domingo, 22 de abril de 2012

A la dórica danza

En recuerdo de Alfonso (que le habría encontrado todas las pegas posibles), esta danza de nueve compases en modo dórico, que alterna compases ternarios y cuaternarios.

a

sábado, 21 de abril de 2012

Para que mi voz no muera


Enterrando el corazón
donde a nadie más le muerda,
arrojando la razón
donde nadie más la pierda. 

Con amigos de verdad,
toda magia es verdadera;
enhebrar esta canción
para que mi voz no muera.


Noble vals de Tristán & Iseo

Como diría mi amigo David Mu, aquí va una pieza muy francesa, con ese puntillo cromático entre circense y melancólico. Es preludio o variación de la canción de Tristán e Iseo, ya estrenada por estos pagos.

lunes, 16 de abril de 2012

Fortuna veraz


Una miniatura mínima, incluso entre las de su especie, en tres arreglos bien distintos.






domingo, 15 de abril de 2012

¿Dónde enterrar a un siervo excomulgado?


Por sugerencia de Pepe Pedrosa, a quien tanto de bueno debemos tantos, llegué a un libro de Veronique Campion-Vincent y Jean-Bruno Renard que alguien debería traducir al español: Légendes urbaines. Rumeurs d'aujourd'hui (Payot, 1992 y 2002). En el apartado sobre las leyendas que tratan el tema del canibalismo involuntario (uñas, dedos y otras delicias en hamburguesas y demás), recoge Renard esta anécdota del siglo XVI, que no me resisto a traducir:
En su recopilación de cuentos humorísticos Joci ac Sales (1524), el escritor alemán Othmar Nachtgall, llamado Luscinius (1487-1535), cuenta la estratagema de un señor de Dalmacia para vengarse de los sacerdotes que se habían negado a enterrar a un siervo suyo excomulgado. El noble invita a los sacerdotes a un banquete con el pretexto de hacer las paces y les da a comer la carne del siervo. Tras revelar su acción, dos de los sacerdotes vomitan de inmediato sobre él, mientras que los otros se retiran a las letrinas para purgarse. El relato concluye con ironía: «Continúa el debate sobre dónde quedó enterrado el siervo: bien en la persona de los sacerdotes —como sostiene el señor—, bien en las letrinas o, incluso, en las las rodillas del noble». (p. 120)

sábado, 14 de abril de 2012

¿Qué son las leyendas urbanas?


Como hice la vez anterior, voy a ir subiendo en tiempo real, o casi, lo que voy escribiendo para el estudio introductorio del libro que tengo entre manos. Mi esperanza es que los lectores del blog (y, en verdad, este blog los tiene de excepción) me ayudéis a reflexionar y a enriquecer, y en su caso corregir, el análisis. Gracias de antemano.

*

Del tiempo escribió san Agustín que sabía lo que era cuando nadie se lo preguntaba. En cambio, cuando quería explicárselo a alguien, descubría que no lo sabía.

Con las leyendas urbanas viene a suceder lo mismo: cuando las nombramos, pasa por nuestra mente una procesión de personajes que nos resultan conocidísimos: la señora que metió a su perro en el microondas para secarlo, los cocodrilos ciegos (y acaso albinos) que viven en las alcantarillas de Nueva York, el cadáver criogenizado de Walt Disney, la autoestopista fantasma...

Nuestra familiaridad con estos personajes no solo es mayor que la que tenemos con los protagonistas de otras, como las que escribió Bécquer, o las medievales sobre el rey Rodrigo y la Cava, sino que nos parece intuitivamente distinta: no asociamos a estos personajes con el pasado, sino con el aquí y ahora. Si a menudo nos resulta imposible recordar cuándo escuchamos o leímos por primera vez sus historias es porque las ocasiones para tropezarnos con ellas son múltiples y recurrentes. Parece que nos hubieran acompañado durante toda la vida; y, lo que es más importante: como el rock’n roll o Internet, no parece que tengan la más mínima intención de marcharse. Rock’n roll is here to stay.

Sin embargo, cuando nos detenemos a observar estas historias, tratando de establecer con exactitud qué consideramos una leyenda urbana, surgen las dudas, numerosas y considerables. Por un lado, nos damos cuenta de que lo que se cuenta como leyenda urbana puede identificarse a menudo como una simple variante o versión de una leyenda de toda la vida. Por otro, dudamos si basta con que una historia sabrosa (y ficticia) se extienda como la pólvora (pongamos, la que habla del sabor del foie-gras o la Nocilla con que una muchacha alimentaba de forma peculiar a su perro: una escena de lo más íntimo que, a través de una presunta retrasmisión en directo del programa de TV Sorpresa, sorpresa, habría trascendido a medio mundo) para que podamos considerarla una leyenda urbana, o si en casos así será más adecuado hablar de rumores o chismes.

Libros hay, como el de la gran folklorista estadounidense de origen húngaro Linda Dégh Legends and Belief . Dialectics of a Folklore Genre (2001), de cuya lectura uno emerge tan lleno de dudas y matizaciones sobre las leyendas y el folclore en general que, como el intoxicado por un enteógeno de primera magnitud, duda si volverá alguna vez a manejar con la debida soltura y convicción las categorías que creía indudables.

Si comenzamos eliminando el adjetivo urbanas por problemático (ni todas estas historias suceden en urbes ni es exclusivamente urbano el público que las genera y difunde), nos queda un sustantivo que no debería ser tan difícil definir. Intentémoslo: una leyenda es una historia tradicional breve que cuenta un hecho extraordinario, situándolo en unas coordenadas de tiempo y lugar que, además de ser reales, suelen ser próximas al narrador y su público. Las leyendas resultan significativas porque son ejemplares: contienen una moraleja o enseñanza que, sin embargo, a diferencia de lo que sucede en las fábulas, suele quedar implícita. Aunque los hechos sean ficticios, se presentan como cosa que se cree cierta.

Ahora bien, rechazar sin más el adjetivo urbanas supone renunciar a entender cómo y por qué ha quedado ligado al sustantivo al que acompaña: mala premisa para un estudio del fenómeno.

En su magnífico breviario Rumores y leyendas urbanas (2009) Jean-Bruno Renard nos ofrece las claves que necesitamos para entender cómo surge el emparejamiento. El estudio del folklore se orienta en un primer momento hacia las ‘antigüedades populares’: el estudio de una cultura popular arcaica (cuanto más alejada en el tiempo, más prestigiosa) que pervive en la actualidad. Se recopilan así amorosamente los romances, leyendas, cuentos populares, refranes, supersticiones, etc., procurando siempre localizar o reconstruir la forma más ‘pura’ (antigua) posible.

A finales del siglo XIX y comienzos del XX, tenemos las primeras señales de que los folkloristas empiezan a ser conscientes de que no todo el folklore es trasmisión de algo ya hecho, sino también recreación de lo dado y (¿por qué no?) confección de productos nuevos a partir de diseños y materiales previos. Junto al folklore que pervive y (eventualmente) agoniza y muere, al extinguirse las formas de vida en las que estaba imbricado, hay un folklore que se adapta a las nuevas condiciones (la sociedad industrial, la imprenta, la prensa) o se desarrolla con naturalidad en ellas.

En el caso de las leyendas, se empieza a hablar así de leyendas modernas, contemporáneas o (al fin) urbanas para referirse a un grupo de historias cuyo carácter folklórico no resulta evidente en un primer momento porque no remiten (al menos explícitamente) a un pasado ancestral y remoto, sino que se adhieren a lugares, sucesos y personajes actuales, que el hombre actual reconoce como cotidianos, suyos.

Como se apreciará al repasar la definición que dimos antes, de ningún modo han dejado estas historias de ser leyendas, muy antiguas en algunos casos: sencillamente, hay un cambio en la estrategia que adoptan para hacerse memorables, pertinentes. En vez de enfatizar sus lazos con el pasado remoto de la comunidad, con sus raíces, se elige hacer patente su vigencia, su actualidad.

No nos extrañará, pues, sorprender in fraganti a algunas historias rurales, «de toda la vida», en el trance de urbanizarse: así, como ya comentamos en otra parte, uno de nuestros alumnos nos ofrece una versión de la Serrana de la Vera en que esta ni siquiera se llama así, ni vivió en el Siglo de Oro, sino que es una chica anónima que murió hace poco tras ser abandonada por su novio, y que ahora merodea alrededor de la cueva donde falleció buscando jovenzuelos con los que saciar su sed de venganza. El ejemplo muestra hasta qué punto puede sacrificar una historia todo su lastre más o menos ilustre con tal de conservarse eficaz, actual.

Si nos arriesgáramos a aportar una propuesta más a la confusa selva terminológica en que nos movemos, sería para hablar, sin más, de leyendas activas o vigentes, que se siguen contando de forma espontánea, por oposición a un repertorio de leyendas fosilizadas, que han dejado de circular (al menos en la forma en que nos habíamos acostumbrado a reconocerlas) fuera del espacio acotado de los libros que recogen leyendas tradicionales o recreaciones literarias de las mismas.

jueves, 12 de abril de 2012

Otro cuento marroquí: Aícha Kandicha


Para el maestro Joselu.

