jueves, 29 de junio de 2017

Scherzo finale (Aker)

Buscando poemas en tercetos irregulares (o que resulten tales si se les considera desde la regla errada),  doy con este poema del maestro Aker, incluido en el libro manuscrito inédito al que alguna vez se refirió como Escrito para los perros:



sábado, 29 de abril de 2017

Cuando un desconocido te regala flores, eso es...



¿Impulso? ¿Acoso? ¿El inicio de una hermosa amistad? Todo es posible. 

El cuelgue por alguien a quien te encuentras en un espacio público, y que te atrae de manera exagerada, incomprensible (no lo conoces, no tienes ni idea de si sois compatibles; pero tampoco se trata solo de una atracción sexual: se fantasea más bien con la posibilidad de un gran amor) es uno de los grandes temas de la literatura —sin duda porque también es una experiencia frecuente, común y extraordinaria al mismo tiempo. 

Como es una situación de partida tan abierta, caben todas las posibilidades y ramificaciones. Empecemos por la más chunga: el enamorado enamoradizo (lo hago masculino, aunque no es imprescindible; de vez en cuando, denle la vuelta a los sexos en lo que sigue y verán que no se vuelve absurdo) puede acabar siendo un psicópata que rapta a su presunta media naranja y la guarda en un cobertizo para que, llegando a conocerle, ella también se enamore de él. 

Sin embargo, puede que suceda algo bien distinto: que ni él se atreva a dirigirle la palabra, ni ella se dé cuenta de su atención, y sin embargo él viva lo que le resta de existencia convencido de que aquel encuentro cambió su vida. 

André Breton, al que le iban mucho estas cosas, decía que la característica de estos encuentros es que en ellos se anula la antinomia entre destino y azar: si fueron azarosos, resultaron sin embargo decisivos, tan significativos como el punto en que un escritor hace girar a su personaje; y si fueron obra del destino, tenían sin embargo la ingravidez encantadora de lo imprevisto.

Luna Miguel recuerda en un artículo un poema de Baudelaire, A una transeúnte, que nos ofrece una de las variantes posibles de esta situación: el poeta queda deslumbrado por una bella desconocida, siente que podría haber llegado a ser su gran amor —y siente que ella se ha dado cuenta de que él siente eso. Pero ella desaparece entre la multitud, y solo queda el amor de él, privado ya de referente real, y el poema que lo salva del olvido. 

Creo que puede estar bien recordar otros ejemplos: Petrarca enamorándose para siempre de Laura tras verla fugazmente; Vinicius de Moraes escribiendo A Garota de Ipanema a esa bella desconocida que se dirige sonriente a la playa y que no se da cuenta de la admiración que provoca en el poeta (ni él, en ese momento, se la hace saber).  

Fonollosa, ese enorme poeta descubierto a última hora, le dedicó también una vuelta de tuerca al tema, que cantó así de bien Albert Pla:

Pobre muchacha hermosa apresurada
que deprisa vienes hacia mí al cruzar la calle
y te pasas por mi lado sin saber que yo,
que yo soy la razón de tu existencia.
Tú ni siquiera me ves, yo te sonrío
y admiro tus cabellos y tus piernas y tu culo;
tú estás tan buena, yo te haría tan dichosa
pero tú, tú te lo pierdes con tu prisa.
Tú estás tan buena, yo te haría tan dichosa
pero tú, tú te lo pierdes con tu prisa.
Pobre muchacha hermosa apresurada,
pobre muchacha hermosa apresurada.



Pero probablemente su manifestación más ingenua y explosiva sea esta canción de McCartney, que está entre sus mejores:

Acabo de ver una cara, no logro olvidar
el tiempo y el lugar donde acabamos de encontramos,
ella es la chica perfecta para mí
y quiero que todo el mundo vea que nos hemos encontrado. 


Aunque tampoco está nada mal (y con ella cerramos) la versión de la historia desde el punto de vista femenino que nos ofrecen Shelly y la Nueva Generación: girl gets met, podríamos decir:


Estaba paseando, estaba sola. 
Con el vestido nuevo que llevo ahora. 
Mas nadie me miraba y estaba triste,
la niña más feúcha ellos hacían sentirme. 

Andaba por la calle sin rumbo fijo. 
De pronto, entre la gente surgió aquel chico. 
Dijo que estaba linda con mi vestido, 
vestido azul, del color que tiene el mar;
vestido azul, en un día primaveral. 

Hablamos mucho tiempo 
de nuestras cosas; 
pasaron enseguida 
algunas horas 
Pronto llegó el momento 
de despedirnos 
y solo con mirarlo 
supe que era mío 

miércoles, 26 de abril de 2017

Paso a paso, la vida (Antonio del Camino)





Ayer martes tuve el placer de presentar junto al autor en la Fundación Concha el nuevo libro de Antonio del Camino, Paso a paso, la vida. Esto es más o menos lo que acerté a decir sobre este libro, una obra tan contenida como intensa, cuya lectura recomiendo encarecidamente. Mil gracias a Carmen, la esposa de Antonio, por la fotografía.  


