lunes, 16 de diciembre de 2013

¿Quieres probarlo?



Llevo tiempo dudando si rescatar aquí algunos de los cuentos que escribí después de publicar mi primer y único libro de cuentos, Lo único que importa es no perder el rumbo (1993), y antes de abandonar tan dudoso hábito. Al final he decidido que sí: que se merecen al menos esa pequeña cortesía por parte del que fue su autor. Así que aquí va el segundo. Son cuentos expresionistas, por no decir tremendistas —pero el mundo es tan amplio que no es imposible que alguien les encuentre su punto. 

*


¿QUIERES PROBARLO?

—¿Quieres probarlo, Santi? —dije, y levanté el bote, sin precauciones, por el lado más pringoso. Se lo di y me olí los dedos.

—Te gusta, ¿eh? —dijo Nelia.

Santi no respondió. Nosotros no solíamos responder nada. Te pegaba la policía y te callabas. Hacías exámenes, de pequeño, y nunca respondías nada. Los profesores se exasperaban, te hablaban, intentaban hacerte reaccionar, te contaban cuentos, te amenazaban con suspenderte. Al final casi siempre te pegaban. Los profesores, después de los padres, eran los primeros en pegarte; los primeros en hacerlo sin cariño. Terminaban pegándote, por esto o porque aquello, y ese día cualquiera ya no volvías más. Te dejabas manchar el uniforme, te ibas al parque a jugar entre la porquería, terminabas en la hoguera, con tus amigos, los que, antes que tú, habían dejado de perder el tiempo en clase.

No. Nosotros nunca respondíamos, o casi. Pero no había que ser un listo para ver la cara de Neli, esa forma boba de abrir la boca, de mirarle fijo a Santi, y la cara de Suso que la miraba, y luego a Santi, y luego se iba, sin decir nada, a dar una vuelta por el descampado.

Santi no sabía esnifar, pero no le dijimos nada. Neli estuvo a punto, pero la miré y comprendió, no era tan tonta.

Santi hundía la cabeza una y otra vez, hasta casi tocar con la nariz el fondo. Pronto no levantó cabeza. Neli le miraba con los ojos muy abiertos y nos miraba a nosotros, como pidiendo permiso, como si fuéramos su padre o su hermano. Menuda imbécil.

—Voy a ver cómo está Suso —anuncié, y me levanté de la hoguera con rapidez.

—Venga, vale, te acompaño —y se fueron levantando, de uno en uno.

Nos fuimos y dejamos a Neli junto a Santi, mirándonos con ojos de perro. Nadie decía nada, pero todos pensábamos en Suso, tratando de reconstruir, sobre la marcha, el rumbo más probable de sus pasos. Primero cruzar el parque, hasta el lugar en que la hierba empieza a rebosar de mierdas de perro. Luego el error de pararse a pensar, y ver aparecer por el callejón a la Plasta con el perro cagaplastas.

—Eh, vosotros, venid aquí. ¿Estáis con Nelia? ¿Sabéis dónde está?

Estrategia errónea, pero eso quién podría explicárselo. Empecé a pensar que Suso había sido el más listo, y que si fuéramos buenos amigos habría que avisar a Neli de que su vieja andaba tras sus pasos. No éramos buenos amigos. Nos quedamos mirando a la Plasta, que pronto sintió que nos incomodaba con su falta de tacto, y quizá se exponía a algo estrellándose contra un silencio que en cualquier momento empezaría a ser tenso.

—Bueno, si la veis decidla que venga para casa. Mañana vamos a ver a su padre.

Tiró de la correa como si el perro plastero tuviera algo interesante en lo que interrumpirle, y se lo llevó, sumiso, a continuar la ronda.

También nosotros la seguimos, con más o menos el mismo olfato. Puto Suso.


