jueves, 16 de septiembre de 2010

La fiera despierta


Vi venir este curso, más que escéptico o desanimado (que también), aprensivo. El efecto principal de nuestras famosas vacaciones es que uno tiene tiempo de volver sobre las cosas que el trabajo no te deja hacer, como tocar la guitarra eléctrica con los amigos o pasearse Madrid, y vuelve al curro con la sensación de que todo el asunto del instituto no es ya que sea mejor o peor, sino que no va con él. Meterme otra vez en el personaje docente me daba pereza, grima y, en suma, ganas de salir huyendo.

Bien. Como nada sale como esperamos, el curso ha empezado estupendamente. La primera en la frente: llegué y me encontré primorosamente editado el libro que estuvimos preparando el curso pasado, El aula encantada. De primeras, incluso la realidad del libro me dio como dentera: viéndola como obra ajena, y con el ojo algo torcido, ¿no se trataba, simplemente, de intentar dar importancia a unas historias simplotas y mal contadas, añadiéndoles un gazpacho de notas eruditas sobre un tema del que, encima, no es que no fuera uno erudito, sino ni siquiera mediano conocedor?

Y bien: algo hay de eso. Pero ahí estaba el libro, sonriéndose de mis dudas. Luego fueron llegando los grupos de alumnos. Unos, que se prometían buenos, han resultado mejores. En otros, donde hay de todo, movimientos de última hora van reduciendo la ratio y dejándome un grupo prometedor.

Empiezo a pensar, en fin, en qué se podría hacer para presentar el libro, y todo empieza, también, a conspirar en su favor. Si nada se tuerce, vendrá a presentarlo el candidato ideal, y de paso dará a los chavales una charla sobre leyendas urbanas y otras formas de folklore que andan sueltas aquí y ahora. Dudo entonces si eso les interesará: así que se lo pregunto —y les encanta.

Este año, en fin, doy por primera vez 4º de ESO. Entonces, mi compañera Valle (que es un sol) me indica que el tema de las leyendas urbanas encaja estupendamente con los temas de literatura que se dan en ese curso: las Leyendas de Bécquer, El estudiante de Salamanca...

Total, que ya estamos pensando en recopilar leyendas y montar la Semana Legendaria, coincidiendo con el día de las bibliotecas, y sacar a pasear los libros que hay sobre leyendas, y comprar más, y hacer copias de lo que se recopile y colgarlo por las paredes, y en Internet, y...

(Luego está que, por todo esto, encima a uno le pagan.)

Respecto al libro, como siempre hay que hacer caso al daimon, le he dado vueltas y creo saber qué es lo que realmente me molestaba al verlo impreso. El libro se ha 'vendido' a la administración, y se presenta en el propio texto, como un proyecto. Pero es mentira, por suerte. Uno no tiene, desde nunca, proyectos sino empeños. Puede parecer que la diferencia es sólo nominal, pero qué va. Un proyecto es algo en lo que te metes dándolo desde el principio por sucedido, con plazos y objetivos; si sale bien, será lo que ya sabíamos (un aburrimiento); si no se cumplen las previsiones, los mínimos, un fracaso.

Un empeño es otra cosa: algo en lo que te metes como el depredador que husmea la presa, o la presa atraída por el perfume irresistible del depredador. Uno nunca sabe ni por qué se mete en estos berenjenales ni qué va a salir, si es que sale algo. Y en ese no saber reside toda su gracia. Así este blog y todo lo demás.

El curso, en fin, en vez de arrastrarme me engancha. De repente pienso que es un lujo tener un trabajo así, en el que lo aburrido o no de lo que pase depende en gran medida de tu propia capacidad de entrega. La aprensión no desaparece, pero cambia de signo: ojalá esté uno a la altura de las circunstancias. Por ganas, no será.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Educar el olfato


No recuerdo ahora si debemos a Ferlosio o a Muñoz Molina cierto artículo estupendo que apareció unos años en El País. Eran los días en que se discutía (y cuándo no) la futura ley de educación que vendría a salvarnos del desasosiego, y los nacionalistas luchaban por subir el tanto por ciento de los contenidos 'autonómicos' de las asignaturas. El argumento, ya lo saben: qué sentido tiene que el alumno conozca el Partenón y los órdenes de las columnas griegas si no sabe reconocer los estilos de los edificios más o menos ilustres de su patria chica. De ahí a defender que leer a Carolina Coronado es mucho más urgente que perderse en Safo o Emily Brönte sólo hay un paso, tan resbaladizo como concurrido.

Con valentía, señalaba nuestro columnista que, lejos de centrarse en el entorno inmediato del alumno, la educación tenía por objeto llevarle de paseo por esos mundos, cuanto más lejanos mejor, ofreciéndole el conocimiento de lo que (en segunda instancia) podría o no 'gustarle' e 'interesarle'. Ni qué decir tiene que al final la única manera de valorar adecuadamente lo 'autóctono' es poder situarlo en un marco más amplio y distinguir lo que hay en ello de copia de segunda o tercera mano de logros provenientes de otras latitudes y lo que pueda haber de realmente peculiar e interesante: siendo esto último precisamente lo que trasciende la mera 'gloria local' y constituye materia de interés general (y uno piensa, por ejemplo, en Rosalía de Castro: mujer, sí, y gallega, pero sobre todo, al margen de cuotas feministas o galleguistas, una escritora como la copa de un pino).

Por estas fechas, los profesores de lengua y literatura, que venimos siéndolo cada vez menos, nos planteamos siempre las causas del desencuentro de nuestros alumnos con las lecturas obligatorias que les planteamos. Partiendo de que yo siempre me quedo en minoría cuando se votan estas cosas, tampoco pierdo mucho por señalar lo que realmente pienso: que la mayor parte de la literatura 'juvenil', escrita por viejos para jóvenes, es deshonesta y estéril y se mueve, como aquellas películas de los años 70 sobre adolescentes que hacen surf por el vicio, entre la explotación del morbo y la catequesis políticamente correcta; que en modo alguno la lectura de ese tipo de obras prepara al alumno para otras menos obvias, favoreciendo más bien su cretinización crónica; y que, si no queremos convertirnos en el enésimo altavoz de 'los más vendidos', nuestra labor es poner ante los ojos de nuestros chavales lo que la industria del entretenimiento no les ofrece.

Machado, también educador, fue despiadado con quienes desprecian lo que ignoran. Puestos a ignorar, ignoremos ese desprecio como lo que es (ausencia de criterio), en vez de respetarlo como sagrado gusto personal, y procuremos darles una oportunidad a los textos que no fueron escritos al servicio del negocio ni se han plegado con el tiempo al mismo. ¿Podría ser? ¿Nos atreveríamos?

domingo, 12 de septiembre de 2010

La novela instantánea


Yo no soy de ésos. Soy de aquéllos, o sea: los que entran en la Casa del Libro y esquivan las mesas de novedades, rumbo a la estantería más remota del sótano o el piso segundo, donde encontrarán o no (las más veces no) ese libro (pongamos: La noche de Walburga, de Meyrink) del que la mayor parte de la gente no ha oído hablar, ni se les espera, y que sin embargo.

Me sentí, pues, un poco extraño cuando ayer, nada más entrar, vi el libro que buscaba, el primero a mano derecha, lo separé de su torre clónica y me dirigí con él a la caja. Normalmente, le habría echado un ojo a las primeras páginas en el Metro y después, ya en casa, habría ido a parar a la sección dispersa en la que duermen varios libros que deben de ser interesantes (si no, por qué los compré), pero no terminan de hacerse urgentes.

El caso es que eché andar hacia Sol con el libro abierto, y seguía andando con él en mis manos media hora después, cuando llegué a casa de mis padres, en Marqués de Vadillo. Había caído el primer capítulo. 'Lo sabe'. Yo aún no lo sabía, pero empezaba a sospechar que el libro no me dejaría en paz. Así ha sido: el último capítulo, 'Lo que me queda por vivir', se cerró hoy a unos kilómetros de mi pueblo, sentado en el asiento del copiloto mientras giraba en la radio (¿qué habrán hecho los domingos para merecer esto?) el carrusel paradeportivo.