Paso a paso, la vida

Tenemos la suerte, querido público, de encontrarnos aquí esta tarde, en compañía del talabricense Antonio del Camino, que presenta hoy entre nosotros su duodécimo libro de poemas, Paso a paso la vida. (El número alcanzado supone un aliciente especial para su siguiente trabajo, que sin duda andará ya cocinando.) Y es que, en verdad, como cantan Pata Negra, pasa la vida. De ahí la importancia de encontrar algo digno que hacer con ella. De eso se trata esta tarde: de hacer tan grata y provechosa como sea posible nuestra estancia en este lugar; y de eso, de mantener el equilibrio en el traqueteo incesante que es la vida, trata también el libro que viene a nuestro encuentro.  

Se trata, en efecto, un libro íntimamente ligado a la experiencia de la vida, del paso del tiempo. No es, sin embargo, un libro biográfico al uso: aunque no faltan en él evocaciones de la infancia, estamos ante un libro escrito desde y para el presente. (De hecho, si aparece la infancia es sobre todo en calidad de recuerdo, de pasado que se hace presente, de forma a veces inquietante.) Quizá cabría (Antonio nos lo dirá) entenderlo como un diario no de lo que al poeta le pasa, sino de los sucesivos estados de ánimo que esos aconteceres provocan en él, y del balance de lo vivido que cabe hacer desde cada una de sus situaciones. No me refiero a nada divagatorio ni abstruso, sino a realidades tan cercanas como tremendas: por ejemplo, lo que sucede cuando llega, una vez más, tu cumpleaños, sin chuches ni vainilla; o cuando uno se sienta a celebrar en familia las fiestas y es inevitable observar que de la última vez a esta se han producido tres bajas. 
Dado que el libro no contiene una biografía al uso, quizá sea obligación de quien les habla ofrecerles una, que será necesariamente breve, aunque para ello tenga que resumir con cierta violencia una vida rica en sucesos y, sobre todo, en obras. Como sin duda son Vds. buenos observadores, saben ya lo esencial: Antonio es un autor de largo recorrido, reincidente e inasequible a la fatiga (este, hemos dicho, es su duodécimo poemario; ha publicado también libros de otros géneros; y practica también la escritura en la Red, en su blog Verbo y penumbra). Podemos precisar un poco la longitud de ese recorrido: nace en Talavera de la Reina en 1955, comienza a escribir en la adolescencia y publica sus primeros textos en la década de los 70, en la fértil veintena. Son de entonces sus libros Segunda soledad  (Premio Rafael Morales de 1979) y Donde el amor se llama soledad (1981). Este primer período culmina con la publicación a sus 30 de Del verbo y la penumbra (1985), un título memorable que mereció un accésit del Premio Adonais y que, como hemos visto, tiene un feliz eco en el nombre del blog que mantiene actualmente.

Le sigue a este período de actividad pública otro de relativa calma o oscuridad, en el que sigue escribiendo con la misma autoexigencia, pero opta por la autoedición, primorosamente artesanal. A comienzos de milenio, participa con su alter ego Miguel Ardiles en una curiosa aventura digital, la página web argentina poesia.com, en cuyos foros monográficos de sonetos y décimas vinimos a coincidir los dos por primera vez, junto a otros amigos, como Alfredo J. Ramos o Luisa Arellano. Se trata, sin duda, de un accidente; pero de un accidente feliz que obedece a un interés común por las formas métricas citadas, un interés que en su momento bien cabría definir como underground o soterrado, pues se producía en un panorama que, en la medida en que la propia página poesia.com lo reflejaba fielmente, estaba dominado por formas de expresión presuntamente más libres o modernas. (Sobre esto, si les parece, volveremos en un momento.)

Tras años de intenso trabajo en la Banca, llega su jubilación y, libre de compromisos laborales, Antonio vuelve a circuitos más amplios de difusión de su obra (es decir, a la ‘heteroedición’, si me permiten el palabro) con la publicación en LF Ediciones de Para saber de mí, un libro espléndido a cuya presentación en esta misma Fundación Concha tuvimos el placer de asistir en 2015. Le sigue el libro que nos convoca hoy, Paso a paso la vida, un libro que acaba de aparecer el mes pasado, pero del que ya podemos encontrar reseñas elogiosas en la prensa escrita y en la Red. Elías Moro nos ofrece una estupenda desde la propia solapa del libro: escribe allí que 

En un libro honesto (escrito «con la sobria belleza del olivo» y la hermosa «aspiración al silencio») de tristeza y gozo, de afanes y deseos, de cotidianeidad y memoria, el poeta desgrana el paso de sus días como trasunto también de los nuestros . De su lectura, nos asegura Elías Moro, y corroboro yo, saldrá el lector aparte de incólume, más sabio y limpio.

Hace un par de semanas, el 13 de abril, aparece en el blog Fuente de papel, de José Luis Morante, una reseña también elogiosa. Entre otras cosas de interés, Morante adscribe el libro a la tradición de la poesía meditativa y señala su distanciamiento radical de la poesía hermética, confusa e ininteligible que todavía algunos siguen considerando avanzada o moderna. Es una reseña perspicaz y muy bien escrita, que nos recuerda que la crítica de libros, en buenas manos, es en sí misma un género literario de primer orden.
Hace tan solo tres días, el 22 de abril, se publica en ABC (un diario cuyas páginas culturales gozan de merecida fama; quizá no tanto algunas otras) una reseña de Alfonso G. Calero, Tres hondos poetas de hoy, en la que escribe sobre el libro que nos ocupa que se trata de 

un libro hondo, sencillo, natural, que destila una filosofía cotidiana sin más artificios que los propios de la vida: el tiempo, el dolor, los pequeños placeres... y nos propone una serie de reflexiones sobre ello en un lenguaje claro, que discurre como el agua de un río. (...) Un libro lleno de sabiduría y auténtica poesía humana.