Ø

El Suso es listo. Me contó cómo se lo hizo por primera vez con la Neli. Venía de las casitas de Elíptica con dos gatos entre las manos, sin saber qué hacer con ellos. Neli estaba con sus amigas, jugando a la comba, el lápiz y las tijeras, esas cosas que con doce años se empieza a saber que son bobas, y a los catorce te ratifican como tarada mental. Neli todavía iba a la escuela, y llevaba el uniforme muy limpio, pinzas de plástico azul en el pelo, pulseras de colorines. Todas se acercaron a ver a los gatos, ronroneando boberías y qué lindos; pero Suso no dejó que ninguna los tocara. En unos minutos todas habían acabado hartas de las pocas palabras de Suso, y desinteresadas de la suerte de aquellos bichos, como uno se desinteresa de la vida y muerte de esos negritos cuando se comprende que no existen más allá de la televisión —igual que nosotros no existimos para ellos. Sólo la Neli se quedó, también en silencio, con la mirada fija en Suso y en los gatitos legañosos que le lamían, rasposos, las manos. Suso no preguntó. Dijo ven conmigo y bajaron las escaleras de los servicios del parque. Dejó los gatitos en el lavabo, bajo el grifo seco y roto, y dijo simplemente:

—Te los enseño si me las enseñas.

No había luz para saber si Neli enrojeció. Suso dice que pasó casi un minuto antes de oír, por primera vez, sus labios.

—¿Si te la toco me dejas tocarlos?


ØØ

El pegamento es algo íntimo, sin filtros. Te metes en él, agachando la cabeza, haciendo campana con las manos —y él se mete en ti, como un tubo de color sepia que entra por narices y boca, una culebrilla de tolueno que te traga y en la que caes hasta estar dentro de otra historia, de otro espacio. El pegamento es el silencio, las paredes calientes, y por eso todo lo que digas va a sonar a tontería y está, en realidad, de más. A cada cual le da por su movida. Yo empiezo a pensar, por ejemplo, en la gente que se ha caído dentro, como el Santi, y no han vuelto. Pienso si querrán salir. Me imagino que viven en una casa muy grande y muy destartalada, toda de color hidrocarburo aromático, color amarillo-marrón supergén, un color como de lefa o de leche condensada, o del café que pone mi abuela y que dice mi madre que es aguachirlis. Si pasas mucho tiempo en esa casa (y yo lo paso) empiezas a hacerte indistinguible del paisaje, de la tele que brilla como única luz en el salón inmenso, de las enciclopedias del año 78 en pequeños tomos encuadernados en rojo, del Nigo-Pum y las revistas porno donde las tías no tienen rostro pero soplan la polla como si fuera una flauta. Yo me agobio si pienso que en una de esas puertas que me acechan en el pasillo, cada una con su olor a carne frita o a papel viejo, me está esperando Santi sentado frente al ordenador de pantalla verde mohosa, una piscina digital en la que las naves marcianas siguen su coreografía cansina mientras él aprieta el dedo, indiferente.

—¿Has visto a Neli? ¿Qué tal le va sin mí?

Estrategia incorrecta. Pero se ve que, por allá, también de estas cosas acaba uno olvidándose.


ØØØ

No le puedo contar a Santi que esa noche, no me preguntes por qué, la Neli acabó en mi casa. Después de tanto preguntar, fue la Plasta la que no apareció cuando Nelia nos alcanzó en el Puente y nos dijo que no quería volver a casa, que le iban a hacer preguntas, que quería escapar de su casa y no volver nunca. Como en las películas. No lo dijo pero los dos lo pensamos. De Suso solo encontrábamos rastros vagos, gente que nos miraba y ya ves, buscando al Suso, y su sonrisa podía querer decir que no andábamos desencaminados.

Le dije a mi bata que Neli se quedaba a estudiar.

—Podéis ver la tele en el salón —dijo, y yo pensé que quizá traería patatas fritas, pero ni siquiera se molestó en sacar sábanas y hacer la cama.

—A lo mejor viene mi hermano y te tienes que ir —le dije, pero Nelia no dijo nada y hasta llegué a pensar, leyendo su sonrisa, que la idea le había hecho gracia, quizá demasiada.

—Putada lo del Santi —dije por putearla, pero ella se fue a buscar las sábanas sin darme tiempo a mirarla apenas, y a los pocos minutos dormía, con el rostro ausente ladeado y casi sumergido en la almohada.