Recopiladora: Imane Boukbiza, nacida en Oujda (Marruecos) en 1998.
Informante: Choumicha Alla, nacida en Marruecos en 1975.
Lugar: Oujda.
Fecha: 23 de marzo de 2012.

Un día Aícha Kandicha estaba recogiendo su casa, vino su vecino y le dijo: ¿Vienes conmigo al bosque para recoger leña?, Aicha le dijo que sí, pero él dejó a Aícha recogiendo su casa y se fue al bosque corriendo y después vino. Cuando Aícha iba a ir, le dijo el vecino: Yo no voy, porque ya he ido antes que tú, vete sola. Se fue, pero al día siguiente Aícha quería acabar con él, le puso cola en el burro y cuando el vecino se sentó, le agarró y le metió en una jaula. Aícha le dijo: Te voy a dar tres palos y cada uno tiene su tamaño: el primero es pequeño y fino, el segundo es mediano y el tercero es el más grande y el más alto, que demuestra que cuando seas gordo te coma. Él dijo: Hazme solo un favor antes de que me muera, Aícha le dijo que sí. Y le dijo que trajera a su hija, que tenía solo un ojo, para que lo vigilara. Pues le hizo caso y quedó con ella. Su vecino la mató y le quitó su piel para ponérsela en su cara, le quitó su ropa y parecía su hija. Venía Aícha Kandicha y su familia para comérselo y cuando lo comieron, era su hija. Empezó el vecino a reírse y le dijo: Has comido a tu hija, ja, ja, ja, y se fue corriendo, pero su familia llora, llora y llora, no para de llorar, y Aícha empezó a quejarse.

miércoles, 11 de abril de 2012

Un cuento marroquí: Las mellizas


Poco tardan los niños en darse cuenta de que los cuentos que les contamos, los de toda la vida (Perrault, Grimm, Afanasiev...), se repiten. Hay distancia, pero no tanta, de ahí a darse cuenta, como hizo Vladimir Propp, de que (casi) todos pueden leerse como versiones de un mismo y único cuento, formado por determinadas secuencias, prescindibles unas y necesarias otras, en las que elementos que parecen distintos son en realidad equivalentes desde el punto de vista funcional (así, la necesidad de que haya un héroe que actúe viene dada por una calamidad que cae sobre el reino: el papel está disponible para que lo ejerza una sequía, el robo de un tesoro o de una princesa o cualquier otra desgracia que se preste a ello).

Digo esto precisamente porque estos días estoy leyendo algunos cuentos maravillosos que me traen mis alumnas marroquíes, dentro de la campaña de recogida de leyendas urbanas que estamos haciendo, y estas, caballeros y damas, no son historias que uno haya leído antes, en las que puedas predecir qué va a pasar a continuación. Cuesta entrar en su lógica y asombra su crudeza; pero son, en su exotismo brutal, adictivas. Aquí va una de ellas, a ver qué les parece.

Las mellizas

Recopiladora: Fátima Zahra El Arabi, nacida en 1999.
Informante: su prima Habiba el Arabi.
Lugar: Taurirt (Marruecos).
Fecha: 3-4-2012.

Me contaron que había una vez un rey que tenía dos hijas mellizas y cuando se le murió su mujer, los habitantes del pueblo le dijeron que se casara con otra mujer para tener un hijo que fuera el rey después de él. El rey juró que nunca se iba a casar, y así fue. Pasaron los años y las mellizas vivían en riqueza y cuando ellas pedían algo nunca les decían no. Un día vino al castillo una anciana y le dijo al rey que para que sus hijas no fueran tan vagas, una de ellas tenía que comer la carne de la otra, es decir, que una de ellas tenía que morir. El rey se enfadó y la echó del castillo. Pasó un gran tiempo y el rey se murió y los habitantes dijeron que ellas no podían ser reinas y mandar y decidieron matarlas. Vino su prima que era del otro pueblo y las ayudó a escapar y las llevó por un camino lleno de pinchos y una de las mellizas se rajó y se hizo mucho daño y le salió mucha sangre. Cuando llegaron a una cueva, la chica no pudo soportarlo y se murió. Su prima la cogió y la enterró sola, porque la otra chica, como era tan vaga, no pudo hacer nada, solo estaba sentada y llorando. Cuando se iban a dormir en esa cueva su prima se acordó de lo que dijo la anciana y cogió un cuchillo y le quitó un trozo de carne y la volvió a enterrar. Cuando salió el sol, cogió la carne y la cocinó y se la dio a la otra muchacha para que se la comiera. La chica cuando la probó se levantó y empezó a correr y su prima detrás, hasta llegar a su pueblo y les dijo a los habitantes que iba a ser la reina y así fue desde entonces y no había otra palabra después de la suya. Y la gente dijo:

—¡La anciana tenía razón!

[Las dos mellizas se enfadaban mucho entre ellas, hasta que se iban a odiar por un joven del pueblo. Pero por fin descubrieron que el joven estaba casado y quería mucho a su mujer.]

martes, 10 de abril de 2012

Leyendas urbanas I


Todo tiene, si no su porqué, su aquel. Escribir sobre las cosas que te gustan y te angustian (tus obsesiones, hablando en plata) implica repetirte, y con ello la probabilidad de aburrir a quien te tiene ya oído. Al mismo tiempo, nada como la repetición nos hace sensibles a los encantos de la variación, la evolución, el desvío: no hay dos flores, ni dos instantes, iguales. No he hecho nunca la lista de los temas sobre los que he ido volviendo en este blog: pero el blog la genera automáticamente, o casi. Bien están.

En el otro extremo, escribir sobre cosas que no sabías que te gustaban, o siquiera que estaban ahí, también tiene su punto. Cuando uno acaba de llegar a un lugar (pongamos, a la Bossa Nova, de la mano del ínclito Montano), es sensible a una serie de rasgos que después el trato cotidiano hace invisibles.

Por supuesto, el placer mayor llega cuando uno topa con algo que combina los dos campos: algo sustancialmente nuevo sobre lo que a uno, desde hace tanto, le importa.

Traigo hoy noticia de dos libros que cumplen, para mí, estas condiciones. Tratan de leyendas urbanas, pero no son recopilaciones al uso, ni panfletos ilustrados que tratan de exponer las leyendas (debunking) para librarnos de ellas, ni invitaciones (siempre de pega) al mundo de lo oculto y misterioso.

Ambos son libros breves, y sin embargo (o por eso mismo) dicen cosas inteligentes y nada obvias sobre su asunto. El primero está en inglés: Urban Legends, de Nick Harding, publicado en 2005. El segundo se publicó en francés en 2007, pero una editorial estupenda, davinci, lo ha puesto a nuestro alcance en español en 2009: Rumores y leyendas urbanas, de Jean-Bruno Renard.

El libro de Harding tiene 159 páginas y tres partes: la primera, 'Detrás de las leyendas urbanas', examina los temas recurrentes en estas historias (por ejemplo: Adolescentes en peligro, Comida contaminada, Cuerpos contaminados, Descubrimientos espantosos, Autoestopistas fantasmas), su posible origen, su posición dentro del folklore, su veracidad, su relación con las teorías conspiratorias, su significado cultural y su condición de memes. Se cierra con un dodecálogo a modo de resumen (p. 63) que no me resisto a traducir:

1. Las leyendas urbanas tienen un subtexto moral.
2. Las leyendas urbanas abordan a menudo tabúes sociales.
3. Las leyendas urbanas son básicamente falsas.
4. Las leyendas urbanas evolucionan y se adaptan a la cultura que las rodea.
5. Las leyendas urbanas reflejan en gran medida los miedos de la sociedad.
6. Las leyendas urbanas que tienen una trama sencilla llegan más lejos (travel further).
7. Las leyendas urbanas tienen a veces un elemento veraz en su núcleo.
8. Las leyendas urbanas escapan a la lente del escepticismo crítico.
9. Las leyendas urbanas satisfacen a veces una necesidad cultural.
10. Las leyendas urbanas nos aportan una sensación de control en un mundo en el que no se percibe ninguno.
11. Las leyendas urbanas no tienen un origen real o sus orígenes se han perdido.
12. Las leyendas urbanas son memes.

La lista es interesante e invita a la crítica. Los elementos interactúan: 3 y 7 se corrigen mutuamente. 10 parece generalizar en exceso (sobre las leyendas y sobre el mundo). 11 es correcta si se refiere a que no puede localizarse nunca, o casi nunca, algo que podamos considerar la primera versión de la leyenda (aunque sí cabe hablar de una 'primera versión conocida', que no niega la posibilidad de versiones previas). 12 aporta un punto de vista que resulta seductor, pero del que ya empezamos a estar vacunados: ¿hay algo que no sea un meme? ¿Qué nos aporta considerar las leyendas como memes que no sepamos por otro medio?

