jueves, 31 de octubre de 2013

La vida de los muertos


El odio popular hacia los 'días de...' (que no logra, como vemos, impedir su proliferación más o menos compulsiva) no necesita mucha explicación, creo, aunque tal vez acepte un intento. De un lado, se siente rechazo hacia eso de que desde arriba (autoridades políticas que fijan calendarios, autoridades religiosas, medios de formación de masas) se nos diga de qué y cuándo debemos ocuparnos, como dando a entender que sin esas directrices pasaríamos por alto tan importantes cuestiones y no encontraríamos qué hacer o nos entregaríamos a otras varias, menos dignas. Ese rechazo puede extenderse a las cuestiones mismas que se nos plantean en esos recordatorios, cuando se trata de la exaltación del poder y el dominio mismos (días de la patria, de la milicia, de la bandera y, si te descuidas, hasta del sistema penal o la silla eléctrica); pero otras veces no es así, y en el rechazo va entreverado el amor hacia lo que hay más o menos debajo del tema (por ejemplo, nuestros muertos), que no se resigna uno a ver encuadrado y limitado en un día (e ignorado, por contraste, el resto del tiempo).

Junto a esto, está la evidencia de que, si muchas son las cosas, como antaño los dioses, no pueden estar todas todo el tiempo a la vez en primera línea de nuestra atención. Quizá por ahí cabría un rescate de las fiestas 'temáticas' como una principalía, al modo en que los guerreros de Homero van teniendo cada uno su momento de gloria en la Ilíada, sin desaparecer por eso durante los demás cantos. Cierto que no se producen esas 'hegemonías' (es el término griego) siguiendo una planilla que marque los turnos de cada cual, sino que son los azares de la batalla y el capricho de los dioses (que lo uno es lo otro) lo que hace que ahora destaque Áyax y en otro momento lo haga Diomedes. Pero en fin, basta con que la ejecución más o menos improvisada y abierta a cambios de la epopeya se convierta en un texto escrito para que ya esos azares se hagan inevitables, cosa hecha, y tenga cada uno su turno, definido inapelablemente y hasta sujeto a cálculo exacto (canto tal, versos tal y pascual).

Y así, si es un azar que el día de los muertos sea en nuestra cultura este que se avecina y no otro cualquiera, como lo es que estemos en esta cultura y no en otra, y aun que estemos o no vivos para contarlo, una vez presos en la tela de araña correspondiente en la que el tiempo se cuenta como mandan sus dueños, es inevitable tropezar cada año con este día, y parece lógico pararse a sopesar la piedra y darle alguna que otra vuelta. Vayan, pues, algunas observaciones por si les apetece discutir alguna, y que la desarrollemos un poco:
  1. Amamos y tememos a los muertos. De ahí que los mantengamos a cierta distancia: distantes, pero accesibles.
  2. Somos la parte viva, actual, presente, de una cadena que en su mayoría consta de muertos. Viven en nosotros. 
  3. Los muertos son seres paradójicos: se les ha acabado el tiempo, pero tienen a su disposición la eternidad. Ya no están, pero son ubicuos. Están fuera de la obra, pero proyectan sobre ella su sombra (o su luz). Son impotentes, pero están libres de toda atadura.
  4. Los muertos son seres humanos inversos: actúan cuando descansamos, hablan al revés, están donde no hay nadie, saben lo que ignoramos, ven lo invisible. 
  5. Los muertos tienen hambre y sed: carecen de lo que tenemos (la vida) y lo echan de menos.
  6. Un muerto está a la vez en el mundo de los muertos, allí donde reposan sus restos y allí donde viven los que le importan. 
  7. Hay una buena muerte y una mala muerte. La buena llega tras una vida plena, pasa por los ritos funerarios pertinentes y permite la integración satisfactoria en el Más Allá. La mala llega de forma prematura o violenta, y el difunto queda ligado de forma traumática al mundo de los vivos.
  8. La Muerte lucha contra el deseo de vivir de los enfermos o heridos (agonía); pero una vez lograda la victoria, el difunto se arroja sus brazos: deja este mundo como lo hace el vencido por el sueño. 
  9. La muerte tiene grados: físicos (hora de la muerte; podredumbre del cadáver; desintegración de sus huesos) y psíquicos (desde que el muerto deja de hablar hasta que deja de hablarse de él).
  10. La Luna es el sol de los muertos. Los animales, sus dobles. El sueño, su país. Son sombras sin sombra: reflejos de un rostro que ya no está ante el espejo.

sábado, 26 de octubre de 2013

A las 8 en el bar Ithaka


El disco más famoso de los Beatles,  el Sgt. Peppers, comienza y acaba con la misma canción, la que le da título. En nuestros conciertos hemos cogido la misma costumbre. Así sonó este jueves en el bar Ithaka una de nuestras canciones, A las 8 de la mañana, en las versiones de entrada y salida:


sábado, 19 de octubre de 2013

Penúltimos pensamientos


Regalo de esta tarde. Otra canción —que, en lo que encuentra su voz, suena así en versión instrumental. (Corregida un poco más tarde.)


