jueves, 26 de junio de 2008

Pero sí pero no pero siempre


El nuevo poemario de David Coll, Amándote en la ausencia (Sevilla, C&M, 2008), con elegante prólogo de Francisco Gutiérrez Carbajo, invita a volver sobre la paradoja central de la poesía amorosa: la huella de la amada ausente es cicatriz y firma, déficit y plusvalía, sed y agua (que, tras calmarla, da más sed: endulzada o salobre). A la poética de Garcilaso (y cuanto yo escribir de vos deseo / vos sola lo escribistes, yo lo leo, / tan solo que aun de vos me guardo en esto) es poco lo que puede añadirse: quizá sólo la maldición que, tras 42 años de amor, cierra Valorio 42 veces: y falsos todos sin ti / los versos que te hacía.

En 50 sonetos, clásicos y artesanales, David Coll declina en todos sus nombres la verdad (y la duda) de esa presencia imposible. No hay en ellos anécdota; ni siquiera recuerdo en sentido estricto. El soneto 27, excepción, confirma la regla, con su paso de la retina a la Caverna:

Después de ver tus ojos increíbles
su divino recuerdo resplandece
en mi altar interior, y crece y crece
con gloriosos fulgores imposibles.

Ese crecer de la Amada recuerda el de los barcos fantasmas, mayores en cada avistamiento. En el mundo interior, la imagen evocada cobra vida: todo es presente (estás sin estar) y futuro (imposible, inconcebiblemente, volveremos a estar juntos de otro modo, en el mismo plano). La búsqueda de la Amada se convierte en una tarea interior, órfica (Ecce Eurídice: Y tu recuerdo queda siempre atrás). La mano de la Ausente conduce, sin remedio, al Hades (Y en la Muerte mi llama se eterniza). La Amada, fantasmal, está muerta en vida (por tal se la da, al renunciar a su realidad exterior, corpórea: Mi amor nace del alma y sólo en ella) y es muerte viva, cumpliendo los preceptos de Poe (Tu recuerdo, raíz de mi dolor, / es la Muerte que fluye por mis venas).

A la objeción inevitable (al convertir la imagen de su Amada en el contenido central de su alma, lo que el poeta acaba amando es más ésta que aquélla: su amor es una forma de amor propio, narcisista) sólo cabe oponer la lección junguiana: lo más íntimo de cualquiera es una segunda exterioridad, algo que está en nosotros pero sólo en préstamo o de visita, algo en fin en lo que estamos o hacemos pie, pero que en modo alguno nos pertenece. En este mundo de entrañas extrañas, la Amada late como un corazón que nos regala su sangre imposible. Somos Ella en la medida en que no somos (sólo) nosotros.

Es difícil elegir entre esta cosecha de sonetos uno que dé la medida de la capacidad del autor. Procede un disclaimer: en los versos de Coll hay siempre algo desafiantemente antañón, un desafío a la moda vigente, que a mí me resulta simpático (Yo merezco el infierno de quererte), pero puede dificultar (pienso) el entendimiento con lectores de otro talante. Por otro lado, en este poemario al menos, la depuración en la elección de las rimas, huyendo de cierta opulencia modernista que practicó en el pasado, le lleva a preferir los consonantes más sencillos (infinitivos, participios), adoptando una musicalidad mate. Nada de esto le impide hablar y decir lo suyo. Quizá este soneto (del que cambio, licencia del copista, dos minucias) lo muestra mejor que otros:

Aunque en la soledad por siempre estoy
soñando tu mirada tan presente,
tu recuerdo me sigue donde voy
y acompañado estoy entre la gente.

En tu recuerdo vivo siempre hoy
y en un jamás que brilla tristemente,
que tu mirada es todo lo que soy
y soy en tu mirada eternamente.

Jamás de ti me siento abandonado
ni a estar sin ti consigo resignarme,
porque me encuentro ya tan despojado

que si la soledad no ha de faltarme,
por tu mirada soy acompañado
y por siempre tendrás que acompañarme.


domingo, 22 de junio de 2008

Lucidario, de Luis Valdesueiro


Los libros de aforismos son un género de lindes contrarias, un café de posos negros, orientales y arcaicos (el hombre es un mendigo cuando reflexiona), bendecido sin embargo por la espuma y su ligereza, siempre inmediatas (acrobacias, tropos, greguerías). No es un camino que haya frecuentado, aunque salí quemado de algunas zarzas: Heráclito, Eclesiastés, Gracián, Nietzsche, Weil, Cioran. También perpetré alguno: con el tiempo lloras menos —pero te vuelves inconsolable.

