martes, 20 de septiembre de 2011

Esto sí que es Arte


Como ya he contado alguna vez, admiro enormemente a Joselu, un profesor de Lengua y Literatura que de vez en cuando se declara de vuelta de sus entusiasmos juveniles por la docencia —para a continuación confesarnos que se ha pasado a algún empeño pedagógico nuevo, siempre más arriesgado y exigente que los anteriores (el último, enseñar a la vez español y 'pensamiento crítico' a alumnos inmigrantes —a los que Joselu, a diferencia del 99% de nosotros, considera la última oportunidad que se nos brinda de hacer algo en clase que no sea un simulacro).

Mi admiración por Joselu es la que se tiene por alguien que se atreve ir más lejos y por más tiempo que tú. Como profesor, yo puedo ser a ratos un tanto peculiar en la manera de entender la materia, pero resulto bastante convencional en la metodología. Estos días, con todo, me encuentro con grupos que no tienen el libro de texto ni aspecto de ir a hacerse pronto con él, así que es inevitable sentir esa ausencia como una oportunidad para volver a una docencia menos convencional, sin preguntas y respuestas prestablecidas, abierta a indagaciones.

Así, en 1º de Bachillerato se me ocurrió que una manera interesante de entrar en el primer tema del curso (El uso artístico del lenguaje) sería examinando las entrañas del concepto 'arte' a partir de un pequeño tesoro que les recomiendo, el Diccionario etimológico indoeuropeo de la lengua española, de Roberts y Pastor. Examinar la etimología de las palabras es mi estrategia favorita para intentar entender de dónde viene un concepto y en qué se fundamenta. En cierto modo, es como examinar la vida de una celebridad en la época en que era un desconocido: un pasado que arroja una luz nueva, distinta, sobre lo que significan y por qué términos que, por familiares, parece que no tuvieran secretos.

Remontarse al latín o al griego es la primera parada de este viaje, pero seguir ahondando hasta la Prehistoria (el Indoeuropeo es eso: la lengua de los ancestros prehistóricos que luego pasaron a hablar, entre otras, las lenguas europeas) supone multiplicar por cien los efectos prospectivos de la búsqueda. Si términos que en español no parecen a primera vista relacionados (clave y llave, pongamos) se revelan en latín una sola palabra, en indoeuropeo son decenas de palabras de lenguas diversas las que forman toda una red de significados que no sólo permite extraer con tiento el sentido de partida, sino (lo que es aún más interesante) nos informa sobre las distintas vías en que ese sentido se precisa, completa, remansa y desvía.

La palabra arte, por ejemplo, deriva de una raíz *ar- (pp. 12-13 del Roberts-Pastor), cuyo sentido original es 'colocar, ajustar'. Si uno va recorriendo el vocabulario, descubre con cierto asombro que ésta es también la familia de la que proceden las nociones de número (gr. arithmós), arma, armonía, urdimbre, excelencia (gr. áristos), rito y orden.

Casi todo el debate sobre el sentido y las fronteras del arte está escrito en esa red de términos, y se puede reconstruir sin salirse mucho del español. (En lo que sigue, pongo en cursiva todos los términos que derivan de *ar-):

a) Hablamos de un ajuste, armazón o artilugio a partir de artículos sueltos, piezas que no se descubren armónicas, aptas para colaborar sinérgicamente en un mismo propósito, hasta que se las arma con cuidado (cual Isis localizando a lo largo del Doble País los miembros -arms- de Osiris y armándolos amorosamente) y se logra que el resultado, convenientemente articulado, se sostenga (varios términos de la familia, como el avéstico raiti y el persa antiguo arta- insisten en esa idea: permanecer sujeto, derecho). Para el artista, el mayor atractivo de su mester no es tanto la esperanza de obtener un reconocimiento a sus logros, sino la sensación de haber puesto orden y sentido en su vida, urdiendo un matrimonio entre los materiales y capacidades de que dispone y las obsesiones (recuerdos, deseos, ideas recurrentes) que lo agitan.

b) Esencial a ese propósito es la medida, la razón más o menos matemática, la proporción y la repetición de segmentos iguales que encajan los unos en los otros. La rima y la medida -arithmós- de los versos es un ejemplo señero. Un punto más allá, la tarea continúa en la búsqueda de las correspondencias que ligan objetos de campos distintos (sonidos y colores, por ejemplo), teniendo en cuenta siempre que el ajuste invisible, inesperado, es mejor que el visible (Heráclito): de ahí el asco natural por los ripios y clichés, enfermedad profesional del arte.

c) La dificultad de la tarea desemboca de forma natural en una búsqueda de la excelencia (áristos), paralela a otras, como la búsqueda de la Piedra Filosofal o el Santo Grial. El perfeccionismo no debe entenderse como un mero cultivo de la forma, sino como un intento de sacar lo mejor de sí de las piezas disponibles y de la capacidad de que se disponga para combinarlas con tiento. Nuestro JRJ sigue siendo un representante óptimo de esta estirpe.

d) En la raíz del arte está la mímesis, no de ningún objeto en particular, sino de la belleza que se da naturalmente. El hombre contempla emocionado una puesta de sol y se dice que sería una cosa grande lograr mediante el arte una obra (un artificio) capaz de suscitar la misma riqueza de sensaciones. Cuando Bécquer le dice a su amada Poesía eres tú, le está diciendo que su belleza está pidiendo dejarse atrapar en una obra de arte, que tiene (además de un buen revolcón) un poema.

e) Por supuesto (y de aquí el rechazo platónico del arte) estamos hablando de una artería, un engaño, quizá más reprobable cuanto más cerca está el artilugio así urdido de confundirse con un objeto natural. La sensación de vida de la obra de arte no debe engañarnos: Isis nunca encuentra el miembro viril de Osiris, el principio de la generación y la vida: su momia-puzzle es una obra de amor, pero no un ser vivo. Hartos estamos, en fin, de ver que la gente llora las desgracias de los protagonistas de las telenovelas (o se falta metódicamente al respeto mientras asiste, voyeur, a sus hazañas eróticas) con la misma convicción con que se muestra indiferente al dolor y amor reales de su prójimo.

f) Para que el arte no fuera un engaño, debería elevarse a la categoría de artem magicam (de donde artimaña), logrando de manera desviada, impía incluso, lo que le está negado al hombre: dar vida a lo muerto o inerte (etimológicamente, «sin arte»). No basta con que el artilugio se sostenga (a): debe respirar y caminar. A pesar de lo dicho (e), la hechicera Isis consigue que Osiris recobre la vida suficiente para engendrar en ella a Horus. También el doctor Frankenstein, nuevo Prometeo, consigue que su criatura se ponga en pie y camine (aunque luego venga a lamentarlo). Pigmalión siente asombrado cómo la estatua de Afrodita de la que se ha enamorado cobra vida y responde a sus caricias. La rana resulta príncipe.

