viernes, 20 de diciembre de 2013

Algo de margen



ALGO DE MARGEN
(cuento borgiano y moderadamente profético; diciembre 1998)
 
       Los ángeles rebeldes tenían la costumbre de anotar en unos cuadernos las conversaciones que sostenían los otros ángeles en los confines del cielo. Lo hacían con la esperanza de descubrir secretos que les permitiesen entrar otra vez en el Paraíso y pensaban dar cuenta de ello a su jefe. Pero eran muy malos alumnos y lo anotaban todo al revés. Salomón se enteró y confiscó los cuadernos. Los encerró en un cofre y colocó este debajo de su trono. A su muerte, Satán se apresuró a indicar a los israelitas el lugar donde se  hallaban... "Y así surgieron" —dice el comentario— "las falsas leyendas..."


En unas traviesas páginas cuyas letras se antojan aladas, el folklorista Andrew Lang demuestra, aplicando las teorías de Max Müller sobre el mito —enfermedad de las palabras— que Napoleón Bonaparte es un héroe solar, una larga alegoría del astro que despunta y arrolla para luego declinar cruentamente, y que las fábulas sobre sus miserias y hazañas en Waterloo o en Elba no tienen otra procedencia que la de una viejísima metáfora cuya naturaleza, con el tiempo, se ha enturbiado.

Lang bromeaba. Tal vez ciertas verdades especialmente ominosas sólo de esa forma pueda alguien plantearse decirlas. No es bromear, empero, lo que ahora me propongo hacer aquí; por más que, tal vez, no quede otra cosa que hacer para mí, para nadie.

Se me crea o no, las consecuencias no serán mejores. No lo serán, tampoco, si decido no escribir, mandar en blanco a Port Selin estas hojas. Mi silencio podrá ser leído con la misma mala fe que ha dispuesto escribir estas palabras.

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Abizmael Guzmán nació en la Chinantla, México, en 1985. En las mismas fechas, los periódicos informaron del encuentro casual de dos gemelos de piel verdosa, hembra y varón, en una espelunca del Cerro Ixtatlán; bebés a los que el pueblo chinantla consideró progenie de los chaneques, los duendes cavernícolas que huyeron en su día del conquistador español, y cuyas ciudades subterráneas albergan viejos dioses que no duermen.

No es cierto, o tal vez sí, que Abizmael fuera el tercero de esos niños gemelos, y que su mero nacimiento fuera ocultado durante treinta años por los medios de formación de masas.

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No pasaba nada. Pasaba lo de siempre. Habíamos llegado a un punto crítico después del cual todo sería distinto. Cualquiera de estas tres frases, puestas en boca de un historiador, definen con igual exactitud lo que fue el tiempo de entre milenios. Cualquiera de las tres; y ninguna.

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En el principio era la ausencia, y el aliento de Dios flotaba sobre los signos vacíos. Alguien echó sangre en los huecos tallados de la piedra, y las fieras del cerro proclamaron graznando el nombre gris de Abizmael.

Abizmael no es un nombre de gente. Para sus guerrilleros, para sus torturadores, Abizmael era abismo; El Elyon es el nombre más viejo del Dios único cuyos hombres mandaron, hace tiempo, masacrar a las mujeres y niños de Madián.

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La CIA inventó a Abizmael. En un determinado momento, aletargado el integrismo islámico, simplemente hacía falta un enemigo que batir; ello sería mucho más fácil si este pelele era simple ilusión, invento de los medios, un estereotipo cuyas acciones, por arquetípicas, estuvieran previstas de antemano, y que jamás pudiera sorprender a quienes lo habían animado para poder jactarse de su muerte.

Varios profesionales, algunos de ellos significados por su labor en las mejores teleseries del Margen, fueron la voz y la mano de Abizmael. El actual Premio Nobel de Cine fue, tal vez, el rostro de su única (e incierta) aparición grabada en video: Abizmael masturbando al anciano general Tomás antes de darle a masticar a su mujer sus testículos.

Sus golpes de mano tenían algo de Guevara; sus discursos, del subcomandante Marcos; su oscura religión indigenista, de Gadaffi o el Imán palestino Izmalah. Fue el centro de la información durante muchas temporadas. Muchos izquierdistas acudieron a los lugares que la información dejaba entrever pudieran ser cubiles del comandante Guzmán, y sólo unos pocos de ellos llegaron a tener la oportunidad de hablar sobre aquello en lo que se implicaron. La hipótesis de un genocidio político casi masivo parece, pese a la falta de datos, una de las más consistentes; si ello fue un desarrollo premeditado o una respuesta de los guionistas a la  inesperada afluencia de indios, ni a mí ni a nadie le es dado saberlo.

Los asesinatos atribuidos a Guzmán fueron siempre atroces, crueles y al tiempo simbólicos, del viejo tipo del sacrificio que sacia, pródigo en efusión de sangre prócer, la inextinguible sed revanchista del populacho. Doce diputados del PRI fueron hallados, el 25 de diciembre del año 2015, sentados en torno a una mesa de juego; en la rugiente ruleta, en vez de bolas, flotaban 12 ojos que habían contemplado la faz de Abizmael. Otros doce, a modo de uvas, ocupaban un paquete pisoteado en el suelo con una tarjeta prendida de felicitación que deseaba buen apetito al presidente electo americano François Donought. Don Florencio Hidalgo, financiero y  principal sustento de la democracia cubana, fue hallado a la puerta de su casa; los guerrilleros le habían cortado la lengua y los dedos. Interrogado sobre lo sucedido, sólo pudo responder sí o no, asintiendo con la cabeza. Aunque vivió aún quince años, sus versiones son contradictorias, necesariamente vagas y truncas, y no han iluminado nada de lo sucedido. Me hubiera gustado, no obstante, entrevistarle, dejarme guiar por él hasta el lugar elevado. 
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Jamás ha pasado nada. Este aserto historiográfico ha movido la pluma de Marvin Harris, de Claudio A. Gilardoni, de Analía Zyger. Todo cuando parece prodigioso o providencial se revela, bien mirado, necesario, predecible, baladí. Jesús no pisó las aguas. No hubo extraterrestres que revelaran a los Dogon la existencia de una segunda estrella gemela de Sirio. Mahoma fue un epiléptico. Los diez acrósticos del nombre de Beatriz, hallados en la Divina Comedia, se encuentran también en cualquier guía de teléfonos. Los judíos de Sión inventaron la horrenda fábula del Exterminio. Abizmael Guzmán era un producto de su época, de la necesidad de un enemigo: un producto de diseño embaucador e inconsistente, semejante a las drogas fungoides que, en su vaporizador, inhalaban y aún inhalan nuestros jóvenes en cuartos cerrados.

Sin embargo, ¿quién puede convencer de que jamás sucedió nada a aquellos que perdieron un hijo, que arriesgaron una vida? Cientos de hombres, vencedores y carnaza, han dado testimonio de lo que fueron los ataques de la guerrilla de Abizmael, en la década de los 20, contra Tuxtepec y Benquinté. Hay libros ciertos o apócrifos escritos por Abizmael, libros que han provocado insurgencias y suicidios, y cuya confección no está al alcance de un hábil guionista o un falso predicador. Quien no sabe distinguir esto no sabe lo que hace cuando usa la palabra verdad.

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Albergué durante tiempo la sospecha de que un falso Abizmael precedió y motivó al verdadero. Ciertos datos me hacen imposible negar que su origen es falso; otros —un encuentro en la estación de Chuparrosa, una carta en mi buzón con sobre negro— me dan la certeza de que Abizmael ha sido.

Si Napoleón nunca vivió, no es menos cierto que no ha muerto: los psiquiátricos alojan cientos de ejemplares suyos. Si la CIA parió a Abizmael, muñeco sin hilos, y arrojó con estridentes sirenas su nombre falaz sobre la selva, alguien en Cerro Ixtatlán lo escuchó en la noche cerrada y se sintió aludido, convocado a luchar.