Debo a la generosidad de Juan Poz un ejemplar del Lucidario de Luis Valdesueiro (Madrid: Poesía, por ejemplo, 1997), oráculo manual cuyo enunciado contiene un juego: se diría que el título evoca en anagrama al autor [Lucidario / Lu(c)i-d-eiro], sellando la correspondencia entre ambos.

De los dos componentes precisos (el otro es la sorpresa), Valdesueiro se inclina por el acervo. Hay poca pirotecnia. El autor logra, en cambio, enfocar lo obvio (siempre borroso) y hacerlo visible.

Más que reseña (paráfrasis), el libro pide una muestra: saludar directamente al lector. En homenaje a las raíces, juego al decálogo:

1. APARIENCIA Y REALIDAD. La apariencia, si engañosa, también es realidad. Por momentos, la única.

2. EL TIEMPO siempre vuelve, no se va; nos arrastra hacia la eternidad sin horas.

3. EL PERDÓN: aceptar que no somos como creemos; creer que los demás no son como son.

4. EL CAPITÁN Ahab, animal herido, persigue infatigablemente a la ballena blanca. Reniega de su libertad en aras de la venganza. A veces encontramos en el odio la fuerza que el amor nos niega.

5. MUJER de Lot: el pasado petrifica.

6. LA MUERTE consiste en sólo tener pasado, todo el pasado del mundo.

7. NIEBLA: el ojo ve lo que nos impide ver.

8. PESE a las altas olas, el mar, en lo profundo, permanece tranquilo.

9. UN AVE cuya gravidez le impidiera el vuelo. Ese es el sino del hombre trágico: vivir relegado a la miseria del vivir.

10. EL MIEDO es, en la distancia, infinitamente terrible. Por eso, cuando rozamos aquello que lo provoca en nosotros, un asomo de verdadera valentía, inimaginable antes, nos sorprende. Tal es el poder de la realidad: disuelve el miedo que pulula en los aledaños de la imaginación y preludia otra cosa. Y, al final, terminamos siendo más valientes en la tozudez de los hechos que en las cárceles de la imaginación.

sábado, 21 de junio de 2008

El alma siempre gana


οτι ψυχή δεν έχει,
το χρόνο δεν αντέχει


No me considero inmune a casi nada, pero me ha sorprendido encontrarme enganchado a Virginia Maestro, esta muchacha irregular y traslúcida, capaz de visitar con acierto la canción más trillada de los Beatles (qué pena que no sepa ver que en la raíz de sus amados Cardigans está la ñoñería inteligente de Pic-Nic o Nico. El encargo de Por qué te vas, que vivió como encerrona, era en realidad una lección de heráldica). Lo suyo en Operación Triunfo es la eterna victoria del Yin sobre el Yang: de nada sirven coaliciones y encerronas contra la mansedumbre aviesa y recalcitrante. Está claro que esos profesores de la Academia, mercenarios y desalmados, no pueden enseñarle nada bueno —pero es divertido ver que tampoco logran adocenarla debidamente. Lección del cuento: el ogro (en este caso el tal Risto) es feo de cojones, pero sabe apreciar la belleza.


lunes, 16 de junio de 2008

Bicicletas blancas


Los esotéricos fantasean con un grupo de iniciados que anónimamente, desde la sombra, animan y vertebran cuanto de bueno sucede en el mundo. Gracias a la biografía de Joe Boyd, Bicicletas blancas, descubro que este productor norteamericano cumple de forma inmejorable las condiciones: casi adolescente, descubre a artistas negros de blues totalmente olvidados, los rescata de trabajos sórdidos (casi forzados) y los lleva a triunfar al campus universitario; después, parece estar donde quiera se cueza un prodigio: anima a Eric Clapton a grabar Crossroads, prueba sonido con Dylan en Newport, descubre a Fairport Convention, Pink Floyd, la Incredible String Band, Vashti Bunyan, Nick Drake, las Voces Búlgaras y hasta Abba (!), organiza el duelo de banjos de Deliverance, compila el documental definitivo sobre Hendrix, graba con Silvio Rodríguez...

El título del libro alude a una canción que Boyd no produjo pero supo apreciar. El grupo inglés Tomorrow (donde se desbravó Steve Howe, el futuro guitarrista de Yes) se inspiró en una iniciativa de los provos de Amsterdam: sembrar la ciudad de bicicletas blancas, sin dueño, para que la gente pudiera cogerlas y abandonarlas a su gusto y conveniencia. Durante un tiempo, resultaba posible moverse de una parte a otra de la ciudad cogiendo una de estas bicis y dejándola luego donde otro pudiera cogerla a su vez y dar con ella una vuelta.