g) Hemos hablado antes (d) de imitación de la naturaleza, mediante el artificio; pero la producción de seres vivos por otra vía que la generación sexual (f) supone otra imitación, la de los dioses que, según los mitos, crearon así el mundo y al propio ser humano. Recae así sobre el arte un prestigio sagrado, cuya manifestación más chillona es el creacionismo de Huidobro (el poeta, escribe, es un pequeño dios). Más cauto, Tolkien habla del artista como un sub-creador, una suerte de demiurgo en el que Dios ha puesto una parte, mínima pero aun así asombrosa, de su propia capacidad para dar forma a lo que hasta entonces no había. Antes hemos hablado del placer de poner orden en el caos de la existencia; añadamos ahora el placer, propio sobre todo de narradores, pero tampoco extraño a los poetas, de sentirse generadores de un Macondo, un mundo.

h) La enormidad de la acción y su carácter de generación contra Natura (f), siguiendo los principios del arte mágica, abren también la puerta a la idea de que el artista trabaja en realidad bajo la inspiración del señor de los contras y las puertas de atrás: así, tanto Paganini como Robert Johnson entregarán sus instrumentos al Enemigo para que éste los afine y les dé la capacidad de poner en danza a los muertos, o al menos parecerlo.

i) Vemos también cómo el ensamblaje más o menos prodigioso de elementos sueltos produce primero objetos útiles (armas), luego llamativos (artilugios), al fin meramente ornamentales (adornos) o enojosamente inútiles (armatostes). Ornar (y adornar) son también desarrollos de *ar-.

j) Se produce también un ascenso o caída desde la artesanía, que se mantiene entre dos aguas (hermoso pero también útil) hasta el Arte mayúsculo romántico y moderno, no siempre hermoso, y cuya utilidad paradójica reside en darnos la sensación de disfrutar de un lujo, un plus. Paradoja porque ese plus (el de Canal Plus), ese adorno, es una necesidad imperiosa de la humanidad progresada, para la que verse privada de un día para otro, así fuera durante 24 horas, del suministro casi gratuito de obras de arte (canciones, series de TV, novelas, películas) que le proporcionan los medios supondría un shock tremendo (quizá saludable).

k) El arte, en fin, es un arma: cargada de futuro, como la quería Gabriel Celaya, o simplemente abierta a cualquier posibilidad. (Aunque hemos insistido en su capacidad para generar, no se excluye la finalidad destructora, ofensiva: el arte es también invectiva, sátira; su mímesis es también parodia.)

l) La apertura a las posibilidades, al qué vendrá, de la obra de arte tiene que ver con su articulación, que la mantiene derecha, en pie (a) ante los vientos que puedan venir, pero también flexible, dispuesta a interactuar con ellos: las jarcias de un buque, sus velas y palos, son otro desarrollo de *ar-. Como el arpa eólica, la obra de arte responde a sucesivos acercamientos con nuevas respuestas, inagotables acaso.

m) La repetición que no agota las posibilidades del artilugio está ligada, en fin, etimológicamente, a la idea original del rito (de una variante de *ar-, *ri-): no una mera conmemoración de hechos pasados, sino su reviviscencia a todos los efectos. Releemos una novela o volvemos a ver una película, destruido ya el suspense, la intriga, tanto por gozar del placer equívoco de la fatalidad (volver a sentir cómo viene lo que ya sabemos que vendrá) como por descubrir algo de lo mucho que no captamos en su momento. La obra lograda es, después de todo, un mundo (g): algo que nunca podremos dar por recorrido en toda la extensión de sus implicaciones y sugerencias. De ahí la observación de Simone Weil: para el preso obligado a permanecer durante años en la misma celda, la presencia en ella de una obra de arte (un cuadro) genuino, lejos de ser un agobio, supondría siempre una ventana abierta, un respiro. Ojalá sea también ésa la función del arte, tomado en su conjunto, en nuestras vidas.


lunes, 19 de septiembre de 2011

Valorio II


Extraño prodigio éste de componer tanto, si no tan bien, cuando otras veces uno fatiga en vano las escalas y los acordes. Ellas son así.

Esta pieza es de las que, como diría el maestro Aníbal, no tienen chimpún (cadencia de dominante): va cruzando las tonalidades sin otra lógica que la propia, de modo que en un segundo estamos en la menor y en el siguiente en si bemol o fa menor. Todo sin llegar a perderse, pues tampoco es tan grande la pieza, ni el bosque (ya parque) zamorano que evoca.


domingo, 18 de septiembre de 2011

Canciones de Agustín García Calvo


Este verano estuvimos hablando de acercarnos alguna tarde al Ateneo a cantarle al maestro y a cualquiera que quisiera escucharlas las canciones que hemos ido musicando en estos años de su Valorio 42 veces y otros libros suyos. Llega septiembre y con él la desbandada, pero al menos quiero que esas canciones queden colgadas en la Red, a un click. Es un archivo grande (114.71 MB), pero MediaFire suele ir bastante rápido. No están todas las que hay, y algunas están mejor grabadas e interpretadas que otras, pero no deja de ser una gozada volver a oír Tú, cuya mano en voz de Rafa, Mi amiga en la de Luli o el Conjuro en la de Alfonso.

Rescato como muestra la primera. Así sonaba en un bar de Sevilla, a mediados de los 90, con Rafa (¡un gran abrazo, primo!) a la voz y la guitarra y Lorenzo al cello.


sábado, 17 de septiembre de 2011

Valorio


Canta Eliseo Parra en un disco suyo aquella copla:

Ahora voy a cantar yo
una tonadita nueva,
que cuando nació mi madre
ya la cantaba su abuela.

Pues así esta pieza, nueva de esta tarde, pero viejísima por el estilo; como de mil seiscientos algo. Canta la flauta y acompaña el clave, dándole vueltas a un fragmento de una de las canciones de Valorio 42 veces. [Añado una variación modal, que ha generado por error el programa, y que me gusta bastante más que la pieza de partida. Aquí una tercera, para sitar.]




viernes, 16 de septiembre de 2011

Cancioncilla (Antonio Hernández Marín)

El gato Dwalin a la mi ventana, ca. 1984

(Sólo para Dwalin.)

Senderos
de gatos,
senderos
de perros,
caminos
de hierba
cerrados,
espesos.
El niño
los anda
a veces.
El sueño
los hace
infinitos.
Senderos
que siguen
el hilo
de los
pensamientos,
extravíos
sin horas
dentro de
lo incierto.

¡Senderos
llenos de
silencio!
Sin almas
ni cuerpos.

Senderos
de gatos,
senderos
de perros.
...Senderos
que cruzan
los muertos.

(Antonio Hernández Marín, Cuaderno B, años 80).

martes, 13 de septiembre de 2011

Dos décimas danieleras


Un amor que no se usa,
el jamás de los jamases,
una sombra en los compases,
el silencio de una fusa.
Algo que sirva de excusa
para no hacer más las camas,
sin buscar ninguna musa.
Una canción muy difusa
donde ya no hay pentagramas.

*

Han germinado alfileres
al fondo de mi garganta.
Ni yo riego ya esta planta
ni tú llegas donde quieres.
Al final vas y te mueres
como siempre nos decías,
sin dolor, sin romerías,
sin pretender nada hermoso,
como un volcán tenebroso
que tiene las manos frías.

