miércoles, 14 de enero de 2009

In Averno


Cuando la memoria me lo permite, retomo al despertarme los caminos del sueño. Es un momento difícil: todo tira en ese instante hacia la ducha, que arrastra consigo los restos de la noche y nos bautiza para la jornada laboral. El yo recién despierto es mal cómplice (por necesidad) del juego que acaba de abandonar: aunque desfilen ante él algunas briznas del sueño, suele descartarlas con fastidio. Un segundo después, ya no están.

Hoy, sin embargo, he recordado las imágenes y me he detenido unos minutos a dialogar con ellas. La historia venía de más lejos (siempre es el caso), pero se vuelve reconocible a partir de una alfombra roja en la que alguien acaba de morir, en algún país oriental. A muchos kilómetros de distancia, un grupo de policías dialogan en un bosque urbano de farolas. Hablan del crimen. A un costado, un hombre borroso sostiene en la mano un vaso de plástico con café. Es Peter Falk, Colombo, envejecido de forma extraña. Su cara no es particularmente decrépita, pero está descolorida, casi en blanco y negro. Mirándole, tienes la sensación de que se trata de una foto fija, estática: sin embargo, un segundo más tarde oyes su voz y compruebas que, sin que tú sorprendieras el giro, se ha movido. Falk interviene en la conversación para explicar que el rojo de la alfombra es una añagaza, que disimula el tóxico también rojo vertido en ella. En un momento determinado, tiende su vaso de café a uno de los policías más jóvenes, que se aparta del corro y muere abrasado, los dedos pegados al vaso, sin decidirse a llamar la atención sobre su agonía.

En el sueño soy el compañero de Falk, un policía más joven. A veces veo las cosas desde los ojos de este personaje; otras, le observo desde la nada, como si fuera su sombra. En la siguiente secuencia, Falk está en la barra de un bar, custodiando un vaso de ginebra. El bar es en realidad un chiringuito playero, o al menos callejero, abierto al tránsito, sin paredes. Afuera luce el sol, pero el local tiene la profundidad oscura de un chiringuito de madrugada. Miro a Falk y pienso lo que todo el mundo: tiene un problema serio con la bebida. Sin embargo, a diferencia de todo el mundo, yo sé que el problema es más y menos que eso, una fachada que permite a las ventanas menos visibles del edificio observar, sin ser vistas, las calles.

Oigo a Falk hablar con la camarera, aunque apenas sorprendo su movimiento. Hace un comentario salaz sobre una mujer (la camarera, pienso). Ésta ríe con soltura, sin ofenderse, pero Falk se dirige a mí, corrigiéndome:

—¿No es ésa tu ex-mujer, Benja?

Y lo es. A unos metros del bar (ya invisible) hay una plaza cuadrada, con dos edificios que se observan frente a frente, inmóviles. Uno podría ser un colegio, el otro un internado o residencia. De uno a otro, las colegialas fluyen en animado flujo. P. es una de ellas: el pelo largo y negro recogido con una goma, la falda de cuadros. Sé que no quiere saber nada de mí, pero desde alguna parte Falk me anima a insistir, y lo hago por dos veces. La primera, me acerco a ella cuando está a punto de entrar al internado. Enojada, se aparta (o me aparta con un gesto cuya fuerza, sin tocarme, me arroja a varios metros de distancia). Sin embargo, poco después está saliendo de nuevo del colegio, rumbo a la misma puerta. Yo ya no soy yo: me observo desde cierta distancia y veo cómo arrojo a P. una pelota. Aún enojada, ella se la pasa a la compañera con la que va hablando y ambas llegan hasta la puerta, pero ya dentro me tiran la bola, y al final acaban saliendo a jugar conmigo. No oigo la conversación pero siento la tensión que se va disolviendo, hasta que al final somos, como entonces, dos alegres compañeros de juegos y entramos juntos en la Residencia.

El portero no quiere dejarme entrar, pero P. aclara la situación: es cierto que yo no tengo derecho a pasar (me falta el carnet), pero ella sí lo tiene a llevarme. Cruzamos el Umbral y compruebo que la puerta conduce en realidad a la cabina de un ascensor, bastante amplia. No recuerdo que pulsemos ningún botón, pero el ascensor inicia el descenso, que no tarda mucho en volverse mareante. Parece que alguien ha cortado el cable y caemos a plomo, en caída libre. Sin embargo, poco antes de llegar el traqueteo desaparece, y el aterrizaje es plácido, como en un cojín mullido.