La melodía y los arreglos captan y eternizan la electricidad de aquel momento en que la ciudad floreció cual Bucólica de Virgilio. Hay revoluciones traicionadas, pero en algún sentido misterioso, necronómico, ninguna está muerta.


domingo, 15 de junio de 2008

Raga-rock: Guinevere (Donovan)

Reunión de notables: Donovan, Shawn Phillips, Pete Seeger y el Reverendo Gary Davis. En directo y en la tele (imposible parece), las galas de Ginebra: terciopelo, seda y encaje.


domingo, 8 de junio de 2008

Bendición

Para Sergio, que se detuvo a compartir su regalo



Bendición

¡Oh amor maduro al fin, oh amor maestro,
que es desear tener lo que ya es nuestro!
(Agustín García Calvo, Valorio 42 veces)

Desear lo que uno tiene
es, tal vez, amor maestro:
sentir, en la sombra, nuestro
cada momento que viene
sintiendo que se detiene
para besar al que espera
la insólita primavera
que en todo tiempo prosigue.
Feliz aquel que consigue
rozar esa luz primera.


sábado, 7 de junio de 2008

Tú, cuya mano

¡Maravilla! Chicho Sánchez Ferlosio recita Tú, cuya mano, de García Calvo, en La Campana de los Perdidos, Zaragoza, 1999. Bajo licencia Creative Commons por cortesía de J. A. Rodicio y Rosa Jiménez.

lunes, 2 de junio de 2008

Ella nunca se pierde las fiestas


Es curioso que la zozobra cotidiana me arroje de vuelta a los géneros que más aprecié en mi adolescencia (a qué engañarnos; como cantan Los Piratas, 'Mi infancia ha sido tan larga / que nunca acaba de terminar'). Cómics, ciencia ficción, terror y fantasía acuden a arrullarme después de cada día de desasosiego. No hay como el terror cósmico de Lovecraft y sus monaguillos, estético al fin y al cabo, para desengrasarse del hastío pavoroso que le producen a uno mentiras, conciábulos y abajo firmantes.

La Factoría de Ideas ha publicado una serie muy apañada de libros que agrupan relatos dispersos de los mitos de Cthulhu, congregados en torno a un eje o tótem: el Necronomicón, Hastur, Cthulhu, Nyarlathothep. En el tomo dedicado al Libro Maldito, con el que estoy ahora, hay un poco de todo: relatos, reconstrucciones fallidas del grimorio y consideraciones posestructuralistas del antólogo, Robert M. Price, que a veces se pasan de vueltas pero resultan siempre curiosas. Hasta ahora la mejor pieza es La víbora, un relato de Fred Chappell que nos revela el modus vivendi (et necandi) del Necronomicón: cuando entra en una biblioteca, succiona la vida de los libros que lo rodean, robándoles sus palabras y hasta la encuadernación. Lo que llegó como una vulgar agenda con una transcripción chapucera e incompleta del texto árabe puede en pocos días, en compañía de una edición barata de los poemas de Milton, convertirse en una traducción esmerada al inglés, con hechuras de pergamino. Mientras, no sólo el ejemplar de saldo que alguien puso junto al libro maldito, sino todas las ediciones de estos versos, donde quiera que se encuentren, van perdiendo sentido, reducidas a un sonsonete ininteligible y blasfemo...

Como no hay (para mí) lectura sin banda sonora, expresa o elíptica, me he sorprendido tarareando aquella canción de Bauhaus sobre la Dama que nunca falta a las fiestas. La Muerte, creo yo (et in Arcadia ego), Señora de la Máscara Roja —aunque la letra, bastante ambigua, permite pensar en alguna actriz de películas de terror, o incluso en el suicidio de Marilyn Monroe. Hay ligereza (y fosforescencia) pop en esta pieza de época, pródiga en claroscuros, voces brumosas, épica sadomilitar y peinados imposibles. Hongos de Yuggoth, sin duda —qué lástima que el mago Hoffmann no pueda ya analizarlos y arrancarles su fórmula secreta.



sábado, 31 de mayo de 2008

De Ubik a Tintín


Tengo mucho que escribir (mucho embrollo, en general), pero sólo me apetece leer. Ni siquiera de la pantalla: paso la parte más dulce (al menos, más libre) del día ensimismado (¿enmimismado?) en un menú caótico de libros y tebeos.