(Dani)

lunes, 12 de septiembre de 2011

Vals tornasol


Mañana (hoy) comienza el curso, o casi. Diluyo la leve angustia en este vals o gymnopedie frío —pero solar, si eso es posible. Van dos versiones: para piano eléctrico la primera y para cello la segunda. [Edito para añadir una tercera, que en realidad es una adaptación, para poder tocar la pieza con una guitarra española.]

jueves, 8 de septiembre de 2011

Instrumental (quirúrgico)


Flor de septiembre.
Embarca la tortuga;
salta la liebre.

*



(La segunda versión va dedicada al caballero Gharlhahath.)

martes, 6 de septiembre de 2011

Raquel en Sol


Como Ciento Volando es en más de dos tercios empresa ajena, no me supone gran conflicto ser a la vez parte del grupo y fan fatal del mismo. Estas dos canciones en especial son de lo que más me gusta en este mundo. Las dos son composiciones de Daniel y se grabaron en directo hacia 1993 en un bar llamado La Cárcel, que hubo antaño en la plaza de Setúbal, de Madrid. Subí en su día otra versión de la primera, pero creo que ésta suena más clara. En la segunda, Raquel, toca la flauta de madera Alfonso, improvisando como sólo él sabía hacerlo. Desde su interpretación, la canción se quedó congelada: sería imposible llevarla de nuevo hasta ese punto de intensidad, y desde entonces nunca hemos vuelto a tentarla.





sábado, 3 de septiembre de 2011

Ciento Volando: Que 20 años no es nada


El fin del verano es buen momento para hacer balance. También de los 20 años que lleva en activo (aunque no siempre visible) nuestro grupo, Ciento Volando. Con tres compositores más o menos fijos y algunos amigos de lujo que también han colaborado de forma decisiva en el repertorio (Alfonso, los dos Rafaeles, Ricardo, David), se puede llegar a entender que entre las canciones grabadas de una u otra forma y las que no han pasado por el micro suban fácilmente de las doscientas.

Una muestra de tanta producción es, por tanto, forzosamente antológica, pero he querido que sea bastante amplia. Como regalo de aniversario traigo, pues, para quien quiera descargársela, una hexalogía:


Si se aventuran por tamaña selva, no dejen de contarme qué se encuentran. ¡Un abrazo!

Summa alfonsí


En el Parque Sur de Madrid, c. 1985.
De izquierda a derecha: Carlos, Ricardo, Alejandro y Alfonso.


A menudo (y aún menos de lo que debiera) he hablado aquí de Alfonso García Pecharromán, un amigo muy querido, gran músico y poeta, que nos dejó a comienzos del milenio. Su familia y amigos hemos decidido hacer todo lo que podamos para preservar y compartir la música y los escritos que nos dejó. Como muestra de ese esfuerzo, subo a la Red una primera versión de la Summa alfonsí, todavía muy incompleta, pero aun así bastante considerable (casi 100 megas). A medida que vaya digitalizando las viejas cassettes, se irá incrementando el tesoro.

La Summa tiene varias partes: recoge en primer lugar los textos que he conseguido reunir de Alfonso (prosa y, sobre todo, verso) y un catálogo comentado que hice hace tiempo de las grabaciones de Alfonso (la mayoría de las cuales están por digitalizar); luego aparecen, en sus correspondientes directorios, las composiciones que grabó el propio Alfonso (propias y ajenas), las canciones de Ciento Volando que enriqueció con su voz o su flauta, las versiones que hemos ido haciendo de su música y algunas composiciones que tienen que ver con él, porque le gustaban especialmente o se inspiran en su manera de entender la música.

Como no me fío mucho de los servicios de alojamiento de archivos, he subido la Summa a dos distintos. Confío en que si el uno duerme, el otro vele. Ahí la tenéis, pues:

[Actualizo. He subido una nueva versión, más completa, aquí.]

Pasan las horas


Y lo que no son las horas. En lo que arranca el curso y se me pasa la euforia cientovolandera, voy rescatando canciones de las viejas cassettes, antes de que se queden definitivamente mudas. Ésta es una de las que más me gustan: se grabó luego con mesa de mezclas, con las voces muy limpias, pero sin el arreglo de flauta, que es parte esencial de la canción, y que aquí, aunque la grabación es un tanto precaria, aparece claro y completo.



Pasan las horas
igual que estaciones de un día gris,
caen como gotas
del viejo reloj polvoriento,
que aún sigue tan gris
como aquella mañana de marzo
en que tú decidiste marcharte de mí.

Y mientras afuera es verano,
dentro de mí
siento la niebla
que tú me dejaste al partir.

martes, 30 de agosto de 2011

Tres calas de un melón: Ciento Volando en directo


Para los que no seguís la página de Ciento Volando en Facebook, subo aquí tres canciones del concierto que dimos el pasado viernes 26 de agosto en el Rincón del Arte Nuevo, en Madrid. (Gracias a Sonia Pita por la foto.) Como verá quien estuvo, me inclino por la parte acústica del concierto, porque se ha dejado grabar mejor.

La primera es una versión de Ricky Martin (sic): Lo mejor de mi vida eres tú, arreglada por Dani y Luli y Benja (a la batería), en la que tengo el placer de tocar sin haber oído nunca el tema original; la segunda, Cuando la Luna muera, una canción mía que ya traje aquí hace poco, cantada ahora como es debido; y la tercera, Hay mil historias, una canción de Daniel un tanto esotérica, que se ha decidido a aflorar inesperadamente, agraciada con la voz y la melódica de Luli.

Todas las piezas tiene errores de bulto medio, pero creo que trasmiten lo que son, sin demasiado desvío. Buen provecho.






domingo, 28 de agosto de 2011

Pañuelo de agua (García Cabrera)


En un libro estupendo (aunque plagado de erratas) del maestro Senabre, Claves de la poesía contemporánea. De Bécquer a Brines, encuentro (pág. 307) este poema memorable de un autor que no conocía, Pedro García Cabrera.

Este charco, este pañuelo de agua
que asomado al bolsillo de la roca
abandonó en la tierra la marea,
es todavía mar, un mar inválido
de espumas, y horizontes, y rumores,
apenas una lágrima dejada
en el párpado seco de la orilla,
pero que lleva impresa en su destierro
el ser la pura soledad de nadie.

jueves, 25 de agosto de 2011

Concierto de Ciento Volando este viernes


Verano cientovolandero. Este viernes 26 tocamos en el Rincón del Arte Nuevo, de Madrid, a las 21.30. Muchas, muchas novedades. Aquí va una de ellas.




martes, 23 de agosto de 2011

Las hadas de tu templo


Seguimos rescatando composiciones de Alfonso. Ésta es una de sus mejores canciones, interpretada en directo por Ciento Volando en el Rincón del Arte Nuevo, el 19 de febrero de 2007. A la percusión, Luz (de donde el sol la toma). La letra, aquí.


domingo, 21 de agosto de 2011

La Hermandad de la Luz Verdadera


Una botella que llega a su destino: me acerca hoy Esther, hermana de Alfonso, esta estupenda versión que ha realizado Jorge Calvo (teclista y multinstrumentista de los legendarios Ñu) de uno de los mejores temas de nuestro amigo, la Fraternitas Verae Lucis.




miércoles, 10 de agosto de 2011

Leyenda urbana


Hay ángeles buenos y malos, y de algún buzón de Madrid sé yo que me tuvo persuadido, por años casi, que comunicaba directamente con el fuego central de la tierra, y que toda palabra escrita que allí se aventurase acabaría consumida en pavesas, mientras mi novia la esperaba días y noches.