La novela de Elvira Lindo se podrá leer con más calma, pero leyéndola a ritmo febril, en dos días, me ha dejado la sensación de haberme metido de veras en la piel de otra persona, a tiempo casi completo. La conclusión es que mola, y mucho, ser Antonia-Elvira, aunque la experiencia es mucho más agridulce de lo que uno podía suponer.

Los profesores enseñamos siempre que la ventaja de un narrador en tercera persona es que podemos concederle la omnisciencia sin demasiado escándalo. La narradora y protagonista de esta novela no puede, en sentido estricto, saber qué piensan y sienten los demás salvo en la medida en que éstos lo demuestran, pero tiene un talento nada común para proyectarse en los otros e interpretar sus señales. Antes de convertirse en una herramienta profesional, la empatía debió de ser esto: un don a menudo doloroso para cambiar la perspectiva y asumir por un momento los intereses, prejuicios y deseos ajenos. El resultado es que todos los personajes están vivos: se les siente capaces de moverse en cualquier dirección (a veces lo hacen: alucinante el destape de Jabato en el capítulo 6, que altera decisivamente lo que creíamos saber sobre su vida), y hasta el que podría ser el villano de la historia (y hasta cierto punto lo es), el marido progre que no termina de decidirse entre la protagonista y otra mujer, nos resulta, si no simpático, difícil de condenar cuando la autora nos presenta tan bien la red de ideas y afectos en que se mueve.

Aunque los formalistas redujeran hace mucho tiempo los relatos posibles a un catálogo cerrado, la sensación que uno saca es que esta historia nunca la había leído. Ni ésta ni, desde hace muchos años, ninguna capaz de atraparme así, sin truco ni trampa. Ahora, claro, tendré que buscar las anteriores, en parte por ver si siento lo mismo y en parte por saborear las diferencias. Es lo que pasa con los literatos. Te fascinan, se hacen sitio en tu vida y se reproducen en tu sistema nervioso, inoculándote sus experiencias, enriqueciéndose y enriqueciéndote. Para colmo, no sueles tener ocasión de darles las gracias.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Ya no es posible que te esté mirando


(Luli puso música en su día a este poema, tan bien como suele. No encuentro la grabación, pero ahí va el texto, por si algo puede.)

Ya no es posible que te esté mirando:
te has envuelto en un año, en dos, en quince.
Ya no eres cosa que pueda decirte
ni menos contemplarte claramente.

Te has ido como el agua de las fuentes
se va a la vida negra de las plantas.
Imposible saber dónde regresas,
en qué casualidad absurda brotas
y si eres o si no, si estás debajo
o eres la pelusilla de las cosas,
jarabe del placer en el ombligo
repleto de patatas y de salsas.

Si pintas en las fotos, los espejos,
corrompes la belleza del instante.
Las niñas sólo esperan esa mano
que les enseñe dónde esta la herida.

Los niños que se juegan nuestros nombres.
Tu mano que es cualquiera de las manos
que empujan al suicida hacia la vía
por la que ve venir el tren fantasma.

Cortad los corazones con tijeras
para conseguir rosas más espesas
cuyo perfume borre la memoria.

Ya no es posible: somos tomas falsas.
Termina tú el poema como quieras.


viernes, 10 de septiembre de 2010

Abogados de la vida nueva


Como verá el desprevenido lector, estoy de obras. El curso arranca en serio el lunes que viene y me distraigo del miedo escénico (¿o es angustia genuina?) dándole vueltas al diseño del blog, sección colores y complementos. Para empezar, he elegido un retrato que haga honor a mi aptitud para el baile.

Me gustaría integrar más el blog con Facebook, porque al final es allí donde recibo más respuestas, pero no encuentro la manera exacta de volcar aquí los comentarios que se producen allí sin cargarme los comentarios que ya están (y que, llamadme fetichista, valoro como oro en paño). Intuitivamente, lo que uno quiere (y al parecer no se puede) es sumar los comentarios vía FB a los comentarios vía Blogger y que ambos aparezcan en una misma y única ventana. Parece que, como mucho, lo que se puede conseguir es que aparezcan dos ventanas.En fin, si alguien conoce el hechizo pertinente, le ruego que no se lo guarde.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

El barco fantasma


En la bahía de Galway, en la costa oeste irlandesa, durante las noches de tormenta, los pescadores han podido ver un barco fantasma, con sus velas desplegadas y enorme. Una noche que Owen Moor se encontraba pescando con su hija en su barca, se levantó una terrible tempestad y la pequeña embarcación se vio en trance de zozobrar. Repentinamente apareció un enorme barco luminoso, que con las velas desplegadas caminaba hacia ellos. A su alrededor el agua se encontraba milagrosamente en calma. La pequeña embarcación de Owen se hundió, y éste logró como pudo mantenerse a flote en las furiosas aguas y ganar la orilla. No así Maureen, que desapareció tragada por el mar. Durante dos días los pescadores esperaron en vano que el mar arrojara el cuerpo de la infortunada joven sobre la playa, pero todo fue en vano.

Dos años más tarde, en medio de una terrible tormenta, en una noche de invierno, Moor y su familia escucharon unos golpes en la puerta y al abrir quedaron petrificados por la sorpresa. En el dintel se encontraba Maureen, resplandeciente de belleza. Sus cabellos eran de color del oro, su traje parecía hecho de la espuma del mar, y su manto verde era del mismo color de las algas. Maureen les pidió un sencillo vestido, y que su madre peinara sus cabellos, con lo que volvió a ser la joven de antes. Según les contó a continuación, la noche del naufragio cuando estaba a punto de ahogarse unas manos la cogieron y la subieron al buque fantasma. En medio de una intensa luz sobrenatural, pudo ver cómo navegaban con rumbo desconocido y cómo más tarde llegaba a una isla maravillosa habitada por hadas. Maureen se había casado con el rey de dicha isla y éste, al ver su pena, le había permitido volver a ver a su familia. La joven permaneció durante dos días con sus padres y hermanos para posteriormente volver con el rey del mar, disimulando su pena, ya que, aunque las hadas la trataban muy bien, no tenían corazón humano y eran incapaz de sentir alegría o tristeza. Durante la segunda noche de estancia en el hogar paterno, la madre de Maureen quemó los maravillosos vestidos de su hija. A la mañana siguiente, Maureen había desaparecido.

Al cabo de cinco años Maureen volvió a presentarse ante sus padres, diciéndoles que por haberle quemado sus vestidos su esposo no le había permitido volver antes. Después de permanecer varios días con ellos volvió a adentrarse en el mar en la misma lancha luminosa que la había traído. No obstante, Maureen volvía de vez en cuando a visitar a su familia. Los años fueron pasando, su padre murió y poco después su madre. Poco antes de expirar, se presentó Maureen y arrodillándose a los pies de la moribunda le rogó que pidiera a Dios que la librara del poder de las hadas y que pudiera tener una muerte cristiana. Después de morir sus padres, Maureen no volvió a aparecer. Sus hermanos emigraron y se repartieron por distintos países. Solamente el hermano más pequeño siguió siendo pescador y permaneció en la vieja cabaña familiar. Sus hijos también emigraron y solamente la hija más pequena, casada también con un pescador, permaneció viviendo en el hogar de su padre.

Pasaron muchos años y una noche de tormenta llamaron a la puerta y se presentó Maureen, tan joven y bella como siempre. Pidió un vestido y que le peinaran los cabellos con el peine de su madre. Así lo hicieron y vieron inmediatamente que su bella figura empezaba a envejecer, para transformarse en pocos minutos en una anciana con el pelo tan blanco como la nieve y el rostro surcado por profundas arrugas. Poco después, murió. Dios había escuchado el ruego hecho a su madre. Enterraron su cuerpo con el de sus padres y un maravilloso trébol creció sobre la tumba.

Han pasado los años, y las hadas no han vuelto a aparecer, pero todavía en las terribles noches de tormenta del mar de Aran se puede ver un maravilloso barco que con todo su velamen desplegado, tan blanco como la luna, surca majestuosamente las encrespadas olas.