Y así en versión cantada (ya saben Vds: harto rudimentaria, etc.)


La tarde se me fue en poner en orden 
algunas cosas que olvidé apuntar; 
guardar en un impasse mis pensamientos 
prohibiéndoles volver donde ahora van.
Tú siempre por llegar, yo dando vueltas, 
haciéndome a la idea de esperar 
que el tiempo desperece tu conciencia, 
que el viento desenrede la verdad. 

La tarde se nos fue en montar canciones, 
conjuros para obviar la soledad; 
maneras de sentirnos diferentes, 
mirar al fondo sin mirar atrás. 
Tú siempre por llegar, yo dando vueltas, 
haciéndome a la idea de esperar 
que el tiempo desperece tu conciencia, 
que el viento desenrede la verdad.

jueves, 17 de octubre de 2013

Donde los muertos


La muerte no está donde estamos; tampoco nosotros estaremos cuando ella llegue. Así razona  Epicuro en su Carta a Meneceo, sección 124. Aunque el argumento se dirige contra el miedo a la muerte, es también y sobre todo una constatación de la alteridad fundamental de la muerte. Un muerto es un ausente, alguien que nos ha dejado, se ha ido.

Sin embargo, nuestra mente acepta con dificultad la idea de un personaje sin circunstancias. No solo pensamos en los difuntos, los recordamos y guardamos sus restos en un sepulcro o urna, sino que tendemos a imaginarlos —y esta operación, tenga lugar en el sueño o en la vigilia, implica situarlos en un espacio peculiar, propio. Surge así de forma natural la idea de un mundo de los muertos, cuyos pormenores imaginarios son, en cada cultura, una descripción veraz de los deseos y temores de los vivos .

(Esta evocación de los muertos no es solo consciente: también se da mientras nos entregamos al estado alterado de conciencia más cotidiano y fascinante de todos, el sueño. Los sueños en que aparecen personas difuntas han llevado desde antiguo a una asociación, que a veces deviene identidad, entre el mundo onírico y el de los muertos. Géza Róheim y James Hillman han estudiado bien el tema, cada uno desde su perspectiva distintiva: freudiana la del primero y junguiana, o posjunguiana, la del segundo.)

En la imaginación de ese Otro Mundo es un factor primario el miedo a la muerte, el instinto de conservación. Incluso en culturas como las mesopotámicas y la griega, que no parecen haber planteado en principio el destino de los difuntos en términos de recompensa y castigo, el Más Allá se presenta como un lugar inhóspito, indeseable, donde falta todo aquello que hace grata y posible la vida humana: el calor (en su justa medida), la fecundidad, la energía vital. Abrasador o helado, el Inframundo nunca es templado, armónico.

Por otra parte, si el temor a la muerte es el miedo básico del hombre, la persona capaz de domeñar este terror, el héroe, sobrepasa al hacerlo el umbral de lo humano. Al anteponer la consecución de su deseo a la propia vida, el héroe acepta la posibilidad de la muerte y pone, en cierto modo, un pie en ella. La imaginación hace el resto: no es ya que el héroe arriesgue su vida para vencer al enemigo y conseguir lo que anhela (gloria, tesoros, princesas), sino que tanto el monstruo a vencer como la recompensa se sitúan al Otro Lado, en territorio enemigo.

El héroe debe morir (de forma ritual, reversible) para culminar su viaje, alcanzando el lugar más alejado de su punto de partida. Su regreso, más tarde, al mundo de los vivos, afirma la continuidad entre lo sujeto a límites y lo que subyace a estos: es como el discurso que, roto a final de cada línea, cruza de algún modo el margen, da la vuelta a la hoja y reaparece incólume para encabezar el próximo renglón. Un amanecer.

martes, 15 de octubre de 2013

Saludos de una amiga


Así de contenta se ha puesto Gorgo cuando se ha enterado de que vuelvo a la carga con sus amigas ogresas.

martes, 8 de octubre de 2013

Batracomiomaquia


Cadencias épicas
y fosas sépticas:
luchan los héroes
contra sus miércoles.

Con la pereza
propia del caso,
cardan la fibra
de su fracaso.

Riman las cosas
con sus esquemas,
víctimas rotas
de la marea.

Llega el silencio
con su voz rubia
y las anécdotas
jácinsi turbias.

Ojo por ojo
guiñan las copas
sus espesuras
más esponjosas.

Rimas caducas,
arcos de hielo;
lo que fue nombre,
sólo es adverbio.

Vuela la rosa al
abecedario,
vuelven las fosas
a sus osarios.

Todo es lo mismo
y es otra cosa
—tornan cometas
las mariposas.

Vida en ayunas,
muerte en directo;
frías las sumas,
humo los restos.