Pedro Salinas, El defensor.


Hay una continuidad, un aire de familia, entre las historias populares, las que inventan los niños y las que vivimos en sueños. La ocurrencia de Salinas tiene ese sabor: no creo que brotara de su conocimiento de los materiales clásicos sobre estos asuntos, aunque sin duda los conocía bien: las entradas al Hades que se situaban en varias ciudades del mundo antiguo, la costumbre de abandonar en las tumbas mensajes dirigidos a los muertos y a los seres divinos del Más Allá (mensajes que, a veces, ardían en la pira funeraria, pasando así a otro plano). Uno de mis alumnos, este curso, sorprendió al bregado folklorista Pepe Pedrosa con una historia que se contaba en su pueblo, y que comparte el mismo tono: al cambiar de lugar las farolas (¿o eran los semáforos?), habían descubierto que al pie de varias de ellas había enterrados varios cadáveres sin identificar. (Al pie del monte Calvario, recordarán Vds, ardía la calavera de Adán; y en ella, se dice, hundía sus raíces la Cruz de Cristo). Cuando me tocó dar Historia, el primer año que di clase, allá en Montijo (y en verdad hay pocas cosas que me caigan tan lejanas como dar Historia), entre las muchas cosas sensatas y necias que leí sobre los megalitos estaba esa idea de que constituían una suerte de ascensores con tres paradas: el mundo celeste, el nuestro y el ctónico. Pumbi, o las Embrujadas, le habrían sacado jugo a la idea.

La imaginación, en fin, restituye la corriente entre todos los territorios. Tal vez ésa sea su función más profunda. Agosto y su tesoro me ha traído más de una vez esas sorpresas. Tenderse en el parque, ya de madrugada, y sentir cómo las farolas toman su fuerza del suelo y brillan, casi fosforescentes, sobre la yerba mojada. La razón acaba dándose a estas conjeturas: la energía que llega de las raíces a la flor y la que fluye por una conducción eléctrica es, en último extremo, la misma: un regalo del Sol, que se prodiga, como el Ser Emanador de las viejas teologías, en orgasmo perenne.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Mar de fondo (III)


Nadar en el mar me devuelve a mi infancia. Y a los versos. Se nada a la vez en el uno y los otros, enredado en los hilos que cruzan palabras y sensaciones. En Nadja y en otros sitios señala André Breton que el agua y el fuego también fluyen del uno al otro: 'Llama de agua, guíame hasta el mar de fuego'. En los versos que hice estos días se siente también el trasvase:

Oh mar inmemorial, oh mar de fondo,
telar en cuyas mimbres arde el tiempo;
si tu príncipe soy o tu despojo
es cuestión de opinión. Ojo por ojo,
tus párpados de espuma me vigilan
con amplia imprevisión. Ardo en tu sangre.


martes, 2 de agosto de 2011

Mar de fondo II


De niño veraneaba todos los años con mi tía y mis primas en Cuchía, cerca de Torrelavega. Había, sobre todo, dos playas: una poblada, pero curiosa, con restos de un faro, un rompeolas y vías de tren que se hundían en el agua; otra, la de los Caballos, de difícil acceso, casi siempre vacía y generosa en aventuras.

Este poeta se estrenó, pues, hablando del mar, desde la perspectiva del niño que recorre la playa y va viendo en los restos que dejan las olas las huellas de una batalla celebrada allí hace un siglo. De los poemas de entonces, que he tenido que ir abandonando, el que dice así es uno de los que más me costó descartar:

Mar, propietario sin alas,
¿de qué herida brotan tus ondas?
El sol herido en ti siembra memoria;
su huella imprime sal en cada gota.

Mar santo, en ti diluyes la conciencia.
Tu sangre es automática y sagrada.
La espuma quiebra esferas de relojes,
agujas imantadas en la arena.

Tu paso iguala todo y lo preserva.
Durmiendo sueñas cuanto antaño fuera.

[La hechicera me sacó de mi ventana.
Me llevó por la marisma hasta la arena.
Tendió los naipes negros sobre el agua,
y el agua quedó quieta, y dentro de ella,
la luna fría y dura como piedra.]

¿Qué ha de nacer del mar sino el recuerdo?
El mar tiñe la pena de leyenda,
de esponja con los labios de sirena.

No hay tanto que esperar, amigos pares.
El sol es una llaga que se quema.
Las vasos rotos llaman la galerna.

Morid dentro del mar, nadie lo siente.
Llorad dentro del mar, nadie lo nota.

lunes, 1 de agosto de 2011

Mar de fondo I


Las lecciones del tite Antonio. 1991, más o menos. Llego a su casa de Las Águilas con una hoja fotocopiada. Son los primeros versos de un largo poema de un compañero de la facultad, que me ha encantado. La fotocopia murió, y con ella el recuerdo del autor, al que apenas vi un par de días; pero aún recuerdo lo esencial:

El mar repite el verso o la verdad.
Creemos en el naufragio de amor
porque se salvaron las velas más altas...

Antonio coge la hoja y la mira con atención. Son sólo unos segundos, sin embargo.

'Aleixandre', me dice, descartándolos. 'No, no, es un compañero de la fácul'. 'Ya. Pero es Aleixandre. El verso o la verdad. Aleixandre.'

Y lo era. No lo dijo entonces, pero ahora sé que la rima de mar y verdad, y hasta el uso mismo de esta palabra, también debió de molestarle.

Los versos aún me acompañan; pero tienen, desde entonces, algo de juguete roto.

sábado, 23 de julio de 2011

Puertas abiertas (II)


...que sepa abrir la puerta
para ir a jugar.

Hablando con David, amigo de los que ya no quedan, sobre canciones que conocemos desde hace decenios, y que nos siguen dando la lata. Aunque en su día quedaron a medio terminar, o fueron descartadas por inviables, siguen insinuándose de vez en cuando, a ver qué hay de lo suyo, no vaya a ser que sí. Esa tendencia a fructificar, a cumplirse, tiene muy poco que ver con lo que uno conscientemente desea (que a lo peor es olvidarse de algunas de ellas); pero, aunque pueda resultar incordiosa y frustante, también le emociona a uno, que no es otra cosa que un borrador con patas, esa vitalidad obstinada, externa en cierto modo al tiempo.

Experiencias de este tipo nos podrían animar a creer en el destino: como si cada una de esas canciones estuviera ya escrita en algún nivel de realidad y se tratara tan sólo de acceder a él con los ojos abiertos. Es una fantasía interesante, pero no me detengo mucho en ella. Probablemente la cosa se parezca más a tener en la parte más inestable de la mente unas cuantas puertas o ventanas abiertas que hacen ruido; puedes optar por ignorarlas, y en algunos casos el ruido deja de resultar molesto. Pero en los casos más recalcitrantes, al final tienes que hacer algo al respecto, acabar la canción de un modo u otro, para que esos fantasmas dejen de dar la calda.