(Ramón Sainero, Leyendas celtas en la literatura irlandesa, Madrid: Akal, pp. 125-7).



martes, 7 de septiembre de 2010

Ni caído del cielo


Cuenta Jung en sus memorias que una de sus primeras visiones trascendentales fue ésta: la cúpula de una iglesia. De pronto, del cielo, cae una catarata de mierda que cubre todo el edificio. Lo que se construye en honor de lo sagrado (lo desconocido) es en realidad una blasfemia, una costra que obstaculiza su curso. 'Dios' se da por aludido, pero sólo para desautorizar la maniobra de 'los suyos'. Heráclito, más fino: 'Uno y solo lo inteligente no quiere y quiere que se le diga nombre de Zeus' (Ἓν τὸ σοφὸν μοῦνον λέγεσθαι οὐκ ἐθέλει καὶ ἐθέλει Ζηνὸς ὄνομα, fr. 32 D-K).


lunes, 6 de septiembre de 2010

Adopta una canción


Qué mundo éste. Los amigos de mi grupo, Ciento Volando, en Facebook superan ya en un centenar a los famosos 300 de las Termópilas. Parece el momento de decir o hacer algo, así que, como odio lo de decir unas palabritas, propongo una acción: si te mola que nuestras canciones suenen por esos mundos, adopta una y muévela por donde quieras (redes sociales, mundo real, Tierras Altas del Sueño...). Luego puedes contar aquí qué efecto ha tenido la maniobra (seguramente nada, pero quién sabe: el mundo es un concurso sin notario).

Las canciones se pueden encontrar en varios sitios: en mi perfil de Youtube o GoEar, en este mismo blog y hasta en Spotify. Son más de 20 años de canciones, y ni de lejos están todas, pero la muestra puede valer. Las grabaciones más pulidas son las del disco de estudio, Por amor a lo que venga, que está en Spotify; pero es probable que las canciones más aventureras se encuentren en otra parte, con calidades de grabación e interpretación muy variables.

Que lo imposible pase. Y que nosotros lo veamos. De momento, aquí va un incunable: Dos palabras en las escaleras de un banco y ahora tengo el cuerpo que me va a reventar. He sentido como si me tragara la granada con la anilla quitada.


sábado, 4 de septiembre de 2010

La más bella niña de nuestro lugar


Buscando melodías para la clase de guitarra, topo con esta miniatura encantadora, «Dorfschönheit / Belle of the Village». No sé si es una pieza tradicional arreglada por el compositor, Jürg Hochweber o una creación de éste: y eso ya dice mucho de ambos, pieza y probable autor. El aire modal me recuerda la melodía principal de Ricochet, de Tangerine Dream (o aquella como gregoriana de Pink Floyd, en Set the controls for the heart of the sun). Asombra comprobar, una vez más, que en una pieza extremadamente sencilla puede caber un mundo.

*


Pensándolo mejor, a la que se parece, y no poco, es a ésta:



miércoles, 1 de septiembre de 2010

Conjurando a la Muerte


Por gentileza de Amancio Prada y de la gente de produccionesinmateriales.com se pueden seguir en Youtube varios números de una actuación que hicieron en 1982 Prada, el maestro Agustín y Chicho Sánchez Ferlosio. Mi momento favorito, hasta ahora, es este poema del Libro de conjuros. Nótese cómo el narrador pasa del femenino (la Muerte) al masculino cuando cuenta la historia de Sísifo: para los griegos, Thánatos es masculino: don Muerte.




martes, 31 de agosto de 2010

Balada de las damas de antaño


Algunos encuentros, gratos de por sí, suelen traer premio. Ayer vi a la simpar Ana Leal y me silbó la Balada de las damas de antaño de Villon, primero tal como la cantaba Brassens y luego en esta versión, creo que inédita, del maestro Agustín. Por supuesto, se la sabía de memoria, y tuvo a bien escribírmela en una servilleta, que ahora despliego para ustedes. Allá va.


BALADA DE LAS DAMAS DE ANTAÑO

Decid dónde ni en qué lugar
Flora está, la bella romana,
Archipiada y Taide sin par
que fue diz que su prima hermana
y Eco, que en lago, que en fontana
va todo ruido a responder,
que de hermosa fue más que humana:
¿dónde están las nieves de ayer?

¿Dónde está Eloísa sutil
por quien fue capado a rebana
Abelardo y, monje por fin,
tal baldón por su amor se gana,
y asimismo la reina vana
que a Buridán mandó meter
para echarlo al Sena en botana:
¿dónde están las nieves de ayer?

Reina blanca como jazmín
que cantaba en voz meridiana,
Berta Larga, Lisa, Bietriz,
Aramburguis la capitana
y la gran lorenesa Juana,
la que en Ruán quemó el inglés,
¿dónde están, Virgen soberana,
dónde están las nieves de ayer?

Si indagáis, señor, de mañana
o de tarde por dónde estén,
ya el estribillo os lo devana:
¿dónde están las nieves de ayer?

(François Villon, tr. García Calvo)


lunes, 30 de agosto de 2010

Reverso


Termina el verano. No tengo tiempo de hacerle los honores, pero al menos traigo un tesoro (otro). Es un soneto que encontró esta semana Dani en el garaje de la casa de Antonio (sobre qué hacía allí, caben dudas. Yo apuesto a que lo perdió).

Reverso

Por aquí... por allí... Ya queda menos
para el dolor... Al fondo..., a la derecha,
donde una mano azul abre una brecha
y están, a rebosar, los ojos llenos

de imágenes del sol. Hoy no son buenos
los saludos del mar; y está deshecha
la redondez del agua en cada fecha
de tantos años para siempre ajenos.

¿Dónde está lo que fui, lo que no he sido
y, no obstante, tal vez..., la melodía
que no supe cantar, la aurora fría

que me anunció la luz que me ha vencido...?
¿Dónde el silencio aquel que nunca he oído...?
Sólo queda el dolor. La luz del día.

(2006)

viernes, 13 de agosto de 2010

Se dejaba llevar por ti


El pensamiento es automático: salvo cuando nos imponemos (o nos cae encima) una tarea intelectual, fluye 'libremente': en complejo diálogo, en realidad, con los estímulos externos e internos, y en movimiento por los dos ejes asociativos: semejanza y contigüidad. En animada mezcla, discurren recuerdos y ocurrencias, comparaciones, asentimientos y rechazos. Entiéndase que los recuerdos de los que hablo no son datos que uno saca de la memoria con tal o cual propósito, sino lo que el maestro llama 'reviviscencias': retornos involuntarios de sensaciones pasadas. Pensar es tan natural como respirar o andar, pero hacernos conscientes del proceso tiene resultados bien distintos: cuando la respiración o el caminar suben a la conciencia, un programa que corría en segundo plano pasa a consumir de repente casi todos los recursos de la CPU, obligándonos a un esfuerzo extraordinario e inútil, hasta que el hábito subconsciente retoma, felizmente, la tarea; en el caso del pensamiento, ser conscientes de que pensamos y de cómo se produce el discurso interno no detiene el proceso (a la espera de lo que dicte quien manda), y la división que se produce, el extrañamiento entre el que piensa y el que observa el pensamiento, produce con frecuencia arrobamiento, admiración.

Se entiende que los literatos hayan intentado hacer justicia a ese 'fluido de conciencia', y en especial al que se produce en los estados alterados de la misma: no ya durante los producidos por tal o cual fármaco, buscados, sino en los cotidianos y automáticos de la duermevela o la ensoñación diurna. Los mecanismos de asociación que obran entonces son, desde luego, los de siempre: semejanza y contacto; pero hay una apertura o expansión del panorama que permite llegar mucho más lejos en cualquier dirección. Apenas un aperitivo, desde luego, del prodigio del sueño, donde el pensamiento se convierte en un espectáculo audiovisual de primer orden; pero ya todo un orbe de tesoros y turbaciones.

Explorar el pensamiento de la duermevela y comprender sus peculiaridades técnicas se llamó, alguna vez, romanticismo; después, surrealismo (la 'cola prensil' de aquél) o psicodelia. Psicoanálisis y psicología analítica se suman a la fiesta, siempre y cuando se les asegure un propósito terapéutico que, según cómo se mire, añade valor a la experiencia o, convirtiéndola en sirviente de más altos fines, la devalúa.