De un lado, los tebeos de Tintín, que nunca me habían llamado especialmente la atención, pero ahora, leídos casi a ritmo de volumen diario, me maravillan con su humor y sentido del ritmo. En los primeros de la serie, cuando el joven no tiene aún más compañía que su perrito Milú, la trama parece gobernada por el azar objetivo bretoniano: Tintín sale a pasear y su atención, siempre pronta a fijarse en cualquier anomalía, acaba sacándole del país. El pretexto de la trama es risible (la lucha contra el narcotráfico —qué ingratitud). Lo importante es que combatiendo a los suministradores del opio Tintín acaba haciéndose amigo de Haddock, ese borracho (drogadicto) entrañable e irredento; de Tornasol, cuyo cuelgue perpetuo no precisa atajos químicos, y de Fernández y Hernández, verdaderos Cástor y Pólux de la incompetencia policial, que se pasan la mitad de los tebeos persiguiendo a Tintín, con la decidida voluntad de no atraparlo.

El otro plato es la estupenda biografía de Philip K. Dick que ha publicado Emmanuel Carrère, Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos. Philip K. Dick 1928-1982 (Barcelona: Minotauro, 2007). Hay algo muy dickiano en esas fechas palíndromas, que se extiende a todo el libro, cómplice implacable y travieso de las locuras del autor. En la vida de Dick no falta de nada: incluso ese momento Elvis, tan norteamericano, en que el autor pacta con su enemigo secular (el FBI) y se ofrece como confidente contra la subversión que él mismo ha propulsado. Su inteligencia, propulsada a tiempo casi completo por un cóctel de fármacos legales e ilegales, es incapaz de reposar: mientras se deja adoptar por una larga serie de mujeres que lo cuidan, desatienden y agobian, Dick es en rápida alternativa muerto de hambre y autor de éxito, gnóstico y descreído. Todas las psicopatías confluyen en él, le arruinan la vida y lo fecundan: su paranoia le permite continuar donde Kafka y Orwell se detuvieron, creando (o desvelando) un mundo donde el control secreto de las cosas se confunde con el caos que las desteje; su esquizofrenia le permite entablar, en su obra póstuma, Exégesis, una partida de ajedrez interminable (y apasionante) entre la certeza y la duda. Sometido a terapia desde pequeño, se convierte en un experto en manipular psiquiatras y médicos en general.

Es imposible, en fin, aceptar sus tesis (él mismo las propone para demolerlas de inmediato), y sin embargo casi toda la ficción de interés moderna remite de forma inevitable a ellas. Como Lovecraft, escribe de forma irregular e imperfecta, pero sus aciertos trascienden la obra en sí: crea o canaliza una corriente que no se deja ignorar.

La biografía de Carrère parece una novela del propio Dick, mejor escrita e igualmente amena. El poso es más bien agrio, pero dudo que haya biografía veraz que no narre un fracaso (hasta la consagración, cuando la hay, llega tarde y suele provocar efectos secundarios). En el libro no hay (y se agradece) moralejas sobre nada: no sabemos con qué Dick quedarnos, las tensiones no se resuelven y hasta hay, para escépticos recalcitrantes, ese molesto milagro en que Dick, siguiendo su lógica delirante, se obstina en llevar al hospital a su hijo, convencido de que tiene una malformación congénita que los médicos han pasado por alto —y resulta que, inexplicablemente, tiene razón y le salva la vida.

martes, 27 de mayo de 2008

Mala yerba VI: Don't think twice, it's alright


En estas cuestiones, como en otras, Dylan es insuperable: Una vez quise a una mujer (una niña, me dicen). / Le di mi corazón, pero quería mi alma. / Pero no te lo pienses dos veces: ya está bien. (...) No digo que me trataras mal. / Pudiste montártelo mejor, pero da igual. / El caso es que te empeñas en malgastar mi tiempo; / pero no te lo pienses dos veces: ya está bien.



[Es raro que los maestros versionen a los discípulos, pero sucede. Enorme este Elvis Presley salmodiando en tierra sagrada (Nashville) las blasfemias de Dylan. Sit sibi terra levis.]


lunes, 26 de mayo de 2008

Mala yerba V: Under my thumb


Ya es Historia. En 1969, la veinteañera Camille Paglia se ganó el odio de sus hermanas feministas por sostener con convicción que Under my thumb, de los Rolling Stones, era una obra de arte. 'Nada que denigre a las mujeres puede ser hermoso', le dijeron. Sin embargo, ajena al puede ser, ahí estaba la canción, excitante y magnífica, con el riff inolvidable de marimba de Brian Jones y la letra socarrona de Jagger: la princesa que me tuvo a sus pies come ahora de mi manita, convertida en la mascota más linda del mundo. En amor, como en todo, las tornas se truecan y los lazos aprietan. ¿Y? ¿Habría atemperado Jagger la cólera de las feministas que excomulgaron a Paglia entonándoles Ruby Tuesday, aquella otra canción sobre una chica tan libre que es imposible colgarle un nombre?