A poco que los comentaristas citados hayan estado acertados, ya ven Vds. que Antonio es un autor que exige poco o ningún intermediario en su comunicación con el lector. Dado que no es preciso explicar a quien se explica estupendamente solo, si algún papel nos toca a los que lo presentamos es lanzarnos a formular a calzón quitado los elogios que él, pudoroso y modesto  por naturaleza y por posición, no puede ni debe verter. 
Hay algo, sin embargo, que sí siento necesario hacer y es contribuir a deshacer dos malentendidos que no sé hasta qué punto se dan o no, pero que resulta en cualquier caso placentero combatir.

El primero tiene que ver con la libertad creativa del poeta. La formulación del verso libre vino, por oposición, a configurar el fantasma de un verso siervo u obediente a convencionalismos más o menos burgueses o antañones. Don Antonio Machado vino ya a resolver esta impostura cuando escribió aquello de:

Verso libre, verso libre...
Líbrate, mejor, del verso
cuando te esclavice.

La poesía de nuestro Antonio es un ejemplo señero de lo que yo entiendo que es la obra de un autor libre, en el sentido métrico: es decir, de alguien que tiene libertad para elegir entre los diversos registros y formas porque se ha familiarizado debidamente con todos ellos: es igualmente hábil con el soneto (clásico o isabelino), la décima, el romance o el haiku que con el verso blanco, sin rima (pero no menos rítmico por ello) o la prosa poética. 

Dado que se ha hablado mucho de la claridad de sus versos, quiero también deshacer el posible equívoco de que lo que encontramos en este libro tenga algo que ver con la línea clara, lúdica y culturalista a su manera, defendida en los últimos decenios por Luis Alberto de Cuenca. La claridad a la que nos referimos nos remite, me parece, a otra tradición, a otras fuentes, más sobrias y hondas: si en el fondo de la misma podemos distinguir a Fray Luis, ese excelente poeta meditativo, más cerca de nosotros y de Antonio tenemos a su tocayo Machado y a Pedro Salinas, cuya fidelidad a la propia voz resuena a menudo en los versos de este libro; e incluso a Blas de Otero, aquel poeta que, como Antonio, un día bajó a la calle y comprendió. (Antonio, puntualicemos, no baja a la calle: sale a la misma; pues, como ha ido quedando claro, no vive en las alturas, en una torre ebúrnea —sino a pie de calle.)

La poesía de nuestro autor es meditativa, sí, pero también civil, agnóstica y estoica: si algo queda claro en ella es que el poeta no acepta ninguna golosina del Otro Mundo y se atiene con limpieza a lo que vemos, a lo que hay: el paso del tiempo y la oportunidad de salvar a través del verso algunas de las experiencias y sensaciones vividas (Cuanto escribo me salva ante mí mismo —Tempus fugit; y lo que escribe es siempre un testimonio veraz de lo que vive: Un verso que actúa de testigo —Ese testigo). A esta exigente transparencia le acompaña una gran felicidad verbal, que le lleva a formular estas verdades eternas de forma memorable. Por ejemplo, cuando escribe (en Anunciada derrota) que

En la larga batalla que la vida propone
solo hay un vencedor, y ese es el tiempo.

Por último, me parece también significativo que un repaso a su blog nos deje ver que los autores a los que ha dedicado más espacio son sus propios contemporáneos, autores vivos y presentes como Francisco Castaño, Pedro Tenorio, Alfredo J. Ramos e Hilario Barrero. Siento que a Antonio le hace feliz formar parte de esa hermandad de poetas vivos, que no muertos, y estoy seguro de que esa hermandad está abierta para incluir también a cualquier lector que acepte el envite que hoy nos plantea con este libro lúcido, abierto y sereno.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Hasta luego, Isabel Escudero



Ahora que todo el mundo saquea el artículo de Wikipedia sobre Isabel para sus necrológicas, no puedo evitar sonreír cuando llego a la parte que dice 'en colaboración con García Calvo intervino en numerosos foros'. La sonrisa es porque yo escribí esa frase —que en su redacción original, luego atemperada, decía: 'En colaboración, no siempre apacible, con Agustín García Calvo'. Y en ese 'no siempre apacible' se resumía también mucha verdad de aquel amor de tantos años, dialéctico y guerrero, indomable y cabezón. Pienso que es esa guerra la que la muerte no podrá dar nunca por concluida a ciencia cierta. Que las cosas de ambos, y las de entrambos, seguirán dándonos guerra, levantándonos de la cama para coger la guitarra, tirándonos de la lengua, haciéndonos llorar y meditar y descreer como solo ellos sabían. Que nunca nos deje, amigos, su compañía siempre cordial —pero casi nunca apacible.

domingo, 5 de febrero de 2017

Materiales para la Bestia (perfil A)