El metabolismo colectivo da por conocido y agotado el surrealismo en cualquier sentido: como estética y como aventura. Pero así ha sido siempre: lo que ahora se rechaza como trivial se descartó antes como absurdo o sacrílego. En la fascinación por la duermevela hay una gratuidad y un sentido de promesa o inminencia que nunca han sido gratos al orden, en sus múltiples manifestaciones: no sólo se trata de una cosa que no se sabe para qué sirve, sino de una materia que se niega a ponerse al servicio de ninguna ideología o plan: satánica, pues. Los encontronazos de los surrealistas 'históricos' con el Partido Comunista son un buen ejemplo de esta desconfianza mutua entre propósito y encantamiento.

La valoración estética de la escritura automática (que es, casi siempre, menosprecio de la misma) parte de un equívoco: el mismo que ha situado el surrealismo entre los movimientos literarios, cuando quiso y a ratos logró ser otra cosa. Componer un poema o prosa poética y apuntar sin censura las ocurrencias del momento son dos ejercicios distintos: ninguno de los dos sencillo. Hay razones para que el segundo fascine a quien lo realiza, pero (una vez agotada la novedad) no tiene por qué resultar emotivo o revelador para 'el público', que con unas pocas muestras ya se dio históricamente por enterado de por dónde iban los tiros y qué daban de sí. Lo que uno descubre intentando la escritura automática son materiales, no productos acabados: una enseñanza práctica (si así se quiere entender el espectáculo) sobre ciertos vínculos nada obvios y los caminos que llevan a establecerlos. El interés de la escritura automática ajena podría ser, en todo caso, técnico: ilustra sobre la dificultad que plantea recoger con fidelidad algo tan escurridizo (es difícil, para empezar, ajustar la velocidad de escritura a la del pensamiento sin que se produzca, por razones sólo en parte técnicas, una demora que adultera el experimento) y muestra atajos que pueden servirnos.

Fuera ése o no su propósito, no cabe duda que la exposición a los materiales de la duermevela, tal como aparecieron recogidos por la actividad surrealista, generalmente etiquetada como arte, y la de otros movimientos afines, han dejado la sensibilidad general *achispada*. Ciertas formas de asociación están ahí, y aunque no estén 'de moda', se reconocen como un procedimiento extravagante, pero viable. Debidamente meneadas, nada impide que den sabor a productos de consumo masivo: si García Lorca se complacía comprobando que nadie entendía el 'Romance sonámbulo', pero andaba en boca de todos, lo mismo podría decir Antonio Vega con buena parte de sus canciones, que 'funcionan' sin que uno pueda decir de buena fe que entiende lo que ahí se está diciendo (si creen otra cosa, póngase a prueba, por ejemplo, con 'Se dejaba llevar por ti').

Otras veces, sin embargo, lo que surge como escritura automática, o próximo a ella, acaba resolviéndose, admitiendo explicación, paráfrasis. Lo he pensado estos días al recordar dos versos que aparecieron en algunos de mis intentos tempranos de e.a. y que, por la causa que sea, me han seguido rondando.

Hay elecciones en los mares del huevo

y

Caballo, en tu mandíbula residen las provincias.

No sólo tienen hoy sentido claro para mí, sino que hablan de lo mismo: de la propia escritura automática y sus posibilidades o límites. Donde no hay producto, sino despliegue de posibilidades o gérmenes (los mares del huevo), el discurso toma por una de ellas, o una de ellas se impone: hay no tanto una elección individual de la conciencia, sino un asentimiento colectivo, asambleario, de las sombras. Es, en fin, ese tiempo o lugar del que habló Alberti, donde el mar aún no sabía si sería niño o niña.

En la otra imagen, la duermevela no aparece como un lugar, sino como un animal: un caballo que puede tirar hacia donde quiera, y que, debidamente motivado, podría llevarnos a cualquier sitio, como Pegaso o Clavileño. El interés de esos lugares está en que no forman parte del centro, de la conciencia, sino de la periferia: las provincias del imperio, que han sido siempre el lugar donde medran peligro y salvación. La voz que habla no parece plantearse ir a ningún sitio concreto, tirar de las bridas: se limita a saborear las posibilidades, como el niño que no sólo ve todos los sabores de helado a su disposición, sino que sabe que todos se le entregan por igual, hasta que él cometa el error inevitable de escoger uno o dos y sienta como propia la frustración de los preteridos.

Está el peligro de pasar de la constatación (lo automático a menudo acaba iluminándose, perdiendo su condición de absurdo o enigma) al programa (la escritura automática nos sirve para, mediante su lectura posterior, conocernos mejor, iluminarnos). Sería, en fin, como pensar que las excursiones o los viajes nos sirven para hacer fotos, escribir memorias o (peor aún) matar el tiempo. Lo que de bueno pueda haber en eso se da, en todo caso, por añadidura. Lo cierto es que quien ha probado la duermevela (no ya en el momento en que se produce, sino saboreando lo que de ella queda preso en recuerdos, escritos u otros formatos) no puede ni quiere olvidar que ha estado allí, que hay un 'allí' que forma parte de 'esto'.


Avalanche

En el mes de mayo un alma amable subió a Youtube algunos temas de Avalanche, una banda de finales de los 70 que hacía una música atemporal y, con perdón, muy cientovolandera. Aquí los subo a mi vez. Bon appetit.




miércoles, 11 de agosto de 2010

Recuerdos, sueños, erratas



Recuerdos, sueños, pensamientos, la autobiografía de Jung, es un libro al que he vuelto muchas veces, abriéndolo al azar y leyendo unas cuantas páginas. Creo que, a pesar de mi devoción junguiana, nunca lo había leído entero. En esta ocasión, la edición que andaba por casa desde 1972 está tan estropeada que he tenido que acercarme al centro a por una actual, del 2009. Lo grande del caso es que, por lo que llevo visto, los señores de Seix Barral han tenido a bien respetar casi todos los errores y erratas de la edición del 72. Es cierto que han corregido alguna de bulto (así, 'en la familia de mi madre hubieron seis sacerdotes', pág. 53 de la ed. de 1972), pero asombra pensar que en 37 años ni la traductora, María Rosa Borrás, ni alguno de los correctores de editorial tan venerable hayan reparado en otras, como 'etónico' (por 'ctónico') (p. 202). Incluso la nota de la traductora explicando el significado de 'sinópticos' sigue incorporada, erróneamente, al texto, en vez de situada a pie de página (p. 110). Con frecuencia, uno no sabe qué está leyendo: si Jesús, por ejemplo, 'torna' a los niños para evitar que Satán los devore, como se lee en el libro, o más bien los 'toma' (p. 24); no sé si alguien habrá logrado descifrar el pasaje que Borrás traduce así, a propósito de las frases chocantes que solía decir una enferma:

Por ejemplo ella decía: «Soy la Loreley» y ciertamente porque el médico, cuando intentaba explicárselo, decía: «No sé lo que esto significa».
(p. 156)

Se intuye que esta última frase la diría también la paciente, no el médico, pero en el resto hay que hacer obras mayores para lograr sacar algo (¿«y ciertamente cuando el médico le pedía que se lo explicara, decía...»?). Eso sin entrar en por qué una palabra tan poco arcana como sinóptico merece una nota de la traductora, mientras que la leyenda de Loreley, lo mismo que las numerosas citas en latín, se da por cosa sabida.

Otras veces, aunque se entiende el texto, la traductora utiliza términos poco idiomáticos: en español hablamos de la noche de Walpurgis; alguna vez lee uno, en referencia a la santa, 'Walburga', pero nunca 'Walpurgia' (p. 123, n. 2).

En conjunto, resulta inevitable pensar que al lector español de traducciones se le trata con poco respeto. Por suerte, no se llega aquí al caso de ese traductor de James Hillman (en uno de los volúmenes de Anthropos sobre las conferencias de Eranos) que, al topar con un tal 'Onians' en el texto, como no le sonaba el autor, lo convirtió en una tribu o secta ('los onianos'); pero tantos años deberían haber dado para una revisión digna. A ver si para el 2011...

jueves, 29 de julio de 2010

Cocinando los restos del día


Sigo con los sueños. Es curioso que el interés por ellos pase por escapismo o repostería del alma. En realidad, los sueños son a menudo indigestos, agridulces si no agrios del todo; y puede que en su origen mismo haya una cierta indigestión psíquica. Sea cual sea el sentido del sueño, su mecánica pasa por una combinación de los contenidos inmediatos de la conciencia (lo que Freud llamaba 'los restos del día'), reutilizados de tal manera que se cargan de un valor añadido, al conectar con experiencias y preocupaciones más profundas.