Puede haber habido, hay aún, muchos Abizmael, como hay Elvis en Graceland, Cristos en Getsemaní. Pero hubo un hombre, uno solo, que tomó Benquinté en el 2028 y ordenó a cada mujer ordeñar y ametrallar a su marido; un hombre cuyas acciones, cuyas proclamas, no hubieran tenido, tal vez, ningún eco, si no las hubiera amplificado la máscara funesta de Abizmael. Muchos hombres se apuntaron al ejército de un fantasma y se encontraron bajo las órdenes de un general lúcido, implacable, resuelto a destripar tantos huevones como  signos adornaban la piedra de Sochiapán.

Bajo la mirada atónita de EE.UU., los chaneques empuñaban fusiles, los enanos crecían y escupían aceite hirviendo sobre las brigadas internacionales enviadas a purgar los desfiladeros.

El Creador mandó morir al fantasma y este no respondió. Iba matando canallas.

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Hubo barreras que separaban la historia y la prensa. Luego las hubo, aún, que separaban información de interpretación, análisis de ficción, agua de aceite. Un día las agencias de información y los servicios secretos fueron, tal vez, conceptos discernibles. Hoy yo no sé para quién trabajo, quién me ha encargado redactar estas letras, qué uso se les dará. Vagamente malicio que mi inseguridad contribuirá a hacer verosímil, más neutral, el mensaje que interese, a su través, vehicular. Alcanzo a conceder que el mensaje sea accesorio: tal vez sólo interesa que vuelva a hablarse de Guzmán, y es ya inverosímil (quizás quise escribir indiferente) que ascienda o que descienda la creencia en su verdad. Puede que haya una película esperando salir, un juego de rol o una nueva guerrilla, y esto que escriba forme parte del imprescindible, y obligadamente crítico, dossier que dé respetabilidad de obra intelectual al empeño.

Yo no siento pena por los diputados del PRI, por los campesinos que huyeron al Cerro Itxatlán y que afirman haber luchado junto a Guzmán, pero jamás haber visto su rostro u oído su voz levemente aflautada.

Mi piel es verde y mis padres fueron, una vez, chaneques olmecas. No sé si esto es cierto o si alguien me ha obligado a recordarlo, a escribirlo. Tal vez esto descalifica la seriedad de este escrito (tal vez es añadido desvirtuador del mismo).

En la selva, mi máquina de escribir suena, yo sueño, los leños crepitan. Hoy es la fecha marcada y vendrán a miles o quizás nadie. No sé si seré Abizmael, si seré Tlalepuzco, cuando salga a entregar estas páginas y suplique que no me disparen. No sé si será ella o no quien venga.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Rosalida

Como un par de amigos me animan a ello (son las responsabilidades propias de su condición: ¡pobres! —¡y gracias!), continúo rescatando algunos de los relatos que escribí en otra era.


ROSALIDA

Le preguntaba por ella. Por él, en realidad. Por los dos. Cómo la había conocido, cosas así. Si a ella le gustaban, como a mí, los lunares que él tenía en la boca, escondidos tras el bigote, y que a mí me parecían marcas de nacimiento, señales de un destino noble y remoto.

Me dolía, al principio, tanto. Sus silencios después de hacer el amor. Todo el mundo se calla, se queda triste después de hacerlo. Pero yo no lo soportaba. Imaginaba comparaciones, audacias femeninas, deliciosas ingenuidades. Me odiaba, a veces, por no haber sido la primera; por no haber sido ella.

Yo supe, desde el principio, que él no me quería. Primero lo temí, y luego lo supe, pero de algún modo lo supe todo el tiempo. Yo no digo que no me quisiera, que no le gustara; era, más bien, como aquél que ha hablado con Dios, ha estado suscrito a su Reino, y un día comprende que la línea, su línea, se encuentra cortada para siempre.

Le conocí, según supe después, cuando llevaba ya dos o tres años solo. Había dejado de fingir que estudiaba, que creaba, que era alguien. Había dejado, incluso, de compadecerse. Llevaba entonces una barba terrible; olía mal, y nunca hablaba cuando, a veces, coincidíamos en el portal, a bajar la basura, o por las mañanas, cuando yo iba a la Editorial, y le veía abajo, desayunando en el bar de la esquina, acariciando la máquina de tabaco.

La gente del piso sabía poco de él. Solo Charo, que vivía encima de él, me contaba a veces que su marido, el bueno de él, solía golpear el suelo, preso de furia, por las noches, cuando él conectaba a Bach, o al Hilliard Ensemble, sobre las tres o cuatro de la madrugada; que al principio, él subía el volumen, por desquite, pero que luego lo ponía muy bajito, tan bajito que los dos se dormían a su arrullo. Que a veces, y todo el mundo lo sabía, recibía cartas negras sin remite. Que estaba, según parece, suscrito a una revista de hombres, de esas que se envían de forma discreta, y que los chicos del bloque, haciendo alarde de ingenio, le robaban, casi todos los meses, los ejemplares del buzón. Conociéndole, supongo que nunca reclamó.

Su madre (la de Charo) se acordaba todavía del abuelo, el que había comprado el piso, y después de quedarse viudo, había vivido con su nieto, su ordenador y su gata. Hubo cierto lío (cosa de herencias, supongo), pero al final, después de volver de la mili, él se había instalado en el piso.

Nunca le vi (y eso me fastidiaba) en las Juntas de vecinos. A mí siempre, lo reconozco, me han gustado esas cosas. Como dice mi madre, yo hubiera valido para comunista, o hasta sufragista, si la Historia me hubiese dado la oportunidad. En aquellas reuniones de vecinos (que eran también el bar de al lado, a las siete de la tarde, subiendo la escalerilla de caracol) se hablaba a menudo, por hablar de algo, del inquilino del tercero A; verdad era que pagaba lo suyo, que no daba problemas por ahí. Con esa pinta, decía Charo, lo mismo trabaja en el tanatorio, o de hombrelobo en el Pasaje del terror. A mí se me corta la mayonesa cuando pienso en él. Y se reía; y yo me enfadaba, porque todos los vecinos debíamos ser solidarios, porque la Junta de vecinos era, a estas alturas, la única democracia en la que yo creía, y me fastidiaba que aquel tipo, con su barba y su gata que a veces maullaba, nos ignorara tan olímpicamente. Me ignorara, como a veces me ignora.

A veces, jugamos los dos a la contra. Él me pregunta por mis amores, y yo le digo, por mortificarle, que los tuve, a edad muy temprana. Que perdí mi virginidad, y buena parte de mis ilusiones infantiles sobre los chicos, una noche de campamento en que todos habíamos bebido mucho, y en realidad a ninguno nos apetecía, pero así decía que había que hacerse, en el Libro de los jóvenes castores se indicaba claramente, ni una sola noche sin animación, y él me había dicho que no me dolería, que no se lo diríamos a nadie, que casi no iba a suceder.

Jugamos, pero yo pronto me aburro. Me cansa inventarme cosas, recordarlas, fingir que de veras me importan, que alguna vez he estado viva lejos de él. Y entonces nos quedamos callados, y él pregunta: ¿de verdad quieres que te hable de ella? ¿De verdad no te importa? Y yo le digo que no, que no me importa. Que lo necesito. Y él, entonces (quizá no se da cuenta) cambia el tono de voz y el de los ojos, mira hacia otra parte, y comienza a hablar de un modo atropellado, atropelladamente dulce y sereno.

