jueves, 11 de mayo de 2006

Cristal herido



Sándor Ferenczi (que no Maray) fue otro psicoanalista húngaro. Un pedazo de pan, parece. Al menos, así lo sugiere la causa de su ruptura con Freud: a diferencia de éste, Ferenczi tomaba muy en serio los casos de abusos sexuales a menores que llegaban a su consulta (un trabajo especialmente explícito sobre el tema sufrió la censura del hagiógrafo de Freud, Ernst Jones). La exposición diaria a tanta desdicha acabó, además, calándole: se atrevió a romper la distancia sagrada entre analista y analizado (esas risitas) y acercarse al paciente, convencido de que éste necesitaba (y agradecería) una demostración física de afecto. En la misma línea hay que entender su simpatía por los homosexuales, que en general no suelen quedar muy bien parados en la literatura psicoanalítica.

Ferenczi, visir secreto y cabeza de turco del movimiento psicoanalítico, como lo define Pierre Sabourin, no tiene la brillantez ni la erudición de sus pares. A cambio, en sus notas breves, como ésta, hay algo de adorable inocencia percevaliana:

ESCALOFRÍOS PROVOCADOS
POR EL RECHINAMIENTO DEL VIDRIO

El análisis de las neurosis ha permitido descubrir el sentido de esta idiosincrasia tan extendida. El primer elemento de la interpretación me lo ofreció un paciente cuya «sangre se helaba» a la vista de patatas peladas: inconscientemente identificaba estos vegetales con algo humano, de manera que pelar patatas significaba para él desollar o retirar la piel, y ello de forma tanto activa (sádica) como pasiva (masoquista), en el sentido de la ley del talión. Esta experiencia me hizo atribuir también la particularidad citada en el título de este artículo a impresiones infantiles, de una época lejana en que la concepción animista y antropomorfa de la materia inerte es algo corriente. El sentido agudo producido por el vidrio que se frota evoca para el niño el llanto de un objeto maltratado, lo mismo que el tejido —piensa él— que lanza gritos de dolor cuando se le desgarra. Tocar materias ásperas, o acariciar la seda van acompañados a menudo de «escalofríos», sin duda a causa del ruido «desagradable» que producen estas materias cuando se pasa la mano sobre ellas. Pero la simple rugosidad puede bastar para provocar por empatía la sensación de algo rugoso o una herida de la propia piel, mientras que acariciar objetos lisos y dulces parece tener un efecto sedante sobre los nervios de la piel. La tendencia a desarrollar este tipo de idiosincrasia deriva muy a menudo de las fantasías inconscientes de castración. No es imposible que estos factores y otros similares jueguen un papel en el efecto estético producido por diversas materias o sustancias.

2 comentarios:

Sr. Verle dijo...

Pasando por la nava donde mora, Ud. Sr. Al, con esas rotondas "cúbicas" he girado en la memoria tiempos en los que me relacionaba con aquellos espacios. Esquizofrenias. Que siempre son, según Boadella, menos nocivas que las paranoias. Un saludo.

nube de colores dijo...

"Las hadas de tu templo, precioso título para la cálida música. Estupendo haberte encontrado. Sigo esperando el resto.