Cualquiera que sea la estética imperante en el día, el guionista del sueño es simbolista: recuerda a ese bricoleur del que hablaba Lévi-Strauss, que monta su obra con los descartes que tiene a mano. Hay quien se queda, precisamente, en ese carácter caótico de los materiales del sueño, comparando el espectáculo onírico con la lectura de los sectores teóricamente vacíos de un disco duro, donde se acumulan en realidad todo tipo de datos, residuos de documentos y otros archivos superpuestos sin orden ni concierto. Lo asombroso, precisamente, es que de esas mimbres puedan salir estos cestos: lejos de proceder al tuntún, el sueño asocia por analogía, contraste y contigüidad con una sutileza que ya quisiera para sí el artista consciente de qué hace y para qué.

Con todo, incluso dentro de los desechos o descartes (en este caso, de los recuerdos anecdóticos de días anteriores), los hay que dan más juego que otros. Y puede que ese dar juego consista en realidad en dar guerra: que tendamos a darle más vueltas a aquello que nos hiere, directa o indirectamente, y no se deja neutralizar o digerir, poner en un contexto satisfactorio, sino después de arduos esfuerzos.

Se dirá que esto casa mal con la función que Freud daba a los sueños. Y es así: no porque falten sueños reparadores e incluso orgásmicos que cumplan de manera más o menos abierta nuestros deseos, sino porque, a la hora de generalizar, es necesario considerar también los que van por otro lado. La imaginación onírica funciona con nuestros anhelos y temores, desde luego, pero lo hace de una manera variable: a menudo, compulsiva, metiendo el dedo en la llaga de una manera que, si nos complace, es sólo al modo de la lengua que toca la muela infectada, huyendo del latigazo pero volviendo al rato a por más, o el niño que se arranca la costra para ver qué corre debajo. Jung acierta más cuando asigna al sueño una función compensatoria: de ahí que el infortunado reciba consuelo, pero el ego diurno más o menos triunfante o autosatisfecho se lleve con frecuencia unos palos de cuidado. Y aun esto simplifica: a veces, como en el sueño que les contaba el otro día, la constatación de que uno ha perdido algo esencial se presenta de manera paradójica, y acaba pesando más la presencia en el sueño de Ella que la trama que nos la niega.

lunes, 26 de julio de 2010

El sueño del anochecer (II)


2.0 Ciertamente, las fuentes citadas se combinan en este sueño de manera bien perceptible; y dan como resultado un producto que no sabríamos analizar sin pararnos a pensarlo. No parece difícil; pero pudiera escapársenos.

Una de sus dificultades es que, como todo sueño, depende en ciertos detalles de otros sueños para su confirmación; es decir: utiliza un lenguaje común con el de otros sueños. Por ejemplo, la luna, frecuentemente (¡pero no he analizado todos los casos!) en mis sueños suele representar la propia elaboración secundaria, como imagen del mismo sueño, que se deja tomar como objeto de la consciencia. Pero esto ha de asumirlo el lector; como ha de asumir también que con todos los sueños y soñadores ocurrirá lo mismo. Cada soñador posee su código, que puede variar, pese a las coincidencias ocasionales y universales.

Lo importante, como principio de partida, no es el valor que atribuyamos a un término (aquí, luna = sueño), sino el grado de coherencia con que lo integremos en un conjunto. Y creo que podremos aceptar que la luna de este sueño represente (como en otros sueños propios) al propio sueño porque aquí también otros elementos lo están representando por igual. Hay un conjunto en que viene a integrarse.

2.1 Vemos que se encuentran todas las fuentes combinadas; lo importante sería decidir cual de ellas predomina y da sabor a la mezcla.

Y un buen método para la decantación podría ser el de preguntarse cómo se condensan y desplazan los contenidos de este sueño. Por ejemplo, el sol rojo condensa mi bilirrubina disparada, por un lado; pero también el sol ultramundano de mi viaje a Canarias; pero sobre todo, es pareja de la luna; aparece en la función de coincidir con la luna en el cielo. Y siempre en mis sueños, como par opuesto de la luna, puede indicar actividad vigiliar, consciencia diurna (así en el sueño citado de los pueblos del sur).

El paisaje árido de olivos tiene un suelo rojizo (como el terreno silúrico de mi pueblo) que condensa los significados de rojez del sol; a la vez, es alto como era alta mi posición en el avión; en este sueño pues, yo voy en avión; se repite la experiencia de mi viaje; desde una posición de altura, diviso al sol que ya se puso; y de algún modo, detengo el tiempo.

Y en la luna, son perceptibles los significados alusivos al sueño; pero también, como pareja del sol, la luna se encuentra llena, en plenitud. Se trata de una noche especial, no cabe duda. Y el sueño, aunque breve, fue extraordinariamente lúcido y detallado.

La oscuridad de la hora, la altura de aquella planicie, la presencia de la luna, indicadora de actividad nocturna, la detención del tiempo, o del sol, que no desaparece, nos evocan al sueño, puesto como objeto de contemplación del sujeto soñante.

2.2 Mi enfermedad de entonces se encuentra reflejada en la rojez del sol por varios motivos condensados: el sol representa vida vigiliar, única a la que afecta mi estado hepático; pero, también, el sol es, visiblemente, mi hígado enfermo, un órgano central, en estado de enrojecimiento inflamatorio.

La posición central le da el poder de impregnarlo todo, teñirlo todo, con su color. Como el sol de aquel atardecer, las emanaciones de mi glándula enferma habían coloreado mi vida, condicionado mi existencia, y me habían recluído en un lecho.

El paisaje desolado, árido, refleja este estado; es árido como evocación de mi postración de enfermo. Pero, si aceptamos tal interpretación, decidimos cuál sea el desplazamiento sufrido por el significado, y con ello, de qué trataba el sueño.

Y aquí, nos decidiríamos por una clase de interpretación; por ejemplo, decidiríamos que la aridez de aquel paraje se debía únicamente, en el fondo, a la evocación de mi enfermedad (lo que sería arriesgado en este sueño, donde la aridez del paraje puede representar también su altura, su infrecuencia, su soledad, etc).

Con el desplazamiento debemos encontrar el orden en el que han sido colocados todos los elementos que aparecen en la condensación; cómo hay que valorar a cada uno en el conjunto; y qué lugar ocupan.

2.3 ¿Con qué he soñado? ¿Hasta dónde se han desplazado (hasta qué detalles) los contenidos del sueño?

Porque podría tratarse, también, de algún sueño de carácter astronómico, centrado en esa conjunción sol-luna, con sus implicaciones míticas.

La conjunción de las dos luminarias en el plenilunio era muy festejada por los antiguos egipcios (la llamada Fiesta de la reunión de los Dos Toros); pese a mi fervor por estos temas, en la época de mi sueño aún no conocía este preciso dato. No obstante, era deductible del espíritu general del conjunto de los mitos egipcios; y de mi propia experiencia, testigo repetido del evento astronómico en mis paseos habituales.

Recurrir a una mito-lectura del sueño, interpretado a la luz del simbolismo, me parece tan atractivo como inútil. La única lectura posible es la que unifique todas las referencias que ofrece el sueño.

3.0 De momento, la mayor parte de los términos del sueño se centran en la elaboración secundaria, la percepción del sueño desde dentro del sueño: luna, altura del paraje, sol detenido, atardecer y oscuridad; incluso, la aridez y soledad del paisaje, pueden concordar con una descripción del propio sueño, proyectado como un espacio más allá de este mundo (exterioridad de las estepas).

Siendo así, mi sueño evocaría, entre todas las fuentes, la de mi viaje en avión; la altura aparece como sinónimo del nivel propio del espacio onírico, una altura a la que sólo llegan los ecos de la vida diurna de abajo.

Y desde esa altura, como desde el avión, encuentro al sol, que ya se había puesto.

El término de la luna se integra en este punto. La luna no aparece en mi viaje en avión, que realicé despierto. La luna marca aquí la oposición despierto-dormido como imagen del sueño: ahora estoy soñando; y vuelo en otro tipo de avión.

