viernes, 12 de enero de 2007

Negra sombra que me asombras


Otra entrega de sus tesoros: Juan Ramón Jiménez, Música de otros. Traducciones y paráfrasis, ed. bilingüe de Soledad González Ródenas, Barcelona: Círculo de Lectores, hoy mismo (o a lo sumo, ayer). En el dibujo jeneral (démosle el gusto) no hay trastorno: primero (1897-1912) algunos poetas gallegos (dialectales, como los llamaba él), algo de Ibsen y mucha Francia; después (1913-1954), la fascinación por los anglos (Shelley, Shakespeare, Yeats, Blake...). Apenas hay alguna desviación de la ruta (sendos momentos de Mallarmé y Baudelaire, abordados en plena anglofilia). No sé si es casual que en esta antología lo primero y de momento único que me arrebata sea esta sencilla versión, que debe ser una de sus primeras, del gran romance de Rosalía:

Cuando pienso que has huido,
sombra negra que me asombras,
al pie de mis cabezales
te veo haciéndome mofa.

Cuando imajino que huiste,
por el mismo sol te asomas,
y eres la estrella que brilla
y eres el viento que sopla.

Si cantan, tú eres quien cantas,
si lloran, tú eres quien lloras,
y eres murmullo del río
y eres la noche y la aurora.

En todo estás y eres todo,
para mí y en mí tú moras,
nunca me abandonarás,
sombra que siempre me asombras.

jueves, 11 de enero de 2007

La puerta secreta


Río sin orillas, puerta sin llave. Preparo una clase de Literatura. El protagonista de El cuento del Grial, aún sin nombre, deja la corte del rey Artús para volver a su casa, donde confía encontrar a su madre, sin saber que ésta ha muerto de dolor por su ausencia. En el camino, topa con un río de aguas rápidas y profundas, sin vados, puentes ni barcas. No logrará pasar.

Meses atrás, le daba vueltas a un par de coplas populares, y ahora vuelven, plenas de sentido.

¿Cómo quieres que vaya
de noche a verte
si hay un río en tu puerta
y no tiene puente?

*

Una vez que fui a aceitunas
con unas aceituneras,
me hicieron pasar el río
sin puente y sin pasarela.


El poeta (casi) inédito lleva más de un año pensando si llama o no a la puerta que podría ocultar lo que desea. Esta noche ha sentido que ya no tenía opción: intentarlo se había convertido en una necesidad. La carta está echada. En breve, las aguas se abrirán o se lo llevarán por delante.

miércoles, 10 de enero de 2007

Agua pasada



Te lavaste las manos

y nos tendiste el agua
para que la bebiéramos.
El camino se parte y el fin
es hoy una alimaña de dos rostros
igualmente imposibles.
Inútil preguntar: todo se acaba
y empiezan las rebajas: tu respuesta.

martes, 9 de enero de 2007

El Parque

Con aquél, dos vídeos cientovolanderos. El que cierra este martes lo grabó Carlos, buen amigo, la última vez que estuvo por aquí.



Recuerdas cuando eras pequeño
y el mundo apenas algo más
que un parque abierto por reformas,
columpios que se van
al cielo a descansar.

Voy por la acera de los tontos,
la sombra va quedando atrás.
No hay sitio para indecisiones:
los bichos y el dolor
se funden bajo el sol.

Cambiando cromos con el tiempo
repaso fotos por tomar.
De un lado al otro del espejo
tu amor y mi amistad
se acercan y se van.

Recógeme cuando me caiga,
regálame una talla más.
Mañana pasaré a buscarte,
iremos a jugar
si logras despertar.

lunes, 8 de enero de 2007

Licencia Paracelso


...Pero también está lo dulce de esos poemas incógnita, que nunca das por terminados. Sus variantes dan fe de iluminaciones pasajeras, provisionalidades redentoras que te devuelven al mismo punto, imperfecto pero vivo. Venga o no el milagro, reescribir es mantener la puerta abierta.

Licencia Paracelso

Un soneto me manda hacer Violante...
(Lope de Vega, La niña de plata)

Un soneto se presta a violaciones.
Su cuerpo se insinúa aunque esté quieto.
Ansioso de airearnos su secreto,
se viste con escuetas convenciones.

Los reyes sueñan con revoluciones.
Toda madera aguarda su Gepetto.
Al dios de la palabra, analfabeto,
le gusta agazaparse en los rincones.