A él nunca le han gustado los fotos. Quizá las destruyera todas, pero nunca ha querido aceptarlo. Dice que en su familia no las hacían, que siempre ha odiado a la gente que se obsesiona por eternizar los instantes, por crear falsos instantes memorables y conservar en realidad tanta angustia, tanta alegría polaroid y rostros mirando hacia la cámara, hacia el futuro, hacia la muerte. Él dice esas cosas y yo no le creo, pero nunca le llevo la contraria. Yo sé cómo jugar a hacer sus fotos, las que él ha quemado. Volvemos a los sitios donde iban, donde solían discutir tanto. Yo le pregunto cómo podría ponerme, cómo te gustaría que posara, y él me dice súbete a ese banco, abrázate a esa farola, abrázate muy fuerte a mí, mírame como si me odiaras; y yo hago foto, foto tras foto, y las ordeno luego, en los álbumes que él finge no hojear jamás, y los ordeno, como fotogramas de una película, la película que los dos jugamos. Ésta es la toma de cuando se conocieron. Ésta es la toma de cuando ella le dijo que le engañaba. Ésta es de un día que él tenía mal aliento y ella le decía, le conminaba a que tomase manzanilla, y dejase de comer esos bollos apestosos, esas palmeras de chocolate y merengue.

Charo nunca me lo perdonó. Al principio le hacía gracia. Maldita la gracia. Me citaba, como a escondidas, en algún bar del Centro o de Atocha, y después de tomarnos tres cervezas me decía, riendo, pero le ducharás antes de iros a la cama; no me digas que te lee versos. Porque tiene pinta de escribir versos. Y a mí al principio me hacía gracia, porque siempre he querido a Charo, y le podía perdonar casi todo, que me dijera lo que pensaba, así era desde pequeñas. Maldita la gracia. Un día me dijo que él no me quería, que no me había querido nunca, y aunque yo sabía perfectamente que era verdad, agarré mi bolso, me callé, la invité al café y los bollos, y le dije que, en ese mes y el siguiente, iba a estar muy ocupada. Que él estaba trabajando otra vez, presentando un proyecto a un laboratorio, e íbamos a estar los dos, los dos, muy ocupados. Ella entendió que no quería volver a verla, y estuvo a punto de llorar, pero le pudo más el orgullo. Ahora ella tampoco va a las reuniones de vecinos.

Apuntaba, en una libretilla, lo que iba averiguando de ella. No todos los días. Una vez, a la semana, y había semanas que conseguía olvidarlo, que vivíamos en el presente, y yo no apuntaba ni averiguaba nada. Una vez él me juró que me quería, que me quería como a ella, que me quería más; yo le creí y quemé la libreta. Luego, a los dos meses, lo volví a escribir todo otra vez de memoria. No había conseguido olvidar ni un detalle.

Sé que ella no era muy guapa, que yo lo soy bastante más. Que sólo hicieron el amor una vez; lo suficiente para no hastiarse, supongo, y además lo habían hecho sin tomar ninguna precaución. Que él la hizo faltar a clase, una mañana, y se fueron al extrarradio, a la farmacia más lejana, a comprar un Predictor y un chocolate con churros, y mientras se iba al baño, a probar, él, además de comerse todos los churros, había ido a pagar, y se había dado cuenta de que no tenía bastante, y el dueño se había molestado, y hay días que uno no debería levantarse, pero ella no estaba embarazada, y él dijo que dejaba el DNI, que volvería a pagar en una hora, pero el dueño les dijo que no volvieran, y que se metieran el DNI por el culo, y a la salida los dos se habían reído mucho, pero luego discutieron, y ya no volvieron a intentarlo más veces, con la de avances de la técnica que existen.

Que a ella le gustaban los cuentos de hadas, y que a veces se los leía, pero eso les ponía a los dos, con lo jóvenes que eran, tan tristes. Que iban a veces a comer a casa de los padres de ella, y en la sobremesa se abrazaban los dos, más ella a él, y un día la madre le dijo, llena de odio, que la vida les tenía mucho por enseñar, que algún día se acordarían de cuando estaban así abrazados, y se reirían, pero él nunca se ha acordado de esa día como la madre insinuaba, nunca ha pensado que era ingenuo, o se engañaba, o que los dos hacían mal besándose en familia, dos pequeños maleducados.

Sufrí, mucho, antes de saberlo. Él, al principio, nunca hablaba de ella. Yo la deducía, matemáticamente, de sus silencios, de las incoherencias en el relato (me vine a vivir aquí después... después de acabar la mili), de esa idea suya de que iba a dolerme, o que yo no iba a querer hacer ciertas cosas, o que no iban a gustarme los ramos de flores, y sí los partidos de baloncestos, y sí la música de los años sesenta.

Me preguntaba, sobre todo, si él la dejó, o si ella le dejó a él. Si él la dejó, pensaba, aún puede arrepentirse. Seguro que se arrepiente cada día, que es como si hubiese jugado un juego, el único importante de su vida, y lo hubiese perdido por descuido, vaciándose por completo. Yo llenaba ese hueco, sí, pero a poco que no lo hiciera bien, que no lograra ser mejor o igual a ella, él echaría de menos el original; quizá la llamaba escondidas, o se veían una vez al año, y esos pocos minutos en que hablaban, sin verse siquiera, eran para mí la mayor de las traiciones, peor que si se acostara con mi mejor amiga o se fuera de putas todas las noches para humillarme.

Pero si ella le había dejado a él (y eso me parecía lo más probable), entonces todo era mucho peor. Él nunca, nunca jamás, perdería la idea, infantil, de que ella volvería. Le seguiría, como yo veía a veces, palpitando el corazón cuando llamaban, y él cogía el primero el teléfono, aunque tuviera que salir de la ducha, quién es, lo decía como un niño, como si le fuesen a llamar de la tele, a concederle quién sabe qué premio, y luego yo siempre notaba la decepción ah eres tú, Alejandro o cariño, es para ti o es el banco. Si ella le había dejado, yo tenía que hablar con ella, conseguir de algún modo su teléfono, cerciorarme de que desaparecía, convertirme en su mejor amiga, aprender a copiarla, enamorarme, matarla...

La vi una noche, una sola noche. Él me dijo esa noche, una noche que los dos estábamos alegres, que si yo iba a veces, el día de los Santos, a la Almudena, a ver a mi gente. Yo le dije que no, que no solía a ir, que no me gustaba la muerte. Que un día fui, de pequeña, con Charo, a ver el entierro de mi bisabuela, y las dos nos habíamos reído, sin poder controlarlo, al ver, en un grupo de lápidas Aquí yace la familia Revuelta, y mi madre me había dado dos hostias, y estuvo a punto de darle otra a Charo, pero eso se gana de ir con las madres de las amigas. ¿Tú vas a ver a tu abuelo?, pregunté, y entonces él vaciló un instante, lo suficiente, y yo lo comprendí. ¿Está muerta, verdad? ¿Por qué no me has dicho que está muerta? ¿Cómo fue? Y habíamos cogido los dos el coche (esa noche no pusimos a Bach) y habíamos llegado cuando abrían el cementerio; yo compre un ramo grande de rosas (es la única venganza que me permití) y las puse sobre la lápida, Rosa Lida, quizá por eso odió tanto las flores, yo tampoco sabía su nombre, no hubo mala intención, y aunque él me llevó a ver la de su abuelo, de vuelta al coche dimos una vuelta, y yo la distinguí en seguida, sus ojos clavados en el nicho, es aquí, y sentí una inmensa, oscura alegría que apenas me duró dos segundos.

lunes, 16 de diciembre de 2013

¿Quieres probarlo?



Llevo tiempo dudando si rescatar aquí algunos de los cuentos que escribí después de publicar mi primer y único libro de cuentos, Lo único que importa es no perder el rumbo (1993), y antes de abandonar tan dudoso hábito. Al final he decidido que sí: que se merecen al menos esa pequeña cortesía por parte del que fue su autor. Así que aquí va el segundo. Son cuentos expresionistas, por no decir tremendistas —pero el mundo es tan amplio que no es imposible que alguien les encuentre su punto. 

*


¿QUIERES PROBARLO?

—¿Quieres probarlo, Santi? —dije, y levanté el bote, sin precauciones, por el lado más pringoso. Se lo di y me olí los dedos.

—Te gusta, ¿eh? —dijo Nelia.