La aparición anómala del sol tiene que ver con la importancia propia de la noche del plenilunio, o tipo de sueño especialmente claro. Es de noche; me hallo soñando; pero el sol, la consciencia despierta, aún ilumina; y aunque sólo en cierto modo, me encuentro como despierto. Y la luna llena (cuya influencia sobre los sueños y la vida orgánica era muy comentada por mí en la vida vigiliar de entonces) conlleva ese estado de lucidez como equivalente a un sol nocturno.

No sólo se describe el sueño como objeto; se describe, además, cierto tipo de sueño (que solemos soñar a veces) especialmente lúcido, y que parece gozar como de cierta autonomía frente a la realidad vigiliar; que dispone de un sol, y de un horario y tiempo, autónomos; y también, de un espacio propio. Un mundo que no está nada mal.

3.1 ¿Llega hasta aquí el desplazamiento del sueño? ¿Se acaba aquí la interpretación? Si fuera así, ¿qué significan ahí las alusiones claras a mi enfermedad?

Hasta ahora, no hemos podido integrarlas en el conjunto. Pero no es tan difícil. Dentro de una interpretación alegórica, como la comentada, la mención de mi estado concreto y vigiliar como enfermo carece de significado mitológico de altura (¡comparable a los del sol y la luna!). Y uno no sabría cómo integrarla ahí (habría que evocar, tal vez, las rojeces de los tormentos infernales; o tal vez, algún proceso alquímico, etc). Lo malo de este método es que carece de fronteras y explica los conjuntos únicamente por elementos externos, prescindiendo del conjunto, reducido a un epifenómeno más.

Pero con la lectura anterior, si el sueño es el último objeto del desplazamiento, las alusiones a mi enfermedad cobran pleno sentido. Como la luna se opone al sol, el sueño se opone a la vida vigiliar, dominada, en este caso, por mi enfermedad hepática.

La rojez de mi glándula inflamada se refleja en la del sol, no sólo como imagen de la centralidad de ambos, sino también porque el sol es la imagen de mi vida despierta, dominada por mi estado hepático.

Hay una oposición sueño-enfermedad, tanto como la hay entre sueño y vida vigiliar.

Se explica bien cómo la luna, imagen del sueño, se va liberando de las brumas amarillentas (también tinción hepática) y va brillando cada vez más blanca. Ella es el sueño, un estado exento de cargas vigiliares.

Mi enfermedad queda, a la vez, como imagen de mi vida vigiliar (ambas condensadas en el término del sol); y se ve representada, siempre unida a mi vida vigiliar, en contraste con el propio sueño.

Pero el sueño no se opone a ningún estado de enfermedad; como término lógico, portador de un significado, se opone al estado de vigilia. Hay que entender, pues, que la alusión a mi enfermedad sirve de desplazamiento a una alusión a mi propia existencia; la enfermedad no era el último objeto en las referencias que la escenificaban; el último objeto era mi propia vida (vigiliar), único término que se puede poner en oposición al sueño. Y la enfermedad era como una metonimia, una parte por el todo, de mi existencia; una existencia oprimida bajo diversas cargas; a la que se contrapone el paseo liberado por un mundo vacío, sin tiempo, misterioso y sin dolor.

3.2 Cabe entender con qué finalidad se hayan dispuesto así los términos en este sueño; que es como preguntarse por la finalidad y funciones del sueño.

De momento, tenemos derecho a preguntarnos qué se haya buscado en esta contraposición sueño-vida vigiliar.

La comparación entre ambos pudiera favorecer claramente al sueño frente a la vida vigiliar. Pero no resulta tan claro si reparamos en que, pese a sus aires de liberación, el paisaje onírico nos ofrece un aspecto desolado, solitario y desértico. No obstante, hay olivos, una señal de vida resistente. Pero también este mismo tipo de vegetación acentúa más aún la sequedad y dureza del suelo del que brota. Es un paraje agradable, pero duro. Se propone, en el sueño, como un paraje ideal; pero a costa de ciertas renuncias.

De modo que tomar este sueño como una realización de deseos (el sueño como evasión de las cargas vigiliares), al estilo de Freud, nos deja fuera una característica esencial de la estructura de su discurso.

El sueño no representa ninguna evasión de la vigilia porque yo no realizo en él ningún deseo concreto insatisfecho.

Como en el caso del llamado Sueño de los Pueblos del Sur (con el que ofrece tantas coincidencias), analizado ya en otro trabajo, mi único deseo lo es el propio sueño; el deseo de poder percibir lúcidamente dentro del espacio onírico; no el deseo de realizar deseos dentro de sueños enajenados; sino el deseo de rescatar la consciencia perdida (el sol ya puesto) dentro del sueño. Para lo cual, el sueño no propone el placer de la evasión por la satisfacción; sino, al revés, representa un espacio árido y oscuro como imagen del rigor y el hábito de análisis que un cultivo así de la consciencia pudiera suponer.

Al especificarnos un tipo de sueño, el guión del sueño deja implícito también un tipo de conducta en que tales sueños puedan basarse.

Sólo con este método, y a través de tales vías, podría yo subir hasta ese desolado paraje del sueño, donde no pasa el tiempo, donde la vida vigiliar sólo es un recuerdo.

Y también, como el sol condensa mi vida vigiliar y mi enfermedad, la luna llena condensa, en la misma clase de metonimia, el significado del sueño y el de un estado especialmente lúcido del sueño. Aparece el sueño lúcido de plenilunio como imagen del sueño mismo.

Gracias a la oposición sueño-vigilia, que deja claro al sueño como a una situación de libertad a la que se accede con las renuncias de un método riguroso, podemos ver al sueño como a un estado perpetuamente lúcido, de eterno plenilunio, comparado con las penurias de nuestra vida vigiliar.

3.3 De este modo, la finalidad del sueño comentado (como parte de una teoría más general) no consiste en descargar la vida vigiliar de tensiones insatisfechas, evacuadas al exterior nocturno; al contrario: consiste en un método para ir llenando nuestra vida vigiliar de sugerencias, comentarios, conocimientos, que vienen a enriquecer, no hay duda, nuestra existencia consciente; pero también, a dirigirla y a encauzarla con sus mensajes que, siempre indescifrados, obedecemos sin saber (o con los que, una vez descifrados, podemos gustosamente colaborar).

De nuevo, como en anteriores análisis, se nos impone la misma conclusión: los sueños, como imagen anticipada de todo lo que podemos realizar. Los sueños como lo más factible de nuestras vidas.

Antonio Hernández Marín

20-3-00

domingo, 25 de julio de 2010

El sueño del anochecer (I)


Como comentaba estos días, haría con gusto, si pudiera, un blog dedicado por entero al relato de sueños y las consideraciones que éstos sugieren. La imposibilidad es múltiple: por un lado, ni recuerdo de manera regular mis sueños ni todos los que recuerdo se dejarían contar a las primeras de cambio. Hay, desde luego, toda una literatura provechosa de y sobre sueños, que parte de los sueños de Gilgamesh y el libro de la interpretación de los sueños de Artemidoro para llegar a Dunsany, Freud, Breton y Lovecraft, entre otros; pero uno siente que en este tema la tarea a realizar (suponiendo que haya tal tarea) obliga ante todo a adentrarse con decisión en el bosque propio: sólo con los sueños que uno conoce de primera mano, por haberlos soñado, se dispone de los materiales necesarios para una exploración suficiente tanto del sueño como de sus armónicos o resonancias.

Entiendo, pues, que echar mano de sueños ajenos sólo puede merecer la pena si se trata de materiales inéditos que incluyan, a ser posible, además del relato del sueño mismo, referencias a los contenidos de la memoria que aparecen elaborados en ellos y (lo que sería ya el no va más) criterios útiles sobre cómo establecer las correspondencias convenientes y qué sacar en claro de ellas.

Cumplen estas condiciones, y por eso me planteo acercarlos, varios escritos de nuestro malogrado amigo Antonio Hernández Marín, que concibió el análisis de sueños como una vertiente de su investigación científica, orientada por lo que él llamaba el materialismo animal. De los ensayos que han llegado hasta mí, el que sigue me parece el mejor para entrar en materia: en la introducción, Antonio repasa muy bien qué hay de rescatable en la teoría clásica de Freud y por dónde hay que avanzar si queremos ver en el sueño algo más (o distinto) que el cumplimiento de deseos reprimidos.