Para Ana Vera

Esta cerveza bruja
por cuyos ojos pasan veloces sostenidos,
pelícanos de fondos egresados
desde el hondo bocanal del plenilunio
grandes grandes son los hechos de san Juan y san Fermín
gres un poco de gres
la casa se hunde entre nubes de incienso basáltico
y soy esa propiedad vagamente intransitiva de los mares
cuando perfuman de ignorancia su malvada arqueología

férreas como truenos de un material doméstico
las densas alteridades de un señor en caras vivas
que persigue su propia valencia sobre el cielo incandescido

blanco será mi nombre cuando tú llegues a pronunciarlo:
lejos de mí estaremos cuando me beses con tus acequias
de nieve donde la e no arrastraría sus vanos prejuicios
sin aprehender en sus ijares un breve esputo de terciopelo

tendrás todos los nombres que necesites para llamarme
cuando las costras de los heridos hagan un árbol entre tus brazos
y un hombre de fin del muro diga verdades como alhelíes
o vértigos de Dante mientras divisa zonas de Laura

quién digo quién es autómata
si las flores arteras reposan su polen
sobre el costado límpido de un fresco atardecer
en que las cosas son casi de queso

helados bajo costosas expediciones a la cocina
alados miserables volvemos
hasta la voz de infinita luz que nos deja probar el tiempo
que atesora diamantes planos y asimetrías
como un delicioso sirope de manos introvertidas

probad probad tendré las energías suficientes
para sudarme un hueco entre las olas del verano
que llega buceando como un festín de cobre
como un mármol muy dado a la bebida de anagramas
o un sátrapa del Santo Corazón de la Gangrena

hemos ganado y hemos perdido pero no te hagas ilusiones
tú no jugabas
tus túmulos festivos daban gracia a los nenúfares
del cielo consternados por plegarias hidroeléctricas

uno más uno es el grave
y yo soy su perdido sobrino
comida para el búfalo de sangre imperdonable
amigo de los músculos que sueñan en la piel

nunca jamás me tendrás en tu lista
de aceleradas partículas, verbos a partir de boca
y cocacolas que dejan sentir un chispazo cetrino

airadas eléctricas lindas reservas
como si un banco de hielo portátil abriera los ojos
hasta tocar el sabor espectral de tus blancos peligros
entre penínsulas hechas de pluma de ferrocarril

tilos y amigos que sirven su voz en pequeñas palabras
como la vida qué suerte eso es guay nos veremos muy pronto
pero qué ojos nos van a servir eso ya no se sabe.

la incertidumbre esa amiga propensa a quedar en un verso
sin que uno sepa si habrá de venirle ocasión de encontrarlo
sin torcer algún rincón equivocado
que nos lleva de vuelta a Santa Siempre

es difícil perderse: llegar es lo fácil
hasta el tazón de terrible obviedad que ilumina las clases
donde explicita su argucia veloz el arcángel taimado

"Sócrates Sócrates Sócrates Sócrates Sócrates Sócrates"
un silogismo de tenso cristal en los verbos barbados
que hacen del ocio sintáctico un modo fugaz de morirse
sin esperar a que llegue la cita en materia indeleble

Hemos grabado una letra en los pliegues del miedo:
cuando miramos su eclipse sentimos a veces
el fraternal revolverse de un gato en fondo del circo
donde se juega con pocas palabras y zarzas contadas

mazas más hace una taza de té que un gobierno en Bruselas,
más un mojón de hachís que la Biblia en versión ilustrada
por el pequeño regato de añil que acompaña a los muertos
cuando atraviesan la lápida gres del pequeño terrado
para venir a dormir en las venas repletas de sueño
de los que bajan guiñando un doblón en sus ojos abiertos

mucho habría que morir para poder tocar el tiempo
ese niño de cristales que hacen noche como el plomo
en cañerías donde cada luz es un destello

almenas san Juan en vestido de noche fumándose un verso
de la versión del Cantar de Cantares del sabio fray Luis
mientras espera le hiera el señor de los tiempos perfectos

en torno al mar el filtro de las horas no conoce
maneras compatibles con lo próspero del censo
cuando atraviesa páginas de fresca yema abierta.

lunes, 2 de enero de 2017

domingo, 27 de noviembre de 2016

Donde acaba mi casa


'Los vivientes'. Así llamaban los egipcios a los muertos que no morían por segunda vez en el Más Allá, sino que permanecían activos de algún modo desde su nueva patria. Así se llama también la sección séptima de El agua siempre encuentra su camino, el libro de versos que presenté ayer, 26 de noviembre, en la Fundación Concha de Navalmoral de la Mata con un reparto de lujo: Mari Cruz García en nombre de la Fundación; el gran poeta talabricense Alfredo J. Ramos, cuyo sermón (que podéis leer en su blog) iluminó de forma perdurable el libro; y algunos de los amigos músicos (Luli, Fátima y Juanfran), reunidos esta vez con el nombre de El Grupo En Ciernes. Gracias también a los amigos de la librería El Encuentro, que vendieron a quien quiso adquirirlo un ejemplar del poemario.

Alegre fue la mañana, y con todo, no dejaron de evocarse y hacerse presentes a su manera algunos de los difuntos queridos que pueblan el libro: los maestros Agustín García Calvo y Antonio Hernández, Aker; el siempre gentil Leonard Cohen, cuyo sombrero (sort of) adornaba la mesa (y a ratos mi cabeza); el buen Alfonso García Pecharromán, al que la corriente implacable condujo en plena juventud al otro mundo; y algunos fantasmas aún más íntimos y cercanos que prefieren no andar en boca de nadie.

