domingo, 14 de agosto de 2016

La Realidad no es todo lo que hay (García Calvo, tr. Juan Bonilla)

 
En los medios al uso, seguramente nadie ha escrito más a menudo sobre Agustín García Calvo en los últimos años que Juan Bonilla. Su relación con el maestro es entrañablemente edípica: casi nunca lo alaba sin lanzarle un pellizco; ni se burla de él sin reconocer, de antemano, su admiración incondicional. En su último libro de versos, Poemas pequeñoburgueses (Renacimiento, 2016), que me descubrió (como tantas cosas buenas) Víctor Peña Dacosta, abundan las referencias, unas veces al maestro y otras, sin nombrarlo, a cosas que él solía repetir (la Realidad no es todo lo que hay, el Futuro es el reino de la Muerte). Traigo este poema, que es la alusión más directa; pero ya digo que a lo largo del libro hay mucho Agustín metabolizado. 
 
LA REALIDAD NO ES TODO LO QUE HAY

A ¿Agustín García Calvo?

La realidad no es todo lo que hay.
Tiene grietas y heridas.
Si te asomas verás cómo debajo
Va fluyendo la vida.
 
La de verdad, sin tiempo,
sin futuro rindiéndote a su suerte.
La realidad es el viejo refugio
de tu muerte.
 
Pero debajo, bien lo sabes tú
que eres un yo que me hace tú a mí mismo,
vibra la vida a salvo, niña ebria,
invitándonos a la fiesta del abismo
 
donde ser y no ser bailan dichosos
sobre nuestras futuras tumbas,
volviéndonos un mero estar, no es tarde
para abolir cualquier pregunta
 
que sólo quiera darte realidad,
sin decirte nada de ti,
transformarte en sombría identidad.
No hay más porqué que el porque sí.
 
La realidad no es todo lo que hay.
Lo sabes bien, es la verdad sencilla.
Por debajo la sientes, vibra y fluye ,
ajena al tiempo, nuestra vida.
 

lunes, 20 de junio de 2016

En la casa de san Juan


Soneto de pan mojado
en vino y en espejismos,
bandada de los abismos
que al borde de mi tejado
repasas lo que ha pasado,
cancelas lo concedido:
que nos alcance el olvido
cuando nos pierda el amor
—que sea dulce el dolor
de no saber quién ha sido.

sábado, 11 de junio de 2016

Orfeo y la poesía oscura (Rafael Herrera)


Orfeo supone un caso aparte de todos los usos que de la mitología grecorromana ha hecho la Tradición Clásica. Además de los valores de ejemplo, de argumento, de alusión erudita u ornamental que el mito ofrece siempre, hay en las recreaciones órficas un componente mucho más fundamental, primario. Es materia poética misma por ser la representación del canto y por unir en su figura los dos arquetipos básicos capaces de explicar toda el alma humana: amor y muerte. Ya desde antiguo la figura de Orfeo adquiere un status especial en el ámbito de los seres mitológicos, diverso de dioses, hombres, héroes, seres de ultratumba, magos y adivinos, pero participando un poco de todos ellos.

Para recordar su figura, hagámoslo con su tal vez más hermosa recreación, en Virgilio, Geórgicas IV 467-526; tras toda su aventura en el infierno, donde puede acceder sólo a través del poder de la poesía, su fracaso se vierte en "los versos más tristes", sólo puede cantar (vv. 516-27 en versión de A. García Calvo):

Ni un amor doblegó su pasión, ni boda ninguna:
solo, los hielos del Norte y el Tánais nevicoso
y la llanura que nunca la escarcha escita abandona
él recorría, llorando perdida a Eurídica, el vano
don de Plutón. Despechadas de tal honor, las señoras
tracias, en medio del rito y orgía de Baco nocturno,
descuartizado al mozo por la ancha vega esparcieron.
Y aún después, la cabeza del claro cuello arrancada,
cuando por sus cabozos rodando el Hebro de Tracia
iba llevándola, "Eurídica" el frío son de la lengua,
"Ay Eurídica triste" exhalando el alma llamaba;
río abajo sonaba en la orilla "Eurídica" el eco.