Vencen las deudas
sus atavismos.
Almas de trapo
sellan el ritmo.

Arden los hábitos
del ruiseñor.
Noli me tángere.
—No es a ti, no.

Luchan los márgenes
contra sus jueves.
Bajo las uñas,
sueña la nieve.

domingo, 6 de octubre de 2013

Adioses al verano


Hay veces que se conecta uno y se queda asombrado con las maravillas que aparecen ahí en la pantalla, como si nada, esperando hacerse voz, como de la voz surgieron. Esto envía hoy alguna gente de Las Aguas (¿Ana? ¿Vir?) a la lista de la tertulia política del Ateneo:


ADIOSES AL VERANO 

Ya las primeras lluvias del otoño 
dejan que te recuerde, ah largo estío, 
según te vas perdiendo y en el aire 
vive tu olor con el agua disuelto, 
para que no me olvide de cómo ibas 
negando tú las fechas de los hombres 
y toda fe, abierto en días claros 
de más aún serenas noches tibias, 
diciendo "¿y qué?: si hay más que no se cuenta." 

¡Bendito tú, haciéndote de cardos 
ya de cristal resecos, que en mil rosas 
te deshojabas dulce entre estos dedos 
y entre tus chopos verdes, rumorosos, 
(ancho tu río en la ciudad perdida) 
abriendo más veredas a mis pasos, 
ibas lento dejando a sus colores 
desmaírse y asomar entre azules 
nuevos, sabios, al fin las nubes blancas!; 
y por la tierra flores de milagro, 
sin riego, sólo flor a flor de tierra, 
y malvas, moras, y la flor tardía 
que amarillea todas las cunetas, 
y aún azulejos por tus rastrojales 
y más que van brotando de lo seco 
flores sin nombre entre espinas, 
y rojas ya las majuelas, y las agavanzas 
que un día tú  —no yo: tú, moribundo 
largo verano— para mí ensartabas 
en un collar que llevar a una tumba 
humilde, donde no se leen ni nombres, 
y en torno canta un bosque de cipreses.

viernes, 4 de octubre de 2013

Roll Over, Maharishi


Como todos los músicos aficionados, he compartido más de una vez con mis semejantes los tres acordes de un blues (o un rock), suficientes para hallar una lengua común y dar en doce compases (y unos tres o cuatro minutos) una vuelta completa al espacio y el tiempo. Pero nunca, o casi, me he atrevido a componer nada que siguiera este patrón: impone demasiado pensar que si lo haces, tienes detrás tantas buenas canciones. Es prácticamente imposible no acabar saqueando alguna, o al menos sonar de tercera o cuarta mano, completamente banal.

El caso es que hoy estuvo conmigo mi amigo Paco, con su charango, y cuando estaba a punto de irse me puse a trastear con el instrumento y me salió un riff —un sonsonete entre étnico y blusero que no dejó de incordiarme durante las cuatro horas siguientes. Como ellas mandan, acabé sentándome a escribir la cosa. Y así suena: algo como el encuentro imposible entre What I'd Say, de Ray Charles, y Within You, Without You, de los Beatles.

domingo, 29 de septiembre de 2013

El primer Fray Josepho


No soy fan de fray Josepho, pero lo fui con orgullo. Me siguen gustando mucho los primeros poemas suyos que leí, como el romance de la evaluación, tan fresco hoy como entonces, que describe con gracia lo que sucede en tales meriendas. Después, el hombre recaló en los medios más casposos del país, tipo Libertad Digital o la COPE; olvidó su primera Musa, la enseñanza, y sus versos se fueron resignando a desarrollar las consignas que MAR (en su día) o algún negro de Aguirre hoy envían a sus  obedientes tertulianos libegales —un material rigurosamente infumable.

En homenaje a los dos poetas, el que admiré y el que me aburre, se me ha ocurrido hoy este soneto, malo como el peor de los suyos. Como escrito ya está, no creo que empeore mucho publicado.


Maldiciendo la vil Pedagogía 
comenzó fray Josepho su andadura 
por los mares de la literatura. 
Llovía en buena hora su lejía: 

él mismo era docente, y padecía 
con humor inspirado la tortura
—aunque fuera muy suya su escritura, 
era de todos lo que nos decía. 

El éxito, que ha avillanado tantas 
buenas plumas, condujo hasta las santas 
zahúrdas de la COPE a nuestro vate. 

Pues pagaba la Iglesia liberal, 
comulgó con su hedor —tornó venal: 
previsible, sectario y algo orate.

viernes, 20 de septiembre de 2013

Ramas del corazón



A veces, nada más despertarme, en vez de recordar un sueño, acude a mí una melodía, o unos versos. Hoy he tenido el tiempo justo de tomar la grabadora y grabar la tonada somnolienta antes de partir para el instituto. Luego, a lo largo del día, le han ido brotando ramas, respuestas, arpegios. En lo que crece la letra, así suena la versión instrumental.