Ahí vamos, pues. En esta primera entrega Antonio expone el fundamento teórico de su análisis y relata el sueño en sí. En la siguiente, entraremos, sin temor ni cortedad, en la interpretación.

*

EL SUEÑO DEL ANOCHECER

0. Prescindiendo de la teoría psicoanalítica de Freud, prescindiendo también de su explicación del sueño (su función como satisfacción de deseos), prescindiendo igualmente de su teoría de la libido, quedan las reglas gramaticales que él mismo estableciera para el discurso onírico, concebido aquí como lenguaje.

Son un perfecto reglamento lógico de lo que solemos llamar lenguajes analógicos; los que, como la poesía, el chiste, o el rito, etc, establecen las relaciones de identidad entre distintos términos, no por necesidades lógicas, sino por razones de semejanza y equivalencia.

Freud, al elaborar estas reglas, actuó científicamente (aunque no en todas las ocasiones haya actuado así). Lo importante es comprobar estas reglas con el uso; o, simplemente, seguirlas (cosa que, en mi opinión, no siempre hizo acertadamente Freud). Vale más no inventarse otras nuevas sino seguir estas, que parecen coherentes con lo que, poco después, iba a establecer la moderna Lingüística para este tipo de lenguajes. La elaboración de un poema tiene que seguir, necesariamente, las mismas reglas: la Condensación, el Desplazamiento, y la llamada por Freud Elaboración Secundaria.

Para un poema, la condensación actúa en todo lo que nos cuenta este poema; y específicamente, en la pluralidad de valores que puede aquirir un sólo término, que logra condensar toda una cadena de significaciones (caso de las metáforas). El desplazamiento atañe a todo lo que no nos cuenta el poema, pero, no obstante, se encuentra implícito. Mediante el desplazamiento, ponemos en relieve lo secundario; y ocultamos lo principal (caso de las metonimias, la parte por el todo, el detalle secundario en vez del conjunto).

La elaboración secundaria afecta a la composición de esos sueños en cuyo guión soñamos que estamos soñando. Este recurso motiva por sí solo una teoría específica sobre el sueño (como espacio autónomo de la consciencia), que no entra dentro de mis propósitos (con la poesía, género de creación de específica elaboración secundaria, ocurriría lo mismo: hablar de ella supone teorizar sobre la propia poesía como género).

Como vamos a ver, dado el carácter orgánico que como lenguaje demuestran los sueños, a la hora de abordar su análisis necesitaremos prescindir de todo criterio y teoría psicológicos (que sólo podrán interpretar a su conveniencia) para centrarnos únicamente en los criterios lógicos y funcionales.

1.0 Voy a analizar un sueño del autor, muy simple y aburrido (no ocurre nada), pero lo suficientemente sencillo como para dejarse sondear sin muchos problemas (o eso creo yo....). Y nos dará ocasión para ver cómo funcionan estas leyes gramaticales del lenguaje del sueño. Nos atendremos únicamente a sus reglas de interpretación, prescindiendo de las ulteriores reflexiones en que nos hayamos podido extender en otros análisis. E intentaremos tomarlo como un ejemplo fácil de labor interpretativa.

1.1 Lo primero, como siempre, es describir las fuentes de donde procede el guión de este sueño:

1) La primera fuente es el paisaje árido de mi pueblo natal, sembrado de olivares; paisaje que se repite en el sueño como único escenario.

2) La segunda es el viaje en avión que, pocos años antes del sueño, había efectuado al atardecer, ya puesto el sol, desde Sevilla a Gran Canarias. Una vez a mucha altura sobre el mar, volvimos a encontrarnos con el sol, que también iba sobrevolando el mar, sólo que más deprisa; y se veía bastante rojo y espectral.

3) Una fuente importante del sueño es la enfermedad que me tenía postrado por entonces, a mis 32 años; se trataba de una fuerte hepatitis B. Y me encontraba en la subida del primer mes (de otros muchos largos meses), en cama, y teñido de color anaranjado, cobrizo, o rojizo, según se mirase. Y el rojo que aparece en el sol de mi sueño viene a ser como la hipérbole cromática de mi bilirrubina de aquellos días.

4) Una fuente secundaria, pero importante, es que, dentro de mi dedicación a la Egiptología, la temática del sol y la luna ocupaban una buena parte de tal dedicación. Formando pareja, el sol y la luna aparecen como los protagonistas primarios de mi sueño. Y me resulta indudable que suenan ahí los ecos de mis estudios en horas vigiliares.

1.2 Y por fin, el guionista de mis sueños agitó los ingredientes, sacudió los elementos; y, cuando se posaron los componentes de la mezcla, apareció este simple sueño, que he aquí:

Yo voy caminado solo por una alta meseta al anochecer, a través de un paraje llano y árido, sembrado de olivos. Es un paraje alto, como la cima llana de algún gran monte. Y no se ve a nadie por allí.

Es como el anochecer y reina una cierta oscuridad. Pero hay dos focos de luz.

El primero es el sol. Hay un poniente con un crepúsculo muy rojo. Pero el sol no se ha puesto; por la hora que es, debería haberlo hecho; pero sigue ahí, casi ahogado por las nubes rojas, medio visible, y también él muy enrojecido.

Da poca luz, la que da un fuerte crepúsculo de anochecer; es como un sol nocturno. Y yo voy caminando hacia el oeste, desde el este. Y a mis espaldas (no sé si me vuelvo a mirar o es que lo sé), sube la luna llena. La luna se encuentra a la misma altura que el sol, un tanto elevada sobre el horizonte, como de una hora aproximadamente. Predominan ya los tonos blancos azulados de la luz lunar alta sobre los amarillos de la salida. También se muestra sofocada por un anubarrado bajo que parece que no la deja subir. Y como en el caso del sol, el disco lunar no se encuentra totalmente visible, sino rodeado de brumas.

De momento, el sol y la luna, pasada la hora de su coincidencia en el horizonte cuando el plenilunio (: el sol se pone; la luna sale), siguen coincidiendo todavía al consumarse la primera hora de la noche. Y el paisaje refleja esa luz anómala, y sobre todo, misteriosa.
Y el sueño se reduce a esta sola contemplación. No hay más.

Según puedo evocarlo ahora, muchos años después, consta de unas cuatro ojeadas, como breves instantáneas, profundamente sentidas: primero, veo los olivares, mi paseo por ellos; en continuidad, percibo el foco del crepúsculo, donde descubro el sol; después, hay una contemplación detallada de la luna.

Después, me parece que haya una percepción breve del conjunto: yo paseo por una alta meseta con olivares al anochecer viendo el sol y la luna llena coincidir fuera de hora y como fuera del mundo.

jueves, 22 de julio de 2010

Cuando llegue el fin


Al final de un sueño, camino por un ancho pasillo, bastante concurrido, hacia lo que puede ser la salida al escenario (o al patíbulo). Cada pocos metros, hay bancos con asientos que ocupan la parte central. En uno de ellos, cerca de la salida, está ella, que me observa de frente, sonriendo. Me acerco. 'A pesar de todo,' le digo al oído, 'siempre te querré'. 'Y yo a ti', responde, más amplia todavía su sonrisa.