Si te la toco los puedo tocar, resonaba en mi mente, pero parecía extraño imaginarse que de aquellos labios secos pudieran haber llegado a salir tales palabras. Yo no tenía sueño. Desde mi cama, a un metro de la suya, tuve esa idea tonta, como de pegamento, de que en realidad ya estaba durmiendo con ella, me había acostado con ella, a su vera —y su ausencia, su retirada al otro mundo del sueño, me la dejaba aún más cerca. No mentiré cuando le cuente al Suso que lo he hecho, que ella lo ha hecho, pensé, y cuando aquello ya era ingobernable bajo la tela blanda del pijama, di aquellos pasos tan largos y le di, mentalmente, al click para inmortalizar aquella polaroid de mi polla rozando sus labios secos, humedeciéndolos ligeramente con aquella gota clara como pegamento Imedio. Se ha dormido vestida, pensé; pero yo nunca había sentido tan desnudo a nadie. No me atreví a nada más. Fue ya en sueños cuando vi que la Neli se relamía. Sus labios nunca volvieron a estar secos.


ØØØØ

Cuando imagino el cuarto de Santi, el escritorio lleno de cajones, pienso en lo que él podría guardar allí. Quizá esos experimentos que los dos solíamos planear, como meter una lagartija viva en un vaso con alcohol y, dos meses más tarde, comprobar si aquello se había convertido en tinta verde o si olía como los chicles de clorofila. Pienso en aquellos papeles que una máquina imprimía sobre nosotros, con nombres y apellidos por los que nadie se conocía, dirigidos a padres y madres que casi nunca estaban y que jamás los recibían. La mayor parte ardieron en el parque, pero cuando me da el punto me los imagino pulcramente encuadernados en álbumes de fotos, y pienso que el Santi, en cuya casa sin duda los siguen recibiendo, debe coleccionarlos como si fueran números del Muy Interesante.

—Mira, en esto me han puesto Insu en vez de Emedé. Y eso que el tipo no me ha visto ni en pintura.

—Los hay que creen a ciegas en la bondad humana.

Pienso, pero no se lo digo a Santi, que su caso no debe ser único: debe de haber miles de tipos que ha dejado de ir a clase y que la máquina de turno matricula, diligente, una y otra en vez en séptimo de EGB, repitiendo el mismo curso desde 1936 o desde la Guerra de Troya. Si la fe en la bondad humana prospera, algunos terminarán aprobando (un curso, una asignatura). Cualquier día los buscas y se han escapado de casa de Santi.


ØØØØØ

Encuentro al Suso pocos años después y no tenemos que fingir que no nos conocemos. Es la verdad. Está hablando con un pringadillo, un pinflois (me la tocas y me voy) que ha venido por primera vez a los recreativos con un monederito muy visible del que saca billetes verdes.

—¿Tú estudias mucho, eh?

Algo sabe el chaval, porque no responde, pero no lo bastante para echar a correr, así que yo me acerco y añado:

—¿Pero estudias a mano o a máquina?

Y los tres nos reímos, la ostra, la morsa y el carpintero. Amigos así son los que valen. Así que el chaval nos invita a jugar toda la tarde (él nos mira jugar, con la misma atención boba con la que mira cada cinco minutos el reloj hasta darse cuenta de que nos está llamando la atención sobre el mismo), y cuando chapan nos presta lo que le queda para que cojamos la furgoneta, y promete estar mañana a la misma hora (nos ha dado su dirección y su teléfono, por si su memoria flaquea). Si fuera más listo se daría cuenta de que acudir a esa cita nos pondría en peligro a nosotros aún más que a él (siempre hay un primo Zumosol o un pariente madero), pero un tipo así de listo no andaría enseñando el dinero, ni se quedaría dudando qué letra inventarse para su piso. Además, ¿dónde va uno a una cita sin reloj?

—Es la D, la D. Sexto D.

—Más vale que lo sea, Nelio.


ØØØØØ

Como no recuerdo cuándo conocí al Suso, termino confundiéndole con ese chaval que estaba a la puerta del mercado cuando mi madre se metió dentro con el carro y acabó perdiéndome entre la frutería y la tienda donde hacen llaves. No tenía más de seis años, la ropa negra manchada deblanco, y una sonrisa fugaz que desapareció cuando me acerqué y, apartando la mirada con respetuoso desinterés, me mostró la tiza que guardaba en el puño derecho.

—Son tetas —me dijo, mientras trazaba círculos amplios en la pared de ladrillo—. Las tetas de tu hermana.

—Las de tu puta madre.

Y después ese sabor extraño de la primera vez que te tragas los dientes.