La imagen no puede ser más sugerente, y así ha interesado siempre de muchas maneras, aunque en líneas generales podemos distinguir dos formas de "orfismo". La primera, más directa, es recobrar el mito apropiándoselo, una forma tradicional de influencia como la que hace Juan de Jáuregui en su _Orfeo_, llevándolo a su época, y lo presenta como un músico muy del XVII (_Orfeo_ IV 65 ss.):

Al pecho aplica la admirada lira
que en ligero cendal del cuello pende;
alguna luego de sus cuerdas mira
si a la precisa consonancia ofende;
áurea claver, tenaz, un nervio estira,
otro relaja; y, mesurado, atiende
siendo al examen árbitro el oído.

Ya que la lira, en corregidas vocesm
precursora del canto se adelanta,
y en perezosos puntos o veloces
suena la firme o trémula garganta,
fieras voraces, áspides atroces
tierno mitiga, sonoroso encanta;
llega su voz, en riscos y montañas,
a infundir vidas, a humanar entrañas.


De la figura comentaba Gerardo Diego ("El virtuoso divo Orfeo") que "quien en realidad toca ante Jáuregui es un diestro tañedor de la vihuela de arco del siglo XVI".

Junto a la apropiación estilística, está el uso poético de un argumento que reviste la intención lírica de un autor, y un ejemplo de esto, centrándose en la parte femenina del mito, es el soneto de Eurídice de Sophia de Melo Breyner-Andersen del que ya hablamos en otro lugar, pero que es necesario recordar aquí:

A Eurídice perdida en el aroma
y en las voces del mar buscaba Orfeo,
ausencia que poblaba tierra y cielo
y cubre de silencio el mundo entero.

Así bebí mañanas de neblina
y dejé de estar viva y ser yo misma
a la busca de un rostro que era el mío
que era mi rostro auténtico y secreto.

Mas ni en las olas ni en los espejismos
te pude hallar: se erguía solamente
el rostro puro y limpio del paisaje

y despacio tornéme transparente
como muerte nacida a imagen tuya
y en el mundo perdida estérilmente.


Pero cuando en una interpretación así entra ya la cuestión de la propia poesía, y se tratan además cuestiones más o menos mistéricas, es cuando en realidad gustamos ya de esa cualidad especial que decíamos tenía ese mito. Y es que Orfeo es del umbral, de los pocos que lo cruzan en ambos sentidos, y por eso es de dos mundos; así Rilke (Soneto a Orfeo, trad. propia):

¿Es él de aquí? No, sino que se cría
en ambos reinos su mayor naturaleza.
Las ramas de los sauces doblaría
quien sabe su raíz, con más destreza.

No dejéis en la mesa, al acostaros,
pan ni leche; a los muertos los convoca.
Pero él los conjura, y trastoca,
bajo los suaves párpados más claros

su aparición con todo lo visible,
y de tierra o de rombo, el hechizo
es para él de lógica invencible.

Nada muda su imagen verdadera,
sea en sepulcro, sea en cobertizo,
celebre anillo, fíbula o cratera.

Esa participación en los dos mundos, su carácter mistérico, es lo que divulgó toda la secta órfica y lo que ha cautivado también a todos los poetas que buscan una salvación; así era el Orfeo de Rilke, pero también el de Novalis, crípticamente aludido en el VI de sus Himnos a la Noche:

De costas lejanas, bajo el cielo sereno y alegre de
Hélade nacido, llegó a Palestina un cantor, y entregó su corazón
entero al Niño del Milagro...

La muerte nos anuncia eterna vida.
Tú eres la muerte y sólo Tú nos salvas.