domingo, 25 de mayo de 2008

Mala yerba IV: Run for your life


De todas las bravatas machistas que los Beatles perpetraron en su primera época, Run for your life es seguramente la más ofensiva: Prefiero verte muerta / que en brazos de otro hombre (...) Sabes que soy mala gente: / nací celoso / y no puedo pasarme la vida / enseñándote a respetar la raya. Asombra que sentimientos tan ruines dieran nacimiento a esta joya, a la que las guitarras crujientes, prepsicodélicas, aportan un delicioso sabor de época.

Señalaba Lennon que compuso la canción por cumplir y la consideraba olvidable, aunque Harrison le había cogido un gusto especial —irónico si pensamos en lo que le guardaba el destino (unos años después su mujer, Patty Boyd, le dejaría por su cuate Eric Clapton). El compositor llegó a destacarla como la peor canción de los Beatles (lo que sin duda es exagerado: contando las versiones, yo voto por Mr. Moonlight; si no, por Dig It). Dijo también que era la que más lamentaba haber escrito. Demasiada importancia para un ejercicio rutinario de estilo. Quizá la obligación de componer otro tema, escribiendo lo primero que se le pasara por la cabeza, funcionó a modo de escritura automática o asociación libre, permitiendo que afloraran cuestiones de fondo. Dulcificado (?) por Yoko, volvería más tarde sobre ellas, cantando la palinodia, en Jealous Guy.


sábado, 24 de mayo de 2008

Pasos perdidos


Uno de los aspectos más orwellianos de la Wikipedia es que, a pesar de que las reglas cambian (y queda abundante registro de ello), los reglamentistas actúan como si las vigentes en ese momento estuvieran grabadas en piedra mosaica desde el Cretácico. Por ejemplo, cuando, entre otros muchos artículos para Wikipedia, creé uno sobre mi grupo musical, Ciento Volando, nunca escondí la circunstancia de que era a la vez autor y tema. Con ocasión de un vínculo a EMule, intervino amablemente en la página de discusión un tal Yrithinnd (bibliotecario, según supe luego) y, por entonces, no halló nada escandaloso ni reprobable en esa coincidencia, limitándose a aconsejarme que hiciera explícita la relación en la página de discusión del artículo, así como mi aprobación a que se facilitara un enlace para la descarga gratuita de algunas canciones.

Algún tiempo más tarde, se inició una campaña para acabar con todos los artículos que supusieran autopromoción. La idea, razonable, es que si una obra, autor o grupo tienen la importancia suficiente, no será preciso que los directamente implicados la lleven a Wikipedia; otros lo harán. Además, dado que Wikipedia no pretende ser fuente primaria (o sea, ofrecer información de primera mano, inédita), el camino que un tema debe seguir para llegar a la Enciclopedia pasa por su aparición en publicaciones especializadas y relevantes.

En definitiva, se parece bastante al viejo chiste: lo primero que debes demostrar para que te den un crédito es que no lo necesitas. En este caso, para que una información llegue a estar en Wikipedia, debe ser accesible ya por otros medios.

En el caso del artículo sobre Ciento Volando, un bibliotecario llamado Chabacano decidió abrir una consulta para que la gente votara si estaba a favor de la permanencia del artículo o su borrado. Sin embargo, antes de que la consulta finalizara, y en un momento en que eran mayoría las voces a favor de la permanencia, la consulta se cerró y el artículo se fue al limbo de los justos (o injustos). ¿La razón? Algunos bibliotecarios consideraron que una vez probado que el artículo entraba en los supuestos de autopromoción y fuente primaria, procedía borrarlo directamente, sin votación, aplicando una política recientemente aprobada en este sentido.

¿Se hizo bien? ¿Fue una cacicada? Hombre, yo creo que, como mínimo, había otras soluciones. El artículo nunca fue promocional: no decía nada sobre la calidad del grupo ni animaba a comprar ningún producto relacionado con él. Si el problema (que no lo fue en un principio) es que autor y tema coincidieran, podría haberse dado la posibilidad de que otras personas lo editaran (y, en fin, borrarlo si esas personas no surgían).