En la segunda parte, Harding examina algunas de las leyendas más conocidas, agrupadas en principio por temas: adolescentes en peligro, leyendas de carretera (entre ellas, la autoestopista fantasma), desnudo, cadáveres. Siguen otras leyendas sueltas, como el perro en el microondas y la rata frita de Kentucky. Se cierra el apartado examinando (una de las novedades del libro) las leyendas (¿o meros rumores?) sobre las Torres Gemelas y el 11-S.

El libro se cierra con una tercera parte sobre 'El futuro de las leyendas urbanas'. Se examina aquí el papel que juegan Internet y las películas en la difusión de las leyendas, su uso político, la génesis de nuevas leyendas, los efectos beneficiosos y nocivos de la circulación de leyendas y sus posibilidades de supervivencia. Harding resume en dos páginas (pp. 147-8) las conclusiones de su viaje. Asegura que las legendas nos recuerdan que quizá no todo vaya bien, y que nos incitan a ser precavidos sobre la complacencia en la moralidad y las costumbres. No estoy muy seguro de esto: hay leyendas que combaten los prejuicios racistas y clasistas, pero otras, como la de la mascota mexicana, buscan más bien confirmarnos en la idea, bastante conformista, de que por la caridad entra la peste. La ambigüedad moral de las leyendas tomadas en su conjunto recuerda a la de los refranes, de los que según el maestro Agustín la mitad o más parecen pensados por algún enemigo del pueblo. El propio Harding admite unas líneas más tarde que las leyendas urbanas pueden (y suelen, cabría añadir) ser profundamente racistas y sexistas, y que la mujer apenas tiene otro papel en ellas que errar y sufrir. Con todo, sus últimas palabras son para reivindicar el carácter significativo de estas historias: su estudio, dice, nos revela la psique de una nación. Se entiende que Harding habla para el mundo anglosajón, pero incluso este es plurinacional. Sería mejor hablar de una cultura o civilización en su conjunto, e incluso en ese caso cabe dudar si las historias no pasarán de una civilización a otra (si es que aún quedan varias).

Se hace un poco tarde para hablar del otro libro, el de Renard. Baste decir momento que es aún mejor que el de Harding. Que no es elogio chico.

jueves, 29 de marzo de 2012

Lo que nos duró el enfado


Una canción nueva, también bastante sambera ella.



Así dice la letra:

Lo que nos duró el enfado,
ordenar lo que ha pasado
y volverlo a repetir
por si no fuera bastante malo.

Despertar en un lugar tranquilo
donde nada de esto ha sucedido,
no cerrar jamás
la ventana del desván.

Reiniciar nuestro sistema,
amueblar nuestro problema
y mudarnos a esperar
a que llueva la primera piedra.

Despertar en un lugar lejano,
enredar las líneas de tu mano,
no pensarlo más
y abrazar la oscuridad.

Lo que nos duró el enfado,
aprender lo que ha pasado
y volverlo a repetir
por si no fuera bastante claro.

Despertar en un lugar lejano,
enredar las líneas de tu mano,
no pensarlo más
y abrazar la oscuridad.



lunes, 26 de marzo de 2012

Esperando en la escalera


Estupendo ensayo, si breve, de Ciento Volando. Como fruto inmediato, esta versión instrumental de una de las canciones nuevas que aguardaban su oportunidad, Esperando en la escalera.




Así dice la letra:

Esperando en la escalera
por si sube la marea
dándole a los peces que pensar
en ti.

Caminito de la escuela,
repasando mis tareas,
dándole a los años que contar
de mí.

Ah...

Esperando en la perrera
que te acerques cuando puedas,
dándole a los gatos que maullar
en sí.

Mariposas en la arena,
muchas y ninguna buena
para alimentar mi colección
de ti.

Ah...


sábado, 24 de marzo de 2012

Dentro del Laberinto


He disfrutado mucho volviendo con mis alumnos de Latín (sic) de 4º de este año sobre una de mis películas favoritas, Dentro del Laberinto, de Jim Henson. Aunque muchos no conozcan su nombre, los niños de todo el mundo, desde 1964 hasta hoy, hemos crecido con las criaturas inventadas por Henson (1936-1990), sin duda el artista de marionetas más influyente del siglo pasado. En 1964 creó a los muppets, conocidos en España como los teleñecos, protagonistas de la serie de televisión Barrio Sésamo (Sesame Street), con personajes como Epi y Blas, la rana Gustavo y Triqui (el Monstruo de las Galletas). En los años 80, creó la serie Los Fraguel (Fraggel Rock), que cumplió una función similar con una nueva generación de niños.

El éxito de sus programas televisivos permitió a Henson desarrollar en sus últimos años iniciativas más personales, en las que dio rienda suelta a su amor por los cuentos tradicionales, la mitología clásica y la literatura fantástica. Destacan las películas Cristal oscuro (1982) y Dentro del laberinto (1986). (Sin embargo, su último éxito de taquilla le llegó con un proyecto ajeno y muy distinto: Las tortujas Ninja, de 1990.)

En Dentro del laberinto encontramos a una adolescente, Sarah (Jennifer Connelly), que vive en un mundo personal, habitado por su perro Merlín, sus muñecos y sus pósters, maquetas y libros (entre los que encontramos clásicos como Alicia en el país de las maravillas, El mago de Oz y los cuentos de los hermanos Grimm).

Sarah está obsesionada por un libro llamado Laberinto, y fantasea que ella es la protagonista, una muchacha de la que se enamora el rey de los goblins (duendes), Jareth (David Bowie).
Cuando su madrastra la deja al cargo de su hermanastro, Toby, y descubre que este tiene su peluche favorito, Lancelot, Sarah se enfada tanto que intenta aterrar al bebé diciéndole que se lo entrega a los goblins para que se lo lleven lejos para siempre.

Para su sorpresa, los goblins cumplen su petición. Sarah, arrepentida, pide a Jareth que le devuelva a su hermano, pero el rey le dice que tiene trece horas para cruzar el Laberinto y llegar a su castillo. Si no lo hace, Toby se convertirá en un goblin.

En su viaje por el Laberinto, Sarah se hace amiga de varios personajes que le ayudan en su búsqueda. El traicionero Hoggle, un enano-goblin, trabaja para Jareth y debe llevar a Sarah de vuelta al comienzo del Laberinto para desanimarla, pero la bondad de la chica hace que vacile en su misión. En una ocasión traiciona a Sarah, entregándole un melocotón encantado que es en realidad una de las esferas mágicas de Jareth. Al morderlo, Sarah olvida quién es y cuál es su misión. Sin embargo, más adelante Hoggle se redime cuando acude en defensa de Sarah y sus amigos y se enfrenta al gigantesco guardián de la ciudad de los goblins.

Sarah recibe también la ayuda de Ludo, una criatura similar a un yeti, de apariencia temible, pero en realidad extremadamente amable, y la de sir Dydimus, un valiente perrillo que vigila el paso del Pantano del Hedor Eterno como si se tratase de uno más de los caballeros de la Tabla Redonda.

Como es lógico, al final Sarah cumple su misión, y derrota a Jareth, quien se siente traicionado por la muchacha: después de todo, dice, siempre ha actuado para complacer sus deseos.

El diseño del castillo de Jareth está inspirado en un dibujo del holandés M. C. Escher, que en su obra desafía la lógica, presentándonos, por ejemplo, dos manos que se dibujan la una a la otra, y un laberinto en el que cada tramo y rellano parecen tener su propia gravedad:


En la trama encontramos muchos de los elementos característicos de las historias sobre laberintos: el héroe que debe cruzar el Laberinto, el tesoro oculto, el personaje que traiciona a su señor y ayuda al héroe, el rey tiránico, señor del Laberinto, y el monstruo al que el héroe debe enfrentarse.

No se trata de una película perfecta, pero sí justamente inolvidable. En gran parte, su atractivo se debe a las paradojas que encierra: se trata de una película para niños sobre el fin de la niñez, una película que presenta temas intemporales, arquetípicos (a la Joseph Cambell; no es casual que George Lucas, devoto de este, financiara en parte el proyecto) con un fortísimo sabor de época (la película es ochentil a tope); y un fracaso comercial que ha demostrado después una capacidad de trascendencia muy notable, con secuelas como el manga Regreso al laberinto y homenajes como Mirromask, de Neil Gaiman.

viernes, 9 de marzo de 2012

My White Bicycle


Primer paseo en bici hoy, desde los 15 años. Sensación de libertad. Cruzo las calles como si las subrayara con un rotulador fosforito. Da gusto repasar las calles de siempre desde esta perspectiva inédita. Descubrir que tienen sentidos lícitos y prohibidos, desniveles que un día serán charcos. Como aún no estoy muy seguro de mis fuerzas, me limito a recorrer los dominios cercanos. Como el poeta simbolista que fui de pequeño, disfruto la correspondencia entre el atardecer y los terrenos surreales que recorro, solares decaídos donde se iba a construir toda una urbanización y que han quedado a medio apañar, con calles asfaltadas por las que no pasan coches y que el botellón, tan generoso como importuno, suele regar de cristales. Como el barrendero se abstiene de entrar en la zona maldita, sopeso la oportunidad de llevarme otra tarde mi propia escoba y darle un repaso.