*

Es mi madre, creo, la que insiste en que acuda a la cita con el señor M.: un señor importante al que nunca he visto, aunque es pariente cercano. En realidad, no es mucho lo que tengo que hablar con él; quizá nada. Parece que la familia ha decidido buscarme un compromiso con una buena chica, un excelente partido. Es uno de esos sueños en que se superponen los tiempos: yo soy un adolescente con todas las posibilidades abiertas, pero también un hombre ya maduro, casado y con hijos. Tengo todas las cartas, o todas las he jugado ya. De ahí mi escepticismo, la sensación de irrealidad cuando acudo al encuentro, que tiene lugar en una cervecería, o acaso en una tienda de colchones (sic). El señor M. es amable conmigo, pero no quiere oír mis aclaraciones: para él no importan. Me trata como a un niño, y yo no necesito mucho esfuerzo para comportarme acordemente. Creo que tiene una foto de la chica (quizá un pasaporte: ella es italiana, de familia noble), pero, aunque la saque de su cartera, sopesándola, no llega a enseñármela. Antes de darme la mano, devuelve el as a la manga. Salgo convencido de que se trata de un error, grato pero absurdo; pero a pesar de todo acudo a otra cena, esta vez entre familiar y de negocios, a la que asisten el señor M. y mi madre, pero también mucha gente que no conozco, un pelotón de contertulios gigantescos vestidos de pingüino, sentados a una mesa de mantel blanco (quizá de papel), mucho más larga que ancha. La conversación me aburre o me aturde, pero ella llama mi atención en seguida, sin decir nada. Está sentada al otro lado de la mesa, junto al señor M., y sonríe. Comprendo. No me habían avisado que fuera a asistir, pero ahí está. Se trata, después de todo, de la figura central del sueño. Es insultantemente joven: una princesa mínima y eterna. Pienso que me gustaría escapar con ella, irnos a jugar; pero sé que, con mi desinterés, mi distancia incrédula, he arruinado el complot familiar. Pese a los esfuerzos de mamá y el señor M., no volveré a ser niño. Recuerdo, no sé si entonces o ahora, el cuento de Rebeca y los gemelos celestes, incluido en El manuscrito encontrado en Zaragoza, de Jan Potocki: a Rebeca, una muchacha cabalista, la educan para llegar a ser esposa de Cástor y Pólux, Géminis. Sin embargo, nunca llega a convencerse de que se trate de un futuro viable: en el espejo donde los invoca, sólo llega a ver (¿o imaginar?) por un instante los pies de los gemelos divinos. Cuando acuden a verla en sueños, y puede ver de cerca sus rostros bellísimos, sabe que vienen a decirle adiós, más compasivos que decepcionados. Así me sucede a mí: su sonrisa, más traviesa que dulce, quiere decir que me perdona, pero también que se burla: no cabía esperar más de mí. Es mucho pedir que uno acepte que la boda que te han concertado por conveniencia familiar, ajena, iba a reunirte con tu propia alma. No será así, en cualquier caso: escapo de la reunión solo y pronto estoy en un almacén cuidadosamente iluminado, como un escaparate, donde reluce el verde de una mesa de billar. Busco, quizá, el servicio, o eso he dicho. En cualquier caso, alguien me llama la atención sobre las cámaras de vigilancia. Están filmando. Busco la puerta de salida, pero antes de llegar a ella el lugar cambia: ya no es un almacén, sino el piso de abajo de un hospital, del que yo intento escapar, quizá para huir de una sentencia de muerte disfrazada de diagnóstico. Los pasillos son, también, los de un instituto a la americana, con sus taquillas a los lados. Los que me acompañan podrían ser loqueros, pero también jugadores de rugby, compañeros de equipo que van a jugársela conmigo. La salida es inminente y ahí está ella.

Cuando llegue el fin,
si no corre prisa,
quisiera beber,
limpia, de su risa;
quisiera tomar
de su mano fresca,
devolverle aquel
beso que me diera.



miércoles, 21 de julio de 2010

Wild Horses


Acérquense a beber:
esta fuente no es de agua:
es de sed.
(Isabel Escudero)


Leo un librito de Jung: El inconsciente, en edición argentina de Losada. Leer a Jung siempre es un placer, o al menos comienza siéndolo. Las primeras páginas contienen un caso de neurosis: una muchacha pierde el control al toparse en la calle con un coche de caballos. Sale corriendo como alma que lleva el Diablo, y al final la encuentran bajo un puente, llorando. La reacción es, en principio, inexplicable. Jung va sacando entonces la batería de pruebas de la psicología de su época: ¿se deberá la reacción a un trauma psíquico, una experiencia desagradable anterior relacionada con los caballos? Como intuye el lector, algo hay de eso: un accidente infantil en el que los caballos del coche que llevaba a la protagonista se desmandaron y ésta tuvo que salvarse saltando del mismo, poco antes de que el vehículo cayera por un barranco. Sucede, sin embargo, que la muchacha ha pasado por experiencias igualmente intensas durante la Primera Guerra Mundial, sin que las huellas de sangre y desdicha se hayan quedado adheridas de forma preocupante a su entorno cotidiano. Hay ahí algo más. Ese algo más, dice Jung con pudor y medida, tiene que ver con el amor. Resulta que la joven venía de una fiesta: una amiga, o conocida, suya, dejaba la ciudad para descansar durante unas semanas en un balneario. Poco a poco averiguamos que la muchacha de los caballos es, de hecho, la causa de que su 'amiga' abandone la escena, pues ambas saben que el marido de la segunda ha tenido, o quiere tener, algo más que palabras con la primera. La reacción desmedida ante el coche tenía por objeto, por supuesto inconsciente, que la llevaran de vuelta a la casa donde se había celebrado la fiesta: aunque su amiga ya no estaría, sí su marido, que sabría consolarla...

Llama la atención el paralelismo entre la investigación psicoanalítica y la policial: ha sucedido, si no un crimen, algo preocupante, y hay que localizar al responsable. La búsqueda del causante, del eventual acusado y encausado, se purifica aquí hasta convertirse en la búsqueda de la causa. Ésta es, en primera instancia, un cúmulo de circunstancias; en segunda, un divorcio entre lo que las personas creen querer y lo que quieren de hecho; en tercera y definitiva, un dios: Eros. El amor mueve el mundo, escribió el joven Cernuda.

Mosquea, desde luego, el cierre. Uno puede dar por bueno lo que Jung, como doctor e inquisidor de la paciente y narrador sabelotodo, nos cuenta, pero sospechar si la cebolla no tendrá aún más capas. Sería, por ejemplo, muy junguiano (aunque el autor no lo hace) recordar el simbolismo del caballo como figura de los instintos del hombre, sus deseos que, a la mínima, se desbocan. Platón acudiría de inmediato en ayuda del intérprete con su auriga y su carro. La muchacha que huye de los caballos, la niña que salta en marcha del coche de caballos, tiene más de caballo que de auriga: como dice Jung, sus actos están regidos por sus deseos inconscientes, sin que ella pueda controlarlos o acepte siquiera asomarse a ellos. Su deseo, en fin, es a la vez desbocado y asustadizo: le cuesta apagar su sed porque teme verse reflejado en las aguas.

No hay mujeres centauros, pero sirenas y ondinas vienen a codificar la idea complementaria de una mujer traicionada por lo que Durand llama su hemisferio inferior, digestivo y sexual. Peces y caballos y sus analogías: no sólo el caballito de mar (tan inocente, o no, como esos del carrusel , lección práctica en que uno aprende que la vida es un ciclo y hay que saber agarrarse), sino la vinculación de Poseidón o Neptuno, dios del mar, con los caballos y los terremotos: en común siempre la idea de la sacudida que le arroja a uno, literalmente, a los pies de los caballos. Las damas que salen del agua, conserven o no su cola de pescado, van dejando manchas en los asientos o el suelo: en alguna ocasión, como en los Relatos verídicos de Luciano, hasta se transforman en un charco salado que la espada del héroe atraviesa, convirtiendo el agua en sangre.

La imagen clásica del auriga y los caballos servía para destacar la importancia de la voluntad: era una lucha de poder entre la razón y el deseo, más o menos compulsivo, pero evidente. En el mundo de Jung, que es el nuestro, el problema es que el auriga no ve siquiera los caballos ocultos en el motor: avanza sin saber qué le mueve ni adónde. Antes o en vez de medir sus fuerzas, debe, pues, cobrar conciencia de su situación. Jung sugiere, desde luego, que la conciencia no puede mandar sobre los dioses (de los que Eros es el principal): debe aprender a pactar con ellos, de modo que el viaje sea excitante pero prolongado, sin despeñarse a las primeras de cambio, pero sin renunciar tampoco a una visión clara, despojada de culpas y temores, del paisaje, borrascoso por necesidad, que se atraviesa. En ésas estamos. Jung renuncia a juzgar a la protagonista de su historia: no sólo no sabe lo que hace (razón suficiente para solicitar el perdón evangélico), sino que hace lo que de hecho quiere hacer, y es 'natural' que lo quiera. Como explicaba Benet, un edificio no se agrieta por molestarnos, sino en busca de un equilibrio que el constructor no pudo prever. Así también nuestros actos buscan el agua: la fuente, quizá amarga, que contiene disueltas, inefables, las respuestas.