Como siempre hay quien me dice que prefiere las versiones cantadas (aunque lo sean por mí) a las instrumentales, actualizo con una que acabo de hacer, especialmente nocturna y tentativa.  (He cambiado también la versión instrumental: no me gustaba el ritmo tan acelerado que tenía ni la percusión jazzera. Y le ha crecido una introducción que la hace sonar aún más modal. Si cabe.)


jueves, 5 de septiembre de 2013

Horas de lluvia


Esta tarde ha llovido en Navalmoral y le han salido unas notas nuevas, así como célticas, a esta canción. Así sonaba (con algún error que otro) en mi cuarto de baño.


lunes, 2 de septiembre de 2013

Merengue de Miguelón


El gran Miguelón Oballos es el percusionista de La Bossa y la Vida, un fenómeno de la naturaleza venezolana que creció rodeado de música clásica y rocanrol y aprendió los ritmos tradicionales del país en su adolescencia, para asistir con provecho a los bailes. Le hemos echado mucho de menos en este concierto, y para convocarlo donde quiera que ande me ha dado por componerle este merengue venezolano, en el noble tiempo de 5/8. Confío en que me disculpará el atrevimiento. Va por vos, maestro.



domingo, 1 de septiembre de 2013

Mapas de lugares inventados


Cerramos las vacaciones de verano de este año con un concierto de La Bossa y la Vida en Peraleda de la Mata, en la noche del 30 al 31 de agosto. Gracias a todos los que asististeis o hubierais querido hacerlo. Esta es una de las canciones que sonó esa noche, y, para los que gusten de esas cosas, estas son algunas curiosidades sobre ella.


Songfacts
  1. Desde que Tolkien dibujó el de la Tierra Media, el mapa del continente fantástico, tan detallado como sea posible (pero siempre con cierta estética de cartógrafo naïf, antañón), es un componente esencial de todo ciclo de fantasía épica que se precie.
  2. La armonía de la canción es circular: se aleja por grados conjuntos de La menor (primero hasta Fa y luego hasta Re menor) y luego vuelve sobre esos mismos pasos. En la forma sencilla (La menor - Sol - Fa - Sol - La menor), es la secuencia de All along the watchtower, Abre la puerta, niña y el final del Stairway to Heaven, entre otras.
  3. La canción surgió en un paseo matutino, dándole vueltas al compás de 5/4, formado en este caso por un compás de 3 tiempos y otro de 2. En la música pop no es un compás muy habitual, pero sí en el folklore: como me indicó el hermano de nuestro percusionista Miguel, si se acelera convenientemente se convierte en 5/8, el ritmo del merengue venezolano.
  4. La melodía es modal: la escala eolia de la menor, sin ninguna alteración, tiene un sonido arcaico, muy dulce, que también aparece en El príncipe de Bekelaer. El ejemplo más hermoso que conozco de la sonoridad de este modo son las estrofas de Islands, de King Crimson.
  5. La trompa o corno francés que toca aquí José Maestro es un instrumento de sonoridad muy peculiar: terrenal y onírico al mismo tiempo. Aunque está asociado a la música clásica, los Beatles lo usaron en una de sus mejores baladas, For No One. También se ha utilizado con tino en composiciones de jazz.
  6. Lo que me cura me hace daño le da la vuelta a la homeopatía (según la cual lo que produce un daño contribuye, si se administra en dosis infinitesimal, a prevenirlo o curarlo) y se queda peligrosamente cerca del refrán: Quien bien te quiere, te hará llorar.  No está claro en la canción si el dolor avisa de que la supuesta terapia es un fiasco (lo que supuestamente me cura en realidad me daña) o da fe de que el fármaco utilizado, vaya a curarnos o no, al menos potente es un rato (ya veremos si me cura; de momento, hay que ver cómo escuece).
  7. Que te tengo que contar: I want to tell you, cantaba George Harrison; Quiero contarte, niña, arrancaba Jesús de la Rosa.
  8. Se miente más de la cuenta / por falta de fantasía: / también la verdad se inventa, escribió Antonio Machado. La canción habla acerca de eso: la ficción hace que tome forma (a veces muy detallada) algo que hasta entonces no había, sea una canción o una novela-río —pero su verdad última no reside tanto en lo verosímil del invento, sino en el estado de ánimo del que brota la invención y al que remite: el dolor, en este caso, de un desencuentro.
  9. Vidas de pintores dibujados: Marcel Shwob escribió Vidas imaginarias (1896); William Beckford,  unas Memorias biográficas de pintores extraordinarios (1780) igualmente apócrifas. Borges, que conocía bien estos precedentes, hizo de la glosa de la obra de un autor imaginario uno de sus géneros favoritos. La idea del pintor que se dibuja a sí mismo remite al famoso dibujo de Escher.

sábado, 31 de agosto de 2013

Dulce sombra


Hay canciones, por íntimas, extremas. Uno se lo piensa dos y tres veces antes de compartirlas con alguien, porque aunque la teoría (y la experiencia) sugieren que todos somos extrañamente parecidos allí donde dejamos de ser diurnos, cabe que el que nos escucha se quede pensando que le hablamos en morse o en broma.