Hemos llegado. Estamos en el Averno, el Soterraño: el Metro. La estación se llama Chasey Lane, o Cytherea. Toda la línea tiene nombres de heteras o actrices porno. La estación tiene tres andenes: dos laterales y uno central. Por este último aparece Cytherea arrastrando, sin demasiado esfuerzo, una red cargada con bloques de piedra. Los va disponiendo de modo que formen (simbólicamente: como quien dibuja en una página unos puntos que hay que unir con la imaginación) una nave. Los galeotes de la misma son sus partenaires en el número sexual que van a montar: unos garañones con indumentaria sádica, terriblemente sumisos en realidad a su presunta víctima.

De uno de los extremos del andén central parte una escalera mecánica. En realidad, son varias: dos o tres que suben y otras tantas que bajan, pero mezcladas sin criterio discernible. Nuestra atención se desplaza del número de Cytherea a la obra de teatro callejero que va a tener lugar en las escaleras mecánicas, y de la cual oímos hablar, confusamente, a la gente. Se trata de un encuentro entre la señora número cinco (a la que todos llaman Carlota) y Don Muerte. Pronto somos espectadores tan próximos que nos hemos integrado en el reparto. Como no sabemos dónde empieza y acaba la obra, subimos escaleras arriba y volvemos a bajarlas en compañía de un grupo de jubilados aficionados a este tipo de funciones. Son vejetes típicos, de media sonrisa entre apacible y aviesa. Tardo en comprender que el más anodino de ellos, un tipo con aspecto de acomodador, es en realidad la Muerte (o más bien, pienso ya despierto, Caronte).

La obra que esperaba ver es en realidad un diálogo que debe tener lugar en el último tramo de la escalera, entre Carlota y Caronte. Los viejetes van hablando sobre ese famoso diálogo, que incluye preguntas y respuestas ya clásicas, pero ellos se libran muy mucho de contestarlas, y por eso llegan indemnes al final del viaje y desaparecen. Pronto estoy solo con Caronte, de nuevo escaleras arriba. Uno de los tramos laterales está en obras, y puedo ver la maquinaria: pese a la apariencia metálica, se trata en realidad de láminas de madera, agrupadas de tres en tres para formar rodillos, como aquellos que, según se cuenta, servían a los esclavos de las Pirámides para arrastrar enormes piedras.

Pregunto a Caronte si las demás entradas al Averno son también estaciones de Metro como éstas. La charla del vejete es interesante, pero escurridiza y fría, como un pescado. Me dice que sólo en Grecia había cien entradas conocidas al Hades, y que al menos diez de ellas tienen esta equipación, completa. En lo que charlamos, me conduce a una de las salidas (o entradas). Es un vestíbulo polvoriento, abandonado, cuyas puertas chirrían. Todo parece a punto de derrumbarse, o está derrumbándose de hecho, pero con un ritmo pausado. El derrumbe, siempre incompleto, está en los planos —forma parte de la estructura.

Salimos al exterior: la boca del Metro da a un gran espacio, un soportal bajo una enorme cúpula. Ya no voy solo con Caronte. Me acompaña otro viajero, un chico joven y fornido que podría bien ser algún amigo de aquéllos. La sensación de derrumbe y locura se intensifica, y de pronto Caronte, con una agilidad impensable, echa a correr y desaparece por una bocacalle. Se oye el ruido de un tranvía que se acerca (las vías atraviesan el suelo de aquella plaza). Aunque intento disuadirle, mi compañero se sube a una enorme moto roja que parte rugiente, rumbo a un accidente seguro. Yo salgo del espacio protegido por la cúpula y me acerco a un quiosco cercano. Lo llevan unas chicas muy agradables, con las que comparto mi aventura. Ellas han pasado también por ello, pero Muerte les dio un salvoconducto que aún conservan y que se ha convertido en herencia familiar. Para enseñármelo, a través de un cristal roto, sacan una de las revistas que están expuestas en los laterales del quiosco: en realidad, es una de esas carpetas que todos pudimos tener en el instituto, con frases llenas de sabiduría caduca y pegatinas del Superpop. Una de ellas, que parece más bien un cromo de un grupo heavy, con abundancia de calaveras piratas, es (eso dicen) el sello de Muerte.

No me da tiempo a pensar. Me atropellan —o despierto.