domingo, 25 de julio de 2010

El sueño del anochecer (I)


Como comentaba estos días, haría con gusto, si pudiera, un blog dedicado por entero al relato de sueños y las consideraciones que éstos sugieren. La imposibilidad es múltiple: por un lado, ni recuerdo de manera regular mis sueños ni todos los que recuerdo se dejarían contar a las primeras de cambio. Hay, desde luego, toda una literatura provechosa de y sobre sueños, que parte de los sueños de Gilgamesh y el libro de la interpretación de los sueños de Artemidoro para llegar a Dunsany, Freud, Breton y Lovecraft, entre otros; pero uno siente que en este tema la tarea a realizar (suponiendo que haya tal tarea) obliga ante todo a adentrarse con decisión en el bosque propio: sólo con los sueños que uno conoce de primera mano, por haberlos soñado, se dispone de los materiales necesarios para una exploración suficiente tanto del sueño como de sus armónicos o resonancias.

Entiendo, pues, que echar mano de sueños ajenos sólo puede merecer la pena si se trata de materiales inéditos que incluyan, a ser posible, además del relato del sueño mismo, referencias a los contenidos de la memoria que aparecen elaborados en ellos y (lo que sería ya el no va más) criterios útiles sobre cómo establecer las correspondencias convenientes y qué sacar en claro de ellas.

Cumplen estas condiciones, y por eso me planteo acercarlos, varios escritos de nuestro malogrado amigo Antonio Hernández Marín, que concibió el análisis de sueños como una vertiente de su investigación científica, orientada por lo que él llamaba el materialismo animal. De los ensayos que han llegado hasta mí, el que sigue me parece el mejor para entrar en materia: en la introducción, Antonio repasa muy bien qué hay de rescatable en la teoría clásica de Freud y por dónde hay que avanzar si queremos ver en el sueño algo más (o distinto) que el cumplimiento de deseos reprimidos.

Ahí vamos, pues. En esta primera entrega Antonio expone el fundamento teórico de su análisis y relata el sueño en sí. En la siguiente, entraremos, sin temor ni cortedad, en la interpretación.

*

EL SUEÑO DEL ANOCHECER

0. Prescindiendo de la teoría psicoanalítica de Freud, prescindiendo también de su explicación del sueño (su función como satisfacción de deseos), prescindiendo igualmente de su teoría de la libido, quedan las reglas gramaticales que él mismo estableciera para el discurso onírico, concebido aquí como lenguaje.

Son un perfecto reglamento lógico de lo que solemos llamar lenguajes analógicos; los que, como la poesía, el chiste, o el rito, etc, establecen las relaciones de identidad entre distintos términos, no por necesidades lógicas, sino por razones de semejanza y equivalencia.

Freud, al elaborar estas reglas, actuó científicamente (aunque no en todas las ocasiones haya actuado así). Lo importante es comprobar estas reglas con el uso; o, simplemente, seguirlas (cosa que, en mi opinión, no siempre hizo acertadamente Freud). Vale más no inventarse otras nuevas sino seguir estas, que parecen coherentes con lo que, poco después, iba a establecer la moderna Lingüística para este tipo de lenguajes. La elaboración de un poema tiene que seguir, necesariamente, las mismas reglas: la Condensación, el Desplazamiento, y la llamada por Freud Elaboración Secundaria.

Para un poema, la condensación actúa en todo lo que nos cuenta este poema; y específicamente, en la pluralidad de valores que puede aquirir un sólo término, que logra condensar toda una cadena de significaciones (caso de las metáforas). El desplazamiento atañe a todo lo que no nos cuenta el poema, pero, no obstante, se encuentra implícito. Mediante el desplazamiento, ponemos en relieve lo secundario; y ocultamos lo principal (caso de las metonimias, la parte por el todo, el detalle secundario en vez del conjunto).

La elaboración secundaria afecta a la composición de esos sueños en cuyo guión soñamos que estamos soñando. Este recurso motiva por sí solo una teoría específica sobre el sueño (como espacio autónomo de la consciencia), que no entra dentro de mis propósitos (con la poesía, género de creación de específica elaboración secundaria, ocurriría lo mismo: hablar de ella supone teorizar sobre la propia poesía como género).

Como vamos a ver, dado el carácter orgánico que como lenguaje demuestran los sueños, a la hora de abordar su análisis necesitaremos prescindir de todo criterio y teoría psicológicos (que sólo podrán interpretar a su conveniencia) para centrarnos únicamente en los criterios lógicos y funcionales.

1.0 Voy a analizar un sueño del autor, muy simple y aburrido (no ocurre nada), pero lo suficientemente sencillo como para dejarse sondear sin muchos problemas (o eso creo yo....). Y nos dará ocasión para ver cómo funcionan estas leyes gramaticales del lenguaje del sueño. Nos atendremos únicamente a sus reglas de interpretación, prescindiendo de las ulteriores reflexiones en que nos hayamos podido extender en otros análisis. E intentaremos tomarlo como un ejemplo fácil de labor interpretativa.

1.1 Lo primero, como siempre, es describir las fuentes de donde procede el guión de este sueño:

1) La primera fuente es el paisaje árido de mi pueblo natal, sembrado de olivares; paisaje que se repite en el sueño como único escenario.

2) La segunda es el viaje en avión que, pocos años antes del sueño, había efectuado al atardecer, ya puesto el sol, desde Sevilla a Gran Canarias. Una vez a mucha altura sobre el mar, volvimos a encontrarnos con el sol, que también iba sobrevolando el mar, sólo que más deprisa; y se veía bastante rojo y espectral.