Con esa peculiar interpretación religiosa que, si toma elementos del cristianismo (como éste los tomó en principio de las sectas órficas) lo funde en una concepción conciliadora, que elimina opuestos en figuras sincréticas, biformes como lo es la de Orfeo. También Orfeo, al decir de Marcel Detienne, (La escritura de Orfeo, trad. esp. Barcelona 1990) "reescribe los dioses de la ciudad", siendo síntesis de Apolo y Dionisos, de la armonía y de la oscuridad. Es esta parte oscura la que hoy nos interesa, y queremos entender oscuridad como decía Juan Eduardo Cirlot ("La oscuridad en la poesía", _Poesía_ 5-6 (1979-80); p. 120):  "Oscuridad se toma en el doble sentido de voluntad de entenebrecimiento exterior, y de abismación en hondanares que acaso valdría más ignorar";  pero frente a las reticencias estéticas o intelectuales que esto podría suscitar, aclara que "Puede que mucho de esto sea cierto, pero no es razón para prescindir de un factor de conocimiento y de comunicación esencial". Ciertamente, una mayor o menor dificultad en la poesía no nos exime de buscar su intención, cuando ésta se dice así porque así tiene que decirse: por eso la figura de Orfeo tiene un papel tan preponderante en la poesía oscura, o acaso es que la poesía se oscurece cuando aparece Orfeo, con su lado tenebroso, expresado a través de la clara armonía del verso. Poetas de los llamados "iluminados", "crípticos", "herméticos", "oscuros" en fin, porque tienen un mensaje profético sólo expresable en un lenguaje determinado, se han identificado siempre con Orfeo: así en el soneto El desdichado de Gérard de Nerval que recoge otros mitos frecuentes en su obra, pero que concluye con la figura de Orfeo y el paso del Aqueronte, la circulación entre mundos (trad. propia):

Dos veces vencedor yo crucé el Aqueronte
modulando por turno en la lira de Orfeo
suspiros de la Santa y los gritos del Hada


A veces es sólo la imagen poética de la bajada, sin referencia directa a Orfeo, lo que nos lleva sin embargo al terreno de lo órfico, a la iniciación mística que supone hundirse en las tinieblas, en la conciencia, para regresar otro, y así en el poema del portugués António Ramos Rosas, de su libro O incéndio dos aspectos (trad. de Ángel Crespo, al que Orfeo tenga en sus glorias):

Animado el poeta bajó
la horizontal escalera
al encuentro de la lámpara animal.

Baja hasta la tierra humedecida
buscando la pobreza de una lámpara
violeta
sobre una pierna soberbia allí perdida.

Baja
hasta que baja en la pobreza
de la faz de follaje negro
araña negra sobre aquella pierna
del cuerpo glorioso.


O la imagen del descenso que es central en estos versos finales del Himno del Gran Retorno de Ánguelos Sikelianós (trad. propia):

Cual mano que entre medias de las cuerdas de la lira
imagina tocar
igual mi corazón entero en cada astro que mira
se estremece de amar.

¡Hondo misterio! El pálpito universal al fondo
del cuerpo conocido
de entre la fuente de tu fuerza lo respiro hondo
de robustez henchido,

y pues que sin buscarlo yo del cielo alto me alcanza
y va hacia mí de frente
Amor armado, yo me agito y respondo a su danza
con armas de la mente.

Pues yo lo sé, que más allá del resplandor astral
cual águila acechante
me aguarda donde empieza la tiniebla divinal
mi propio yo formante...


Así que la bajada es conocimiento de uno mismo, que a lo que nos quiere obligar la poesía. Medio de conocimiento es también la experiencia órfica para Carles Riba, que en la X de las Elegías de Baskerville recurre a Orfeo para expresar su sentido salvífico muy relacionado con Rilke como él mismo reconocía:

Dioses fraternos, así tras beber e inundarme en mi propio
puro retorno, pasé dentro del alma hasta allí
donde moráis, más allá de la infancia, vosotros conmigo
en la sonrisa de estar ciertos, un solo final,
yo el glorioso instrumento y vosotros amor...


