miércoles, 14 de febrero de 2007

El Tejo Pellejo


Hoy toca un cuento, por gentileza de Daniel. Al duende Zarzillo lo conocemos muchos, pues hay quien se ha ocupado de darle forma en fiestas públicas y privadas. En cierto modo, todo lector de bosques lo conoce. Es un cuento para niños, pero quizá el lector esté de acuerdo en que este cuento en particular se aparta de las veredas habituales del género. Que lo disfruten.


ASOMBROSA HISTORIA JAMÁS CONTADA DEL TEJO PELLEJO
O EL DÍA EN QUE ZARCILLO REJUVENECIÓ TRESCIENTOS AÑOS

A la sombra de una fronda impenetrable, en lo más profundo de la oscuridad del bosque, vivía ensimismado el Tejo Pellejo. 0 al menos ese era el rumor que de raíz en raíz, de rama en rama y de hoja en hoja había circulado a lo largo de los siglos por el bosque de Todovale. Los robles se lo habían contado a sus bellotas y éstas, cuando fueron mayores, al resto de los árboles, y aunque los árboles de por sí son reservados, sobre todo cuando pasan de los milquinientos años, había algunos que en su juventud se habían juntado con arbustos y árboles frutales, que son unos juerguistas y hablan hasta por las ramas, y así el rumor había llegado hasta el último rincón verde conectado con el bosque, y algún liquen se lo había contado a los pájaros, y aunque todo el mundo sabe que los pájaros no saben hablar, o si saben nosotros no les entendemos, el caso es que por aquel entonces había un guacamayo eremita pasando sus últimos días en Todovale, y este sí sabía hablar, pero como era eremita prefirió escribirlo, que quedaba más discreto, y lo escribió y lo publicó en papel reciclado, y se convirtió en un best-seller, y de esta manera la historia más recóndita y secreta de cuantas podían hallarse en Todovale pasó a a ser la más típica y difundida, la que nadie ignoraba y por la que preguntaban los turistas cuando se acercaba al bosque con sus cámaras fotográficas y sus bermudas.

Sin embargo, y eso era lo hermoso, nadie recordaba haber visto nunca al Tejo Pellejo. Ni a nadie que fuera su amigo, o conociera a algún familiar suyo, o pudiera contar de él algo distinto de lo publicado por el guacamayo Pelayo. Y era de dominio público que el guacamayo Pelayo, viendo palidecer sus días y asustado por la inconsistencia de la vida, se había inventado enterita la historia del Tejo Pellejo, y había añadido notas autobiográficas para justificar su vida de excesos y aventuras, y aunque el libro estaba lleno de faltas de ortografía e incongruencias históricas, resultaba ameno y fácil de leer, y era un poco como el Guacamayo Pelayo, que había sido mejor aventurero que eremita.

Fuera como fuere, cayó un día en manos del Duende Zarcillo un ejemplar de La historia jamás contada del Tejo Pellejo, y cuando digo cayó no hablo en sentido figurado, pues existía un avellano en el bosque muy dado a la lectura, que además tenía muy buena sombra, y no era casualidad, porque las historias que leía le corrían por la savia, y cuando se quedaba dormido le subían a las hojas y se le quedaban impresas en el envés, y las orugas que se las comían se volvían más cultas, y algunas se volvían platónicas y otras existenciales, según su genética, y otras, que eran muy burras, se quedaban en orugas, y les sabían igual El Evangelio según San Mateo que La Familia de Pascual Duarte. Este avellano contribuyó mucho a la difusión de la cultura por el bosque, sobre todo en otoño, cuando se le caían las hojas y el viento las extendía por todas partes, y de pronto el suelo se llenaba de poemas y trozos de historias. Bien es cierto que se mezclaban al caer, y si escogías una al azar, cuando terminabas de leértela era casi imposible encontrar la continuación y te tenías que quedar con las ganas de saber lo que pasaba después. Tal vez por eso se puso de moda un juego que consistía en casar entre sí las hojas, de manera que sus historias concordasen, hasta formar con todas una historia distinta y nueva cuyo legítimo autor era el que se había encargado de juntarlas. Esto dio la oportunidad de expresarse a cientos de animales que no gozaban del don de la palabra pero cuyas recopilaciones de hojas superaban en hermosura a las novelas originales. Y acaso lo único lamentable es que el avellano Avellaneda jamás pudo disfrutar de los frutos de su labor cultural, pues todo esto sucedía mientras él se encontraba dormido, y su otoño coincidía con una primavera de libros e ilusiones como nunca imaginó, con los animales recitando la tabla del siete y explicándose unos a otros las mocedades de Merlín. Pero lo bueno es que mientras más dormía, más se le imprimían las hojas con las lecturas de sus sueños, y si eran sueños muy intensos las hojas se le arracimaban como formando un libro, y a veces se le encuadernaban de corteza color cuero, y les salía hasta título en letras doradas, y cuando estaban bien maduras caían al suelo donde iban formando, año tras año, la biblioteca vegetal más completa que jamás haya existido.