Vi ayer la bicicleta que me regalaron y pensé que, efectivamente, alguna cosa tenía en común con aquella de mi niñez. Pero apenas lo básico. Mi regalo es un animal distinto, mucho más alto y robusto, con dos juegos de marchas y sin la familiar patita negra o plateada donde dejarla apoyada. Tampoco tiene timbre ni faro. Subido en ella, no toco con los pies en el suelo (ni lo debo tocar, me advierte el vendedor, muy de Bilbao él, simpático y sentencioso, pero incapaz de explicarme de forma inteligible cómo marcha el invento). Ni subir ni bajar es fácil, al menos no con gracia, para quien aún no se ha acostumbrado a hacerlo. Por suerte, una vez arriba, todo se simplifica. Hasta el juego de las palanquitas consiste en ir probando hasta hallar una combinación de los engranajes que, intuitivamente, le parece a uno 'la natural'.

El cuerpo, a la vez, se alegra y se queja del reto: duele el culo y se ensancha el aliento. Como intuía (o recordaba), me encanta lo que siento. Y agradezco a mis niños haberme contagiado esta alegría, que yo había ido demorando para cuando viviera en un pueblo de verdad —como si aún quedaran sitios de esos.

En sincronía con mis recuerdos de bici (aquellas tardes de finales de los 70 y principios de los 80 en Majadahonda, con la reina de las piedras), en la radio mental me acompañan versos de Radio Futura: 'a la hora en que cierran los clubs', 'tras algún signo de vida voy / sin sonreír más de lo necesario'. Y no, no ríe uno al ver los coches, esos armatostes que hoy más que nunca se revelan como el enemigo —aunque los conductores de muchos de ellos serán también, en su vida paralela, el ciclista experto y asiduo que yo no soy, esta tarde desde mi bici me parecen todos apresurados, seguros en su esquema de metal macizo, traicioneros y prepotentes.

Es una media hora larga, pero parece mucho más tiempo, como si el cronómetro que va cada año más deprisa hubiera regresado por una vez a las tardes casi infinitas de aquellos años. Pienso en el tite Antonio, en las islas del poniente y los pueblos del sur. Imagino esta entrada: por escribir y ya escrita, al mismo tiempo. Y estoy un instante aquí y allí a la vez, siendo el uno y el otro, conciliados los extremos.

De vuelta a la cochera, no recuerdo las instrucciones para bajar, pero lo hago con naturalidad. Pienso en la otra bajada, la que hice a los quince años más o menos. Te bajas de la bici pensando que el fin de semana volverás a subirte, y al fin de semana siguiente el mundo se ha vuelto patas arriba: tus abuelos han vendido el chalet que era tu Edén, tu amor infantil se ha ennoviado, tu familia se reduce a la inmediata. Toda la vida, desde entonces, pensando en volver a subirme. Y resulta que sí: también eso tenía un momento. ¿Lo tendrán otros anhelos?


miércoles, 7 de marzo de 2012

El testamento de las hadas

(Ilustración de May Gañán para la revista Boronía)

Un día apropiado este para retomar la escritura del blog. Los cumpleaños, a cierta edad, tienen más de memento mori que de jolgorio; aunque me dicen buenos amigos que quién pillara estos años —y tienen razón, sin duda. No han faltado buenos regalos: una puerta que se abre y una bicicleta estupenda, que por lo alta y compleja (hasta marchas tiene) se parece bien poco a la última que monté, allá por los doce o los trece —pero una vez arriba, pedaleando por la galería que rodea el Parque de las Minas, se deja querer y me devuelve sensaciones muy queridas y, a pesar del pesar, nada remotas: lo hondo nunca nos deja.

Repaso lo que he escrito en este día en varios sitios y creo que el conjunto resume bien mis sensaciones. En Twitter meditaba que, puestos a pedir regalos, el cuerpo me pedía uno muy simple: descanso —no necesariamente eterno. Es semana negra, de las que preceden inmediatamente a una evaluación, y tengo compromisos pendientes con la editorial con la que colaboro; pero en fin, si no es hoy, tampoco serán ya muchos más días de insoportable ajetreo.

En Facebook es imposible no asombrarse de la de amigos nuevos y eternos que sacan un rato para enviar un abrazo o un beso. Gracias a todos, y en especial a mi comentarista favorita, que me escribe que Por esta Villa se te quiere y admira. ¿Qué responder a eso? La verdad: que yo sí que me admiro —de tener tan buenos amigos desde tan antiguo y no haberlos perdido, a pesar de mi forma un tanto desmañada de ser.

Buscando otra cosa, en fin, doy con este regalo que me hizo hace tiempo Antonio Hernández Marín, Grifo, Aker. Es un comentario de un poema; que seguramente vale más que el poema en sí. Como le conozco, sé que de las varias interpretaciones que tiene el que haya aparecido este comentario justo hoy, justo ahora, él elegiría la misma que yo. Gracias, tite Antonio. Gracias también a May, que puso imagen a este poema para un número especial de la revista Boronía: rescatado va, al comienzo de la entrada. Gracias también al buen amigo que ha abierto la puerta a la que he aludido antes, y de la que volveré a hablaros, si ha lugar. Gracias a todos. Y que dentro de un año sigamos en pie.



*

En el estanque un barco de papel
contiene el testamento de las hadas.
Lo ven aparecer todos los niños
cuando es la hora de volver a casa.


Interesante poemita que contiene todas las claves de su autor, que resulta clarísimo (en poesía, todo es clarísimo y oscurísmo); pero del que uno, como siempre, sólo puede comentar la impresión que le haya producido. Vaya:

a) La presencia de la rima (asomante en este caso) da al poema un tono de sencillez, de canción. El poema se presenta, además de por sus reducidas dimensiones, como algo muy sencillo. ¿Lo es?

b) Se dan varios elementos relacionados. La estructura no es lisa sino compleja. Los niños ven el testamento de las hadas cuando tienen que volver a casa. No pueden detenerse en él sino dejarlo ahí (oposición estanque-casa como de infancia-vida adulta). Inevitablemente, por tanto, los niños están condenados a hacerse hombres mayores y a abandonar el mundo aquel (el 'estanque' tiene connotaciones uterinas, de vida prenatal; o de infancia como continuación de la vida aquella; todo en el sentido de que solía hablar, por lo poco que sé de él —gracias, Al—, Ferenczi con su enfatización de la 'vida' prenatal —una vida completa y compleja— como origen de nuestra vida psíquica posterior).

c) Además, los niños no se encuentran directamente en el mundo de las hadas (el mundo prenatal, reconocible, siquiera, por su anterioridad al niño). Solo le queda de ellas su 'testamento' y legado. La infancia constituiría así una existencia en línea con la vida compleja prenatal, el mundo maravilloso de todas las hadas.

d) Ante esto, se me ocurre decir, como conclusión, que la poesía de Al (en este y otros muchos poemas) no trata sobre el recuerdo de la infancia, aunque la infancia tenga que ser evocada una y otra vez. Trata, ante todo, de la pérdida de la misma: de la expulsión del Paraíso, del final de la edad de oro mítica, etc... Nada extraño en un autor en el que las referencias mitográficas forman parte esencial de su formación y discurso. La posibilidad más lógica es la de conformar también así su discurso poético. Su tono me parece, aquí, afín al citado antes de Ferenczi. Pero, eso sí: Al tiene toda esa cultura que faltaba al gran psicoanalista. Bienvenida sea.

¿Que por qué puedo analizar así un poema tan corto y extenderme tanto? (preguntarán escépticos).

Por nada de especial. Sino porque me encuentro, se podrá comprender, en una posición privilegiada respecto a este poeta: lo conozco desde su nacimiento poético, desde antes de que la hora de la cena lo hubiese alejado del estanque. Nada más.
Saludos, amigos.

Grifo

13/05/06 11:45

domingo, 26 de febrero de 2012

Condiciones de luna (2/2)


ACTO SEGUNDO: ANA

La misma cama, pero ahora en lo que es, evidentemente, una celda o habitación de hospital. Sara está mucho más demacrada. Le cuesta moverse.