Esta tendencia órfica es la que se advierte en algunos libros como El  jardín de Orfeo de Antonio Colinas, que recoge motivos muy clásicos con los salvíficos del dolor y la muerte; una muestra con el poema Órfica:

Cerrado el alto muro del jardín
fundido ya mi fuego con su fuego,
llega la noche y oigo unos pasos
que descienden de espacios siderales,
que hacen crujir serenas las esferas.
Es Orfeo, Orfeo: la Armonía.
Orfeo, que adormece o torna beodos
a animales y a plantas, que del alma
humana arranca con trinos y músicas
—sueño tras sueño, espina tras espina—
todo el dolor que supura del mundo.


o el extensísimo poema Doce de los órficos de José Lezama Lima, tan fabuloso que merece estudio aparte (aquí sólo se apunta para que el lector inquieto corra a leerlo).

Pero dentro de la poesía oscura no queremos dejar de referirnos al ya mencionado Juan Eduardo Cirlot, que también merece un estudio más a fondo; en cuanto a Orfeo, tiene al menos tres tratamientos del tema en su poesía; el primero en su libro Árbol agónico (de 1942-45), y que se inserta junto a otros poemas mitológicos a La Pitonisa, Apolo Musageta, Medea, etc.:

ORFEO

Del viviente silencio que los cuerpos sollozan,
del canto palpitante de los bosques reunidos,
del himno acumulado, solar, por las llanuras,
Orfeo, en la ribera del fuego, extiende el grito.

Al rumor del incendio, las rojas, degradadas,
las azules y negras bestias, mansas acuden;
los pájaros descienden, y los árboles sufren:
los oscuros cipreses de ensueño disonante.

La subceleste calma de los sagrados valles
lenta vibra, sublime de espumas y laureles,
y, en el desnudo espacio, cristales y palomas,
ambos gimen, prendidos en el pulso severo.

Sonidos inmutables doran sordas montañas,
y pechos, y cabellos, que a su luz resplandecen.
El dolor ha encontrado la fuente, y el espejo
en el camino profundo donde no se destruyen.

Mujeres de ceniza, pastores enterrados,
sueñan cielos de plata a través de la arena.
Sus pupilas resecas se inundan de jacintos,
y en la orilla del río las cañas se estremecen.

El mar es un lamento que corta las magnolias,
y el aire es un gemido que las estatuas muerde,
pero tiene el abismo del hombre otra violencia
con que expresar la sangre que invade sus paisajes.

El siguiente es un libro entero, de 1970, Orfeo, con casi todos sus poemas en tercetos sin rima aunque también con cuartetos y algún alejandrino, pero que recuerda el estilo de las fábulas antiguas aunque en un lenguaje altamente hermético: aquí se da la vuelta al tema del autoconocimiento que veníamos viendo y propugna (algo así como nuestro Agustín García Calvo) un desconocerse, un des-saberse, comenzando el libro con una autocita que dice: "Niégate a ti mismo y síguete", y que se dedica, mistéricamente, "A Eurídice-Perséfone". Yo remito a su lectura, pues el desarrollo de la idea es largo, pero quiero recordar al menos un verso tan revelador como éste, que tan bien cantaría, un poner, Silvio Rodríguez:

Mi máscara es la lira: yo mato cuando canto
aunque esa muerte sea también mi propia muerte.

Por fin, de 1972 el libro Ocho homenajes (que los incluye a Dante Gabriel Rossetti, Scriabin, Nerval, Schoenberg, Tasso y Wagner, o sea, muy músico y muy mistérico), comienza con este soneto a Orfeo, que ya lo dice todo:

Lejos está la sombra que me mira,
perforadas montañas la circundan;
hay olas escarlatas, y se inundan
las órbitas de todo cuanto gira.

En sangre y resplandor flota la lira,
las cuerdas y planetas se secundan
y el orbe gemirá cuando se hundan.
Una cabeza muerta que respira

canta en mi corazón donde la sangre
en el mar de sus ojos, de su boca.
Una cabeza sola a la deriva.

Quiero que mi cabeza se desangre,
me quiero convertir en una roca;
mas que mi voz no yerta sobreviva.

Yo no sé hasta qué punto pueda tener la poesía ese valor salvífico, pero sí que esa actitud del poeta logra creaciones tan impresionantes como éstas; luego, dejamos los versos y nos vamos a beber unos vinos, sin angustiarnos mucho con la muerte y el otro lado, porque como ha escrito nuestro amigo Alejandro

La mariposa muere mientras gustas
el polvo delicado de sus alas.
Sal ya de mi memoria, oh tú, viajero.
Tras estos versos, mira, ya no hay nada.