¿Era, por otra parte, fuente primaria? Desde luego que sí, aunque no totalmente: en el 2001 Ciento Volando había editado un disco, donde figuraba gran parte de la información. Pero cabían peros: era un disco autoproducido, que no llegó a tener una distribución comercial como Dios manda. Por entonces la gente de El Lince con Botas preparaba un programa monográfico sobre el grupo, que finalmente se emitió en la televisión pública extremeña, y que podría haber servido perfectamente de referencia —pero para eso faltaban unas cuantas semanas.

Al borrado del artículo le siguieron un par de bloqueos cuando cuestioné en los espacios públicos de Wikipedia lo sucedido. Por entonces, me parecía imposible que se bloquease a una persona por opinar (más claramente, por poner en duda el criterio de un bibliotecario).

Hubo mucha ingenuidad en mi actuación —y ya sabemos en qué se transforma la ingenuidad cuando se agría. Cabreado con lo que me había sucedido, indagué para ver si se trataba de un caso aislado. Para cuando empecé a entender lo que se ventilaba, ya era tarde para defenderme o actuar con mayor prudencia. Todo bastante típico: un grupo de usuarios que participa en el Café y las votaciones se arroga el poder de decidir en nombre de todos los usuarios de Wikipedia; los bibliotecarios elegidos por esos usuarios activos (a veces por un margen exiguo de votos, e incluso, sumando síes y noes, con un número irrisorio de votos) deciden en nombre de los usuarios activos, y un grupo de bibliotecarios muy concreto (partidarios de borrar todo lo borrable) acaba imponiendo su criterio en nombre de todos, considerando cualquier crítica a su gestión como un ataque a Wikipedia.

En El cortijo wikipédico, una entrada de este blog, resumí lo que había observado sobre el comportamiento de esta secta. Cuando llegó a conocimiento del bobo más agresivo del lugar, no tardó en bloquearme de nuevo, esta vez «para siempre» (qué infulas, oiga), aduciendo como único argumento la entrada en cuestión.

¿Me equivocaba gravemente sobre estos guardianes del orden? Parece que no tanto: al final, casi todos ellos acabaron dejando por su propio pie la Wikipedia, después de que fueran surgiendo voces (demasiadas para acallarlas todas) que cuestionaban sus posiciones, y un poquito antes de que empezaran a surgir resoluciones explícitas contra sus abusos. Ahora mismo, según reconocen, la Wikipedia ya no les motiva para seguir trabajando en ella: pero le dedican un buen número de horas y bytes a seguir recordando al mundo lo buenos que son y lo mal que le irá al proyecto sin su insustituible criterio.

Yo opté por el camino contrario: si se me negaba el acceso por ser tal y cual me dedicaría, sencillamente, a ser otro cualquiera (adoptar otro nick) y seguir haciendo lo mismo. ¿Lo mismo: o sea, insistir en la promoción de mi grupo y discutir violentamente sobre la justicia y la injusticia? No: lo mismo, o sea, crear artículos (ninguno de los cuales, esta vez, tendría relación directa con mi persona), combatir el vandalismo, eliminar errores y mejorar lo que estuviera a mi alcance.

Como está en la naturaleza de uno acabar cagándola, siempre por lo mismo (la puta ingenuidad —y algo de vanidad, sin duda) cometí un error: a cada paso que se daba para enderezar la Wikipedia (y que culminó con la huida de estos gañanes) me entraba la tentación de comprobar si en el nuevo estado de cosas sería posible que alguien imparcial revisara mi caso. ¿Qué hubiera mejorado con eso? Hombre, se enmendaría un tuerto (lo cual siempre es saludable) y no tendría que andar pendiente de si los sabuesos del sheriff localizaban mis huellas. Poca cosa. ¿Resultado? Una reclamación formal fue desestimada con cuatro chorradas por uno de los amiguetes del bibliotecario que me había bloqueado (no se molestaron mucho en disimular, vaya). Una pregunta, más reciente, a otro bibliotecario, ha tenido como efecto ponerme en las patas de los caballos: a pesar de que él mismo y otros han reconocido explícitamente que lo que se escriba fuera de Wikipedia no puede utilizarse dentro de ésta como argumento para bloquear a alguien, mi petición de que se me aplicara el mismo principio fue recibida primero con chistes cutres y luego con un mensaje magnánimo, de esos que retratan a alguien: sé cuál es tu nueva identidad y como te muevas mucho, ya sabes lo que te espera.

Desde ese punto, era cuestión de tiempo (poco tiempo) que alguien cargara a su vez contra el bibliotecario en cuestión acusándole de complicidad por no bloquearme de nuevo. En ésas estamos.