SARA: Venga, va. ¿Quieres salir? Sé que me estás escuchando, y yo me aburro de hablar sola. ¿Tanto te divierte esconderte? ¡Lo que os cuesta a los fantasmas salir del armario!
ANA: ¡Uh!
SARA: ¿Dónde estás? Llevo horas buscándote. Pareces un camello, que nunca está cuando lo necesitas. Entiendo que los demás se hayan ido, pero ¿tú? Te tenía en más estima que todo eso.
ANA: ¡Ah!
SARA: Si eso es lo que te preocupa, yo no le voy a contar a nadie. Soy lo bastante chiquita para tener una amiga invisible, y lo bastante mayor para saber que estas cosas no hay que contarlas. Por tu seguridad, mayormente...
ANA: ¡Eh!
SARA: No está bien visto que os toméis estas familiaridades. Pero no te preocupes. No nos ve nadie. No hay cámaras. Venga, no seas moña. Sal.
ANA: ¿Y?
SARA: ¿Estás debajo de la cama? ¡Qué truco tan barato!
ANA: ¡Oh!
SARA: No me digas más. (Volviéndose) ¡Eres el monstruo que siempre estás detrás de mi nuca!
ANA: ¿Detrás de ti? Nunca.
SARA: De mí. Como siempre.
ANA: Apura ese siempre. No creas que le queda mucha cuerda.
SARA: Qué ceniza eres. La verdad es que estabas mejor escondida. Venga, métete otra vez dentro (fuera, quiero decir) y yo te busco. ¡¡¡Ah de la Muerte!!! ¿Nadie me responde?
ANA: Depende.
SARA: ¿Qué tengo yo que mi amistad rehúyes?
ANA: Unos kilos de más. Yo por debajo de princesas no trato.
SARA: Pues para no bajar al nivel de la plebe, qué golpe tan bajo acabas de darme. ¿Eso valgo para ti? ¿Lo que dejo de pesar?
ANA: Al contrario. Lo que te nutre, te destruye. A cada lastre que sueltas, eres más libre. Estamos (porque así lo has decidido) más cerca cada vez. Un rato más y nos vamos (si tú quieres) de aquí juntas. Morir no está tan mal. Todo es cuestión de soltar amarras.
SARA: Qué generosa eres.
ANA: Ávida, más bien. Pero hay motivo.
SARA: Poco motivo, ya. Ni mis padres se preocupan de mí. Los muy cabrones.
ANA: Ya no eres su problema. Te internaron. Te desterraron. Y los doctores, ya ves. Hace tiempo que te dan por perdida.
SARA: La niña perdida y hallada en tus brazos. Que no en los de la psicóloga aquella.
ANA: Bueno. Mía y yo nos parecemos más de lo que crees. Las dos te queremos sacar de aquí. Las dos te queremos, puti. Cada una a nuestro modo.
SARA: No creo que ella quiera llevarme a su casa, como tú.
ANA: No te equivoques. Que vengas conmigo no significa que vayas a vivir conmigo. Todo lo contrario.
SARA: Qué fantasma eres. ¿Intentas asustarme?
ANA: ¿Debería?
SARA: No sé si podría. Asustarme, digo. Si estoy aquí, es porque le he perdido el miedo a llegar hasta el final, a ser coherente y marcharme.
ANA: Qué generosa eres contigo misma. Otros dirán que le tenías demasiado miedo a vivir.
SARA: Qué cosas dices. No es tu papel decir eso.
ANA: ¿No es mi papel? ¿Tan presa me crees de lo que piensas que soy?
SARA: Todas sois iguales. Decís que me queréis abrazar, y luego me dais la puñalada.
ANA: Ah, no. Yo solo he prometido darte la puñalada. ¿No me llamabas para eso?
SARA: En realidad, no te he llamado. ¿Crees que no sé lo que hay? La gente cree que se muere y que vienen, quién sabe de dónde, los gusanos a comérselos. Pero yo sé que no.
ANA: ¿No?
SARA: No. Los gusanos crecen dentro de uno mismo. Siempre han estado ahí. Son toda la basura, toda la impureza que has ido acumulando dentro de ti. Un segundo en el paladar y una eternidad en la cartuchera.
ANA: Y eso, ¿qué tiene que ver conmigo? Si me estás llamando gusano grasiento, es tan absurdo que ni alcanzo a ofenderme.
SARA: No te hagas la tonta. Tú eres yo. Mi espíritu tutelar. Mi Doble. Estás conmigo desde siempre. Estoy enferma y hablo conmigo misma. Como todos.
ANA: Me vas a asustar, niña. Me asusta la seguridad con que lo ves y lo dices todo.
SARA: Qué le vamos a hacer. Soy una moribunda. Me asiste el don de la clarividencia.
ANA: Pues nada. Retiremos las luces de la sala, no vayas a opacarlas con tu brillo.
SARA: Bien harías. Y guarda los espejos. No me gustaría quedarme encerrada en uno de esos, teniendo que venir a rendir cuentas cuando me invoquen las de mi clase con una Biblia y unas tijeras.
ANA: Esas historias de espejos, que te cuentan para meterte miedo... ¿Tú has leído a Tolkien, verdad?
SARA: En español y en inglés.
ANA: Recordarás entonces que también Galadriel, la reina de los elfos, tenía un espejo. ¿Te acuerdas qué vio cuando miró en él?
SARA: ¿No era Frodo, el hobbit, el que miraba?
ANA: Técnicamente sí. Pero todo forma una cadena: Frodo mira en el espejo y, asustado por lo que ve, intenta convencer a Galadriel para que acepte el Anillo y se convierta en reina de la Tierra Media....
SARA: Una reina majestuosa y terrible. Ya me acuerdo...
ANA: Entonces Galadriel valora esa posibilidad, o recuerda haberla valorado en el pasado, cuando se miró en el espejo. Y llega a su conclusión: rechaza la gloria, la vanidad del mundo. I will diminish...
SARA: ¡Claro! Me haré pequeña. Disminuiré. Y me iré a Valinor, a las tierras de Occidente...
ANA: Así es. 'Conviene andar muriéndose. La tarde lo aconseja'.
SARA: Partamos, entonces. Yo ya estoy hecha pedazos. No te queda mucho que separar de la sábana.
ANA: Cuánta prisa. Luego quieres que crea que no te da miedo quedarte.
SARA: Olvida el tema. ¿Adónde vamos? ¿De compras? Con esta talla me va a caer todo de fábula.
ANA: ¿Te han puesto una moneda bajo la lengua?
SARA: Y una tarjeta de crédito. Es por que no me la muerda.
ANA: Poco veneno te queda. Pero dime: ¿algunas palabras para la galería? Hoy día las paredes no son lo que eran. Ni a papel llegan. Aunque creas que no te oye nadie, igual el eco de tu voz viaja por las tuberías y acaba llegando a la prensa, o a casa de tus padres.
SARA: Me da igual. No tengo nada que decirles. No les reprocho nada.
ANA: Te dan igual, entonces.
SARA: No he dicho eso.
ANA: Matiza, entonces. Es el momento. No habrá otro.
SARA: Siento... Bah, es una tontería.
ANA: También las tonterías hay que arrojarlas. Dilo.
SARA: Siento un poco no haber aceptado el abrazo de la psicóloga.
ANA: Vaya.
SARA: Quería demostrarme algo. Me retó y me rajé. Hubiera preferido abrazarla y decirle: '¿Ves? No significa nada.'
ANA: ¿Y no habría significado nada?
SARA: (Dudando) A lo mejor, sí. A lo mejor sí habría significado algo. Pero da igual, el caso es que habría salido ganando. Ahora me roe la duda.
ANA: Siempre lo he dicho. Con lo pesada que es la Esperanza, la Duda es mucho peor. Es la primera que llega y la última que se va. ¡Lo que cuesta despejarla!
SARA: No me entiendas mal. Quiero irme. Pero vienes a pincharme con esas mandangas, de las últimas palabras y demás. ¿Qué quieres? De algo hay que hablar, en lo que acaba de hacer efecto la anestesia.
ANA: No me enfado. No te enfades. Mira, te he traído una cosa. Un regalo.
SARA: ¿Bombones? Espero que no sean de la caja roja. Por menos de Lindt, ya no me rebajo a vomitar nada.
ANA: Bombones, no. Bombillas. ¿Ves este mando, con la rueda en el centro? Prueba a moverla.
SARA (con dificultad): Ok. Está duro. Lo muevo. ¿Qué pasa? [Baja la iluminación del escenario.] ¡Hostias! ¡Qué guapo!
ANA: Es mi regalo de despedida. Como diría un sabio Zen, ilustra la situación. Tú decides cuándo apagar las luces. Aunque, de todas formas... a las pilas tampoco les queda mucho.
SARA: Ana…. ¿Te llamas Ana, verdad?
ANA: Si tú lo dices, sí. Con lo que quieran llamarme, me tengo que conformar.
SARA: Qué coplera eres. Ana… ¿Tú me darías un abrazo?
ANA: (Turbada.) Bueno, no sé. Es algo irregular esto que pides.
SARA: No seré la primera.
ANA: No sé qué decirte. Me han invitado a jugar al ajedrez, a las 3 en raya y al escondite. Me han atado a la silla, en un descuido. También me han llamado como si fuera la novia que nunca tuvieron, o la madre que les quité de pequeños. Lo habitual. Pero llegado el momento, abrazos los justos. Soy fría, o friolera. Esto tan latino de andar sobándose no te creas que me llama mucho.
SARA: ¿Le vas a negar a una muerta su última voluntad?
ANA: Depende. ¿Tienes dudas?
SARA: Ya no.
ANA: ¿Se cortó el hilo? Lo uno por lo otro, entonces. Apaga la luz y te abrazaré.
SARA: (Girando la rueda. De aquí hasta el final, va bajando la luz.) Ven aquí, labios de bombón.
ANA: Vengo.
SARA: Qué labios tan dulces tienes.
ANA: Para morderte mejor.
SARA: No sé, ahora pienso…
ANA: Es tarde. No estropees el momento.
SARA: Pero…
ANA: Déjate ir. Descansa. Ya lo has echado todo.
SARA: ¡Papá! ¡Mamá!
ANA: Duermen.
SARA: ¡Mía!
ANA: Toda tuya, Sara. Ni de Dios ni de nadie.
SARA: Mmmmmmm….
ANA: Ya, ya. Siempre es igual. Sosiega. ¿Quieres que te cante una nana? ¿Sí? Venga:

Condiciones de luna
tiene mi amante,
tan pronto creciente
como menguante
—y cuando es llena,
no sé lo que me pasa,
que me da pena.