(Rafael Herrera, «Orfeo y la poesía oscura», en El mundo de ultratumba en la Antigüedad. Actas del 8º Coloquio de Estudiantes de Filología Clásica, Valdepeñas: 1996, pp. 33-40).

viernes, 10 de junio de 2016

Los trenes de Tozeur


Por orden de quien no puede evitarlo,
se hace saber que el cielo es un erial,
que es pecado mortal cruzar los dedos
 para mentir sin nubes y que el tiempo
es un camino múltiple en que todo
se tuerce, se bifurca, se entrevera
hasta volver en sí, cual burra al trigo.
Se hace saber que todo es espejismo:
un sueño del oasis esta ruta
y el hombre cuya sed colma el desierto.

martes, 7 de junio de 2016

domingo, 5 de junio de 2016

Mano a mano (IV)


Ten a mano lo poco que precisas
para tender la mano a las que llegan
sin saber si es a ti a quien se dirigen.
Una vez, nada más, podrás rozarlas.
Y ellas decidirán si se te entregan
o bajan en la próxima parada.

martes, 31 de mayo de 2016

Mano a mano (III)


Hay que echar una mano en todo empeño 
como se echan monedas en el pozo 
que empapa con su sombra los deseos. 
Un empeño (que no un triste proyecto) 
nunca sabe qué quiere, ni qué dan 
de sí sus aguas súbitas, sin rédito.

lunes, 30 de mayo de 2016

Mano a mano (II)


Llevarnos de la mano es otra forma de volar. 
Quizá Orfeo llevaba la sombría 
de Eurídice en la suya. Quizá el tacto 
volviéndose tangible en el umbral 
le hizo mirar atrás (como si coges 
la mano de tu niño o de tu amor 
y la sientes helada, como un ancla 
que no puedes dejar abandonada, 
y vuelves hacia tu ella tu calor, 
el saldo corporal de tu esperanza).

domingo, 29 de mayo de 2016

Mano a mano (I)


Una pareja es algo más que un par
—o tal vez algo menos. Una mano
no puede acariciar su soledad
ni pueden dos, si son del mismo cuerpo,
ir a estrecharse o mantener un pulso.

sábado, 28 de mayo de 2016

Mas, que nada


¿Es mejor el poema que te doy
que el que no llego a hacer? ¡Menos es nada!,
decimos, pero no hay mansión más amplia
que ese blanco que envuelve las palabras
—y acaso sea eso de morir
la forma de mudarse a esa morada
desde donde decir es decidir
en qué letra aflorar: cosa de nada.


viernes, 27 de mayo de 2016

En boca de lobos



No está viva la herida si no duele
ni es tu nombre tu nombre si no sientes
cómo te llama desde cada esquina,
tu ser en otros labios que te copian
como el agua acostumbra con la luna.
¡Tú en labios de cualquiera! Qué derroche
ese beso implacable que hace suyas
tus gracias. No es extraño que los dioses
guardaran en secreto sus vocales
—y que el amante invente ese otro nombre
para guardar en sí lo que tan solo
permites que hasta él llegue. Nadie dice
su nombre ante el espejo sin dudar.
Tal vez ante tu luz también él duda.

miércoles, 25 de mayo de 2016

You're so vain (you thought this little song was about you)






No me atrevo a decírtelo. ¿Qué culpa
tienes tú de que sienta lo que siento?
La luz ciega o nos falta y no culpamos
por ello a las estrellas. Desde lejos
(tan lejos como puedo) te atesoro,
tomando de ti solo lo que dejas
en público usufructo. No eres mía
pero en mí te entrometes, te complicas
sin piedad en mi amor o mis recuerdos,
ocasión de un afecto que asesino,
de un verso que no dice la que eres
pero eres tú también. Descanse en orden,
meciéndose en los números sin número
que rigen las palabras. Mientras tanto,
un día de los días tú las lees
y dudas si eres tú. Tal vez lo creas


jueves, 4 de febrero de 2016

Warm in the night

...it was warm in the night
(U2, I Still Haven't Found What I'm Looking For).