Santi no respondió. Nosotros no solíamos responder nada. Te pegaba la policía y te callabas. Hacías exámenes, de pequeño, y nunca respondías nada. Los profesores se exasperaban, te hablaban, intentaban hacerte reaccionar, te contaban cuentos, te amenazaban con suspenderte. Al final casi siempre te pegaban. Los profesores, después de los padres, eran los primeros en pegarte; los primeros en hacerlo sin cariño. Terminaban pegándote, por esto o porque aquello, y ese día cualquiera ya no volvías más. Te dejabas manchar el uniforme, te ibas al parque a jugar entre la porquería, terminabas en la hoguera, con tus amigos, los que, antes que tú, habían dejado de perder el tiempo en clase.

No. Nosotros nunca respondíamos, o casi. Pero no había que ser un listo para ver la cara de Neli, esa forma boba de abrir la boca, de mirarle fijo a Santi, y la cara de Suso que la miraba, y luego a Santi, y luego se iba, sin decir nada, a dar una vuelta por el descampado.

Santi no sabía esnifar, pero no le dijimos nada. Neli estuvo a punto, pero la miré y comprendió, no era tan tonta.

Santi hundía la cabeza una y otra vez, hasta casi tocar con la nariz el fondo. Pronto no levantó cabeza. Neli le miraba con los ojos muy abiertos y nos miraba a nosotros, como pidiendo permiso, como si fuéramos su padre o su hermano. Menuda imbécil.

—Voy a ver cómo está Suso —anuncié, y me levanté de la hoguera con rapidez.

—Venga, vale, te acompaño —y se fueron levantando, de uno en uno.

Nos fuimos y dejamos a Neli junto a Santi, mirándonos con ojos de perro. Nadie decía nada, pero todos pensábamos en Suso, tratando de reconstruir, sobre la marcha, el rumbo más probable de sus pasos. Primero cruzar el parque, hasta el lugar en que la hierba empieza a rebosar de mierdas de perro. Luego el error de pararse a pensar, y ver aparecer por el callejón a la Plasta con el perro cagaplastas.

—Eh, vosotros, venid aquí. ¿Estáis con Nelia? ¿Sabéis dónde está?

Estrategia errónea, pero eso quién podría explicárselo. Empecé a pensar que Suso había sido el más listo, y que si fuéramos buenos amigos habría que avisar a Neli de que su vieja andaba tras sus pasos. No éramos buenos amigos. Nos quedamos mirando a la Plasta, que pronto sintió que nos incomodaba con su falta de tacto, y quizá se exponía a algo estrellándose contra un silencio que en cualquier momento empezaría a ser tenso.

—Bueno, si la veis decidla que venga para casa. Mañana vamos a ver a su padre.

Tiró de la correa como si el perro plastero tuviera algo interesante en lo que interrumpirle, y se lo llevó, sumiso, a continuar la ronda.

También nosotros la seguimos, con más o menos el mismo olfato. Puto Suso.


Ø

El Suso es listo. Me contó cómo se lo hizo por primera vez con la Neli. Venía de las casitas de Elíptica con dos gatos entre las manos, sin saber qué hacer con ellos. Neli estaba con sus amigas, jugando a la comba, el lápiz y las tijeras, esas cosas que con doce años se empieza a saber que son bobas, y a los catorce te ratifican como tarada mental. Neli todavía iba a la escuela, y llevaba el uniforme muy limpio, pinzas de plástico azul en el pelo, pulseras de colorines. Todas se acercaron a ver a los gatos, ronroneando boberías y qué lindos; pero Suso no dejó que ninguna los tocara. En unos minutos todas habían acabado hartas de las pocas palabras de Suso, y desinteresadas de la suerte de aquellos bichos, como uno se desinteresa de la vida y muerte de esos negritos cuando se comprende que no existen más allá de la televisión —igual que nosotros no existimos para ellos. Sólo la Neli se quedó, también en silencio, con la mirada fija en Suso y en los gatitos legañosos que le lamían, rasposos, las manos. Suso no preguntó. Dijo ven conmigo y bajaron las escaleras de los servicios del parque. Dejó los gatitos en el lavabo, bajo el grifo seco y roto, y dijo simplemente:

—Te los enseño si me las enseñas.

No había luz para saber si Neli enrojeció. Suso dice que pasó casi un minuto antes de oír, por primera vez, sus labios.

—¿Si te la toco me dejas tocarlos?


ØØ

El pegamento es algo íntimo, sin filtros. Te metes en él, agachando la cabeza, haciendo campana con las manos —y él se mete en ti, como un tubo de color sepia que entra por narices y boca, una culebrilla de tolueno que te traga y en la que caes hasta estar dentro de otra historia, de otro espacio. El pegamento es el silencio, las paredes calientes, y por eso todo lo que digas va a sonar a tontería y está, en realidad, de más. A cada cual le da por su movida. Yo empiezo a pensar, por ejemplo, en la gente que se ha caído dentro, como el Santi, y no han vuelto. Pienso si querrán salir. Me imagino que viven en una casa muy grande y muy destartalada, toda de color hidrocarburo aromático, color amarillo-marrón supergén, un color como de lefa o de leche condensada, o del café que pone mi abuela y que dice mi madre que es aguachirlis. Si pasas mucho tiempo en esa casa (y yo lo paso) empiezas a hacerte indistinguible del paisaje, de la tele que brilla como única luz en el salón inmenso, de las enciclopedias del año 78 en pequeños tomos encuadernados en rojo, del Nigo-Pum y las revistas porno donde las tías no tienen rostro pero soplan la polla como si fuera una flauta. Yo me agobio si pienso que en una de esas puertas que me acechan en el pasillo, cada una con su olor a carne frita o a papel viejo, me está esperando Santi sentado frente al ordenador de pantalla verde mohosa, una piscina digital en la que las naves marcianas siguen su coreografía cansina mientras él aprieta el dedo, indiferente.

—¿Has visto a Neli? ¿Qué tal le va sin mí?

Estrategia incorrecta. Pero se ve que, por allá, también de estas cosas acaba uno olvidándose.


ØØØ

No le puedo contar a Santi que esa noche, no me preguntes por qué, la Neli acabó en mi casa. Después de tanto preguntar, fue la Plasta la que no apareció cuando Nelia nos alcanzó en el Puente y nos dijo que no quería volver a casa, que le iban a hacer preguntas, que quería escapar de su casa y no volver nunca. Como en las películas. No lo dijo pero los dos lo pensamos. De Suso solo encontrábamos rastros vagos, gente que nos miraba y ya ves, buscando al Suso, y su sonrisa podía querer decir que no andábamos desencaminados.

Le dije a mi bata que Neli se quedaba a estudiar.

—Podéis ver la tele en el salón —dijo, y yo pensé que quizá traería patatas fritas, pero ni siquiera se molestó en sacar sábanas y hacer la cama.

—A lo mejor viene mi hermano y te tienes que ir —le dije, pero Nelia no dijo nada y hasta llegué a pensar, leyendo su sonrisa, que la idea le había hecho gracia, quizá demasiada.

—Putada lo del Santi —dije por putearla, pero ella se fue a buscar las sábanas sin darme tiempo a mirarla apenas, y a los pocos minutos dormía, con el rostro ausente ladeado y casi sumergido en la almohada.

Si te la toco los puedo tocar, resonaba en mi mente, pero parecía extraño imaginarse que de aquellos labios secos pudieran haber llegado a salir tales palabras. Yo no tenía sueño. Desde mi cama, a un metro de la suya, tuve esa idea tonta, como de pegamento, de que en realidad ya estaba durmiendo con ella, me había acostado con ella, a su vera —y su ausencia, su retirada al otro mundo del sueño, me la dejaba aún más cerca. No mentiré cuando le cuente al Suso que lo he hecho, que ella lo ha hecho, pensé, y cuando aquello ya era ingobernable bajo la tela blanda del pijama, di aquellos pasos tan largos y le di, mentalmente, al click para inmortalizar aquella polaroid de mi polla rozando sus labios secos, humedeciéndolos ligeramente con aquella gota clara como pegamento Imedio. Se ha dormido vestida, pensé; pero yo nunca había sentido tan desnudo a nadie. No me atreví a nada más. Fue ya en sueños cuando vi que la Neli se relamía. Sus labios nunca volvieron a estar secos.