Para situarse en algún contexto, preferiblemente noble, se podrían explorar algunos ejemplos insignes, desde las correcciones que JRJ siguió haciendo a sus versos de juventud hasta el último día de su vida al caso de Brian Wilson, que pasó hace bien poco a limpio su fallida obra magna de los 60, Smile; pero como la cosa va de recuerdos lontanísimos, me apetece más volver a la infancia, a los Beatles.

Si no recuerdo mal, la celebrada cara B del Abbey Road tuvo algo de fiesta de restos: Lennon al menos la presentaba así, como una ensalada de canciones sin terminar que acabaron hallando unas en otras la fuerza que les faltaba por separado. Pero hubo otras que tardaron aún años en cicatrizar: Child of Nature, de la época del álbum blanco, se convirtió mucho después en Jealous Guy; tras darle once mil vueltas, Harrison grabó definitivamente Not Guilty, de la misma era, en un disco de 1979. Imagino que a McCartney seguirá perseguiéndole a ratos este otro brote, del 69, que, inconcluso y todo, es una de mis preferidas: Heather. [Junto a Macca, suenan Donovan y Mary Hopkins. La canción está dedicada a Heather Eastman, hija de Linda.]


jueves, 21 de julio de 2011

Los abanicos de Irigoyen


Hace años, me impresionó un argentino que había analizado el famoso soneto de Góngora 'Mientras por competir con tu cabello' y, aplicándose a fondo, lo había aligerado de todo lo que consideraba ganga (isometría, rimas, formulaciones tópicas). Al final, quedaban cinco o seis palabras en prosa que, al parecer de nuestro estudioso, concentraban la esencia del poema, aquello que se encontraba sólo en éste y no suponía una repetición enojosa de otros previos, o una concesión al esquema-sonajero del soneto.

He recordado la anécdota hojeando los versos completos de Ramón Irigoyen, recién publicados en Visor. Las 310 páginas de su Poesía reunida (1979-2011) evidencian que, después de todo, es un poeta de pocas palabras. La cosa es aún más evidente si se considera la peripecia del segundo libro de poemas que publicó, Los abanicos del Caudillo (1982). El libro incluye un apartado en el que se recoge la polémica que se planteó cuando Irigoyen, que había recibido una ayuda del Ministerio de Cultura para la creación literaria, se encontró con que el jurado (formado, entre otros, por Antonio Tovar y Torrente Ballester) le denegaba el cobro de la segunda parte de la beca por estimar que no había trabajado suficiente.

Como aclara Irigoyen, lo que sucedió fue que el libro comenzó siendo un largo poema enterizo de más de 900 versos, La hoz y los zarcillos. Cuando llegó la hora de presentar ante el jurado el material que Irigoyen había elaborado durante los meses en que disfrutó de la ayuda del MEC, los ilustres lectores se encontraron con que, en vez de añadir nada, el poeta había reducido el material de partida a 350 versos, organizados ahora con un título distinto y dispuestos en 14 secciones o movimientos. Donde Tovar y cía. vieron choteo, Irigoyen nos asegura que hubo un trabajo ímprobo de decantación, guiado por las sugerencias de un lector inmejorable, Gil de Biedma.

No sólo tiene Irigoyen razón en la anécdota (el libro, tal como se publicó, es un trabajo sólido, muy superior a su poemario anterior), sino en la categoría: como también indicara Erik Satie, en lo que uno renuncia a escribir, con lo fácil y grato que sería hacerlo (o, al menos, acaba tachando), reside el juicio del artista, la prueba de su gusto.

El adefesio gongorino del argentino y el libro esenciado de Irigoyen suman una evidencia paradójica. Podríamos añadir una edición que recuerdo haber visto en su día (y que, por desgracia, no adquirí) de las Canciones de Lorca, que mostraba todo el proceso creativo de los poemas, desde la versión primitiva hasta la publicada. Un 80% largo de los cambios eran supresiones. Poemas que contenían una narración más o menos clara quedaban así convertidos en atisbos enigmáticos —dejándole de paso a uno la duda de si podía considerarse que el material adicional del borrador iluminaba el verdadero sentido del texto, o si dicho sentido había quedado, precisamente, establecido al descartar esa información como innecesaria o impertinente.

Mi experiencia con mis propios textos va, desde luego, en el mismo sentido: cada revisión es una poda, que en algunos casos no se detiene ante la necesidad de mantener íntegro, por ejemplo, un soneto. A veces es sólo un cuarteto, o un terceto, lo que tiene valor —y lo que cabe rescatar, si es que lo que fue fragmento tiene la capacidad para mantenerse, mejorado, sin malas compañías.

El rechazo al experimento de aquel gongorino es, pues, matizado, y exige explicación. Lo que me echó y me echa para atrás no es el intento de aislar lo esencial, sino la manera en que una estética circunstancial y discutible se entromete en el proceso. Sólo desde un versolibrismo ya en retirada se puede creer que la musicalidad del poema de Góngora y su cuidada arquitectura son mera ganga. Una cosa es identificar las metáforas más notables del poema y otra creer que el poema se reduce, en cierto plano, a ellas, como si de un rostro agraciado o enigmático tomáramos únicamente los ojos o los labios y pretendiéramos presentarlos como un organismo vivo viable.

En el caso de Irigoyen y su corrección, al no tratarse de una forma musical simétrica, como el soneto, cabía el cortar secciones extensas del poema sin que éste dejara de serlo. Pero, de hecho, incluso esos cortes y la nueva disposición en 'movimientos' (así los llama Gil de Biedma en su preciosa nota sobre el poema) están inspirados en un razonamiento orgánico, musical: se trata de que el poema, sin perder unidad, se decante en partes reconocibles y procesables como tales, del mismo modo que lo hace un cuerpo. El resultado respira y camina con gracia, sin perder por ello el tono bronco y de improptu. Un suponer:

Hay que bajarles las bragas
a todas las palabras del diccionario
y sobre todo a las que se ocultan
en los rincones de los armarios.

(pág. 165)

Del tono macho de estos versos, y otros del autor, habla muy bien Antonio Hernández, Grifo, en su comentario a una entrada anterior del blog. Como cuento también allí, yo no comparto del todo sus reservas, pero bien está que consten.

Sobre la evolución posterior de Irigoyen, también cabría decir algo. En los dos libros posteriores a Los abanicos, Romancero satírico y La mosca en misa, se abandona el verso libre en favor del romance: la rima, descartada quizá en su momento por artificiosa o grandilocuente, se acepta ahora como arma humorística, siempre en tono menor (asonante). Puede que sea un sino de los rompedores (Tzara acabó estudiando a Villon) acabar haciendo las paces de algún modo con la tradición; en cualquier caso, uno compara los romances de Irigoyen con los de Fray Josepho primera época y, en igualdad de temas e intenciones, tiende a darle la palma al fraile. Incluso algunos de Sabina me resultan más graciosos. Queda la duda de si Irigoyen será capaz en algún momento de explorar una rima sin chiste ni sordina; o si, con buen criterio, ha preferido no ser aquel perro lorquiano que intentaba ser golondrina.

miércoles, 20 de julio de 2011

Hojas del Twitter caídas


PP: el brazo legal de la corrupción inmobiliaria. —Exageras. —Vale, no sólo inmobiliaria.