Detesto el horizonte y sus zapatos
manchados de nostalgia;
prefiero la llegada del que huye,
la mano que se funde con la nuestra
en plena oscuridad, y que tal vez no es una mano.


domingo, 17 de enero de 2016

Puede contener trazas de tristeza





Esa tristeza enferma
con la que nos observa un edificio
o nos inunda el vértigo
quizás es esa imagen aún infiel
que desde su rincón ya nos refleja.
Un animal en manos de su dueño.
Un nombre que ponerle a lo que falta.

martes, 29 de diciembre de 2015

Leyendo a Pilar Pedraza (y a Alan Watts)


Estas Navidades he vuelto a leer con pasión, durante horas. Leer en papel, quiero decir: libros. Empecé con Lobas de Tesalia, de Pilar Pedraza, que me ha parecido una de sus mejores novelas; me preocupaba, antes de terminarla, cómo sería el final, que en otras obras suyas me había dejado insatisfecho. Esta vez, no.

De todas formas, lo que me parecía un defecto se va convirtiendo en una singularidad más bien grata, como esas voces que al principio te suenan extrañas y a las que luego acabas aficionándote. No es fácil formular una 'teoría de los finales en las novelas de Pilar Pedraza', pero más o menos yo diría que lo que sucede es que lo que nos parece la trama es como una irritación particular dentro de un organismo vivo más amplio —una irritación que al final se reabsorbe en el tejido que la alojaba.

En las novelas al uso, el telón de fondo funciona como un decorado, concebido con una mentalidad funcional: tiene que resultar creíble para que aceptemos lo que sucede dentro de él (que es lo que importa). En las de Pedraza, en cambio, lo que sucede tiene algo de fantasmagórico, frente a la veracidad del trasfondo, que acaba devorando sin previo aviso la anécdota de la historia. En esta novela, ya digo, el procedimiento se perfecciona: no hay un corte brusco, como si se fuera la luz y los personajes y sus pasiones se aquietaran de un plumazo, sino que concluida la aventura los personajes continúan sus vidas —y más tarde la mitología en la que se movieron continúa la suya, más allá de la desaparición o muerte de los personajes.

He seguido con dos libros de Alan Watts, uno póstumo de conferencias (cuyo título promete más de lo que da: Mito y religión) y otro monográfico, mucho más sólido, escrito en los 50s: Mito y ritual en el cristianismo.

El libro póstumo no ofrece, como digo, un análisis detenido de la peligrosa pareja de baile que le da título (aunque se ofrecen pistas interesantes en una de las charlas incluidas, 'Las imágenes del hombre'). En cambio, se habla de muchas más cosas: el cristianismo, en su versión cotidiana, aparece retratado sin misericordia como un mecanismo de adocenamiento que centra toda su energía en la represión del placer sexual (como si no hubiera, dice Watts con razón, pecados mucho más urgentes y dañinos que andar fornicando de una o otra manera); se salva en cambio a Cristo, que según Watts no predicó que Él era hijo de Dios (o sea, Dios mismo) sino en la medida en que cualquiera que despierte de la ilusión de su 'yo' lo es. Es refrescante, en fin, la ironía con la que Watts se trata a sí mismo en cuanto gurú u orientalista, dos máscaras de las que es muy consciente, pero que no permite que marquen el rumbo de lo que dice. Hay pellizcos adelantados a lo que sería luego la Nueva Era y a toda la industria de la Iluminación que sus libros y charlas contribuyeron, sin duda involuntariamente, a edificar.