Al pasar la barca,
me dijo el barquero:
Obsidiana blanca
y asfódelos negros.
Nieve entre los dientes.
Sangre de perfil.
Eres lo que pierdes.
Sácame de aquí.


Ruido de un cuerpo al caer en la oscuridad. Silencio.

sábado, 25 de febrero de 2012

La ciudad de las sirenas


Pues sí. Unos días tanto y otros tan poco. Influirá que tengo bastantes encargos que hacer, y por eso me llueven las ideas. Va esta pieza instrumental en 6/8 en dos versiones, si alucinada la primera, alucinadísima la segunda. Choose your pick!




Condiciones de luna (1/2)


Febril asunto. No pude terminar el día sin darle una forma a la obra que vino ayer a rondarme. Son dos actos y un mínimo prólogo. Aquí va la primera parte.

CONDICIONES DE LUNA

Tragicomedia mítica en dos actos

PRÓLOGO

[Escenario a oscuras. Va surgiendo una música infantil, de xilófonos y percusión metálica, como de llaves. Cuando lleva un rato, alguien canta o recita con voz contrastante, áspera, los versos de la famosa seguidilla:

Condiciones de luna
tiene mi amante,
tan pronto creciente
como menguante.]

[Más música. En el mismo tono de antes, pero más turbia. Ruido de pasos. Va entrando la luz.]

ACTO PRIMERO: MÍA

[La luz revela una habitación, con una cama y posters en las paredes. Todo muy teen, aunque con un toque de gusto mórbido: más emo y gótico que punk. Sentada en el centro de la cama, en posición semibúdica, está Sara, una chica guapafea, en pijama o salto de cama y maquillada en blanco y negro, con cierta saña. Se está comiendo una tableta enorme de chocolate Nestlé rojo.]

SARA. Siempre me ha gustado el chocolate. Empiezo una tableta y no puedo parar, directa hacia el ataque de acetona. Suerte que una pueda arrepentirse y limpiarse. Unos segundos ante la taza y como si nada.

[Entra en la habitación la psicóloga, Mía. Va vestida en un estilo a lo Trinidad Jiménez, en plan mujer liberada con su poquito de cuero, que le marca sobre todo el escote, poderoso y bien presente. Lleva un cuaderno de notas y un rotulador de punta fina.]

MÍA. Hola. ¿Diana? Soy Mía.
SARA. Diana no. Mis padres iban a llamarme Diana, pero al final me pusieron Sara. Una putada, la verdad. Diana es nombre de princesa, de diosa. Sara es nombre de gorda. Como Peggy.
MÍA. Así será, si así te parece. Yo soy Mía. Psicóloga y terapeuta.
SARA. Una matasanos, vaya. Te han avisado mis padres, ¿no? Por la movida de esta mañana.
MÍA: No soy una matasanos, Sara . Soy terapeuta junguiana. Terapeuta, que cura a la gente. Y junguiana, de Jung, el discípulo de Freud.
SARA: El que se tiraba a su paciente judía, sí. He visto la película. ¿Y cabe todo eso en tu tarjeta de visita?
MÍA: Disculpa. Como a los de la ESO hay que explicároslo todo...
SARA: No será a mí. Yo hice Cultura Clásica y Latín. Y este año, en Bachillerato, tengo Psicología.
MÍA: Pues sí que te inflas cuando quieres. No me extraña que me hayan llamado. ¿Qué estás comiendo? ¿Es lo mismo que vomitaste antes?
SARA: Te veo bien informada. Es chocolate, sí. El chocolate me encanta. Aunque es una mierda. No hay más que ver el color: cuanto más puro, más tenebroso. Y si hacen chocolate blanco, chocolate Michael Jackson, es precisamente por eso, por una mierda racista. Huyen de las tinieblas. Pregúntales a los colgados. Ellos le llaman mierda al chocolate. Y lo llevan en el culo cuando pasan la frontera.
MÍA: Ya veo. Impresionante. Una chica bulímica de 17 años que sabe decir culo y mierda. No sé si quedarme o salir huyendo. Lo mismo piso y me resbalo. A todo esto, Sara, ¿qué te pasa? Si es que lo sabes.
SARA: Pues claro que lo sé. Está fácil la cosa: yo no quiero ir a más.
MÍA: Te niegas a crecer.
SARA: Yo no sé que es crecer. Pero creo que es algo que el cuerpo hace solo, a su bola. Y no tiene nada que ver con engordar. A pesar del chocolate, yo era gordita de pequeña y después pegué el estirón y me hice más delgaducha. Eso es crecer.
MÍA: A veces. Pero crecer también es que te salgan curvas, hacerte una mujer.
SARA: Ya sé por dónde vas. La regla con sangre entra, y todo eso. Que, como es natural, nos tiene que llenar a todas de felicidad. Porque de eso se trata, ¿no?, siempre de llenarnos, de inflarnos para que ocupemos bien nuestro puesto. Y si no alcanza, ya nos darán rellenos o nos animarán a operarnos. ¡Tetas que no falten! ¡Hay que tenerlas siempre a mano!
MÍA: Tú también has tirado de teta, cuando eras cría.
SARA: Y ahora sigo bebiendo leche. De vaca... Lo que la mano no cubre…
MÍA (molesta): …no es teta, es ubre. Ya. Como las mías. ¿Quieres decir eso?
SARA: Te lo dices tú todo.
MÍA: Te traduzco. Aunque no lo creas, en eso consiste mi trabajo.
SARA: Venga. Voy a traducirte yo un poco lo que me pasa. Para que no digas que soy una adolescente confusa y todo eso. Lo que pasa es esto: que las princesas, las que vosotros llamáis anoréxicas y bulímicas, somos el Coco. Las nuevas brujas, las últimas revolucionarias. Os traemos el Apocalipsis a todas las viejunas que 'tenéis las cosas claras'. Nos tenéis miedo. Por eso censuráis nuestras páginas, como si fuéramos terroristas. Os obsesiona la idea de colocarnos un filtro. No queréis que pensemos por nosotras mismas, que hablemos entre nosotras y saquemos conclusiones. Pero, al final, nosotras mandamos: no es la moda quien nos hace así, sino nosotras las que dictamos la moda, como los gays. Sois vosotras las que generáis ideología para huir del espanto de estar cada vez más viejas y más gordas. No me extraña que nos envidiéis. Decís que tenéis una vida plena; pero queréis decir saturada. Así nos queréis a todas: polisaturadas. 'Pienso luego existo'. ¡A otro marrano con ese pienso!'
MÍA: Bah. En realidad, todo ese rollo autodestructivo es más viejo que el mear. Si hubieras vivido en el 77, en vez de una princesa ana-mía, serías una punki yonki.
SARA: Pues sí que me entiendes tú, perspicaz psicóloga. Yo estoy limpia. Si de algo no va mi rollo, es de meterme. Me horroriza la idea de meterme basura en el cuerpo.
MÍA: Pues eso pienso yo. Que tú meter, meter, nada...
SARA (ruborizándose): Vaya con la terapeuta. Ahora me sales con el psicoanálisis de toda la vida, machista y cutre.
MÍA: Por lo que he visto de tus andanzas en el chat, no pareces una santa precisamente. 'Guarriya17'. Yo no me pondría ese nick si no quisiera meterme un poco de alegría al cuerpo...
SARA: Bah. Me encanta poner burros a los tíos. Casi tanto como el chocolate. Pero me aburre la idea de hacer nada con ellos.
MÍA: ¿Hijos, por ejemplo?
SARA: O follar. Son todos unos brutos. Tengo yo mejor mano para esas cosas.
MÍA. Y te sobrarán dedos.
SARA: Sin faltar, ¿eh? Yo no te he pedido que vengas.
MÍA: Algunos dirían que sí. Que, de hecho, todo lo que has hecho, lo sepas o no, es una llamada de atención. Cada vez que vomitas o te niegas a comer, estás pidiendo ayuda. Marcando mi teléfono.
SARA: ¿Ah, sí? ¿Y a qué me vas a ayudar tú?
MÍA: No lo sé. ¿A aclararte, por ejemplo?
SARA: Yo tengo las cosas muy claras.
MÍA: Y el chocolate espeso. Ya veo las manchas.
SARA: Y dale con el tema. Qué golpe bajo. ¿Es por lo de las tetas de antes?
MÍA: Todo es posible.
SARA: Mira, en el fondo es muy sencillo. Yo no quiero ponerme como tú, ni como mi madre. No quiero ser como vosotras.
MÍA: ¿No será que no sabes lo que quieres ser?
SARA: A lo mejor. ¿Tan malo es eso? Te veo venir. Tú crees que yo me odio o algo así, que odio ser humana.
MÍA: Algo hay de eso.
SARA: Pues no. ¿Como era aquello? No soy de piedra. 'Si nos pincháis, ¿no sangramos? Si nos hacéis cosquillas, ¿no nos reímos?, Si nos envenenáis, ¿no nos morimos? Y si nos ultrajáis, ¿no nos vengaremos?'
MÍA: Qué redicha eres. 'Si nos pincháis...' ¿Y si te abrazo?
SARA (incómoda): ¿Y por qué me ibas a abrazar?
MÍA: ¿Y por qué no?
SARA: ¿Porque no eres mi madre? ¿Porque no me gustas? ¿Porque no te conozco de nada?
MÍA: Pues menos mal que la convencional y la estrecha soy yo.
SARA: Y una maldita metomentodo. Una mercenaria del amor. El puto humanitarismo, a sueldo. Como una máquina. Yo marco, mi madre echa la moneda, y por la ranura sale una psicóloga interina dispuesta a abrazarme. Así funciona el amor. Entrañable.
MÍA: ¿Tanto miedo te da dejarme entrar? ¿Es para tanto?
SARA: No me digas más. No me dolerá. Solo la primera vez. Es cuestión de dilatar el conducto.
MÍA: Primero, lubrificarlo. Pero el cuerpo, si le dejas, ya se encargará de eso. No tengo prisa, Sara. No te propongo nada artificial.
SARA: Todo. Todo es artificial. Que vengas a verme. Que finjas que te importa lo que me pasa. Que te paguen por ello. ¿A ti te parece normal eso?
MÍA: ¿Ahora queremos ajustarnos a las normas? ¿A las de quién?
SARA: No sé. Tú a las del libre mercado, supongo.
MÍA: Ya. Tú eres más del estado del malestar.
SARA: Y tú una mala profesional. ¿No te han enseñado a no implicarte emocionalmente con tus pacientes?
MÍA: ¿Ahora me vas a enseñar a hacer mi trabajo? Mira, a lo mejor lo que me han enseñado es que mis pacientes deben implicarse emocionalmente conmigo, si queremos que haya algún avance.
SARA: Ya. Pero ¿tú? ¿Tú también vas a hacer como tu maestro, enamorarte de tus pacientes?
MÍA: ¿Estoy enamorada de ti porque te quiero dar un abrazo? Menos mal que no he traído un anillo para pedirte en matrimonio.
SARA: Qué bonita eres. ¿En eso consiste ser psicóloga, en dar cortes?
MÍA: Tú tienes un ego bien gordo. Igual no le viene mal un recorte que otro.
SARA: Y luego dices de mis amigas del Tuenti. Pues mira, ninguna es la mitad de falsa que tú. Lo que dicen, lo sienten.
MÍA: Hay mucha verdad suelta. Y poco control de calidad.
SARA: Ya. Tu mentira es buena. Universitaria. Sin colorines ni cursilerías.
MÍA: Entre otras cosas.
SARA: Pues yo me quedo con la verdad de mis amigas. Ellas entienden lo que me pasa, porque les pasa también a ellas.
MÍA: ¿Ahora es cuando me toca decir a mí que yo también he sufrido? Vivir es sufrir, Sara. No solo, pero en buena medida.
SARA: Pues sufre tus movidas, y déjame de una vez con las mías.
MÍA: Solo el médico herido puede curar.
SARA: ¿Y para eso me quieres curar tú? ¿Para seguir sufriendo?
MÍA: Míralo de otro modo. Sea lo que sea lo que te pueda ofrecer esta situación, esta experiencia, ya lo has pasado. Medita sobre ello. Aprende lo que puedas y pasa página. Sufre (y disfruta) por otra cosa.
SARA: Ya. La que vosotros elijáis por mí.
MÍA: Otra cualquiera, Sara. ¿Tanto mola esta?
SARA: Pues sí. Tú no lo entiendes, pero sí. Mola sentirse viva. Mola que nadie te entienda. Mola hacerse cortes y sentir que sangras.
MÍA: Pero no mola nada que te abracen.
SARA: Si es el abrazo del oso, no.
MÍA: Pues nada. Te quedas sin abrazo. Ya es la hora. Me voy.
SARA: Qué pena. ¿Ya se me ha acabado el crédito? Tengo aquí una hucha. ¿La rompo y te compro una hora más?
MÍA: Una hora no puedo darte. Te queda un minuto de prórroga. Dime lo que quieras, si quieres, y piensa en lo que hemos hablado. Y cambia de chocolate. Es tontería montar el número por una tableta tan cutre.
SARA: No quiero nada.
MÍA: Eso me temo. Que te lleves dos tazas. Adiós. Lo siento.