ØØØØ

Cuando imagino el cuarto de Santi, el escritorio lleno de cajones, pienso en lo que él podría guardar allí. Quizá esos experimentos que los dos solíamos planear, como meter una lagartija viva en un vaso con alcohol y, dos meses más tarde, comprobar si aquello se había convertido en tinta verde o si olía como los chicles de clorofila. Pienso en aquellos papeles que una máquina imprimía sobre nosotros, con nombres y apellidos por los que nadie se conocía, dirigidos a padres y madres que casi nunca estaban y que jamás los recibían. La mayor parte ardieron en el parque, pero cuando me da el punto me los imagino pulcramente encuadernados en álbumes de fotos, y pienso que el Santi, en cuya casa sin duda los siguen recibiendo, debe coleccionarlos como si fueran números del Muy Interesante.

—Mira, en esto me han puesto Insu en vez de Emedé. Y eso que el tipo no me ha visto ni en pintura.

—Los hay que creen a ciegas en la bondad humana.

Pienso, pero no se lo digo a Santi, que su caso no debe ser único: debe de haber miles de tipos que ha dejado de ir a clase y que la máquina de turno matricula, diligente, una y otra en vez en séptimo de EGB, repitiendo el mismo curso desde 1936 o desde la Guerra de Troya. Si la fe en la bondad humana prospera, algunos terminarán aprobando (un curso, una asignatura). Cualquier día los buscas y se han escapado de casa de Santi.


ØØØØØ

Encuentro al Suso pocos años después y no tenemos que fingir que no nos conocemos. Es la verdad. Está hablando con un pringadillo, un pinflois (me la tocas y me voy) que ha venido por primera vez a los recreativos con un monederito muy visible del que saca billetes verdes.

—¿Tú estudias mucho, eh?

Algo sabe el chaval, porque no responde, pero no lo bastante para echar a correr, así que yo me acerco y añado:

—¿Pero estudias a mano o a máquina?

Y los tres nos reímos, la ostra, la morsa y el carpintero. Amigos así son los que valen. Así que el chaval nos invita a jugar toda la tarde (él nos mira jugar, con la misma atención boba con la que mira cada cinco minutos el reloj hasta darse cuenta de que nos está llamando la atención sobre el mismo), y cuando chapan nos presta lo que le queda para que cojamos la furgoneta, y promete estar mañana a la misma hora (nos ha dado su dirección y su teléfono, por si su memoria flaquea). Si fuera más listo se daría cuenta de que acudir a esa cita nos pondría en peligro a nosotros aún más que a él (siempre hay un primo Zumosol o un pariente madero), pero un tipo así de listo no andaría enseñando el dinero, ni se quedaría dudando qué letra inventarse para su piso. Además, ¿dónde va uno a una cita sin reloj?

—Es la D, la D. Sexto D.

—Más vale que lo sea, Nelio.


ØØØØØ

Como no recuerdo cuándo conocí al Suso, termino confundiéndole con ese chaval que estaba a la puerta del mercado cuando mi madre se metió dentro con el carro y acabó perdiéndome entre la frutería y la tienda donde hacen llaves. No tenía más de seis años, la ropa negra manchada deblanco, y una sonrisa fugaz que desapareció cuando me acerqué y, apartando la mirada con respetuoso desinterés, me mostró la tiza que guardaba en el puño derecho.

—Son tetas —me dijo, mientras trazaba círculos amplios en la pared de ladrillo—. Las tetas de tu hermana.

—Las de tu puta madre.

Y después ese sabor extraño de la primera vez que te tragas los dientes.


ØØØØ

Estoy comiendo patatas fritas y viendo la tele en casa de Nelia cuando encuentro, entre el Superpop y el Interviú , el cuaderno de raspa con hojas de cuadraditos azules. No me da tiempo a esconderlo cuando llega de la cocina y me fulmina con la mirada.

—Cuando me traigas el tuyo, puedes leer el mío.

Y yo no escribo, así que nos quedamos quietos viendo la película, la pantalla azul en vez de sepia (qué estará viendo Santi), y yo pienso que sería lindo que para mi cumpleaños la Neli se acordase de regalarme alguno de esos cuadernos.

—Hoy he visto a Suso. Me preguntó por ti.

—Pues yo no quiero volver a verle.

Iría a decir algo cuando sus labios sellan los míos y es su lengua la que se hunde, impertinente, en la mía, como sus dedos bajo mis pantalones.

—¿Vas a hacer algo tú o tengo que decírtelo todo?


ØØØ

La Plasta prepara una merluza excelente y yo llevo algunas semanas aprendiendo a responder con cierta educación a sus preguntas. De todas formas, decir que a mi viejo no lo conozco, que mi hermano mayor es heroinómano y está en la cárcel (aunque quizá lo dejen volver pronto, cuando sea terminal de SIDA) y que a mi madre (y por tanto a mí) están a punto de echarnos de casa un día sí y dos también es casi menos educado que no abrir la boca, así que también la Plasta es responsable de que últimamente me dé por imaginar cosas, cosas de aquí y que parecen sacadas del Semana , pero ella se traga con el mismo buen gusto con que yo el pescado precocinado del DIA. Neli se ríe. Ella no come pescado, pero se sorbe con delicadeza la sal de los dedos, antes de volver a hundirlos en vano en el cuenco de las patatas fritas

—Mi padre está en Barcelona, buscando un piso en la costa. En cuanto lo encuentre nos vamos para allá. Este barrio es una mierda.

La Plasta asiente. Una mierda, sí, y nosotros los gusanos que viven de ella. Un ecosistema perfecto, en realidad, en el que las mentiras, las palabras de más, tienen algo de costra superficial, de exótico. La Plasta lleva aquí años y sigue sin vivir en el barrio. Neli le podría abrir los ojos, si quisiera; pero no es eso lo que se hace con los muertos. Mejor tapárselos con el dinero que deja sobre la mesa antes de cogerme de la mano y sacarme de aquella tumba.


ØØ

Desde que estudio FP en La Paloma, como Neli me dijo, encuentro más palabras para decir lo que quiero. Es como si las fuera sacando de un caldero pegajoso, con dificultad, y tan embotadas que no sé si me van a servir de veras para algo. Ese tipo, por ejemplo. Lo llaman el Muerto, y nos explica las coplas de Manrique con una emoción tan sincera que da pena saber que es totalmente superficial. ¿Ha estado ese tipo alguna vez cerca de la Muerte, con la nariz rozando el fondo? ¿Se da cuenta de que nunca ha vivido? Casi dan ganas de esperarle a la salida, en el descampado, y darle un par de clases prácticas, una pequeña visita a la casa amarilla para que sepa qué hay de verdad tras todas esas metáforas que él cree, por indoloras, bonitas. ¿Le haría eso gracia a Neli? A Suso seguro que sí.


Ø

Hace ya tres o cuatro años que dejó de circular el pegamento, y desde entonces siento que la cara de Santi, que la casa entera, se desdibuja y se pudre. Tal vez como debe ser. No es que haya dejado de buscar la entrada. Con la coca me vuelvo un témpano inteligente. Con los tripis veo chiribitas mágicas que se mueven por el aire como luciérnagas en forma de Mandala. Con los porros me duermo. Ninguno de ellos lleva hasta la puerta tapizada de rojo. Mi mente no encaja en la cerradura. Me levanto con sabor a clorofila en los labios, pero estos no son de color verde Amstrad. Empiezo a entender qué significa ser Obélix, no poder volver a la marmita mágica, haberme vuelto invisible a los invisibles. La máquina azul se ha vuelto más inteligente, e imprime mis notas con letra elegante, que de repente leo como por vez primera. Nelia me mira y sonríe. Yo empiezo a distinguir a Nelia.

sábado, 14 de diciembre de 2013

El Círculo


La lectura de algunos de los sueños que salen estos días a concurso en el blog de la Biblioteca de mi instituto me ha recordado este relato, que escribí en los primeros noventa, y que comparte con esos sueños el ambiente de aventura marina. No siendo ya un narrador, se me hace raro comprobar que a mi extraña manera pude serlo entonces. Valga para lo que valga, así dice el cuento:

*        

Esto es como un Parque de Atracciones, pero a lo grande. Quiero decir, aquí nunca cierran, y no tienes que enseñar el ticket, todo el rato, como en los parques de antes, allí arriba. La verdad es que al principio te sientes desorientado. Es normal. Todo el mundo viene aquí esperando lo típico, las atracciones más manidas, el circuito de calderas y el lago de hielo, y es difícil explicarles que también esto ha evolucionado, y muy rápido, desde que se hicieron esas guías de turismo.