Esta es una de esas canciones. La compuse hace muchos años, en la época de estos versos, que hablan de la misma pena:

Qué a solas duermo, hermano, con tu sombra,
que a veces me visita enamorada
y en nubes de sonámbula me abraza.

Qué amarga anda tu lengua con la mía,
revuelta en agridulce agua y tisana
de yerbas incurables y metales,
sabores de peseta en la garganta.

Qué a solas duermo, hermano, con tu sombra.
Qué a solas.

Sonaba por entonces tan desvalida y amarga que aunque encontró quien la quisiera (Antonio Hernández hizo su propia versión, me temo que perdida, al órgano), nunca llegamos a tocarla en directo. Así quedó durante un par de decenios. Este año me volví a encontrar tocándola, y fue tomando forma nueva, de vals. De repente, sin perder saudade, se hizo ligera, casi alegre. Y así suena ahora, con Fátima a la voz y Paco a la flauta.


viernes, 30 de agosto de 2013

Morgana


El nombre obliga, decía el maestro Agustín. Conocí hace años en la Red a una poetisa llamada Morgana —y a fe mía que honraba el nombre elegido, tanto por su dominio mágico de las artes del verso como por su gusto acendrado por lo gótico e invisible. En su honor escribí este soneto, que ahora rescato, aunque no valga gran cosa, por el juego con las rimas. Recuerda Irene en Twitter que Orwell presentaba como ejemplo de la pobreza en rimas de la lengua inglesa que solo hay siete palabras que rimen en consonante con God. En español no tenemos muchas más que rimen con Camelot. Creo que aquí van casi todas (aún cabrían Sephiroth y Thoth).

Eclipse de Avalón, hija de Ygerne,
señora del señor de Camelot:
tu voz es el licor que probó Lot,
tu reino, ínsula gris de Julio Verne.

Antes que, polvo cósmico, me interne
en los umbrales acres de Astaroth,
arcana ventajista del Tarot,
mueve esa espada negra que se cierne

sobre mi corazón. Cobra el trofeo
o al fin desátame de esta red negra
en cuya polución se desintegra
mi alegre confusión. Hazme al fin reo,

señora, de tu hechizo: ave de paso
en el candor eterno de tu ocaso.

martes, 27 de agosto de 2013

Hay cosas que admiten los inviernos



El libro de Marta Fuentes se abre con una dedicatoria:


A mi hermana Sara
porque voy a su habitación
y miro a través de su ventana,
porque viene a mi habitación 
y mira a través de mi ventana.

Tras el prólogo, sigue esta cita de Fichte:

Según esto, la realidad de cada momento, lo que real y verdaderamente es un hecho vivido, es eso en que tú te olvidas.

Y el primer poema:

HAY COSAS QUE ADMITEN LOS INVIERNOS

de terrazas altas en ciudades visitadas.
Hay cosas que requieren su forma de ver,
visiones de viajes que remontan
a una forma más ancha de morir,
de concebir la risa del cosaco.
Hay cosas tremendas como un naufragio
o nieve matutina en la contraventana.
Son como vestidos, recuerdos, figuraciones,
despistes hechos tragedias
en la conciencia de un tiempo.

domingo, 25 de agosto de 2013

El libro de Marta: prólogo



Este mes de agosto ha sido generoso en encuentros. Cierro mi estancia en Madrid en compañía de Marta Fuentes, la poetisa viva que más admiro, y cuya obra permanece secreta, o casi. En 1994 ganó el premio Blas de Otero que solía convocar (lo hizo entre 1986 y 2009, con algún paréntesis) la Universidad Complutense de Madrid con el libro de versos Servidumbre de vistas. Tuve la suerte de escribir el prólogo de ese libro, y hoy he vuelto a leerlo, después de muchos años: víctima del entusiasmo juvenil, le presté mi ejemplar a algún amigo de memoria frágil, y he tenido que pedirle uno nuevo a la autora.

Hay mucho que saborear en este libro. Haciendo caso al refrán (el burro delante, para que no se espante) traigo para empezar mi prólogo, corregido en una sola pero brutal errata: resurga, dice el texto impreso.


A LA HORA DEL VENCIMIENTO
(las facturas sonreían, ilegibles)

Pero nunca se pierde el deseo de que alguien nos hable de aquello. Que llegue ese día en que todo coincida, las frondas desciendan, se abran las terrazas de los bares clausurados; y que, haciendo memoria de puntillas, pintando al recuerdo, vaya alguien a evocarnos de repente ese secreto que las cosas se guardan siempre, eso que, por no decirse, a punto está de no existir, de no figurar en los catálogos, y sin embargo. La otra parte de un comienzo. Una ternura postrera.

