domingo, 6 de julio de 2008

Pásame un ángel


Un mensajero, o sea. Árboles del espacio los llamó el poeta (de Ory, creo, aunque pudo ser Juan Larrea), trocando ramas por alas. Los nombres cambian (Hermes, Iris, démones, ángeles, extralurtarras —y hasta Yog-Sothoth, la Puerta, y Nyarlathothep, el Caos Reptante) pero la misión y las alas (en los pies o la espalda) permanecen.

Psicopompos, psicótropos, los ángeles entregan órdenes y avisos desconcertantes. Siempre yendo y viniendo, son las fuerzas de la excepción, el rostro amable (y terrible) del milagro. Se quedarían a tomar algo, pero desde aquella ocasión en Sodoma no beben si están de servicio —y toda su vida es un servicio, un hacer entre dos órbitas que los torna, quieran o no, agentes dobles, polinizadores, trasmisores de esporas. Aquella idea de Terence McKenna de que los hongos psilocibios son un visitante extraterrestre, gentil y paciente, es tal vez su penúltimo rostro.

Llaves emplumadas, cerrojos alados, son el camino que recorren y vedan (Iris, su arco), senda heraclítea arriba y abajo, una y la misma. Lo que tiene ángel (esa niña Virginia) no vence las dificultades: las obvia. Es aquel Grial de peso insoportable que, en la mano adecuada, cobra peso pluma, o ese otro andén 9 y ¾, que conduce a los niños a Hogwarts. Esporas, dije, y compruébese: plenos de sex-appeal, no sólo son asexuados, sino que difunden la fecundación asexual, la inmaculada concepción, el parto virgen.

Si en Homero las palabras son aladas, no nos extrañaría comprobar en algún gnóstico que los ángeles son vocablos de resonancia eterna, no ya mensajeros sino mensajes de Dios, cratofanías del Verbo, armónicos de la Nota inaudible, ondas de la Piedra Inmóvil que el Tiempo (un niño) arrojó a la laguna. Mensajes, dije, pero tal vez fonemas, vocalizaciones (Om), vagidos, la gota más lejana de aquella gayola que (hágase la luz) encendió la Vía Láctea. (De Ory: Los pájaros son pensamientos perfectos.)

Entrevistos, traslúcidos, más imprevistos que invisibles, los ángeles juegan con nuestros niños (amigos imaginarios, imágenes amigas, migas, genes) y montan guardia ante el Paraíso (el parque) que las hormonas y los adultos destruirán sin derecho a réplica. (De Ory, de nuevo: Ángeles, ángulos, angustia.)

Aquella época sin alma soñó con ángeles de diseño, señas en cierto modo de aquella era anterior (la psicodélica) que se había esfumado sin dejarlas. Son ángeles de mofa o de peluche, pero vuelan y muerden, traicioneros. Eurythmics compuso la oda por excelencia, pero siempre he preferido esta otra. La perpetraron en 1983 unos australianos, Real Life, justamente condenados al accidente angélico: tocar una vez la gloria (Stella Matutina) y caer en el olvido —lo que es lo mismo, recaer sin pausa en su único éxito.


4 comentarios:

Aaoiue dijo...

Hace unos años, siguiendo los consejos de Portela en su libro sobre el Tarot, me representé a mí misma con el ángel y el león de la carta de La Fuerza. Al cabo de unas semanas me di cuenta de que los tenía tan presentes que me podía "ver" andando con el león por delante y el ángel por detrás. Los despedí, pero sé que son fuerzas que se pueden invocar en todo momento.
Te podía haber quedado un post ñoño pero te ha salido un post muy logrado, con todo el saber clásico y medieval y unas pinceladas de la sociología que se derrocha con las tribus urbanas. Está bien hablar de ángeles cuando se había hablado de demonios.

Anónimo dijo...

Hola Alex! Aunque hable poco, te leo y te esucho, y ya que tenia a Larrea al lado mismo de la pantalla, te envio esto:

Durmiendo por tributo de flor a ya altos trigos
angel en puertas de huracan sin nieve
arbusto a mas alzar manos de eclipse
pies ardiendo al reves de los dias...

Lo de los arboles del espacio no me suena, pero si que cuando hay angeles en Larrea siempre hay verde, hojas, sombra y toda la amenidad garcilasiana. Por cierto que estos versos me recuerdan un poco la metamofosis de Dafne como la cuenta el buen caballero.

Perdon por la falta de acentos, cosas de estos ordenadores guiris.
rafa

fmop dijo...

A mí lo ángeles que me dejaron meditabundo fueron los de 'Cielo sobre Berlín'.

Al59 dijo...

Bienhallado, Rafa. Estoy casi seguro de que los árboles ángeles son de Carlos Edmundo, aunque no vienen en la antología que tengo (Música de lobo). En la bibliografía aparece un libro suyo llamado Sin permiso de ser ángel, traducido al inglés por el mismisimo Allen Ginsberg (¿sabrá español? «Y tú, García Lorca, / ¿qué hacías entre las sandías?»). Quizá la antología que leí en su día (¿Metanoia, de Cátedra?) traía algo de ese libro.