*

El relativismo no es asqueroso de por sí. Lo es al servicio del Poder: 'Defiende mis intereses; me da igual cómo'.

*

Chuck Berry: qué artistazo del silencio. Ya no se hacen pausas como éstas.

*

Saber y maldad, sabiduría y malicia. Sólo el segundo par de términos corresponde a una realidad ampliada, humana, habitable.

*

Un placer del anonimato: tener amigos, no entorno. No conozco a nadie tan malo que merezca lo que anida ahí, en las afueras del talento.

sábado, 16 de julio de 2011

Marcha mixolidia


La última pieza de esta semana febril es este juguete, una pequeña fanfarria modal. Está en modo mixolidio (como la escala que obtienes trabajando de sol a sol por las teclas blancas de un piano). Tiene un aire a música medieval, pero el bajo obstinado recuerda también a los secuenciadores de la música planeadora de los 70. Una combinación bastante natural: igual que lo exótico es una categoría inventada desde y para lo próximo, lo medieval es una elección (un ilustre extravío) de la modernidad.




viernes, 15 de julio de 2011

Vals blanco


Como en la trilogía de Kieslowski, van tres valses de colores: azul el primero, rojo el segundo y blanco este último. Los dos primeros son canciones; el tercero no lo parece, aunque nunca se sabe qué puede salir de ahí. Estas cosas suelo perpetrarlas con el editor de partituras, pero esta vez me he sentado al piano de verdad, ya entrada la noche (en dos pistas: la primera, piano y la segunda, voces). No me lo tengan muy en cuenta.



Actualizo: así suena la misma pieza para violín y piano, en 'limpio':

jueves, 14 de julio de 2011

Donde más me falta


Pasa a veces: en pocos minutos, llegan, por ese orden, los acordes, la melodía y la letra de una canción nueva. Ésta ha salido completa esta tarde, y aquí va, en dos versiones: instrumental y cantada.


Ciento Volando - Donde más me falta








Hora de dolor,
busco el corazón
justo donde más me falta.
Ropa de color,
tiendo la ilusión
dentro de una nube blanca.

Soplo de placer,
recto proceder
que ilumina mi esperanza.
Cielo seco y gris,
lejos ya de aquí
su consuelo no me alcanza.

Sombra de cristal,
vértigo mortal
asomado a tu mirada.
Ruta del adiós,
corro a la estación
mientras tus recuerdos pasan.

Soplo de placer...


Ciento Volando - Donde más me falta (instrumental)






miércoles, 13 de julio de 2011

Vals rojo (cantada)


Pues sí. A petición popular, aquí va la versión cantada (ejem) del Vals Rojo.


Ciento Volando - Vals rojo (cantado )









Sé que no debo esperar
que tu dulce disfraz
se levante
dejando ver tu amargo frescor,
tu evidente temblor
que me llena de asombro.

Sobre la tierra y el mar,
nada hay mejor que perderte.

martes, 12 de julio de 2011

Penélope


No me esperes despierta. Han ardido mis naves
y mi nombre es apenas un harapo salado.
Duerme. Teje una tela, un capullo secreto
donde nadie sospeche que maduran tus alas.
Cuando llegue el momento, alza el vuelo. Las islas
y este torpe mendigo te esperamos, cansados.

lunes, 11 de julio de 2011

Hojas del Twitter caídas


Las pesadillas también crecen y hacen másters. Se pasa así del ogro estúpido al Gran Hermano, omnisciente. Pero hackers y otros combatientes siguen sabiendo que el rey va desnudo. Certeza platónica: el mal, organizado o no, es siempre un simulacro, una chapuza.

*

Estar aquí, pero saberse de otra parte. No he acertado en nada, pero quién dijo que lo pretendiera.

*

Desvaríos: renunciar a tener razón y conformarse con tener un punto de vista interesante. Si sólo hay puntos de vista, yo quiero uno que dé al mar. Y a tu escote.

*

Donde no excluye la oferta, la prohibición es poco más que una excusa para encarecer el producto.

*

El vacío interior. No sé si enviar una ONG o a la National Geographic.

*

Arrepentirse: para seguir entero, romperse por dentro.

*

Conversaciones épicas: Hice lo que me dijiste, pero ya no lo recuerdo. Tengo algo que decirte, pero no creo que vivas para oírlo.

*

Flores y flemas. / Quien tanto nos quería, / nos incinera.

*

Hänsel y Gretel no vuelven. Los han devorado los pájaros.

*

Funerarias: la Muerte y el Dinero cambiando cromos. Fuimos felices / y no lo fueron tanto / nuestras perdices.

*

Cuando uno utiliza las facturas para escribir por detrás no sólo las recicla: las redime.

*

Stockhausen, El canto de los adolescentes. Por fin una psicofonía convincente.

*

Vanguardistas: «¿Rompes palabras? / Cuéntanos lo que encuentras / cuando las abras.»

domingo, 10 de julio de 2011

Librerías subterráneas


Visito librerías en sueños. Es una de mis actividades favoritas. A veces están situadas al final de un largo túnel que lleva a la luz del día; quizá una alcantarilla. Los lados del túnel se pueblan de pronto de estanterías, con el lomo de los libros uniformemente oscuro, pero seco; o con ese acabado pajizo de los libros de la vieja Gredos. [Los libros llevan tejuelo. Son, recuerdo ahora, los restos de una biblioteca municipal; al abandonar el edificio, para construir uno nuevo, quedaron allí dentro. La idea era que pudieran consultarse de vez en cuando, con un permiso especial —pero el sistema que tomó esa decisión quebró hace años, y nadie recuerda este depósito.] Se diría que, más que situarlos allí, han crecido dentro de la roca: flores de mampostería.

Otras veces, los libros ocupan el centro de una plaza: un enorme monolito o montaña de mármol, semisaqueado, con los flancos ocupados por enormes volúmenes encuadernados en piel, quizá anuarios o crónicas. [He ahí una biblioteca para grandes hombres, en sentido literal: como si los gobernantes de la ciudad hubieran sido, en tiempos remotos, gigantes, y a los prohombres de hoy en día, aunque menguados, se les siguiera tratando ritualmente como colosos. Firmar anualmente en aquellos libros, con una pluma tan alta como ellos mismos, sería una de sus obligaciones.]

La librería de esta noche se llamaba Pulpo. El sueño era largo, rico en meandros, y tenía el acabado de una película adolescente norteamericana. Todos éramos críos. Mi amiga era la presidenta de Estados Unidos, pero le gustaba calzarse unas gafas de sol, escaparse de sus escoltas y acudir de incógnito, con amigos, a cines de verano. Por desgracia, una de las amigas, una rubia anoréxica, iba muy borracha y desahogaba su envidia contra Prudy (sic) gritando a quien quisiera oírla todas las pistas necesarias sobre su identidad.