El duende Zarcillo iba a menudo a consultarla, sobre todo para buscar en los diccionarios una palabra que le habían dicho que al pronunciarla te entraba la risa y no te la podías quitar hasta que te enjuagabas la boca con savia de arce. Y estando en éstas, mientras pronunciaba palabras con un diccionario abierto entre las manos, le llovió del cielo un ejemplar muy maduro de La historia jamás contada del Tejo Pellejo.

Zarcillo dijo: —El Tejo Pellejo, humm...— y se enfrascó en la lectura como sólo un duende es capaz de hacerlo (se introdujo en un frasco de cristal con el libro y veinte luciérnagas, y allí estuvo leyendo día y noche. Cuando le entraba sueño, mandaba a una luciérnaga en busca del café Bartolomé, y al poco regresaba ésta con unos granitos marrones que al chuparlos despejaban el cansancio y te hacían adelgazar). El duende se quedó muy delgado, y muy pálido, y los ojos le empezaron a brillar en la oscuridad como si tuviera el intenor repleto de luciérnagas. Pasaron muchos días, pero el duende seguía enfrascado. Llegó el invierno, pero nada. Zarcillo continuaba con los ojos pegados al libro, como si la lectura fuese el único remedio a la enfermedad que había contraído. De vez en cuando levantaba la vista y se quedaba contemplando el infinito. Entonces se podía ver claramente que Zarcillo estaba ciego, pero a él no parecía importarle, y a veces se le oía comentar: —El Tejo Pellejo, humm...

Fue entonces cuando alguien recordó que el rumor original, el que había dado origen a la historia del Tejo Pellejo, hablaba de un árbol viejo y ensimismado, un árbol que pasaba sus días jugando al veo-veo consigo mismo, y para no aburrirse crecía hacia dentro, de manera bajo su corteza había otro árbol, y luego otro, y otro, y así infinitamente hasta formar un bosque entero en su interior. También se dijo que nadie lograba verle porque a diferencia del resto de los árboles, que necesitan la luz para crecer, el Tejo Pellejo necesitaba la oscuridad, y crecía como una sombra por las zonas de umbría, y se pegaba tanto a ellas que aunque alguien hubiera pasado a su lado habría sido incapaz de distinguirle. No obstante, bajo su corteza almacenaba una gran cantidad de luz, y bastaba con hacerle una pequeña herida para que empezara a manar un líquido luminoso que brillaba intensamente en la oscuridad y mataba a los que lo contemplaban por mucho tiempo. También se dijo que era peligroso echarse la siesta bajo el árbol porque nada más dormirte empezabas a crecer hacia dentro, y si no te despertaban pronto, luego era imposible, porque tu cuerpo se había convertido en una corteza, y dentro había otra, y, otra, y en el fondo estabas tú, durmiendo ajeno a todo. También se dijo que el Tejo había resuelto crecer bajo tierra, y que lo único que se podría encontrar de él en la superficie serían sus raíces, que chupaban el aire e impedían que nadie se acercase bajo riesgo de perecer asfixiado.

Y mientras esto sucedía, el duende Zarcillo seguía enfrascado, y corrió el rumor de que nunca se desenfrascaría, y el desenfrascador que lo desenfrascare, buen desenfrascador sería. Por todo lo cual, se puso de moda otro juego que consistía en intentar desenfrascar al duende sin matarlo ni romper el frasco, y aprovechando que había elecciones a rey, se llegó al acuerdo de coronar al que lo lograra. El duende presentaba un aspecto desolador, tenía la piel apergaminada y apenas se movía, y daba la sensación de haberse consumido casi por completo.

Los aspirantes intentaron de todo, desde la acupuntura del Cardo Bernardo hasta las danzas regionales de la Pluma Moctezuma, pasando por los exorcismos del Brote Sacerdote y los chistes verdes del Zorro Salidorro. Pero como era de esperar todo fue inútil, hasta que un día se presentó un extranjero de corteza esponjosa y naranja que rompió de un golpe el frasco, y partió de un golpe al duende, y del interior del duende surgió, ante la mirada estupefacta de los presentes, otro duende Zarcillo, unos trescientos años más joven, que miró al extranjero y dijo: —El Tejo Pellejo, humm...— y después se alejó con su libro bajo el brazo.