No temas adentrarte en lo prohibido.
Los pasos que se apartan de la vía
conducen, dijo Blake, a la experiencia.

Hay algo entre el impulso y el latido:
la norma que prescribe la licencia;
la costra que insinúa su ambrosía.


domingo, 7 de enero de 2007

Soneto de añoranza de la sombra


Educativo pero doblemente amargo: mirar fotos de los 80 y 90 y releer los poemas que uno escribió por entonces. Las primeras, con las debidas excepciones y matices, nos devuelven cuerpos y expresiones más jóvenes y frescos. Los segundos, en cambio, envejecen cruelmente: muchos son ya ilegibles, y en otros lo que podría valer algo aparece incrustado en una masa de lugares comunes, desvaríos y excesos. Un rescate imposible. De tantísimos sonetos, por ejemplo, sólo valen dos o tres, y a lo mejor ni ésos. Hoy, a pesar de su sentimentalismo, sigo leyendo éste con cierto gusto. Ya veremos qué pasa mañana.

Recuerdas cuando amábamos la muerte,
su esmero de elegancia destructiva,
la savia del amor en la saliva
del beso que se da para perderte

y no verte ya más. Ciega la suerte
nos lava el corazón. Dos veces viva
ya no verás la niña que cautiva
jugaba de tu engaño, dulce y fuerte.

Rebosa el corazón de agua pasada
por esa piedra basta de los años.
Destruye la verdad a quien la nombra.

La fuente del recuerdo por sus caños
derrama sólo sangre congelada.
Sal tú, mi niña roja, de la sombra.


sábado, 6 de enero de 2007

La voz de nadie


Desde hace tiempo, algunos entusiastas de la Tertulia Política que celebra García Calvo en el Ateneo (todos los miércoles, a las 20:30; entrada libérrima) vienen transcribiendo lo que por allí se cuece. Aprovecho el día de Reyes para colgar estos extraños regalos:

NUEVO: 75 sesiones
(en 1 archivo rar)

Algunas anteriores por aquí, por cortesía de mi tocayo Rivero.


*

Otro curioso regalo de Año Nuevo: el periodista estrella Arcadi Espada ha restringido los comentarios de su blog, que sólo estará abierto doce horas a la semana. Eso a pesar de que ha sido la abundancia de comentarios lo que ha hecho único su espacio (si vamos al contenido, el de Azúa le daba mil vueltas).

Arcadi se riló. Como esos pueblos
que prohíben la venta ambulante
o esos bares en los que está prohibido
sentirte como en casa
o esa gente que no puede atenderte
porque está reunida. Algunos dicen
que procede un examen de conciencia
sin faltas de ortografía.
Con su pan se lo estudien. Entretanto,
seguimos donde nunca hemos estado,
que no es poco decir. El Año Nuevo
nos trajo la intemperie. Sólo queda
morirnos o volvernos primavera.

viernes, 5 de enero de 2007

La ciudad interior



Después de bastantes años sin verla, coincido en una fiesta con Eva Chinchilla, de la cosecha del 71, poeta cálida y cordial, contagiosa. Se ha ganado la vida como yo, dando clases de lengua y literatura (pero lo ha dejado, al menos de momento, por asco de corruptelas y desenfoques pedagógicos). Su labor ha dado frutos públicos: un poemario en solitario (del que resultará difícil encontrar ejemplares, me advierte), Verbo rea (Dersú Escritos, 2003) y aportaciones a dos antologías colectivas, Estruendomudo (Dersú Escritos, 2003) e Hilanderas (Amargord, 2006). Buscando en la Red versos de Eva, topo con éstos, que vienen al pelo (o me lo parece) de esas llaves de la casa deshabitada de las que hablaba el poema anterior.

Vivo en una ciudad interior,
con una familia numerosa.