ØØØØ

Estoy comiendo patatas fritas y viendo la tele en casa de Nelia cuando encuentro, entre el Superpop y el Interviú , el cuaderno de raspa con hojas de cuadraditos azules. No me da tiempo a esconderlo cuando llega de la cocina y me fulmina con la mirada.

—Cuando me traigas el tuyo, puedes leer el mío.

Y yo no escribo, así que nos quedamos quietos viendo la película, la pantalla azul en vez de sepia (qué estará viendo Santi), y yo pienso que sería lindo que para mi cumpleaños la Neli se acordase de regalarme alguno de esos cuadernos.

—Hoy he visto a Suso. Me preguntó por ti.

—Pues yo no quiero volver a verle.

Iría a decir algo cuando sus labios sellan los míos y es su lengua la que se hunde, impertinente, en la mía, como sus dedos bajo mis pantalones.

—¿Vas a hacer algo tú o tengo que decírtelo todo?


ØØØ

La Plasta prepara una merluza excelente y yo llevo algunas semanas aprendiendo a responder con cierta educación a sus preguntas. De todas formas, decir que a mi viejo no lo conozco, que mi hermano mayor es heroinómano y está en la cárcel (aunque quizá lo dejen volver pronto, cuando sea terminal de SIDA) y que a mi madre (y por tanto a mí) están a punto de echarnos de casa un día sí y dos también es casi menos educado que no abrir la boca, así que también la Plasta es responsable de que últimamente me dé por imaginar cosas, cosas de aquí y que parecen sacadas del Semana , pero ella se traga con el mismo buen gusto con que yo el pescado precocinado del DIA. Neli se ríe. Ella no come pescado, pero se sorbe con delicadeza la sal de los dedos, antes de volver a hundirlos en vano en el cuenco de las patatas fritas

—Mi padre está en Barcelona, buscando un piso en la costa. En cuanto lo encuentre nos vamos para allá. Este barrio es una mierda.

La Plasta asiente. Una mierda, sí, y nosotros los gusanos que viven de ella. Un ecosistema perfecto, en realidad, en el que las mentiras, las palabras de más, tienen algo de costra superficial, de exótico. La Plasta lleva aquí años y sigue sin vivir en el barrio. Neli le podría abrir los ojos, si quisiera; pero no es eso lo que se hace con los muertos. Mejor tapárselos con el dinero que deja sobre la mesa antes de cogerme de la mano y sacarme de aquella tumba.


ØØ

Desde que estudio FP en La Paloma, como Neli me dijo, encuentro más palabras para decir lo que quiero. Es como si las fuera sacando de un caldero pegajoso, con dificultad, y tan embotadas que no sé si me van a servir de veras para algo. Ese tipo, por ejemplo. Lo llaman el Muerto, y nos explica las coplas de Manrique con una emoción tan sincera que da pena saber que es totalmente superficial. ¿Ha estado ese tipo alguna vez cerca de la Muerte, con la nariz rozando el fondo? ¿Se da cuenta de que nunca ha vivido? Casi dan ganas de esperarle a la salida, en el descampado, y darle un par de clases prácticas, una pequeña visita a la casa amarilla para que sepa qué hay de verdad tras todas esas metáforas que él cree, por indoloras, bonitas. ¿Le haría eso gracia a Neli? A Suso seguro que sí.


Ø

Hace ya tres o cuatro años que dejó de circular el pegamento, y desde entonces siento que la cara de Santi, que la casa entera, se desdibuja y se pudre. Tal vez como debe ser. No es que haya dejado de buscar la entrada. Con la coca me vuelvo un témpano inteligente. Con los tripis veo chiribitas mágicas que se mueven por el aire como luciérnagas en forma de Mandala. Con los porros me duermo. Ninguno de ellos lleva hasta la puerta tapizada de rojo. Mi mente no encaja en la cerradura. Me levanto con sabor a clorofila en los labios, pero estos no son de color verde Amstrad. Empiezo a entender qué significa ser Obélix, no poder volver a la marmita mágica, haberme vuelto invisible a los invisibles. La máquina azul se ha vuelto más inteligente, e imprime mis notas con letra elegante, que de repente leo como por vez primera. Nelia me mira y sonríe. Yo empiezo a distinguir a Nelia.

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