'Hemos perdido el alma', dictaminábamos Alfredo y yo a los postres, hablando en nombre de todos, por mí y por todos mis compañeros; y lo decíamos pensando en el continuo entretenimiento, la programación 24 horas por todos los medios y sobre todos los asuntos, que deja poco o ningún espacio para la formación y exploración del mundo interior de los que nos siguen, y a menudo tampoco nos lo permite a quienes sí vivimos una vez el ensimismamiento en nuestra niñez y adolescencia, pero vamos olvidándolo. Quizá el sino del alma es siempre estar de paso, a punto de desaparecer. Piensa uno en los elfos partiendo a los Puertos Grises.

'Noviembre es el mes de los muertos, el mes de Sokari', me recordaba esta mañana Aker, en uno de esos mensajes directos que me envía a veces y que aparecen escritos tal cual en mi mente, con su sintaxis y su caligrafía. Y no era por asustarme por lo que lo decía, sino porque entendiera mejor por qué entre tanta y bien fundada alegría pugnaba ayer por momentos por acallarme una incurable melancolía, que se sonreía al saberse ocasión y causa profunda de su contraria.

Se canta lo que se pierde, decía el papagayo verde de Machado, y con él el maestro Agustín (solo de lo negado canta el hombre / solo de lo perdido). Cabe añadir que se canta para no perderlo del todo; para no perderse en el todo (que es la nada) y conservar, cifrados en palabras, notas, silencios, unos pocos instantes que queremos tener siempre a mano.

Cuatro canciones sonaron ayer, que eran otros tantos poemas del libro. Traigo para empezar esta (gracias mil a Ana, Minerva, Pablo y Miguel por grabar las actuaciones y hacer fotos), que en el libro se llama Que yo no sé cómo llamarte, en homenaje a una de las canciones de Luli que aparece en el único disco de Ciento Volando, Por amor a lo que venga. Pero ella, gentilísimamente, le puso a su vez música al poema, y como canción (preciosa canción, entre ranchera y sirtaki) su título es otro: Donde acaba mi casa.




martes, 1 de noviembre de 2016

La Rosa Por Defecto 3 (octubre 1995)


Con la fiebre del descubrimiento, no fueron uno ni dos, sino tres, los números del fanzine que aparecieron a lo largo de 1995. Este, el tercero, salió en octubre y renueva considerablemente la lista de colaboradores. Abre un autor consagrado, Tomás Segovia (al que por entonces visitábamos con frecuencia en su 'oficina' del Comercial), y repiten dos clásicos del fanzine: Rafael Herrera y Antonio Hernández, Aker. También yo cuelo algo (el inevitable editorial y un par de poemas). Pero, oh sorpresa, este es el único lugar donde podrás encontrar dos poemas de Antonio Martín, arquitecto de Cálamo y Cran, mucho más dado a la narrativa que al verso, pero que se lanza aquí a trovar con elegancia y acierto impares. Las otras dos voces, femeninas, son también frescas y novedosas: Luli trae una de sus canciones cientovolanderas y Maica Martín (hermana de Dani), dos textos en prosa.

Del postripi de Maica que cierra el fanzine, Secreto, procede la línea para mí mejor de todo el número, y quizá del fanzine en toda su historia: La cerveza debe ser buena para el alma, porque con ella uno se siente más ligero, llega antes a los sitios y ve la luna más grande. Sépase y óbrese en consecuencia.

sábado, 29 de octubre de 2016

La Rosa Por Defecto, número 2 (1995)


En mayo de 1995 volvimos a la carga con el fanzine, pocos meses después de su debut (en el que no aparece consignado el mes, pero que debió de ser por marzo, por mi cumpleaños). Repitieron muchos de los colaboradores (por orden de aparición: Rafael Herrera, Ricardo Pérez, yo mesmo, Daniel Martín, Sergio Herrero, Eva Fernández, Alfonso García Pecharromán), pero además tuvimos dos estupendas traducciones en verso, de Hoffmannsthal y Nikos Cavadías, obra (respectivamente) de Ana Leal y Rafa Herrera.

En este número apostamos fuerte, por lo que fuera, por los sonetos, dando lugar a una observación un tanto desesperada de Agustín García Calvo, que dijo poco después a quien quisiera oírle que además de sufrir durante años la 'retórica oficial del endecasílabo' a la que se alude en el editorial, ahora encima teníamos poetas que no sabían componer sonetos decentemente. Y, en verdad, estábamos aprendiendo (en público, según la doctrina que el punk nos legó a todos) y alguna torpeza sí se aprecia —aunque no faltan en el número sonetistas cumplidos o, al menos, prometedores.

El poema de Cavadías, vertido esmeradamente por Rafa Herrera, es el responsable inmediato de que me haya decidido a desenterrar el fanzine: esta semana me lo pidió mi amigo Emiliano para compartirlo con una amiga, y me conmovió que estas alturas recordase que se había publicado alguna vez en alguna parte.

jueves, 27 de octubre de 2016

La Rosa Por Defecto (en la boca del asno)


Era 1995 y yo comenté con mi amigo Antonio que sería lindo editar un fanzine de poesía. Como tantas veces en el curso de nuestras vidas, lo que en mis labios era solo un deseo, seguramente condenado a vivir y morir como tal, se hizo tangible en pocos minutos en cuanto el chache se puso a ello y desplegó esa magia que le ha hecho justamente célebre como domador de procesadores de texto, programas de edición y cualquier otro software capaz (en sus manos, claro) de hacer virguerías.