Para empezar, aunque haya excepciones, aquí casi nadie llega en barca de remos. Los ferries son mucho más seguros (más baratos también), y su blindaje de amianto elimina todo tipo de problemas. En los muchos años que llevo aquí, solo he conocido tres o cuatro personas que cruzasen el río a nado, sufriendo quemaduras serias. Todos llevaban tiempo aquí, y la mayoría habían entrado ilegalmente de noche, huyendo de un destino equivocado, íntimamente inaceptable, al que no quisieron reclamar por la vía preceptiva.



De todas formas, hoy en día, estos casos son muy poco frecuentes. La automatización de los procesos, con puntuación fija de los hechos, ha vuelto el proceso más rápido y seguro, más democrático, y ha eliminado todo cuanto, antaño, podía resultar traumático, o incluso ofensivo, para el encausado. El estudio del individuo se realiza con criterios psicológicos, no penales o morales. Ya no se habla en términos como culpa, premio, castigo, inocencia. El proceso es aséptico, y se trata, únicamente, de dar a cada cual lo justo: es decir, lo adecuado en él, lo que le conviene, el entorno en el que no desentone.



Esto no quiere decir, claro, que no queden aquí y allá, incluso dentro de la Administración, inmovilistas fanáticos, nostálgicos del régimen anterior; pero son los menos, y están reservados, en general, a las zonas de mayor intensidad, donde pueda hacer falta un control más estricto.



Sé que mi testimonio no es imparcial, pero debo decir que mi experiencia aquí es muy positiva. En mi caso concreto, se dudó, según supe más tarde, entre asignarme un circuito didáctico, con miras a un traslado, o darme ciudadanía aquí. Se decidió, afortunadamente, lo último: yo nunca quise, la verdad, otra cosa.



Me dejaron en el Círculo en la atracción 10.800: la isla Polar, en el extremo norte del Círculo, un kilómetro de hielo sin plantas ni animales, desde el cual no se veía costa alguna. Me dieron provisiones para una sola comida, y una linterna pequeña, solar-inversa, que tomaba energía de la oscuridad. Agradecí el detalle ultramoderno. Dos noches más tarde, muerto de frío y famélico, comprendí que jamás saldría de la isla, de aquel ventisquero de granito y azufre, y me tumbé a morir en el hielo, desesperado.



En ese estado desperté a la mañana siguiente, la cabeza hundida en un charco, rodeado de gusanos amarillos que parecían buscar mis labios. Cuando me cansé de quitármelos de encima, me decidí a devorarlos, primero con asco, y luego con ansia compulsiva, hasta hartarme. A las pocas horas, una fiebre espantosa me borró la cabeza, y me dejó ardiendo sobre el hielo: los gusanos invadieron desde dentro mi sistema nervioso central y entraron en simbiosis con mi cerebro, comunicándole vivencias místicas: el sentido del Círculo, el perímetro de la isla. Cuando desperté, veía el mundo en veinte colores y percibía las ondas hertzianas. La temperatura de mi cuerpo seguía siendo de cuarenta y cinco grados, y tenía una erección portentosa. Las ventajas de mi nuevo estado me parecieron tan evidentes que no dudé en guardar gusanos para diez o veinte comidas, y, en mi nuevo estado, me eché al agua, siguiendo la dirección que el barco había tomado tras dejarme.



Al tercer día de navegación, el cansancio era absoluto, y seguía sin verse tierra. Comencé a desconfiar de los gusanos. Sentía, además, un extraño picor en el cuello. Agotado, dejé de nadar, y tanteaba horrorizado mi cuello, hundiéndome en el agua, convencido de mi muerte, cuando sentí que respiraba, felizmente, por unas branquias recién estrenadas. Los gusanos, pensé, eran una maravilla evolutiva.



Reconciliado con ellos, caminé durante tres meses por el mar, alimentándome de rayas, de sardinas y de moluscos, hasta que al fin llegué a tierra, al puerto de Bocamares. Recuerdo que pensé, al acercarme, si acaso en mi nuevo estado sería mal recibido. Sin embargo, apenas me acerqué a la ensenada, aceitosa y sucia, y vi el prostíbulo subacuático de sirenas, perdí todo complejo y toda inocencia. Pronto supe que mis gusanos eran tenidos en Bocamares por una droga de gran alcance, muy cotizada, aunque nadie los tomaba crudos, sino convenientemente asesinados. Atendiendo siempre los consejos de mis huéspedes, no tuve problemas para instalarme en los bajos fondos de Bocamares como traficante, prometiendo sensaciones nuevas que, en efecto, lo eran. Así viví otros cuatro meses, durante los cuales aprendí varios idiomas y me aficioné al beso de las sirenas.



Esta variante sexual, muy cara y apreciada, se practica en la orilla del mar, con el cliente sumergido en el agua hasta la cintura. Las sirenas, que no pueden salir a tierra, mantienen su presa en el cliente tras su servicio, y no aflojan su mordisco, por mucho que se les ruegue, hasta que este no les paga lo convenido. Por otra parte, la vida de las sirenas es triste, sobre todo si tenemos en cuenta que sus zonas erógenas están en la cola y en los senos, y solo mediante una estimulación simultánea, la cola en el agua y los senos en el aire, pueden alcanzar el orgasmo. Sin embargo, es intensamente placentero cuando llega a darse, y todas las sirenas sueñan, tras su retiro, con comprarse dos esclavos, uno hombre y otro pez, para que les acaricien, cosa que jamás consiguen. En general, tanto peces como hombres rehúsan tener relaciones serias y cariñosas con ellas, y es esto, probablemente, lo que las ha arrojado al camino del vicio. Pero esto, en todo caso, cae fuera de tiesto.



A los cuatro meses, mis branquias habían desaparecido. Toda el hampa de Bocamares (y apenas había otra población) estaba ya enganchada a los gusanos, y a mí no me quedaba más mercancía. Vendí, por un caballo, la localización de la isla Polar a un comerciante de especias, y salí de noche de allí.



Por el camino de Bocamares a la ciudad más cercana descubrí dos cosas: la primera, que mi caballo sentía una repugnancia intensa por mí, por lo que no cejó en dar brincos y patadas hasta echarme de la silla; lo segundo, que esta repugnancia no era extraña, pues el exceso de gusanos me había consumido, y una textura alarmantemente apergaminada, como una muda, me recorría ya los brazos y el rostro. Un buhonero me dio, a cambio del caballo, la dirección de un sabio en la Ciudad de Agomorgo, que me libraría de los gusanos. No quiso revelarme, ni por todo mi dinero, cuál era la fase final, el último episodio del agusanamiento; de todas formas, yo ya empezaba a colegirlo. Comprendí que era realmente despreciable, odioso, y que, no obstante, desde mi llegada al Círculo había experimentado más placer, incluso poder, del que jamás había tenido: ese era mi destino, lo justo, lo que yo siempre había ansiado.



En Agomorgo, la ciudad de los vampiros, conseguí la curación, pero a cambio tuvo que acceder a trabajar en una cripta, durante cuarenta años, como aprendiz de brujo. Perdí mi sensibilidad y mi temperatura, pero aprendí a resucitar a los muertos y a cómo esclavizarlos. En el Círculo, aprendí, toda muerte es aparente; los muertos pasan a un modo de existencia degradado, como esclavos de cualquiera que sepa las palabras oportunas, y su cadáver no llega nunca a pudrirse por completo.