Volvíamos, así, precipitadamente; tanto que cogíamos el Metro en la dirección equivocada e íbamos a parar a una calle desconocida, en las afueras de la ciudad. Por suerte, al final (siempre al final) de la calle había una magna parada de autobús: magna porque, que aunque tenía las dimensiones de una parada común, se anunciaba que de allí partían las mil y pico líneas de la ciudad. Junto a la parada estaba aparcado un autobús o similar, con trazas de ser un quiosco o todo a cien. Para entretener la espera, subíamos adentro.

Se trataba, claro, de la librería Pulpo, especializada en arte. El arte del robo, por ejemplo, porque al poco de entrar yo intentaba localizar un libro que traía conmigo, sobre arte polinesio, y no conseguía hallarlo. El dependiente, al preguntarle, sonreía de forma equívoca.

En las estanterías, los sospechosos habituales: libros de Lin Carter, Rafael Llopis y, sobre todo, García Calvo, nunca publicados en la vigilia. Antes de despertar, me encaprichaba de uno de ellos, encuadernado en el formato de la vieja Hiperión, o de Taurus. Era un tomo de 1979, más o menos: Contra la Transición, con prólogo de Fernando Savater. El precio, garabateado a lápiz, era desorbitado: 7.000 pesetas, por ejemplo.

Esta parte del sueño se confunde con otro anterior. En este caso había pasado algo con el maestro Agustín (un premio, la muerte, algo así) y en el camino a la piscina de Hermandades, por la calle de la Verdad (un nombre muy adecuado), había situados muchos puestos callejeros con libros de segunda mano. El puesto donde vendían Contra la Transición lo llevaba mi panadero, un oyente habitual de la COPE; aprovechando el tirón de la noticia, habían sacado a regañadientes del almacén un montón de libros viejos relacionados con García Calvo. Uno de ellos era una especie de revista o fanzine de filología latina, de los años 50 ó 60, en el que todas las colaboraciones aparecían anónimas; quizá al final aparecía un pseudónimo, Homerus Zamoranus. Otros eran viejas plaquettes de versos. Todos costaban un riñón.

El camino a la piscina era en el sueño el camino a mi colegio: una mezcla del San Viator y el instituto donde trabajo. Mientras sonaba el timbre, yo me demoraba aún un minuto dudando si llevarme algún tomo o no, así que, aún sin decidirme, llegaba tarde a clase; peor aún, no había clase a la que llegar, o yo no la encontraba, así que al final terminaba del brazo de la Directora, una anciana enjuta, severa pero comprensiva, que me llevaba de paseo por el centro, quizá rumbo a las mazmorras.

En otro momento, yo despertaba y me acordaba de la librería Pulpo. Ya estaba en casa y tenía dinero, así que podría acudir a comprar lo que quisiera; por desgracia, era consciente de que la librería pertenecía a un sueño. O no, porque el decorado seguía siendo el de Prudy y sus problemas. Seguía dudando mientras me dirigía al metro, y en vez de sacar el abono de transportes, introducía la llave de casa en el torniquete.

martes, 5 de julio de 2011

Puertas abiertas


Una puerta, cerrada hasta entonces, se abre de forma inesperada. Lo que acude por ella puede llamarse de muchas maneras; y quizá haya una buena razón para renunciar, por engañosas, a todas ellas. Pero incluso en ese caso conviene saber que palabras como inspiración, ocurrencia, entusiasmo, manía, revelación, sensación oceánica o éxtasis, tan manoseadas y generalmente vacías, pueden haber servido alguna vez para referirse a una experiencia de este tipo; y que es de esta experiencia de donde parte la fuerza inicial de estos términos, que después ha ido rebajándose hasta quedar sustituida por un mero recuerdo o simulacro.

¿Es nuevo o antiquísimo lo que llega? Es ambas cosas: novedoso el hecho de que fluya, nueva la sensación de flotar en y por ello. Pero la sensación es también de regreso o restauración: la hermana, amada o madre perdidas, el Rey que retorna. El mito de la Edad de Oro, que los historiadores progresistas tanto detestan, remite a esta sensación de que, vistas con los ojos apropiados, las cosas vuelven a ser como fueron o debieron ser in illo tempore, sin filtro ni descafeinamiento. Lo mismo cabe decir de la mitificación de la infancia.

La desconfianza de los términos que pretenden dar cuenta de la experiencia o al menos aludir a la misma lleva, en su forma más pura y extrema, a la teología negativa y la guerra contra las ideas. Lo desconocido, llama el maestro Agustín a algo que desborda la experiencia a la que aludimos, pero seguramente la incluye. Otras veces unos nombres desplazan a otros, o al menos lo intentan: Wasson, Hoffmann y Ruck propusieron que se llamara enteógenos a los agentes químicos que propician este tipo de vivencia, tratando de escapar de las connotaciones estratégicamente indeseables que había adquirido la palabra psicodelia a mitad de los 70. Pero el contraste es sólo aparente, y como tal lleva a engaño: la deidad que nace (eso quiere decir enteógeno) y el alma que se manifiesta (eso dice psicodelia) son rostros o metáforas intercambiables de una misma entidad que es ambas, y por tanto ninguna de las dos. En la duda, puede servir de algo recordar que psicodelia es una palabra feliz, nacida del deseo de compartir con otros lo extraordinario; mientras que enteógeno nace del miedo, del deseo de restringir y separar un campo de estudios y experiencias (los Misterios de Eleusis y otros rituales del mundo antiguo o de las sociedades llamadas tradicionales o primitivas) de otro (la Contracultura de los 60) satanizado por los medios de formación de masas. Para mí, al menos, la opción está clara.

*

Sobre el descrédito o mala fama de la palabra, me resigno a decir algo. Paletos psicodélicos llama Elvira Lindo en un jugoso artículo a Jim Morrison y otros músicos que vivieron con intensidad aquellos años y terminaron, en muchos casos, muertos (como JM) o tocados (como Syd Barrett). La idea, si no la entiendo mal, es que si lo que se anunciaba como promesa de una vida mejor acabó concretándose tan a menudo en un paso a mejor vida, es imposible no concluir que la mercancía (no la droga en sí, sino el paquete completo: las expectativas creadas en torno a su uso y las canciones, libros y etc. que lo celebraban) estaba dañada. En voces más conservadoras, el argumento lleva a un descarte completo (cuando no una demonización) de la cultura popular de los 60. Lindo es más sensata: salva lo que le parece objetivamente excelente (buena parte de la música de aquella era) y condena sólo el (ab)uso tanto de las sustancias como de las expectativas. Es de bobos, nos dice, creer que además de ser artistas de cierto talento, Morrison y co. tendrían algo importante que decirnos, desde su bisoñez y endiosamiento, sobre la vida y las opciones que ésta nos plantea.

Siempre es complicado combatir el exceso de sensatez, pero en este caso me parece inevitable. Intentémoslo, entonces, con sus mismas armas: ¿realmente podría haberse dado lo uno (la excelencia de ciertas canciones) sin lo otro? Y me refiero con lo otro no al 'abuso de drogas', descontextualizado, sino al contexto más amplio de donde se extraen los ejemplos negativos o desoladores: la apertura entusiasta a las posibilidades que caracterizó aquel momento. Se trataba, ni más ni menos, de explorar lo que un estudio de grabación, un instrumento o cualquier otra cosa podían llegar a dar de sí, una vez que uno renunciaba a la idea de que los límites estaban ya establecidos y se sabía ya hasta dónde merecía la pena aventurarse.