Pensando sin duda en la novela de Umberto Eco, que aún quedaba cercana, le puse al fanzine La Rosa Por Defecto (con la coletilla 'en la boca del asno' se convirtió luego en el título del programa de radio que hice con otro amigo, Alfonso, en Onda Verde, un empeño que alguna vez habrá que rescatar también).

Mi idea es subir todos los números del fanzine que se publicaron. En este que enlazo, digitalizado en formato PDF, hay, por orden, textos de Agustín García Calvo, Sergio Herrero, Ricardo Pérez, Daniel Martín, yo mesmo, Eva Fernández Rodríguez, Marta Fuentes, Rafael Herrera, Antonio Hernández Marín (aka Aker) y dos anónimos del siglo XVI recopilados por Alfonso García Pecharromán.

Respecto al contenido, por la parte que me toca habría tanto por lo que excusarse que prefiero ni intentarlo. Tengan Vds. paciencia —y, por qué no, también buen provecho.





viernes, 14 de octubre de 2016

Dylaniana



Como buen dylaniano, me ha alegrado el Premio nórdico que acaba de caerle encima. Confío en que le abrigue en el inverno de sus días y pienso que, como en alguna ocasión anterior, cuando finalmente hable será para decir que en él se premia a Woody Guthrie (y, podría añadir un europeo, a Brassens). Lo cual me parece estupendo.

Mi Devocionario Pop es un libro muy dylaniano. Dos de sus poemas (que recoge en su blog Víctor Peña) son versiones libérrimas de canciones de Dylan, y otros dos, que traigo aquí, son poemas propios pero aluden a sendas canciones del maestro. Ahí van.






sábado, 8 de octubre de 2016

Estudio en escarlata


Gracias a Pablo García, que tuvo la idea y la pericia y decisión para realizarla, tenemos nuevo vídeo de La Bossa y la Vida. Helo, y con él diez cosillas sobre Estudio en escarlata.



1. Estudio en escarlata es el título de la primera novela de Sherlock Holmes que escribió Arthur Conan Doyle. Se publicó en 1887.

2.  La expresión se refiere a un estudio, es decir, un boceto o apunte, dibujado en color rojo (escarlata). En el libro de Doyle, el estudio en cuestión es el asesinato que investigan y resuelven Holmes y Watson. El hilo rojo de la sangre derramada forma el diseño.

3. La letra de la canción habla de varias cosas, y de ninguna en particular. La conexión con el estudio en escarlata viene porque en la primera estrofa se habla de soplar sobre las brasas, haciendo que broten las llamas.

4. Una de las cosas de las que habla la canción es de los amigos perdidos, y de cómo a veces se les echa tanto de menos que, en cierto modo, su falta se hace ubicua. Yo pensaba en mi amigo Antonio Hernández, Aker, pero por desgracia todos  acabamos teniendo a alguien a quien echar intensamente de menos, cuya ausencia nos acompaña.

5. En el arranque (Raíz de lo que viene, amor de lo que pasa) hay un guiño a una canción cientovolandera que dio nombre al único disco del grupo, Por amor a lo que venga.

6. La canción tiene solo cuatro acordes, aunque les caen algunas tensiones coloridas que hacen que no suene (demasiado) a guitarra de campamento.

7. Para felicidad (o no) de los músicos que no pueden usar cejilla, está en si mayor, tono de cinco sostenidos y hermoso sonido, muy brillante.

8.  La estrofa final es un arreglo del arranque de la Sonatina, uno de los poemas más conocidos (e injustamente vilipendiados) de Rubén Darío. Hay otra canción nuestra, Juventud divino tesoro, que es toda ella adaptación (en tono bluesero) de un poema del maestro nicaragüense.

9. Las palabras consuelan, pero nunca lo suficiente. Unas veces las exaltamos (es la palabra el único tesoro que persiste: / el lápiz con que puedes dibujar cualquier color) y otras veces constatamos su ruina (qué tarde, qué deprisa / caducan las palabras).

10. ¡Los pies de Fátima! Pablo valoró grabar los pies de todos, pero decidió con buen tino centrarse en los de la dama Galadriel.

domingo, 18 de septiembre de 2016

Lecciones de vida


Éramos menores de edad (¿quince años? ¿O antes incluso?) cuando creamos el Taller Literario Babel, una tertulia que se reunía cada viernes en el parque Sur de Madrid, en un local que aún sigue ahí, y que entonces se llamaba Piscina Restaurante Marbella. Creo que a Ricardo y a mí nos había citado alguna vez allí un profesor nuestro, Luis María Sanz, que fue la primera persona en interesarse por lo que escribíamos, cuando éramos aún muy críos. A la edad en que fundamos el taller, Luisma ya nos había aclarado, con admirable franqueza, que no tenía más que decirnos o enseñarnos, y que debíamos buscar una respuesta en otros, preferiblemente personas con experiencia en el mundo literario y editorial. Lo intentamos. Recuerdo visitar (aún de su mano) la editorial Arnao, una pequeña empresa dedicada a la poesía, dirigida por dos jóvenes encantadoras pero que no supieron tampoco muy bien qué hacer con  nosotros. Fueron amables, pero salimos convencidos de que lo que habíamos escrito hasta entonces era impublicable. (Y lo era.) Nos regalaron, eso sí, algunos libros de su editorial. Uno de ellos,  La página amenazada de Eloy García Tizón, me impresionó muchísimo; alguna vez he traído hasta aquí una muestra.

