lunes, 7 de diciembre de 2009

La trastienda


Sigo recordando sueños. En el de ayer, aunque la edad ya no acompaña, estoy pasando unos días en un campamento de verano, y salgo a dar una vuelta por un camino de tierra que parece perderse en el campo, con un amigo algo mayor que conoce la zona. Entramos en un pueblo que, como Navalmoral, consiste apenas en una calle principal con comentarios. En el sueño lo llaman Piornal, pero tiene poco que ver con el pueblo de ese nombre. A los lados hay vallas muy altas, de color verde oscuro, y edificios aún más elevados. Se supone que aquello es una reconstrucción de lo que fue el pueblo en época de los indianos, con palacetes y prodigios varios, pero lo poco que no cubren las vallas, hoteluchos y restaurantes cutres y pretenciosos, parece más bien de los años 70, y mi amigo, que algo sabe de estos temas, comenta con sorna que de la época colonial no quedan allí ni dos piedras juntas. La Junta, eso sí, se ha gastado un pastón enorme en convertir aquello en una suerte de parque temático de lo extremeño, con tiendas de productos típicos que parecen, aunque abiertas, totalmente abandonadas. Entre dos vallas de aquéllas (en las que están escritos los presupuestos y plazos mayúsculos del dinero gastado y por gastar), un pasadizo nos lleva a lo que resulta ser una librería, modesta a primera vista, pero en realidad enorme. Allí sí hay gente: es como si los pocos habitantes del pueblo se hubieran reunido en aquel lugar para charlar, en voz baja, de sus cosas. La ordenación de los libros me confunde, hasta que comprendo que siguen (caso inédito) la CDU. El librero indica a mi amigo que ya han reunido su pedido: toda una larga balda de libros viejos, con volúmenes encuadernados de forma artesanal y algunas hojas manuscritas. Buscando algún título de mi gusto, voy a parar a una estancia algo retirada, donde no hay nadie, sólo cientos de libros colocados en sus baldas y marcados con un punto rojo en el lomo. No está claro si están o no a la venta. Echando un vistazo descubro títulos muy interesantes, de Gilbert Murray, por ejemplo. La marca a fuego se debe a que todos ellos han sido condenados por el Mossad, aunque en realidad tratan de los temas más diversos, sin sesgo político apreciable. Flota también la idea de que aquellos son los libros *originales*, irremplazables; los que circulan por el resto de la librería, aunque valiosos, son sólo traducciones y reediciones de este canon. Tomo en mis manos un volumen sobre los misterios de Eleusis, en inglés, pero no sé si llego o no a adquirirlo.

8 comentarios:

Al59 dijo...

'Modesta, pero en realidad enorme': parece pequeña porque las habitaciones que la forman no son muy grandes, y al principio uno cree que aquélla por la que ha entrado es la única. Profundizando, se llega a la sala 'arquetípica', cuyos volúmenes no se pueden comprar o sacar en préstamo (no son de uso individual: son necesarios para sostener el edificio, de hecho 'lo hacen'). La parte final del sueño es muy junguiana, reminiscente de aquel otro que causó su ruptura con Freud, en que bajaba a sucesivos sótanos de su casa y encontraba en uno de ellos cráneos de época prehistórica. Jung entendió aquello como una representación del inconsciente y sus capas, menos individuales cuanto más profundas. Freud pensó que soñaba con matarle: la calavera era la suya.

Al59 dijo...

Al contar varias veces los sueños aparecen detalles significativos que habían pasado desapercibidos al comienzo. Pero lo mismo pasa cuando uno cuenta a un niño un cuento de hadas varias veces por semana: hay detalles que se presentan en el calor del momento como ocurrencias, pero muchas veces son arquetípicas y pueden localizarse en versiones del cuento que uno leyó y ha olvidado, o nunca leyó. Hoy caí en dos de ellas: en el cuento de la Bella y la Bestia, cuando el padre entra de noche en el jardín de la Bestia, son las rosas del jardín las que brillan, iluminando el lugar. Cuando a la mañana siguiente se va y corta una de ellas, el grito de la Bestia no es en primer lugar de ira, sino de dolor, como si acabara de cortarle un dedo. (También la puerta de la habitación prohibida de Barbazul, además de sangrar, grita cuando la dama hunde en ella la llave.)

El Crítico Constante dijo...

Ya sabe, amigo Al, que quienes niegan la obra de Freud han de reducir los sueños a meras descargas neuronales vacías de contenido. Es algo notable que tales descargas eléctricas sean capaces de proporcionarnos historias, algunas bellas, otras horrendas y aún otras que terminan por cumplirse.

El texto de Mujer-pez en Factual sobre la homeopatía -de la que evidentemente no sabe nada- es muy revelador de cómo piensan estos que leen divulgación científica. Una amiga bioquímica de origen neozelandés, que ha pasado su vida trabajando en investigación sobre el cáncer, podría decirle algunas cosas a la tal Mujer-pez sobre el asunto pero es mejor que no se conozcan.

Al59 dijo...

Los cientificistas plastas con los que he topado eran, invariablemente, de letras. Claro que también los hay de los otros: esos de los que avisaba el proverbio que, sabiendo sólo de medicina (un suponer), ni de medicina saben. Las cavilaciones de Dawkins sobre la tradición son un buen ejemplo de cómo alguien inteligente puede acabar derrapando de mala manera cuando intenta atajar lo que no comprende.

El Crítico Constante dijo...

Pasé hoy un momento por la estación de autobuses de su pueblo. Llevé a un amigo de mi hijo que ha pasado en casa el puente y debía regresar a Salamanca. Alguien iba a pasar a recogerle y esa estación fue el lugar convenido.
Había una luz preciosa y Gredos, a lo lejos y entre nubes, estaba como una joya en azules desleídos en gris plateado.
Tenía que volver deprisa, así que no he querido molestarle.

Al59 dijo...

En otra ocasión, deme el gusto. Si no vino, algún buen licor hallaré para celebrar el momento.

Joselu dijo...

A veces sueño en poner una librería especializada en novela fantástica o novela negra en algún pueblo abandonado de la geografía española. En Soria había un pueblo llamado La Peña totalmente destruido por el tiempo. Todo eran ruinas pero el espacio era magnífico y las puestas de sol bellísimas. El viento azotaba el lugar en el que no había nadie ni nada excepto el vacío y el misterio del tiempo y la destrucción. Allí me veo yo esperando la llegada de algún viajero que llegue expresamente a algo que es totalmente imposible, pero que me resulta sugerente en ese mundo onírico. A veces llega hasta alguna muchacha con la que tengo sueños eróticos entre los libros. En fin.

Al59 dijo...

Bella visión, Joselu. Pablo Guerrero cantó alguna vez a la ciudad del nómada. Yo la imagino así: ruinas de lo más hospitalario. Por otro lado, hay librerías de gran valor en pueblos pequeños. A mí me impresionó mucho de la de Urueña (El Alcaraván), especializada en folklore.