Siempre hay más ciudades interiores que costeras, pero la resonancia del verso desacredita sin esfuerzo la lectura literal (salvo Venecia, incluso las ciudades costeras son un interior, un adentro donde el mar no puede entrar a su gusto). Ciudad interior sugiere un espacio realmente íntimo, privado, de la piel (o la mirada) para adentro. En principio, todos entramos (y estamos) allí a solas, aunque sospechemos (y sintamos de algún modo) que otros muchos se encuentran en las mismas, que en esto de estar a solas andamos en buena compañía. Llamamos afinidad a este paradójico estar juntos sin estarlo, implícitos, con un otro que sólo cabe hallar invisible, entrañado, u objetivado en sus señales (se acaba de ir, sí, pero puede que nos haya dejado un comentario, una nota —y tal vez le llegue nuestra respuesta). En ciertos momentos podemos vislumbrar lo que es estar de veras abandonado, radicalmente solo, en esa ciudad interior, pero, psicópatas aparte, no creo que muchos sufran (y resistan) esa experiencia. Querer a alguien, reconocerlo, implica reclamarlo y sentirlo cuando no está, contar con él para tirar adelante, como se cuenta con el lenguaje o los propios dedos. Llevar este blog me ayuda a reanimar, descubrir e incorporar algunas de esas presencias familiares sin las cuales, como a los hombres del circo de Caifás, el frío nos habría matado a los dos (criador y criatura, bloguero y blog) hace tiempo. Hay versos, como éstos de Eva, que funcionan como una llave de luz para habitaciones secretas. Desde aquí, gracias por haberles dado forma e incorporado a la red eléctrica.


jueves, 4 de enero de 2007

Glir el Olvidapasados


Uno de los mejores regalos de Año Nuevo fue una colección de viejos ejemplares de la revista literaria Argonauta, de los años 93-4, que traía consigo la simpar Eva. De los relatos y versos que he ido releyendo destaca (ya lo hacía entonces) éste de Daniel, embebido de García Márquez y Juan Rulfo, y sin embargo inequívocamente suyo. Que lo disfruten.

* * *

En los días interminables que siguieron a la desaparición del último gigante, el anciano Casimirus, llegaron a Huevonia, arrastradas por el viento, cientos de plantas corredoras que atravesaron sus calles en dirección a un lugar desconocido, seguramente remoto y difícil de imaginar, que debía existir en algún lugar de la llanura. Irrumpían de repente, venidas de la colina, y se extendían en pocos segundos por cada esquina, cada rincón, cada entraña del pueblo que se alzaba como un obstáculo en su viaje, como un lugar de tránsito obligado, pero cuyo recuerdo pronto habría de borrarse. A nosotros nos gustaba subimos a la copa de los árboles y verlas avanzar, primero a lo lejos, como un puntito en la distancia, creciendo en dirección a Huevonia; luego entre las calles del pueblo, dispersas e indecisas en busca de la salida, meditabundas a los pies de nuestro árbol, hablando unas con otras con su lengua de silbidos y murmullos. Cuando por fin salían a la llanura el viento se las llevaba, la distancia las encogía, la llanura se las tragaba. Y yo no sé si las plantas corredoras eran conscientes de ello, pero desde la rutina de ver pasar los días siempre lo mismo, con la ausencia de Casimirus mordiéndonos el alma, era hermoso jugar a imaginarse cuál sería el destino de esas plantas viajeras, y pensar que también para ellas Huevonia no era más que un puntito en la distancia.

En los días interminables que siguieron a la desaparición del último gigante, los golpes de reloj nos hacían languidecer, y entre las cuatro paredes que era el mundo sentimos claramente que el último invierno se había llevado algo más que al anciano gigante. No sé si era el tiempo así, tomado en crudo, o el insípido dolor de estar frente a nosotros mismos, con todo el tiempo por delante, como quien se sienta frente a una fuente seca y empieza a hacerse viejo. No sé si eran las horas pasadas persiguiendo a Casimirus... Anidaron garrapatas en el alma de Huevonia y nosotros, pequeños trozos de su alma, envejecimos de un golpe los años que habíamos pasado persiguiendo al gigante, que eran muchos, pero cuyo recuerdo hasta entonces nos había parecido diminuto, acaso porque también los recuerdos se alejan. Sólo entonces comprendimos que Huevonia y Casimirus fueron la misma cosa, sólo entonces percibimos el insípido dolor de la conciencia. Desde la rutina de ver pasar los días sin esperar nada, de estar frente a nosotros sin esperar nada, la ausencia del gigante empezó a crecer como una sombra proyectada de algún sitio, muy lejano, muy difícil de imaginar, pero cuya orientación coincidía de modo extraño con el lugar donde Casimirus fue visto por última vez. Y esa pena direccionada nos congregaba cada tarde a las puertas del pueblo, a mirar cómo venía de las montañas, a verla aparecer como un puntito, escoltada por plantas corredoras que olían a hierbaluisa y remolinos de polvo. Y era como una corriente que sólo soplaba en un sentido, que sólo dolía por un costado, que bajaba de las montañas todas las tardes para envolver de recuerdos los manantiales secos de Huevonia.