Los presentes no salían de su asombro. El primero en reaccionar fue el Espino Avelino, que rodó por el camino, y la última fue la Secuoya Inés Moya, que al día de hoy sigue sin reaccionar, y para mí que se quedó seca del soponcio. El resto fueron rodeando lentamente al extranjero, pero en cuanto tocaron la corteza naranja y esponjosa, todo el árbol se deshizo en un polvillo color ladrillo, bajo el cual sólo quedó una semilla color vainilla con la firma inconfundible del Tejo Pellejo.

Desde entonces nadie se atreve a contar historia alguna sobre el Tejo Pellejo, aunque todo el mundo se las imagina, pero se las callan y dejan que les crezcan por dentro, no vaya a ser que luego sean ciertas. Por su parte, el Duende Zarcillo no vo1vió a enfrascarse en la lectura, ni quiso desvelar lo que había leído durante el tiempo que duró su enfrascamiento, aunque alguna vez se le ha oído comentan -El Tejo-Pellejo, un gran tipo, sí.

A la semilla la sembraron en la zona más umbrosa del bosque (o eso creen ellos), y aunque nadie lo dice, todos piensan que cuando germine asistirán a la más asombrosa historia jamás contada.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

He ahí la imaginación de Daniel Martín en todo su esplendor. La historia contada es, a la vez, un buen ejemplo de las historias de Daniel, que forman ciclos unos dentro de otros. Daniel parece disponer de raíces que toman directamente de la materia prima. Todo en él es sorprendente y original. Ésta es, de las leídas por mí, la que pondría ante cualquier lector como ejemplo primero. Porque justifica y demuestra la validez de ese sistema de bifurcación de las historias, que va guiando al lector por los caminos de lo imprevisible.
Saludos.

Grifo

javi dijo...

Preciosa historia, desde luego, y muy bien llevada. Literatura infantil como debiera ser siempre.

Un saludo.

pepita pulgarcita dijo...

Qué bien, Al, hacía mucho tiempo que no me acordaba de esta historia. Cuando yo era "más pequeña" leía las historias que escribíais con avidez, sobre todo las que "presentábais" al concurso de nochevieja, y luego era un honor conoceros, como cuando conoces por fin a alguien a quien admiras. Recuerdo una vez, en La Rosa por defecto, que pusísteis este cuento, contado con la voz de Dani y con las risas del Abuelo "hmm, el tejo pellejo....". Por cierto que molaría tener aquellos programas.
Si admites peticiones, y la tienes por ahí, había otra historia de Daniel en la que un tipo cogía un tren no se sabía bien a dónde y había vagones con gente dormida... Siento no poderte dar más detalles. No me acuerdo bien de la historia, pero se me quedó por ahí enredado y de vez en cuando me lo cuento(inventado)en sueños.
besos

Al59 dijo...

Grifo: totalmente de acuerdo. Es un universo vivo y completo, que se te instala (o tú en él).

Al59 dijo...

Pepita: recuerdo bien ese programa, que acabó a carcajada limpia, incontenible. Cada poco teníamos que subir la música porque no había manera de leer los cuentos. Me ruborizo con lo que me cuentas y tomo buena nota de las peticiones. Los programas, al menos muchos de ellos, han sobrevivido en formato cassette. Tengo desde hace años la idea de irlos pasando al ordenador y subiendo a algún sitio, pero ahora me has puesto en camino de hacerlo de veras. El cuento que recuerdas es también de los que más me gustan. No lo tengo, pero se lo pediremos al autor, a ver si él lo encuentra. Muchos besos.

Al59 dijo...

Javi: yo también lo creo. Se trata demasiado a menudo a los niños como si fueran tontos (quizá como pre-adultos).

Arraitz y Aizea, cantábrico dijo...

Buenisimo cuento, si señor, se la he ledo a mi hijo en dos noches distintas y a quedado encantado, al dia siguiente todabia me hacia preguntas sobre el cuento. Tenemos un foro sobre bonsáis cuidados bajo el clima cantábrico, en el cual me gustaría poner este cuento, ¿es posible? si me das permiso lo cuelgo. saludos desde: http://groups.msn.com/Bonsaidelcantabrico. enviame una respuesta a mi correo muchas gracias.