En fin. No quiero cansarles. En este tiempo, debo decir únicamente que he sido aprendiz de brujo, brujo yo mismo, más tarde asesino a sueldo, proxeneta, rey, buhonero, mendigo y, últimamente, funcionario de la Administración. He contraído trescientas enfermedades venéreas y, dado que no puedo morir ni curarme, todas ellas me consumen con horror. Ahora realizo una tarea importante: la redacción de un folleto explicativo, con nueva nomenclatura, que sustituya el manual ya anticuado de Dante. Pronto, me han dicho, si soy confirmado como Alto Daimon, seré presentado al Gran Rey, cuando vuelva de sus vacaciones. Yo amo al Rey. Él da a cada uno lo justo, y se divide entre sus súbditos. Antaño fingía ser dos reyes, pero hoy sabemos que solo hay uno, repartido y generoso entre sus dos Reinos: primavera y verano en el paraíso, otoño e invierno aquí abajo.

sábado, 7 de diciembre de 2013

Caras que nos salen caras (en directo)


Uno de esos momentos más que gratos que la tecnología nos permite atesorar y compartir: La Bossa y la Vida estrenando una de nuestras canciones favoritas en el Mercantil de Badajoz este jueves, 5 de diciembre. Ojo al momento Erik Satie. Gracias mil a Manuel Sánchez por hacerse cargo, con la exactitud que le caracteriza, del sonido.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Entrevista a Juanjo Respuela (guitarrista de Bloque)


Hablar con tus héroes no es algo que suceda todos los días. Desde que topé en la Red con Juanjo Respuela, guitarrista del grupo Bloque, había ido acariciando la idea de animarme algún día a hacerle algunas preguntas sobre su trayectoria en la banda y después de la disolución de esta. Al final, no he tenido más remedio que animarme a entrevistarle, y Juanjo, que es un santo, ha contestado con paciencia a casi todo (¡aunque seguiremos sin saber qué poder es el undécimo!).

Para los que no conozcáis a Bloque y a los proyectos posteriores de Juanjo, o queráis refrescar la memoria, a lo largo de la entrevista he introducido algunos vídeos que los presentan en acción.   Si os quedáis con ganas de más, aquí y aquí tenéis otras dos entrevistas. ¡Salud y buen provecho!

*

—¿Quiénes y cuándo fundasteis Bloque?

—Yo entré en el grupo en el 76, después de una escisión en Bloque, que dio origen a Ibio, otra formación interesante, más enfocada a las raíces cántabras. Quedamos Sixto y yo a las guitarras, Juan Carlos a los teclados y voz, Luis Pastor al bajo, Paco Baños a la batería y Tivo Martínez al sonido.

¿Cuáles fueron vuestros referentes dentro del rock anglosajón? 

—Pues bien variados. Peter Green, Pink Floyd, Soft Machine, Genesis, Cream, Beatles, Savoy Brown, Canned Heat, Neil Young, Gong, King Crimson, Hot Tuna, Vanilla Fudge... todo lo que caía en nuestras manos.

—¿Y del español? 

—Smash, Máquina!, Módulos...

—¿Hicisteis alguna vez versiones de otros grupos? 

—Claro, de Allman Bros., Fleetwood Mac, Golden Earring... aprendiendo.

—¿Había en esa época un circuito que os permitiera actuar por toda España en condiciones dignas? 

—Bueno, dignas, dignas... nos arreglábamos construyendo nuestros propios equipos, porque no había nada de nada. Pero nos movíamos por salas de Madrid, por el M&M, por Barna, en el antiguo Zeleste, por el Magic, en el Born. Y poníamos anuncios en Disco Exprés, la revista, para que nos llamaran de cualquier sitio, y allí nos íbamos.

—La música de Bloque tiene puntos de contacto con otros grupos de la época, como Asfalto o Triana, pero a la vez es muy singular. Pasado el tiempo, ¿crees que de algún modo formasteis parte de la escena del rock urbano, del 'rollo' o del rock progresivo español? ¿Cómo fue de estrecha vuestra relación con los otros grandes de la época? ¿Hubo rivalidad, colaboración, aprecio mutuo…? 

—Creo que sonábamos muy personales, sobre todo por nuestro concepto más sinfónico, por decirlo de alguna manera. Los teclados, el mellotrón, los desarrollos, las dos guitarras, nos daban un aire distinto al resto de grupos que nos movíamos por aquel tiempo. En cuanto a la relación con los otros grupos, imagina que había veranos que coincidíamos un montón de veces, juntábamos equipos, compartíamos cantidad de historias, comidas, cenas, hierbas... Iceberg, Triana, Asfalto, Leño, Dharma, Guadalquivir... También organizábamos nosotros unos Festivales en Torrelavega, por donde pasaron Lole y Manuel, Iceberg, Borne... infinidad de grupos.

—En los títulos y las letras de vuestras canciones abundan las referencias al esoterismo: La noche del alquimista, Conociendo a Abraxas, El silencio de las esferas ¿De qué lecturas os alimentabais por entonces? ¿Era un interés general del grupo o de alguno de vosotros en particular? (Y, ya que estamos, ¿qué poder es el undécimo?) 

—Al principio, las letras eran del gran Antonio Casares, poeta, profesor y músico también. Creo que hay una manera inteligente de explicar lo más transcendente y lo más cotidiano: la Poesía. Compartíamos muchas horas de furgoneta y de lecturas. Whitman, Hesse, Borges, Kafka, Jack London, Poe...


—En vuestro primer disco agradecéis al poeta Antonio Casares su colaboración. ¿Qué papel tuvo Antonio dentro del grupo? ¿Os habéis mantenido después en contacto? 

—Casares, “Tocho” era un ácrata músico, viejo conocido del grupo, y una fuerte inspiración al comienzo, y al que sigo viendo por las calles, o en los bares donde toco.

—¿Cómo percibisteis vosotros el cambio de tendencias musicales que tuvo lugar en los 80, con la entronización de la New Wave y la Movida? ¿Hubo un enriquecimiento o un empobrecimiento de la música rock? ¿Os perjudicó el cambio de paradigma? 

—En este país sin personalidad, en cuanto aparecen nuevas modas, los medios cambian de objetivos rápidamente, y en aquellos años, cuando surge el punk y la new wave, muchos críticos influyentes dejaron de lado al resto de músicos que no comulgábamos con las nuevas tendencias.

¿Cuándo se disuelve Bloque? 

—En el 83 dejamos de funcionar.

—Y ¿cuándo sentís que puede tener sentido volver a actuar como Bloque? ¿Os ha beneficiado la reivindicación del rock progresivo y sinfónico de los últimos años? 

—Nos hemos reunido varias veces, pensando que nuestra música se renueva sola, es atemporal, pero nunca hemos encontrado una continuidad. Ni posibilidad de hallar salas o Festivales a los que pudiéramos acceder.

¿Crees que hoy se valora con justicia esta música? 

—Sinceramente, creo que la mayoría del público carece de criterio. Los medios se encargan bien de mediatizar el consumo de cualquier tipo de arte.

Tras Bloque, ¿cuáles han sido tus proyectos musicales? 

—Después del 83, hice un grupo con mi mujer, “La Bea”. Y posteriormente fundé un estudio de grabación en Santander, donde grabé cosas muy interesantes y me dediqué a enseñar sonido y hacer Talleres creativos para músicos jóvenes. Actualmente toco con un trío que me parece un lujo, con Roberto Gamaza a la batería y Alvaro Yanil, bajista cubano. Hacemos bares y lo que podemos, pero esta tierra es muy ingrata cuando haces músicas personales.


Cuéntanos dónde y cómo podemos hoy día acceder a tu música, en directo o a través de grabaciones. 

—Pues en Spotify tengo dos discos, Notas al margen y Erizo en bajamar, grabados en solitario, y en notasalmargen.bandcamp.com podéis escuchar cómo sonamos en trío en un bar.