¿Remordimiento? Desde luego, no por haberme saltado las puertas al campo que han querido imponer estos ineptos, sin la única autoridad que importa: la moral. Tampoco por el tiempo dedicado (y que seguiría con gusto dedicándole) a lo que ellos mismos predican que importa: construir la Enciclopedia. Pero sí: remordimiento por el candor demostrado, y por no haberme olvidado más de la cuestión de los nicks y quienes los pastorean para centrarme exclusivamente en escribir artículos.

Total, que ahora no podré escribir artículos con los nicks que estos señores me han bloqueado o van, quizá, a bloquearme. Hasta ahí, nada importante. Es peor aceptar que artículos que han llegado a estar bien, o que uno cree poder mejorar, se quedarán sin un contribuyente entusiasta. Pero en fin: sigue siendo darse demasiada importancia. Otros sabrán cuidarlos —y ya procuraremos ser parte incontable de esos otros.

viernes, 23 de mayo de 2008

Mala yerba III: Hey Joe


La antología de ajustes de cuentas quedaría coja sin esta canción, sobre cuyo origen (anónimo-tradicional o de autor conocido) hay una curiosa polémica. Asociada, con buenos motivos, a Jimi Hendrix, cuya versión sigue siendo una cima, la cantaron antes unos cuantos grupos más o menos underground, incluyendo a The Leaves, Love, The Creation, The Byrds y Tim Rose. Después, hasta el último Dylan y Franco Battiato (!) se han animado a darle unos pases.

Entre tanta riqueza, no se queda uno tranquilo sin recordar, al menos, dos acercamientos: el canónico de Hendrix (punteo dental inclusive) y uno revisionista: el pantanoso Nick Cave con Charlie Haden y otros músicos de Ultratumba.




jueves, 22 de mayo de 2008

Mala yerba II: Evil Ways


El arte es alquimia: obtiene del dolor un destilado armonioso, grato (el dulce lamentar de dos pastores). También la maldición y la invectiva (el odio, en suma) pueden optar a esa dulzura despiadada. Tendrás que cambiar esas malas maneras / antes que llegue a dejar de quererte.

Si la canción de Santana es maravillosa, asistir al solo de teclado en primera fila es un privilegio impagable. No se priven.


martes, 20 de mayo de 2008

Mala yerba I: Your time is gonna come


Mentir, engañar, hacer daño / es todo lo que sabes hacer. Los años 60-70, década del amor brujo, nos dejaron algunas de las canciones misóginas más heridas e hirientes de todos los tiempos. Los primeros Beatles, el Hey Joe de Hendrix (¿ande vas tú con esa pistola?) y todo Dylan no me dejarán mentir.

En su primer disco, Led Zeppelin dan al tópico su debido respaldo arquetípico: Mucha gente que larga, muy pocos de ellos saben / que el alma femenina es obra del de Abajo. Como haberlas, haylas (alguna, mujer pública; con doblete), va por una este son de plomo aéreo: como una bala del pobre Joe.



martes, 13 de mayo de 2008

No siempre brilla el oro


Un viejo amigo, levemente remozado:

No siempre brilla el oro
ni todo el que anda errante va perdido.
Lo viejo, cuando es fuerte, no se amustia
ni en la raíz profunda entra la escarcha.
De las cenizas subirá una llama,
asomará una luz entre las sombras.
El hombre sin corona será rey;
de nuevo forjarán la espada rota.

(Y aún otra versión, atendiendo varias sugerencias de Valnaur):

No siempre brilla el oro,
no están perdidos todos los que vagan;
no se amustia lo añejo vigoroso,
no llega a la raíz honda la escarcha.
De las cenizas despertará un fuego,
asomará una luz entre las sombras;
la espada rota forjarán de nuevo
y será rey el hombre sin corona.


lunes, 12 de mayo de 2008

Duda metódica


Llama 300 veces a la puerta.
Por último, alguien abre y le confirma
que no hay nadie. Se marcha, satisfecho.

sábado, 10 de mayo de 2008

Las lindes de don Real


Entre las empresas que un buen materialista o realista debe emprender, quizá la más engorrosa sea la de hacer sitio en su mundo a aquello que su ismo pretende negar. Como quiera que se defina lo irreal, no puede concedérsele otro espacio que un arrabal de la realidad misma. Del mismo modo, la única forma de lidiar con la idea del alma, su formulación, ha de ser reducirla a algún tipo de materia (por ejemplo, ésa que Gustavo Bueno bautizó, procurando decir lo menos posible, como M2).