Cosas terribles, calladas. En los poemas de Marta se dejan decir algunas cosas, se aclaran ciertos extremos; nos dan, en estos largos paseos por meses y calles de invierno, unas pocas y sobrias palabras, pero exactas como heridas de limpieza azul en frío. Si escribir sirve para algo, seguramente sea por clavarnos su elegancia; para hallar las tijeras entrañables, la distancia y frialdad precisas para contar lo que, por extremadamente conmovedor, resulta trivial y desmentido al declararse. Y hay que esperar a haberlo, casi , olvidado, a olvidarse, para hacer sitio donde nos resurja: donde campe, en toda su incertidumbre, la tristeza abrumadora de ciertas tardes, la risa inmensa del cosaco que acechó la caída de nuestras buenas formas. Una forma más ancha de morir. El cansancio de haber bebido el alma. 

Cuando vas a traicionar el secreto, descubres que no puedes decirlo, que has olvidado su enunciado y soluciones. Sólo Marta, desde su ventana, tiene el secreto de estos tomavistas. Te asomas y no sabes qué herida estás mirando, qué mustia delicadeza es ésta en que la lengua se queda prendida. No nos irá a doler todo esto. 

¿No nos habíamos hecho mayores? ¿No habíamos, trampa mediante, aprobado el catecismo ramplón de los maestros? Y de repente, esto. Vaya, vaya. Quién sabe si será lo que Dios sabe. Quién sabe tanto de cuanto se calla.

 

domingo, 4 de agosto de 2013

La Balada del Amor Ciego

Me recuerda Ricardo esta canción de Fabrizio de André que tradujimos en su día con Giulia y Emiliano, más bien libérrimamente, para cantarla en español. Algo así era:



Un hombre honrado, un hombre honesto, 
se enamoró perdidamente 
 de una que no le quería ni esto.

 Le dijo: Tráeme mañana,
le dijo: Tráeme mañana 
picado el corazón de tu madre amada. 

 Él a su madre se fue y mató, 
 sacó del pecho su corazón 
y al perro de su amada se lo sirvió. 

No era, no era el corazón, 
no quedó contenta con aquel horror: 
quería otra prueba de su ciego amor. 

Le dijo: Amor, si por mí te quemas, 
 le dijo: Amor, si por mí te quemas, 
córtate de un tajo las cuatro venas. 

De un solo tajo se las cortó;
cuando la sangre negra brotó,
 corriendo como loco hasta ella volvió. 

 Ella le dijo riendo fuerte,
 ella le dijo riendo fuerte: 
Tu última prueba será la muerte. 

Mientras la sangre fluía lenta
 e iba perdiendo ya su color, 
ella, orgullosa, ríe contenta:
 un hombre se mataba por su ciego amor. 

Fuera soplaba muy suave el viento 
y ella fue presa de aturdimiento
 cuando lo mira morir contento:

morir contento y enamorado 
sin que le deje ningún regalo,
 ni su calor ni su dulce pena, 
sólo la sangre fría de sus secas venas.

sábado, 27 de julio de 2013

Viaje en tren



Esto soñó Carmen, cinco días antes del accidente de Santiago. Y así lo apuntó, con la vaga pero imperiosa  sensación de que era importante hacerlo.

 * 

Tengo como una especie de flojedad de no comer bien, y ando sin fuerza para acordarme de él, fue como muy vivo, me duele acordarme, pero tengo que escribirlo antes de que se me olvide.

No puede el tiempo meterse en un tren e irse, no puede. No pueden mis huesos acordarse del todo de ese sueño, no pueden. Y sin embargo, aquí estoy, voy a intentarlo. En el sueño son tres, la que sueña quedó por ahí atrapada. Soñé con un viaje en tren. Era como una ciudad que viajaba. O era un tren, no sé si era yo la que viajaba a esa ciudad, o era ella la que venía a mí. El tren y ella parecía una sola cosa, alguna arquitectura había conseguido un paso más de lo inconcebible, un paso más de lo acontecido hasta ahora, una belleza sin par entre construcción y necesidad, utilidad y belleza. Lo útil es lo bello. Que la ciudad y el tren fuesen una y la misma cosa y a la vez que no lo fuera, que fuera y consiguiera con ello el brote y olor de cada rincón como distinto. A lo mejor el mismo tiempo pasaba por la ciudad, a lo mejor la ciudad pasaba por el mismo tren.