—De las canciones de Bloque, ¿podrías escoger tres o cuatro favoritas y explicar por qué son especiales para ti? (Yo me mojo y doy las mías, a ver si coincidimos o no: La libre creación, Fiesta de la mar y El hijo del alba.)

Fiesta de la mar es interesante. Y El hijo del alba es una bonita melodía. Yo añadiría Joven levántate, sobre todo en directo (en Youtube), por su mensaje tan actual. También Detenidos en la materia, del 4º disco, musicalmente me parece de lo mejorcito, con un saxo espectacular... y Añoranza... y....


Como guitarrista, te has dedicado también a la docencia. ¿Cómo ha sido tu experiencia en este campo? 

—Siempre me gustó enseñar lo que me apasiona. En los Talleres que hacía en el estudio, juntaba a 20 jóvenes músicos, les explicaba cómo se trabaja con el sonido en el estudio, sus posibilidades, y luego yo era un catalizador que les provocaba su propia creatividad. Al cabo de un mes, salían con un CD que habían grabado ellos, sin querer. Y a esos discos les tengo un cariño especial. La libre creación, ¿te suena?


¿Cuáles son tus guitarristas favoritos? ¿Y tu modelo de guitarra? 

—Pues sigo fiel al Peter Green de los primeros Fleetwood Mac, y al Mike Bloomfield más blusero. Ahora me sorprende Terje Rypdal, algo supremo en sonido y tensión, y, cómo no, Jeff Beck y el Hendrix. En cuanto a guitarras, sigo con mi Strato de siempre, con la que grabé todo lo de Bloque, y con una vieja Telecaster del 68. Y con un Fender Champ 12 pequeñito.

Con la música de los últimos 20 años, ¿has tenido alguna buena experiencia? ¿Qué te parecen, por ejemplo, Radiohead, Nirvana y REM? 

—Escucho mucha música, pero me dirijo más a música y menos a canciones.


http://horizontesdelrock.blogspot.com.es/2009/02/bloque-i.html http://horizontesdelrock.blogspot.com.es/2009/02/bloque-y-ii_11.html 

—Un abrazo.

(Uno para ti, Juanjo. Y gracias mil.)

domingo, 1 de diciembre de 2013

No digas que sí (Agustín García Calvo)


Ordenando grabaciones, he encontrado esta, un bonus track de la época en que anduve grabando unas cuantas de Valorio 42 veces, de Agustín García Calvo. Esta llevaba años musicada, pero nunca me había animado a darle curso. Hace unos meses la descarté, o al menos me olvidé de ella; pero ahora que la he encontrado no me ha parecido tan mala la grabación, así que la rescato. Dice el poema:



No digas que sí
ni de mí ni de ti.
Di que no,
que ni tú ni yo.

Si el arroyo supiera
que pasa y no vuelve,
no se reiría
con esos dientes.
Agua en las guijas,
que cuanto más me muero,
más maravilla.

No digas que sí.

Si supiera la nube
que el viento la lleva,
¡cómo llovería
de pura pena!
Lloros de nube,
que si le digo «Espera»,
al vuelo huye.

Di que no.

Si al jilguero le dicen
que canta lo mismo
que cantó su abuelo,
¡adiós a los trinos!
Trino y gorjeo,
que si tú no lo crees,
no me lo creo.

No digas que sí.

O si al sol le contaran
que hay mil y mil soles,
negro se pondría
como la noche.
Ay sol doliente,
que para que otros vivan
me das la muerte.

Di que no.

Y si a mí me aseguran
que tú ya eres otra,
les diré que viene
la flecha rota.
Rota la flecha,
que se me irían todas
si tú te fueras.

No digas que sí
ni de mí ni de ti.
Di que no,
di que ni tú ni yo.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

La danza de las sombras

Por lo que dejan ver,
van haciéndose tierra.
¡Hojas caídas!
(Tooyoojoo)

Una vez compuestas, unas piezas se resignan al olvido; otras vuelven cuando lo sienten oportuno y no paran hasta que reciben lo que demandan. Esta es de las que más contento me dejaron cuando le di forma: una melodía modal de flauta, más infantil que siniestra, que se desliza sobre una secuencia minimalista de dos acordes (A - G#m) al compás de un ritmo mecánico, como de reloj de juguete. A la pieza le ha brotado una letra, así que pronto habrá que volver a grabarla como canción propiamente dicha. Pero entre tanto le han crecido imágenes: las que le ha tomado prestadas al otoño el fotógrafo Santiago Hernández-Cano en este estupendo montaje, cuya confección es enteramente obra suya. Mil gracias, Santiago.

sábado, 23 de noviembre de 2013

Quisicosa modal


Ya lo he contado alguna vez: salvo error u omisión, soy la única persona que conozco que disfruta con las clases de solfeo. Salgo de ellas con los ritmos nuevos dando vueltas en la cabeza, y no es raro que de ello acabe saliendo alguna melodía. Hoy hemos estado viendo los dosillos y cuatrillos en compases ternarios. Y, en verdad, alguno que otro hay en esta pieza modal minimalista...

jueves, 21 de noviembre de 2013

Danza del norte (again)


El precio de la continuidad es el cambio, dijo Ferdinand de Saussure. Y, en verdad, lo que no muta muere. No es el caso de esta melodía de Alfonso García Pecharromán, que con los años no cesa de engendrar nuevos arreglos y vericuetos. Así suena la versión de hoy, añadiendo al guiso una trompa (destinada a maese José) que anuncia el tema principal (y concluye luego la pieza) con una variación medievalizante.

domingo, 17 de noviembre de 2013

Canción del mar (Francis)


Algunos hacemos muchas canciones. Otros, pocas, pero memorables. Las dos piezas instrumentales que compuso al violín mi amigo Francis (a la izquierda en la foto), El baile de los vampiros y la que les traigo, son dos de mis melodías favoritas. Como no tengo ninguna grabación suya tocándolas (aunque no desisto de conseguirla), me he puesto al mando de la Orquesta Encantada para dar idea, al menos, de una de ellas: la Canción del mar. Que suena así, con cita del maestro Juan Sebastián incluida.


Y asá después de limarla un poco y cambiar los timbres (salen la flauta y la guitarra, entran el clarinete-mellotrón y el clave).

martes, 12 de noviembre de 2013

La caída de Arturo


La cosa va así: quedas con un amigo, Josu Gomez, y comentas el último poema publicado de Tolkien, La caída de Arturo. Coincides en que el traductor ha hecho un trabajo digno, teniendo en cuenta que el metro original, basado en la aliteración, es impracticable en castellano. Al menos nadie lo ha intentado, que se sepa. Luego debe ser imposible: un empeño que no tendría sentido. Tras una leve sonrisa, comenzáis a traducir los primeros versos...

Hacia el Este va Arturo, con sus armas resuelto
 a emprender el combate en agrestes campiñas;
 va surcando la mar hasta el suelo sajón
para el Reino de Roma defender de la ruina.
A tornar y torcer la corriente del tiempo
su esperanza le urgía; y a humillar al pagano,
que en bajeles voraces a atacar no volviera
las bahías brillantes y las aguas bajeras
de Bretaña del sur, su botín saqueando.
Como el mundo va a menos en los meses de otoño,
y a su destino, raudo, va declinando el día
bajo la bruma triste y un hombre busca entonces
quehaceres y aventuras en lo que corre, aún cálida,
su sangre asoleada, así ardía su espíritu
por un postrer asalto en pos de eterna gloria
de proezas y orgullo, afrontando la prueba,
soportando en su empeño el embate del sino.
El hado mal urdido así le daba impulso
y con malicia Mordred endureció su mente:
'La guerra es sabia', dijo, 'dislate el demorarse.
Que sus templos se caigan; que queden sus bastiones
derrumbados, desnudos; calcinados sus diques
y sus islas, inmunes al paso de las armas
o al imperio romano, ¡que ahora apesten al cielo
en fuego de venganza! Feroz es vuestra mano,
os sigue la fortuna: ¡salid y someted!'