viernes, 24 de febrero de 2012

Condiciones de luna


Idea para una obra de teatro (que no escribiré; no es mi género): Las fases de Sara. La obra tiene dos partes, de las que solo conozco el arranque:

SARA. Siempre me ha gustado el chocolate.

y

SARA. Cada vez estoy más gorda.
ANA. Tienes que morir. No está tan mal. Todo es cuestión de probarlo.

En la primera parte, la protagonista dialoga con Mía, la Luna Creciente. Hablan de la infancia, de los sabores que les gustan, de la sensación de crecer —y meterse en problemas. A Sara iban a llamarla Diana, y esa fue, cuando lo supo, su primera decepción. Diana es un nombre bonito; Sara es un nombre rechoncho, de gorda. Se podría usar la música (y la letra) de All Too Much, de los Beatles (all the world is Christmas' cake, take a slice, but not too much).

En la segunda parte, Sara habla con Ana, la Luna Menguante, sobre el suicidio, sobre la sensación liberadora de ser y hacer cada vez menos. Aquí las canciones serían otras: She said / I know what is like to be dead y One pills make you larger... and the one that mother gives you don't do anything at all. Referencias irónicas a La náusea de Sartre, que Sara no ha leído (yo tampoco; Ana, sí: hay poco que ella no sepa, aunque lo recuerda todo fragmentado, como si le costara descomprimirlo. Su verdadero recuerdo infantil es el Big Bang, o algo parecido.) Se trata, sí, de la náusea y el vómito: echarlo todo fuera, liberarse hasta las últimas consecuencias.

Podría haber un coro a modo de prólogo:

Condiciones de luna
tiene mi amante,
tan pronto creciente
como menguante.

Y quizá ese fuera un título mejor para la obra: Condiciones de luna.

También se podría aprovechar la canción Reina de la noche:

Y afuera en la calle brilla el envoltorio usado
de una luna gris;
pálida luz sobre tus medias rojas.

Sara es una chica emo, guapafea: atractiva pero propensa a engordar y a enflaquecer, seducida por los extremos: la perfección y la autodestrucción, lo banal y lo grandilocuente. A veces siente que el mundo le debe algo; y otras que es ella la que ha acumulado material prestado y debe (literalmente) devolverlo.

La obra, en fin, hablaría de la anorexia interpretándola desde un sustrato mítico (un complejo de Diana, donde la diosa tiene dos rostros o fases: Ana —la anorexia— y Mía —la bulimia—). Quizá se tratara de dar eso, un contexto al folklore que han desarrollado estos grupos, tan banales y refinados al mismo tiempo. Sería una obra sin moralejas, desde luego; aunque ilustraría sobre la seducción que ejercen las pautas (y las tallas) y la dificultad de escapar a su encanto letal.

jueves, 16 de febrero de 2012

Mapas de lugares inventados (cantada)


Pues eso: así viene a sonar una maqueta muy provisional de la canción, con su letra y esas cosas. Son cuatro acordes, pero quedan bastante apañados.

martes, 7 de febrero de 2012

Mapas de lugares inventados

Un pequeño experimento sonoro, que va alternando compases ternarios y binarios. Canta el metal sobre una base de clavicordio. La armonía, muy simple, va de la menor a fa pasando por sol y viceversa.