3) Una fuente importante del sueño es la enfermedad que me tenía postrado por entonces, a mis 32 años; se trataba de una fuerte hepatitis B. Y me encontraba en la subida del primer mes (de otros muchos largos meses), en cama, y teñido de color anaranjado, cobrizo, o rojizo, según se mirase. Y el rojo que aparece en el sol de mi sueño viene a ser como la hipérbole cromática de mi bilirrubina de aquellos días.

4) Una fuente secundaria, pero importante, es que, dentro de mi dedicación a la Egiptología, la temática del sol y la luna ocupaban una buena parte de tal dedicación. Formando pareja, el sol y la luna aparecen como los protagonistas primarios de mi sueño. Y me resulta indudable que suenan ahí los ecos de mis estudios en horas vigiliares.

1.2 Y por fin, el guionista de mis sueños agitó los ingredientes, sacudió los elementos; y, cuando se posaron los componentes de la mezcla, apareció este simple sueño, que he aquí:

Yo voy caminado solo por una alta meseta al anochecer, a través de un paraje llano y árido, sembrado de olivos. Es un paraje alto, como la cima llana de algún gran monte. Y no se ve a nadie por allí.

Es como el anochecer y reina una cierta oscuridad. Pero hay dos focos de luz.

El primero es el sol. Hay un poniente con un crepúsculo muy rojo. Pero el sol no se ha puesto; por la hora que es, debería haberlo hecho; pero sigue ahí, casi ahogado por las nubes rojas, medio visible, y también él muy enrojecido.

Da poca luz, la que da un fuerte crepúsculo de anochecer; es como un sol nocturno. Y yo voy caminando hacia el oeste, desde el este. Y a mis espaldas (no sé si me vuelvo a mirar o es que lo sé), sube la luna llena. La luna se encuentra a la misma altura que el sol, un tanto elevada sobre el horizonte, como de una hora aproximadamente. Predominan ya los tonos blancos azulados de la luz lunar alta sobre los amarillos de la salida. También se muestra sofocada por un anubarrado bajo que parece que no la deja subir. Y como en el caso del sol, el disco lunar no se encuentra totalmente visible, sino rodeado de brumas.

De momento, el sol y la luna, pasada la hora de su coincidencia en el horizonte cuando el plenilunio (: el sol se pone; la luna sale), siguen coincidiendo todavía al consumarse la primera hora de la noche. Y el paisaje refleja esa luz anómala, y sobre todo, misteriosa.
Y el sueño se reduce a esta sola contemplación. No hay más.

Según puedo evocarlo ahora, muchos años después, consta de unas cuatro ojeadas, como breves instantáneas, profundamente sentidas: primero, veo los olivares, mi paseo por ellos; en continuidad, percibo el foco del crepúsculo, donde descubro el sol; después, hay una contemplación detallada de la luna.

Después, me parece que haya una percepción breve del conjunto: yo paseo por una alta meseta con olivares al anochecer viendo el sol y la luna llena coincidir fuera de hora y como fuera del mundo.

3 comentarios:

Joselu dijo...

No he leído todo el texto que propones, pero sí que me motiva el tema del mundo onírico. Me gusta estar en la montaña, durmiendo con una breve esterilla, lo que me permite en mi tienda asistir a un recital increíble de experiencias de sueño. No sé por qué, pero es así. Quizás sea el sueño irregular, el frío, las ganas de mear, pero me despierto con frecuencia y ello me permite recordar sueños con mayor facilidad que en mi vida cotidiana. Me asombra, alucina y maravilla que esos sueños que yo tengo sean muy superiores en imaginación y potencia narrativa a lo que soy capaz en mi vida gris de la vigilia. No lo entiendo. ¿Qué artista tienen escondido todos los que tienen sueños? ¿Qué energía increíble tiene el cerebro en estado del sueño? No tengo respuestas y no me extraña que durante mucho tiempo se haya atribuido a los sueños un significado premonitorio o simbólico (como Freud). No creo que sean verosímiles ninguna de estas interpretaciones, pero sí que nos conectan con la experiencia de la muerte y su realidad paradójica que pienso que será un fuente se luz. No pienso que el cerebro pueda elaborar semejantes y brillantes relatos sin algún sentido. Es una de las cuestiones que más me intrigan. Me gusta soñar, pero siento envidia de ese soñador nocturno. Es mucho mejor que el yo diurno. Más artista y mucho mejor novelista o cuentista.

Al59 dijo...

Yo tiendo a ver en las interpretaciones el cumplimiento de algunas de las posibilidades del sueño, que de algún modo las contiene en germen, apuntando aquí o allá. En eso sueños y mitos se parecen mucho: como se trata de una síntesis, es lícito y útil señalar que en ellos está presente esto y aquello, combinando así y asá; pero muy aventurado concluir que 'en realidad', el sueño (o el mito) quiere decir precisamente tal o cual cosa. Su naturaleza consiste, más bien, en sugerir: provocar ecos.

javi dijo...

Mi momento favorito es ese instante antes de caer totalmente dormido, en el que la mente proyecta imágenes, no una narración, que obligan a 'atender', pero que en el momento que quieres 'retener', que es el paso inevitable, entonces mutan y se repite el proceso. Es como un juego del gato y el ratón en que el inconsciente lleva a la desconexión al consciente, o tal vez sea el propio consciente disfrazado, no sé, pero como sea le tira (se tira) los cebos que no puede evitar morder hasta dormirlo por fatiga. En un proceso febril o cuando te acuestas algo borracho llega a ser exageradamente intenso.

'He visto', y logrado guardar en el consciente, imágenes que si supiera reproducirlas ahora sería un artista...