No conviene, sin embargo, exagerar la molestia. Si podemos imaginar al soñador o al poeta arrojando en brazos de don Real cualquier quimera escurridiza (ahí te las compongas, chato), estaríamos quizá más cerca de la verdad si imaginamos a don Real como el generoso Hades, dispuesto siempre a aceptar nuevos súbditos, o como el Ojo sin Párpado de la SGAE, presto a grabar (y gravar) cualquier ocurrencia, así venga del pueblo anónimo o del más grunge de los perroflautas. Por extraña que parezca la aportación, todo es bueno para el molino —está por aparecer un grano que la máquina no sepa moler y aprovechar.

Que la correspondencia entre lo que hay y la idea que nos hacemos de ello es defectuosa y frustrante es tema inaugural de cualquier curso de filosofía. Hay que contar con ello, cogerlo por los cuernos, cortar por lo sano —y pasar en seguida a otra cosa. Cualquier certeza vale: que esta correspondencia es, a pesar de sus defectos, lo único que tenemos, y por tanto irrenunciable; que no cabe pensar en ella como un defecto insalvable, sino como un déficit progresivamente cubierto, a medida que la Ciencia y la filosofía van corrigiendo las tosquedades del lenguaje común y tratando con la debida ironía y precaución sus propias producciones; que si los pretendidos defectos no impiden que las máquinas funcionen, los silogismos cuadren y la comunicación fluya, sería estúpido darles demasiada importancia.

Tiene, por tanto, mérito que Agustín García Calvo lleve tantos años insistiendo en que esta herida fundamental no puede menos que cerrar en falso. Sin embargo, es así. Ahora mismo, alguien (cualquiera) siente o contempla, dormido o despierto, lúcido o ebrio, algo que escapa a las categorías que conoce, y siente, quizá inseparables, la amenaza que eso supone para su equilibrio y el placer de entregarse a tal vértigo. No ha pasado un instante y ya esa patata caliente está en manos de don Real, convertida en una formulación que utiliza las ideas disponibles y por tanto las reitera y confirma.

El movimiento, sin embargo, se produce en ambos sentidos. También ahora mismo, alguien está combinando palabras (e ideas) comunes, y una vez de cada muchas, acierta a producir un enunciado que en vez de confirmar los supuestos que lo hacen posible, los pone en duda o desmiente. Mi ejemplo favorito (que debo, como tantas cosas, a Ana Leal) procede de un poema del maestro:

Distancia, de ti a mí distancia:
entre tú y yo, nada.

¿Qué intimidad podría haber mayor que ésta?: que nada se interponga entre nosotros. Sin embargo, tanto el contexto como la formulación en sí admiten y aconsejan una interpretación inconciliable, opuesta: negar que haya nada entre nosotros es excluir todo vínculo o relación, colocarnos en órdenes tales que, cual flecha de Zenón, ni en siete ni en mil pasos podríamos desplazarnos por el eje de semejanza o contigüidad y llegar del uno al otro.

Aunque García Calvo explica en sus libros que la poesía es una confluencia del ritmo laxo del lenguaje y el ritmo medido de la música, en letra pequeña nos recuerda que la virtud principal de este dejarse ir a tiempo reside en favorecer ocurrencias como ésta, que por caminos imprevistos salen de lo real con dirección desconocida. Del Hades, receptor universal, escapan chispas de continuo, grumos inertes que cobran vida.

La imagen de este doble movimiento (lo desconocido dejándose atrapar; lo conocido revelándose prodigio) tiene la fuerza de una cosmogonía mítica: no importa cuándo mires (quizá ni siquiera adónde), don Real mantiene intacta su soberanía a grandes rasgos, pero sus redes se alimentan de lo desconocido (su administración de Muerte precisa algo vivo que la soporte) y, por familiares y bien trabadas que sean, no pueden conjurar del todo el riesgo de deshacerse en cualquier momento, volverse inmanejables sin previo aviso.

Si no hay aventura filosófica ajena a esta danza, tampoco hay ninguna que guarde la debida fidelidad a la misma. Es mezquino negarle a García Calvo el agradecimiento que le debemos por mantener despierta, cual tábano socrático, esta conciencia entre lógica y lisérgica de la que es tan necesario evadirse para ser uno mismo y funcionar como Dios manda, con la debida confianza en nuestros intereses, inversiones y perspectivas.

Don Real procesa como puede estas aportaciones. Esta misma entrada, si en un 50% intenta hacer sentir la maravilla de lo desconocido, en otro tanto-por-cierto contribuye a la industria de las glosas y explicaciones que reducen lo imprevisto a variación banal de lo dado. Escupan, si pueden, las molestias —y acéptenme, a cambio, este gracias.

viernes, 9 de mayo de 2008