*

Edito la pieza. Resulta que guardaba bastantes cosas dentro. Así suena, una vez expandida, para guitarra y flauta travesera:



viernes, 3 de febrero de 2012

El Señor de los Motivos


Con lo sedentario que es uno, casi todas las ocurrencias más o menos interesantes me llegan paseando, yendo de aquí para allá y pensando en cosas urgentes y cotidianas. A mi cerebro le encanta interrumpirme entonces:

—Oye, ¿y tú has pensando alguna vez que El Señor de los Anillos es en realidad la combinación de dos motivos folklóricos bien conocidos?
—Con lo que odiaba Tolkien que se dijeran esas cosas. Pero en fin, dime.
—Pues sí: de un lado, el motivo del tesoro maldito, envenenado, que trae la desdicha a quienes lo consiguen.
—Vaya novedad. Como si Tolkien no hubiera avisado que el Anillo de los Nibelungos y el suyo se parecían solo en una cosa: los dos eran redondos. (A regañadientes.) Aunque en Las aventuras de Tom Bombadil también hay un poema sobre el tema.
—Ya. Y el otro, el del alma externada, que el ogro guarda en un huevo o algún otro objeto externo, tornándose así aparentemente invulnerable.
—Mira, ahí si podrías tener algo.
—Y tanto. Piénsalo.
—No prometo nada. En otro rato, quizá. ¿Un cruasán?
—Sea.

sábado, 21 de enero de 2012

Ni cuándo las noches son

El regalo de este día: una música para romance, que se repite unas cuantas veces para encajar con la letra del Romance del Prisonero. La tonalidad es inequívoca (re menor), pero hay cierta perversidad en el acompañamiento, que a menudo relega la nota fundamental a la melodía (suena así, por ejemplo, un acorde de re menor novena que no tiene re: fa-la-mi; otro de sol menor séptima con quinta bemol que parece si bemol menor, etc.). Canta el violín, sobre un piano eléctrico con wah-wah.




*

Así suena una versión más completa, disonante y (solo quizá) satisfactoria.

Doce y una


El tiempo pone a cada uno en su sitio. —Por un tiempo. Y rara vez a tiempo.

*

Siendo uno un ignorante, la de cosas que sabe que ya no sabe nadie, de cuando aún leía libros. Toda una Atlántida en descomposición.

*

Ayer leí con asombro que el Boccaccio maduro se hizo cristiano de verdad y quiso quemar el Decamerón. Lo disuadió ¡Petrarca!

*

No te puede atender. Está dormida. Se ha mudado a un país donde no existes.

*

—La realidad supera a la ficción. —Y tanto. Sobreactúa.

*

La memoria: ese mar donde cada mañana amanecen distintas islas.

*

Me hubiera encantado leer la mente de mi dentista cuando le he dicho que llevo tiempo enjuagándome con un locutorio.

*

¡Buenísimo! José Manuel Pedrosa, 'Del parchís a la Montaña Rusa: laberintos, juegos, violencias, iniciaciones.'

*

Para un votante del PP, la definición práctica de 'franquismo' es 'una época cuyos aspectos negativos se han exagerado'.

*

'Piratería': fenómeno que consiste en que los bienes culturales se han digitalizado y están mejor repartidos gracias a las redes de P2P. Cosa que no soportan las minorías de entendidos que antes tenían acceso exclusivo a todo lo que era difícil de conseguir y/o carísimo

*

Mi muela y yo: enemigos íntimos. Vamos a tener que hacer terapia de pareja.

*

La estatua de Fabra. Quién fuera pájaro, para ir a comentarla debidamente.

*

Doce y una son trece. —Hacen trece. —Pues eso. —No es lo mismo; aunque dé igual.

lunes, 16 de enero de 2012

Charcos de otoño (versión invernal)


Nuevos pasos por viejos caminos: compuse esta pieza en otoño para dos instrumentos, pero hoy he pensado que quedaría mejor reducida a uno solo, que canta la melodía y se acompaña. Así suena:

viernes, 13 de enero de 2012

Contra mayúsculos

No debe en poesía el narcisismo
tenerse por matrícula notable;
de baba, y no dulcísona, es el cable
que cruza tan alquitranado abismo.

Si poema y poeta son lo mismo,
lo son de otra manera: como el sable
que se hunde, colérico y amable,
en el cuerpo que aloja su exorcismo,

así la poesía nos despoja,
nos arranca la ropa, nos arroja
donde el mar y sus náufragos son uno;

perderse, no enclaustrarse, es la cuestión:
sin bancarrota no hay revolución;
el hambre no es lo mismo que el ayuno.

jueves, 5 de enero de 2012

miércoles, 4 de enero de 2012

Soy el espantapájaros


Me siento feliz en estos días de margen, en que no hay nada demasiado acuciante que hacer, y cabe por tanto seguir al corazón, como el caballero que deja que su montura decida el camino. Para restaurar el artículo sobre la metáfora de la Wikipedia, que estaba el pobre muy precario, he rescatado un libro que leí hace muchísimo, Metáfora y realidad, del filósofo estadounidense Philip Wheelwright.

Wheelwright va más lejos que Carlos Bousoño, el poeta de los 50 y autor de la Teoría de la expresión poética, que tanto ha hecho por aclararnos cómo funcionan estas cosas. Bousoño mantiene el sentido tradicional de la metáfora como asociación entre un plano real (aquello de lo que realmente estamos hablando) y otro imaginario o metafórico (cosas que se asemejan a aquello de lo que estamos hablando), y explica que la semejanza entre ambos planos o términos comienza siendo sensible (semejanza en la forma, el color, etc.) pero a lo largo de la historia de la literatura se vuelve cada vez más abstracta, hasta llegar al caso de la imagen visionaria, en que lo similar no son los dos términos, sino la respuesta emotiva que ambos nos provocan (el ejemplo célebre de Aleixandre, Un pajarillo es como un arcoiris, donde la única semejanza, dice Bousoño, es que ambos son cosas delicadas, puras o inocentes, que nos provocan ternura).

Wheelwright propone distinguir un tipo de metáfora, la diáfora, en que se asocian dos términos sin que haya entre ellos semejanza alguna, creando así una realidad nueva. No acierta, me parece a mí, a dar ningún ejemplo especialmente convincente, pero la memoria me ha traído uno que podría valer:

A mí me gustan los bocadillos
que solo tienen papel de plata.

Un bocadillo sin pan ni relleno, que no es en rigor tal bocadillo (como una silla sin patas, respaldo ni asiento), es ciertamente una realidad (o irrealidad) inédita. Se puede, por supuesto, argumentar que se trata de un objeto real y hasta trivial (un bulto de papel de plata que parece, por la forma, un bocadillo, pero al desenvolverlo resulta estar vacío), pero el poema no se detiene ahí: nos propone saltar a una realidad en que el papel de plata pudiera trasmutarse, pasando de envoltorio a ingrediente. Algo así como la percepción que tendría un niño al ver que el adulto anuncia que se va a comer un bocadillo y saca un objeto plateado, de apariencia metálica. Imagina entonces que va a morder la superficie brillante, y al ver que la aparta y saca de su interior un vulgar pan con fiambre, tortilla o similar sufre una discreta decepción. Esforzándose al bousoniano modo, llegaríamos a algo como Lo que más me gusta de los bocadillos es su envoltorio: parece que fuéramos a merendar plata.

En este ejemplo, y quizá también en los de Wheelwright, lo que se da es una suerte de contaminación entre la metáfora y la metonimia: se deshacen los límites que separan dos cosas próximas (el bocadillo y su envoltorio), yuxtapuestas, formando un continuo. En mi Devocionario pop hay un poema, de los que menos me molestan, que juega a lo mismo: recordando la canción de Syd Barrett, habla el espantapájaros y dice:

Soy el espantapájaros. Me ausento en cada vuelo.
Disuelto en cada prófugo, mi angustia siembra el cielo.

El espantapájaros y los pájaros que espanta forman así un continuo: el personaje inmóvil, clavado en la tierra y preso de su función, vive pendiente de los pequeños prófugos, única razón de su presencia en el huerto. Sigue su movimiento de huida con tal atención que lo vive como propio (o, sencillamente, no lo separa de sí), como el padre que siente vértigo al ver que su hijo se acerca al hueco de la escalera.

El movimiento nervioso, disperso, crea una analogía entre los dos terrenos: el sembrado real y el cielo que los pájaros siembran con su angustia (una angustia que es literal, de los pájaros asustados, pero aquí es también la del espantapájaros, incapaz de escapar definitivamente de su puesto y salir volando). La semilla cae sobre la tierra: los pájaros, en el poema, 'caen hacia arriba', como si alguien (el miedo) los esparciera por el cielo: ante la visión aterradora del espantapájaros suben, pero retroceden, asustando quizá a su vez a otros pájaros que no comprenden qué sucede.

La teoría, en fin, lejos de destruir el placer del texto, ayuda a localizar algunos de los hilos que lo mueven y nos permite seguir su movimiento. Es una sensación similar a la del análisis sintáctico, que nos acerca a lo que estamos diciendo desde una perspectiva completamente distinta al simple uso, y nos permite entrar en ello, desentrañar en parte su funcionamiento. No me extraña que el descrédito progresivo del análisis sintáctico (que va perdiendo importancia en el currículo de Lengua) vaya unido al del comentario de texto (que, siendo la única forma sensata de practicar el estudio de los textos literarios, pasa en nuestros días por un lujo que no podemos permitirnos).