martes, 22 de julio de 2008

La marca de Anubis


Somos griegos (o ni siquiera), pero nos soñamos egipcios, fauna viviente del Doble País. La momia que cobra vida, la maldición de Tuntankhamon, las fuerzas alienígenas o lovecraftianas que se esconden tras Pirámides y Esfinge, son los gérmenes más evidentes de este contagio, que no hace sino agravarse si uno logra desprenderse del Egipto de quiosco y accede a las maravillas realmente esotéricas (por ocultas) de aquel universo: el relato de Sinuhé, el diálogo de un desesperado y su alma, los cantos de arpista, Osiris desde el corazón del pájaro, los recovecos de la Duat (ese espacio soterraño que el Sol recorre en las horas nocturnas, arquetipo de todos los descensos al Averno, e inspiración más o menos oculta de tanto videojuego).

El Egipto pop limita con el esoterismo de quiosco, pero tiene una capacidad de ironía muy saludable, que lo rescata, al menos en parte, de tales enredos. Ambas cosas (el enlace y las tijeras) se aprecian bien en esta canción (y vídeo) de Los Iniciados, un grupo madrileño de los primeros 80, familiar evidente del Aviador Dro. Uno hubiera creído a Servando Carballar y los suyos, futuristas de opereta, incapaces de introducirse en la iconografía casi prehistórica de Anubis. De hecho, lo son, pero ahí está la gracia del intento: los sintetizadores, con sus secuencias y generadores de ruido blanco, logran sonar adecuadamente primitivos, rugosos, con una eficacia que costaría arrancarle a los instrumentos acústicos convencionales. La letra tiene algo de letanía versolibrista, aunque en realidad no se aleja del pulso octosílabo, almendra romance de las Españas.

El vídeo, muy casero, trasmite bien la idea de un ritual clandestino y precario, montado a vuelapluma. Tiene un saludable aire de época (ochentil, no faraónica) y predice, en cierto modo, las orgías atonales de Eyes wide shut.

En arte, lo vivo importa más que lo perfecto. Hay en esta creación, tan kitsch, una intuición de las posibilidades que da el matrimonio de contrarios. Retrospectivamente, parece que cualquiera podía hacerlo —pero de hecho nadie más lo hizo, ni se han dado más pasos en esa dirección.