Recuerdo sus torres, además de su relación con el tren, la belleza de unas torres altísimas. Las torres de las ciudades eran bellas, altas, muy altas, tenían un encanto de modernidad, algo marchita, como si otra cosa con más gracia que hoy no tienen, la tuvieran. Tenía color rojo en los techos, y azul, colores hermosos. Recuerdo que en altura estaba su belleza y el tren era como si hubiera conseguido lo contrario que en N.Y. que el tren se aleja de la ciudad, es un monumento más, en esta ciudad era un elemento con tal gracia integrado que no se distinguía lo que era rincón de fuentes y aguas y lo que era tren. Y esa viveza y hermosura de esa ciudad se empezó de repente a caer.

Siempre que sueño, suelo soñar como si de ver una película se tratase, la acción de ella está adentro y yo la veo desde afuera. ¡En este caso al principio sí! Cuando estaba como absorbida por la sensación de llegar a un lugar tan hermoso, aquello de estar asombrada. La vía del tren estaba en alto pero se entremetía por todos los rincones, la ciudad tenía rincones, rincones hermosos y belleza, pero de alguna manera…, envejecida. En instantes y desde el tren, ahora, sentimos la noticia como de un Apocalipsis, un terremoto azotó por momentos la ciudad, partes de ella y partes de afuera, como si no se supiera bien cuáles eran los límites de aquella ciudad reino y si aquellos terremotos afectaban a más lugares. Había confusión, mucha confusión, y yo iba en el tren. Ahora sí, sentía que iba en esa máquina a punto de desbordarse por los precipicios, porque como no se sabía bien qué y cuántas partes ni cuáles de la ciudad había afectado, era un descontrol, a cada paso el tren se caía, pero casi como fiel a sus recovecos iba y volvía a la estabilidad (y se iba) según iba pasando por los lugares más o menos afectados.

El tren estaba muy afectado, en cada momento se partía y salían disparados los trozos de gentes hacia abajo. Yo estaba con A., tenía mucho miedo y un pánico muy fuerte. Pánico que iba y venía a ratos, vi y sentí que me moría, allí en ese tren, y en medio del gran alboroto la contraposición de unos niños que se reían, miraban la televisión y sonreían, agarrados de sus madres. El espectáculo no estaba en el tren y su inminente desgracia a desbocarse abismo abajo, sino que la desgracia casi no se sentía, había como una mudez, los cuerpos caían rectos, casi no alborotados, mirando la madre televisión. Yo estaba ya cansada de aquellas cabezas cortadas, de aquellas noticias, indignada porque todo se retransmitía al ciento por ciento de realidad y verdad. Todo era de una verdad y una mudez que me hacía más daño que la misma desgracia de lo que iba sucediendo. Pasaba todo a la vez, pero eran cuerpos casi muertos que caían en medio del desconcierto.

Tenia yo mucho miedo, y no me servia agarrarme a A., me caía literalmente, pensaba que ella era segura, pero no, era como si a una madre te agarras o crees que era como una madre, segura, y aquello no era seguro se desmoronaba. Pasé también como una especie de decepción, decepción de una amiga que no lo era, como si de una madre se tratase, que traiciona y te deja caer. Aquella amiga en medio de todo se descuajaringó, o la misma tragedia la hizo caer y yo andaba decepcionada porque la sentí como un monigote extraño y lleno de temblores, que algo me reclamaba. Pero voló, se cayó al abismo y yo dejé de tener miedo. Me dispuse a ayudar al guía del tren, y me dio aquella noticia fatal, que la sentí como si de una muerte que no llega fuese, era como si te hubieran dado la peor noticia que te podían dar pero no la sientes, ya no hay temor, y la noticia era que volvíamos dando un regreso, la vía estaba cortada y regresábamos al lugar donde empezaron los terremotos, al centro del ciclón, no quedaba otra para salvarse que pasar por allí. Todo se desmoronaba y caía.

Ahora que lo recuerdo, ahora pudiera el derrumbe, los terremotos, ser múltiples y traspasar más estados, más territorios, recuerdo lo hiriente de la televisión, yo me negaba a mirar. La televisión era el padre de todo aquello, las noticias escrupulosamente claras, me dolían en las yemas, pero parecía ser yo la única persona en aquel tren que lo sentía. El mundo que salía por aquella televisión de unas escrupulosas imágenes de cabezas cortadas delante de los niños…, la gente en medio del tren que pasaba por aquella ciudad apenas miraba entre las resquebrajaduras del tren que aquella máquina estaba a punto de desmoronarse junto con la ciudad, aquella que alguna vez habían el tren y ella hecho un juego de tal belleza sin par y maravilloso. Ahora sentía pánico del pánico, mudo y tan extraño que conseguía que corriesen de acá para allá, pero ellos nunca miraban lo que iba sucediendo en el tren. La televisión dictaba la orden de informar y aquello me dejaba en gran tristeza.