El otro libro es de la década de los 50 (Watts no había cumplido los 40 cuando lo publicó)  y en él nos habla alguien que aún no se ha convertido, para bien y para mal, en el referente de ningún movimiento juvenil o espiritual. Watts no nos habla como maestro de nadie, sino como discípulo indirecto (lector crítico, no catecúmeno) de Jung y de otro autor menos conocido, Coomaraswamy; y su tono recuerda bastante al de su amigo Joseph Campbell, el autor de El héroe de las mil caras. La obra tiene un propósito muy singular: resumir las líneas esenciales de la mitología cristiana y del ritual litúrgico que se corresponde con él. Es un empeño difícil, pero para el que Watts resulta el hombre adecuado: como  sacerdote que fue durante varios años, conoce bien no solo la Biblia, sino la Patrística y la Tradición, y acierta a señalar cómo los relatos planteados en la Santa Escritura no concluyen en ella, sino que se decantan y ramifican en la tradición posterior.

Pongo un ejemplo, que a mí me ha sorprendido e ilustrado: el árbol del conocimiento del bien y del mal no queda aislado en el relato del Génesis, sino que se ramifica literalmente en la tradición posterior: Adán o su hijo Set se llevan parte de ese árbol. Según una versión, Adán sacó del Edén una rama del árbol, que le sirvió hasta su muerte como bastón (uno piensa, aunque Watts no lo nombra, en Edipo); otra versión dice que fue su hijo Set quien consiguió que el ángel que guarda el Jardín le diera dicha rama, o unas semillas del árbol. Esta rama se convierte luego en la célebre vara de Moisés, con la que divide las aguas del Mar Rojo y en la que coloca una serpiente de bronce (la nehushtan) que sana a los que la contemplan de una plaga de víboras. También con ella golpea la roca del desierto y hace brotar el agua.

La rama del árbol se convierte luego en viga del Templo construido por Salomón. Y con el tiempo llega a la carpintería de san José. Más tarde, la adquiere Judas, que se la entrega a los soldados romanos. Con su madera se construye la cruz en la que muere el Redentor, un árbol de la salvación que se convierte en el negativo del árbol del pecado que causó la Caída. Y todos los avatares anteriores de la madera resuenan ahora como anticipos o armónicos de Cristo: este es clavado en ella como la serpiente en la vara de Moisés (para sanar a los hombres), abre camino entre los mundos (baja a los Infiernos, sube al cielo) como aquel cruzó las aguas del Mar Rojo y hace brotar el agua de la salvación (el bautismo). La otra serpiente (la que tentó a Eva) termina vencida por el mismo árbol que la permitió antaño vencer.

Todo esto no es especulación de Watts, sino un relato medular de la tradición católica, del que sin embargo a mí (¡que me eduqué en un colegio de curas!) no me había llegado nada o casi nada. Supongo que lo mismo le pasará a muchos lectores, no de mi blog (que dudo ya que los tenga: los pocos, para mí valiosísimos, que queden no dan para hacer estadística), sino del libro de Watts.  Se cita en él (pág. 68) un fragmento de la misa de la consagración del Viernes Santo que resume esta idea de la Cruz como árbol santo, cuyo fruto es el Salvador:

Crux fidelis, inter omnes
Arbor una nobilis
Nulla silva talem profert
Fronde, flore, germine.
Dulce lignum, dulces clavos,
Dulce pondus sustinet. 

(«Fiel cruz, árbol sobre todos noble: ningún bosque ofrece algo similar en hojas, flores o semillas. Dulce leño que dulces clavos, dulce peso sostiene.»)

Reivindica, en fin, Watts la mitologia cristiana no, como tan a menudo se entiende, como un subproducto de la existencia real, histórica, de Cristo, que habría que eliminar para quedarse con el meollo ético y teológico de su predicación, sino como la almendra del cristianismo, la formulación más profunda del mismo. Combate con razón la idea de que pueda descartarse algo como un 'simple' mito —cuando los mitos, lejos de ser simples, suponen toda una red de sinapsis que convierte cada elemento que forma parte de ella en un resonador y alimentador de los demás elementos de la cadena. Renunciar al mito que prolonga los episodios bíblicos y los relaciona entre sí es desecar estos, eliminando la savia numinosa que los mantiene vivos.

Esto, en fin, se ve después de haber leído el primer capítulo del libro ('En el comienzo'). Los siguientes se prometen también sustanciosos. Iré trayendo noticia de ellos, si me alcanza el tiempo y el entusiasmo.