Volvimos, pues, al Marbella, pero ya como jóvenes escritores. Como no encontramos un interlocutor entre los adultos, decidimos buscarlo entre nuestros amigos. Incomprensiblemente, entre ellos no faltaban otros letraheridos tan frikis como nosotros (o quizá fue esa dolencia la que hizo que amistáramos). Teníamos a Carlos, lector máximo de Ciencia Ficción y amigo fiel hasta este día; a Dani (al que me tocó entrevistar para un trabajo de religión. Le pregunté, como a todos: '¿Qué opinión tienes de  Dios?'; y él, como nadie, me respondió:  'Muy buena. Yo mismo soy un dios');  a Antonio, elegantísimo cronopio; y a Eva, una de las chicas más guapas del colegio, pero que además de eso había leído a Kafka y a Djuna Barnes (o quizás no) y era capaz de hablar de todo sin melindres ni tapujos.

Virtud esta muy necesaria. Éramos, ya digo, menores, pero pronto en las cosas que escribíamos empezaron a aparecer todo tipo de brutalidades, que hubieran hecho sonrojarse a los clientes del lugar si no hubieran tenido el buen juicio de ignorarnos. (No era difícil: solíamos sentarnos dentro, y la mayoría de las mesas de aquel enorme espacio estaban siempre vacías.) Fingíamos, a modo de entrenamiento, haberlo vivido todo: la represión de un Estado totalitario, el estupro, el asalto a mano armada, la carrera a través de un campo lleno de cristales, con los pies descalzos.

Algo de esa sabiduría, sin embargo, era cierta. Pero no me tocaba a mí. Al contrario, si escribo estas líneas es porque me sorprende retrospectivamente no haberla apreciado.

A pesar de la advertencia de Baroja ('Juventud, egolatría'), no acudíamos al Taller a echar cada uno nuestro rollo. Solíamos escuchar lo que leían los demás con enorme atención, y al finalizar dábamos nuestra opinión con más sinceridad que cortesía (aunque a veces repitiéramos sospechosamente juicios como 'me ha gustado más la primera parte' o  'lo que más me ha molado es el ambiente'). Si el texto no nos convencía, tampoco era raro que acribilláramos a preguntas al autor, que a veces degeneraban en reproches.

Y bien, ahí es donde, con cierta vergüenza, me recuerdo. Mi amiga Eva siempre tuvo un gran talento para escribir cuentos que se movían entre el realismo crudo y una realidad paralela expresionista (un título suyo: 'Una vez aprendí a cocer cucarachas y ahora no recuerdo dónde'). Es un  registro que después dejo atrás, cuando comenzó a estudiar Trabajo Social, convencida de que no bastaba con constatar las atrocidades de nuestro entorno y convertirlas en literatura, sino que había que remediarlas. En uno de esos cuentos, hacia el final, escribía Eva algo así como 'Corrí y corrí hasta que no pude dar un paso más. Y luego seguí adelante'.

—¿En qué quedamos? —le dije yo con mi peor sonrisa—. ¿Se quedó realmente sin fuerzas o le quedaban suficientes para seguir?

Trató Eva de explicarme que esa era precisamente la cuestión: que a veces uno se queda sin fuerzas y sin embargo es forzoso seguir —e inexplicable, milagrosamente, sigues. La explicación no me convenció, pero la archivé. Hoy me parece una lección impecable.

Hubo muchos más casos así, en que yo corregía y acababa corregido. Recuerdo otro. Era un cuento (o quizá no exactamente un cuento) en el que hablaba del chico con el que entonces salía, y en un momento citaba, entre otras prendas de amor,  su 'sudor limpio'.

—Volvemos a lo mismo. O está sudado o está limpio.

Hoy, mientras escribo esto tras una sudorípara vuelta en bici, sé que ella tenía razón en lo que pacientemente me explicó. Hay un sudor limpio, inmediato, que tiene la nobleza del esfuerzo, y aun del hábito mismo de ejercerlo. Y otro recalcitrante, residual, acumulado en ropas, toallas, o en la misma piel, si uno no ha tenido la ocasión o el acierto de lavarla. Es la diferencia entre el corte limpio, del que en un primer momento ni siquiera brota la sangre, y ese mismo corte amoratado, al borde de la infección.

Pienso muchas veces en Eva y en su sabiduría generosa, que tantos años me ha acompañado y más de una vez me ha dado buen consejo, o (mejor aún) me ha aceptado como venía, en mejor o peor estado, sin pedirme explicaciones ni venderme motos. Hoy me cuesta disentir de ella, a no ser en detalles nimios; y pienso que es una de las personas que más me ha enseñado en la vida. Valga esto como ejemplo de lo mucho que se aprende cuando creías que estabas enseñando.

sábado, 3 de septiembre de 2016

Hobson contra Hobson: ¿qué significa un sueño?