El viaje de vuelta fue de días, no había de nada, ni ropa, ni cosas para el aseo, todo estaba derrumbado, y allí encontré a R. que andaba por ahí. Recuerdo lo incómodo que era vestirme y estar guapa, para marcharme todavía a ver al Arriero, sentía como si a D., el dueño del bar, le hubiera pasado una apisonadora, que aunque dolido y confuso por todo aquello seguía con su bar maltrecho, más que nada, por la muerte de su padre, me dieron como ganas de abrazarlo, de darle el pésame, pero no se lo di, parecía entender que no hacía falta. No sé cómo pude bajar del tren para ir a este lugar a tomarme un café, puede que el bar fuera el bar del tren, esto no lo recuerdo, pero recuerdo la imagen. Volvíamos al tren y moría en la vuelta, o sentía el mundo morir sin retorno. La noticia devastadora era la muerte, pero no me vi morir y desperté.

viernes, 26 de julio de 2013

Lo que solía contar García Calvo


Se ha caído del artículo sobre Agustín de Wikipedia, y no sé si retornará a él o no, la sección que había sobre su pensamiento político. Por si fuera de alguna utilidad para alguien (cosas más raras se han visto), la traigo aquí.


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En sus obras e intervenciones, García Calvo trató de dar voz a un sentir anónimo, popular, que rechaza los manejos del Poder. Esencial a esa lucha es la denuncia de la Realidad, una idea que se presenta como reflejo fiel de «lo que hay», cuando de hecho es una construcción abstracta, en la que las cosas son reducidas por la fuerza a ideas. De ese modo se mata cuanto pueda haber en las cosas de impredecible e infinito, y resulta posible someterlas a planes, esquemas y manejos. La gente, un caso más de cosa, queda organizada de este modo en Individuos, sometidos a una doble exigencia contradictoria: cada uno tiene que ser individual, y sin embargo todos han de ser sumables en una Masa numérica. Por fortuna, esta organización deja siempre cabos sueltos: a lo que pueda quedar en la gente de ocurrencias imprevisibles, no sometidas a plan ni cálculo, se refiere García Calvo como «el pueblo».

El progreso del Poder llega a su cúspide en las sociedades democráticas, compuestas por Masas de Individuos. Dado que el plan del Progreso es introducir este sistema en todas partes, la lucha popular debe dirigirse contra la Democracia, por ser ésta el régimen que administra la muerte (dado que lo único cierto del futuro es la muerte, anticipar éste —como hace el Poder— con planes o propósitos constantes es acercar la muerte para desvivir la vida) del pueblo en las sociedades más avanzadas. La pervivencia de formas más atrasadas de dominio (como las dictaduras comunistas o las de los países musulmanes) sirve para legitimar, por comparación, la Democracia burguesa, y debe considerarse por tanto un trampantojo.

Esencial para el Poder y la Realidad es la figura de Dios; que, tras tomar muchos nombres, como el de Hombre, en su forma más moderna o progresada se presenta con el nombre de Dinero: una idea omnipresente a la que todas las cosas son reductibles (todo tiene un precio). La religión de este nuevo Dios es la Ciencia, cuya misión esencial es mantener actualizada la idea de Realidad y convencer a los Individuos de que todo está bajo control: hay conocimiento seguro de todo, o lo habrá con el tiempo. Sin embargo, la investigación de los científicos, en especial la de los físicos, en la medida en que es honesta, no deja de presentar indicios de la resistencia de las cosas a su reducción a ideas.

En la Democracia, el Estado y el Capital son dos rostros de la misma cosa. La lucha popular debe dirigirse contra ambos, sin convertirse nunca en una reivindicación (que supone reconocer legitimidad al Poder) ni una alternativa de gobierno (que no haría sino contribuir al progreso del Poder). Esta lucha no es individual (pues el Individuo, construido a imagen y semejanza del Estado, es esencialmente reaccionario y constituye el primer enemigo del pueblo), sino de la gente, de lo que quede de pueblo, por debajo de los Individuos y en contradicción con éstos.

Respecto a los nacionalismos, señala García Calvo que parten de la conversión del pueblo indefinido e inmanejable en una idea (los pueblos) manejable y sumisa al Poder.

El lenguaje tiene un papel destacado en la opresión del pueblo, pero también en su rebelión. Las palabras con significado de las lenguas configuran la Realidad, distinta para cada tribu. En la medida en que el lenguaje contribuye a crear la ilusión de que sabemos todo lo que hay y cómo llamarlo y manipularlo, constituye un arma contra el pueblo. Sin embargo, en el uso común de las palabras se producen continuamente vislumbres que apuntan a lo contrario (a que no sabemos lo que hay, ni la Realidad cubre todo lo que se da), y en ese sentido el lenguaje, que cualquiera puede usar pero que no es de nadie, es la expresión popular por excelencia.

Ejemplos concretos de la lucha contra la Realidad los podemos encontrar en el ataque al automóvil (vehículo individual por excelencia) y la defensa del tren; en la lucha contra la concepción de que "Hacienda somos todos"; o en la decisión de "escribir como se habla", frente al uso pedante del lenguaje por parte de eruditos, funcionarios y periodistas.