yo la distinguí en seguida, sus ojos clavados en el nicho, es aquí, y sentí una inmensa, oscura alegría que apenas me duró dos segundos.