He comprobado muchas veces que mis sueños protestan contra mis intentos diurnos de comprender su mecanismo y ponerle límites. Pero es divertido ver que le pasa lo mismo (¡sin que él se dé cuenta!) a J. Allan Hobson, probablemente el mayor experto actual sobre sueños.

En su libro Dreaming. A Very Short Introduction, el primer sueño que cuenta es uno suyo relacionado con pintar su casa. El propio Hobson cuenta que dejó registro de ese sueño (habido dos noches antes) durante un viaje en avión cuando se dirigía a un congreso sobre el sueño. Hobson sueña que un amigo suyo y un amigo desconocido de este amigo le están ayudando. El desconocido pinta con spray azul la pared blanca. Hobson está inquieto porque no confía en la habilidad de los que le ayudan. Y, en efecto, el tipo del spray mete la pata hasta el fondo. Mientras se entrega a pintar mecánicamente de azul la pared, no se da cuenta que en la pared hay un cuadro, que también cubre de pintura. Hobson le ordena que pare, pero para hacerlo hay que parar una máquina que se encuentra en el piso superior.


Hobson 'interpreta' el sueño poniéndolo en relación con su preocupación por el mantenimiento de una granja suya en Vermont. Pero ¿no es bastante más lógico pensar que alguien que está a punto de partir a un congreso de sueños y está bastante preocupado por cómo le va a ir en él sueñe algo relacionado con lo que en ese momento más le preocupa: o sea, con el congreso y con los sueños en general?

Pero a mí, que soy muy dado a los metasueños, este me parece un caso evidente. La pared es el sueño. Y el 'arreglo' que Hobson, su amigo y el amigo de su amigo realizan es el debate al que se dirige, centrado en el tema del sueño. La aplicación mecánica y poco cuidadosa del spray azul es la lectura mecanicista del sueño que Hobson y sus colegas defienden (azul, de hecho, es la portada del libro, como se ve en la imagen de arriba). El sueño denuncia, con toda la razón del mundo, que esa explicación mecánica es un abuso que no tiene en cuenta 'el cuadro', solo la pared. Pues la pared (el sueño) es según Hobson enteramente blanca: lo que soñamos no significa nada, es un delirio inconsecuente del cerebro. Y al pintarlo de azul, está creando un doble de esa nada: una versión científica, fría, del fenómeno.

El sueño le recuerda que no es así: en esa pared blanca hay colgados cuadros, y es un crimen cubrirlos de pintura. Ignorarlos. Es decir, es un error no advertir que hay sueños (o elementos del sueño) banales (la superficie blanca) y otros significativos (los cuadros).  Pero ese error no es individual (y no puede corregirse dejando de apretar el spray): depende de un sistema (de ideas) que es necesario parar. Esa máquina que se encuentra escaleras arriba (en la conciencia, en la vigilia) es la propia teoría de Hobson y cía sobre el sueño.

De esta maliciosa manera, el Hobson 'del lado izquierdo' (que diría Castaneda) le da una lección magistral al de la mano derecha. Esa lección pasa inadvertida, pero el subconsciente de Hobson le juega otra (y genial) pasada al hacer que incluya este sueño en su obra. Pues el Hobson-que-sueña está así subvirtiendo con un guiño todo lo que dice a continuación el Hobson-que-niega-todo-valor-a-lo-que-sueña.

domingo, 14 de agosto de 2016

La Realidad no es todo lo que hay (García Calvo, tr. Juan Bonilla)

 
En los medios al uso, seguramente nadie ha escrito más a menudo sobre Agustín García Calvo en los últimos años que Juan Bonilla. Su relación con el maestro es entrañablemente edípica: casi nunca lo alaba sin lanzarle un pellizco; ni se burla de él sin reconocer, de antemano, su admiración incondicional. En su último libro de versos, Poemas pequeñoburgueses (Renacimiento, 2016), que me descubrió (como tantas cosas buenas) Víctor Peña Dacosta, abundan las referencias, unas veces al maestro y otras, sin nombrarlo, a cosas que él solía repetir (la Realidad no es todo lo que hay, el Futuro es el reino de la Muerte). Traigo este poema, que es la alusión más directa; pero ya digo que a lo largo del libro hay mucho Agustín metabolizado. 
 
LA REALIDAD NO ES TODO LO QUE HAY

A ¿Agustín García Calvo?

La realidad no es todo lo que hay.
Tiene grietas y heridas.
Si te asomas verás cómo debajo
Va fluyendo la vida.
 
La de verdad, sin tiempo,
sin futuro rindiéndote a su suerte.
La realidad es el viejo refugio
de tu muerte.
 
Pero debajo, bien lo sabes tú
que eres un yo que me hace tú a mí mismo,
vibra la vida a salvo, niña ebria,
invitándonos a la fiesta del abismo
 
donde ser y no ser bailan dichosos
sobre nuestras futuras tumbas,
volviéndonos un mero estar, no es tarde
para abolir cualquier pregunta
 
que sólo quiera darte realidad,
sin decirte nada de ti,
transformarte en sombría identidad.
No hay más porqué que el porque sí.
 
La realidad no es todo lo que hay.
Lo sabes bien, es la verdad sencilla.
Por debajo la sientes, vibra y fluye ,
ajena al tiempo, nuestra vida.