Dado que la pregunta contiene la respuesta, ampliémosla: ¿no va ligado ese mismo amor a lo desconocido, y confianza en sus posibilidades, a los grandes logros del romanticismo y el surrealismo? También en estos casos cabría hacer la nómina de suicidados, tocados de por vida y desencantados (los nombres acuden solos: Werther, Artaud...); pero quizá nos resistiríamos más a quien, sensatamente, nos aconsejara leer a Keats o a Breton sólo como ejemplos de bellas letras, renunciando a lo que ellos mismos creyeron más importante, y que acaso fuera fuente de eso mismo que se acepta, descontextualizado, como bello e inofensivo, y que puede aún hoy no serlo tanto si se mira de otra manera.

¿Es, en fin, sensato pensar que puede separarse la producción artística de la vivencia que la propicia y alimenta, como hacen quienes quisieran convencerse, un suponer, de que Bach pudo escribir sus obras por mero amor a las matemáticas, en vez de a Dios, y quizá de hecho así lo hizo?

No me lo parece, desde luego. Y tampoco creo que la fiebre aventurera de los sesenta merezca el desdén de quienes, viniendo después y creyéndose más avisados, apenas han producido cosa que no desmerezca en comparación con los logros de sus presuntamente ingenuos y mal aconsejados predecesores.

Vivimos días que se dicen de indignación (y sin duda hay motivos para ésta), pero creo que no soy el único que percibe en lo que a veces, por llamarlo de algún modo, se llama 15-M o de cualquier otra forma, un poder de fascinación que no proviene del discurso contra el Poder (que al cabo, en la medida en que espera forzarlo a un acuerdo o cesión, sigue dependiendo de él y lo confirma), sino del entusiasmo de encontrarse o sentirse como una comunidad viva, sin domesticar, cuyas posibilidades nadie es de momento capaz de medir con certeza. No es necesario (y tal vez hasta sería contraproducente) enfatizar lo mucho que las acciones más notables de estas semanas recuerdan a los años 60 (por ejemplo en el espíritu pacifista que templa la voluntad de protesta y deja sin argumentos a los que babean soñando con una represión policial a gran escala; en el desafío no sólo al reparto injusto del dinero, sino al culto al dinero en sí; en la desconfianza contra los líderes: don't follow leaders, watch the parking meters...); pero al menos creo que la semejanza (o continuidad) debería enseñarnos algo sobre la facilidad con que damos por muerto o pasado de moda lo que regresa al underground del que partió para volver cuando menos se lo espera.

La psicodelia no forma parte, a día de hoy, de la ola que surge o regresa: de hecho, ha habido un claro interés en vacunarse contra el estereotipo de porreros, botelloneros o drogatas que los medios han intentado, a pesar de todo, encasquetar a los revoltosos. Para ello, las asambleas han prohibido la embriaguez en las manifestaciones públicas del Movimiento, o al menos han procurado que ocupara un lugar muy secundario.

A pesar de eso, un psinauta no es un pirado, como un enólogo no es un borrachín de taberna, y es de justicia que antes o después se vaya aceptando que la LSD y demás agentes psicodélicos, prohibidos por la reacción conservadora contra los 60, merecen y exigen una reevaluación tanto por parte de los terapeutas e investigadores que tanto podrían lograr con ellos como por parte de la gente que se pierde, por no probarlos, una experiencia tan significativa como el primer orgasmo. Hay indicios de que, al menos, la investigación clínica se va descongelando. En uno de los textos fundacionales de la movida actual, el cómic V de Vendetta, hay también un elogio, aunque revirado, de la LSD: el único investigador que logra entender al protagonista llega hasta a él tras emprender un viaje lisérgico.

Lo que tiene fundamento resiste, en fin, tanto al descrédito como a su banalización. La psicodelia vive hoy en el underground; pero el underground está hoy al alcance de cualquier curioso con acceso a la Red. En cualquier momento, lo que es minoritario, aparentemente testimonial, puede reavivarse, como la brasa ante un soplo. Ojo con creerse vacunados contra la primavera.


sábado, 25 de junio de 2011

Vals rojo


De la serie Del carbón al diamante, un nuevo vals, éste rojizo. En lo que termina de crecerle una letra, así suena la melodía.

sábado, 18 de junio de 2011

Cuando la Luna muera


Extraño, pero bueno: poco a poco toma forma un disco posible, con canciones nuevas que comparten un aire de familia con otras pasadas, pero sobre todo entre sí. Ésta llevaba días insinuándose, pero hoy se ha perfilado, creo que definitivamente, mientras paseaba. Les traigo dos versiones: a la primera, instrumental, le falta la parte final, y a la segunda, cantada, le sobro yo; pero qué le vamos a hacer. La letra (aún tentativa) dice así:

Nobis cum semel occidit brevis lux
nox est perpetua una dormienda...
(Catulo)

Escondido en mi canción

de dos acordes con
su eterna cantinela,
acechando la ocasión
de compartir el don
con quien mi amor prefiera.

Tardes de sol y mayo,
perfume de cristal;
cuando la luna muera,
nos queda por velar
la eterna oscuridad.

Refugiado en el rincón
más duro del salón,
esperando la cena;
como el plato principal
de alguna bacanal
erótico-manchega.

Tardes de sol y mayo,
perfume de cristal;
cuando la luna muera,
nos queda por soñar
la noche sin rival.

Así va la versión instrumental:

Ciento Volando - Cuando la luna muera








Y así suena la versión cantada (muy más o menos):

Ciento Volando - Cuando la luna muera









domingo, 12 de junio de 2011

Vals azul (con Luli)


No todo llega; pero esta vez ha habido suerte. Así suena, por fin, el Vals azul en la voz de Luli.

sábado, 4 de junio de 2011

Una melodía popular extremeña


He ido acumulando con los años algunos papeles sobre música popular extremeña, centrándome en las letras, porque el solfeo me resultaba ininteligible. Ahora que empiezo a chanelarlo, he abierto un poco al azar a ver qué encontraba. Ésta es una melodía que recogió el profesor García Matos en su libro de 1944 Lírica popular de la alta Extremadura, con el título de 'Canción báquica' (p. 159). A su juicio, está en modo frigio (?). Le he dado muchas vueltas al acompañamiento y sigo sin tener clara la tonalidad (¿do dórico?).

Como la incertidumbre es fértil, van cinco tientos.

I. Con estos acordes cientovolanderos, modulantes, a mí me suena mikeoldfieldiana.



II ...pero con estos otros, minimalistas, bajando un poco el tiempo, cambiando a 6/8 e interpretando la melodía como si estuviera en modo dórico, la cosa puede sonar así de distinta:



III. Claro que cabría mezclar los dos enfoques, manteniendo los timbres de II pero incorporando algunos de los cambios de acordes de I...



IV. ...para después inclinarse por una versión enriquecida de II, en otros timbres y con la melodía apoyada por un rasgueo...



V. Y al final preferir la versión armónicamente más rica, con el toque barroco del clavicordio.