domingo, 23 de enero de 2011

La cultura de la muerte


Ya lo sabrán: en uno de esos ciclos de cháchara compulsiva que organizan, a un político ruinoso del PP se le ha escapado la frase, a propósito de los socialistas y su presunta inclinación por el aborto. Pura banalidad. Pero puede que palabras de este tipo nunca se combinen en balde: en cuanto se quedan abiertas, dicen más (y distinto) de lo que se quiso decir con ellas.

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La asociación es vieja. En el Poema de Gilgamesh, Enkidu, creado por los dioses como un hombre salvaje, aprende de una prostituta las maneras de los hombres. Cuando vuelve entre los animales, que habían sido sus compañeros, éstos le huyen: huele a muerte (y no tardará mucho en ganarla). Más cerca cae lo de Freud: el malestar de la cultura como agonía del deseo. O aquello de Lévi-Strauss: lo culto como lo cocido (y antes debidamente cazado, segado, etc.). El fuego (infernal) como entrada a la boca —y al alma.

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'Cultura de la muerte', pues: pleonasmo. Toda cosecha es una matanza. Es imposible cocinar (y comer, y asimilar) nada que no esté muerto o vaya a perecer en el invento, como las ostras que la Morsa de Carroll invitó a cenar. Otra cosa es que esa muerte sea total. No es materia inerte la que contiene carne o pulpa, y en ella, aunque esté disgregada, energía vital, mana.

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La muerte, por otro lado, no es sólo condición del guiso. También entra en la olla: hay una digestión de la muerte, una muerte que muere (y da vida) encapsulada en sus avatares: personificaciones, imágenes. Sin baile con la Muerte, ésta se vuelve un frío invisible, que se extiende sin testigos. Una torpeza más del positivismo, que nos deja sin nada que decir sobre (contra) ella: esa censura esencial de nuestros días que prohíbe como indecorosa (porque así ha decidido concebirla) la tristeza inmanejable, sin azúcar, del duelo. James Hillman, en su libro sobre el sueño y el inframundo: Without an imagination of death, there is a death of the imagination.

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La muerte como danza de las transformaciones. Esta canción tradicional inglesa sobre John Barleycorn, cuyas muertes sucesivas, osiríacas, narran en clave cómo, a partir de la muerte de la cebada, se fabrican la cerveza y el whiskey.