lunes, 25 de febrero de 2008

El Diablo en el Cuerpo


La visión positiva del amor como fuerza creadora, armonía, convive desde siempre con otra más oscura. Alimaña dulciamarga, lo llama la poetisa griega Safo. Pasión, decimos, algo que se padece, que duele. Venéreas, «de Venus», llamamos a las enfermedades de trasmisión sexual, colocadas, como el último día lectivo de cada semana, bajo el signo de esta diosa inquietante. Recordemos: la gentil Afrodita, «don de la espuma», Venus romana, nace del acto más doloroso y cruel que pueda concebirse: Crono castra a su padre Urano con una hoz y arroja sus genitales al mar. Del semen que brota de ellos, primera espuma, nace la diosa, que llega a la playa de Chipre a bordo de una concha, llena de gracia aérea, sonriente.

Una sonrisa duradera. Es la misma con que la diosa seduce al pastor Paris, ofreciéndole a Helena, la más hermosa de las mujeres (casi una copia mortal de sí misma), si le concede la manzana en discordia. Su elección (su erección) pone en marcha la más cruenta de las guerras. Podríamos creer que esta relación del amor y el combate es meramente accidental, un efecto secundario imprevisto: pero entonces puede que acuda a nuestra memoria un recuerdo incómodo: ¿no es cierto que Afrodita, casada por compromiso con Hefesto o Vulcano, el más feo de los olímpicos, elegía para sus adulterios al dios de la matanza y el miedo, el siempre siniestro Ares o Marte? ¿Será casual que el lenguaje de la seducción adopte tan a menudo metáforas bélicas, que hablemos de conquistar a alguien, de derribar sus defensas, de bellezas arrolladoras?

En la guerra y en el amor todo vale, decimos u oímos. Casi todo el mundo haría / lo que fuera por amor. Vencidos por el amor, acude a nosotros el fantasma de la muerte en vida (por vos he de morir y por vos muero), la certeza de haber perdido el control de nuestros actos, la independencia o libertad que pudimos creer nuestras.

Alguien nos dirá que no es el amor, sino su ausencia o reverso, el desamor, el desvío, el responsable de tanta zozobra. Es como si quisiéramos que la cerveza nos hiciera ver la luna más brillante y a la vez no volviera peligroso conducir. El que desespera espera. No hay desamor sin amor. Quien no es correspondido ama, lo mismo que aquél que es traicionado o se consume por unos celos inmotivados. Todo es amor, desde el flechazo hasta el último adiós, y quizá (de creer a los clásicos) incluso después, cuando seamos polvo, mas polvo enamorado o compartamos con la persona amada la dicha o el castigo eternos.

El amor como posesión demoníaca, como enfermedad relacionada con los démones o dioses, tiene una larga historia. La mitología lo imagina a veces como Eros o Cupido, una suerte de ángel travieso que dispara con los ojos vendados. En el imaginario cristiano, el deseo acuciante de otro cuerpo, a falta de un ritual que lo santifique, se ha situado a menudo en el terreno de los pecados capitales: la lujuria, responsabilidad directa del Diablo o Demonio por antonomasia, o de algunos de sus lugartenientes, ocupados en manifestarse a los rijosos con forma femenina (súcubos) o masculina (íncubos) según su sexo y preferencias.

Llegamos así hasta la novela del jovencísimo Raymond Radiguet que elegí para esta parte del curso que imparto de Literatura Universal, El diablo en el cuerpo. La lujuria. Una historia de obsesión amorosa, que por varias razones (que no adelantaremos) resulta diabólica, pecaminosa o subversiva. Un mal ejemplo, si se quiere, o al menos un ejemplo del mal, de un mal muy común pero que aquí se exagera para poder distinguirse mejor. Mal, como en La Celestina o en el Libro del Buen Amor, más fácil aún de comprender que de condenar.