A ver llegar la pena nos sentábamos fingiendo cada tarde. Fingiendo ser más viejos y haberlo perdido todo, fingiendo no sentir nada, ser tan sólo restos de memoria a la deriva entre los restos de Huevonia. Y como cada tarde, nos sentábamos a ver la pena, y como desde el suelo no se veía bien nos subíamos a los árboles, a los tejados, a las plateas, y desde allí la sentíamos venir contando cuentos, rememorando viejas historias de cuando Casimirus era el gigante y nosotros le perseguíamos. Nada era más terrible que ser de pronto un cuento y estar allí, subido a un árbol, como un puntito en la distancia, y sentir que algo había muerto, no en Huevonia, no en la probable muerte del gigante Casimirus, sino en nosotros mismos, en los posibles asesinos del gigante Casimirus. Las plantas corredoras venían a nuestros pies. El sol en las montañas hablaba sin descanso, pero nuestros sordos oídos no querían saber nada. De repente éramos viejos, pequeños, despreciables.

En los días interminables que seguían a los días interminables, sólo había una tristeza que mereciera la pena: la de ser un puntito en la distancia, con todo lo hermoso que tiene la distancia, y saber que no ha de volverse nunca, y que las horas dulces quedan a salvo del recuerdo. Subidos a los árboles se veían mejor las plantas corredoras, se esperaba mejor la pena. Por eso cuando el Circo llegó al pueblo lo encontró desierto. Al frente iba un payaso tocando una corneta. Detrás iba un forzudo con barba pelirroja, con ojos de cansado. Pasaron por Huevonia sin detenerse, como si el pueblo no existiera. Atravesaron las paredes de Huevonia, que quizá en sus ojos seguía siendo sólo un puntito en la distancia, y se adentraron en la llanura. Al fondo, en una jaula, iba el gigante Casimirus.

Cuando Caifás vio de cerca al gigante lo primero que sintió fue una sensación de infinitos años pesándole en la espalda, de tiempo hervido en sal y piedra y de cosas que pasaron sin que nadie lo supiera. No supo adivinar por qué, pero al contacto con su piel granítica sintió deseos de llorar y treinta escalofríos se pasearon por su enorme espalda. Fue entonces que escuchó la voz del vendedor de prodigios que le decía al oído: "¡Qué, amigo, se acuerda usted de las comidas de su madre, de los parientes que se fueron, de los viejos amores...! No se extrañe. Tocar a los gigantes tiene eso, pero uno termina por acostumbrarse y al final se les puede acariciar sin miedo. No hay pena que resista a la costumbre". El vendedor de prodigios siguió hablando y Caifás notó que la tristeza remitía tan rápidamente como había venido dejándole un regusto dulce y una sensación de frío. Miró al gigante, que seguía inmóvil, y lo encontró muy viejo, excesivamente viejo para la vida del circo, y acaso tampoco necesario. Los gigantes ya no estaban de moda, ya no llamaban tanto la atención entre la gente, que por su naturaleza melancólica evitaba tocarlos para no deprimirse. Además, nunca terminaban de adaptarse a la vida en cautividad: muchos de ellos morían al poco tiempo de una enfermedad que les convertía por completo en moles amorfas de piedra gris que apenas recordaban su antigua condici6n de gigante. Los caminos estaban repletos de ellas.

Caifás miró al gigante, que seguía inmóvil, y pensó que era mejor comprar otro prodigio, quizá un toro bicéfalo o un tigre de dientes de sable, o un jabalí de oro o un ciervo milenario, o quizás esperar a que trajeran a otro gigante más joven, pero el vendedor le advirtió: "No habrá más gigantes, nos han prohibido cazarlos. Decían que se estaban extinguiendo y decidieron cerrar la veda. Por eso nos dimos prisa en coger a éste, que además era el último que quedaba, antes de que empezara la prohibición. Ya no hay gigantes en libertad y además está prohibido cazarlos. No va a ser fácil que traigan otro". Caifás miró al gigante y pensó que era mejor comprar otro prodigio, y luego miró a su alrededor, por la tienda de prodigios, y nada le pareció tan prodigioso como aquel gigante triste. Quizás porque sus arrugas veteadas le recordaban las puestas del sol del laberinto. Quizás porque de verlo aparecer en la distancia, siendo niño, corriendo entre las plantas corredoras, cuando su hermana saltaba de la carreta y les decía: "Ahí va Casimirus a toda mecha, ahí va Casimirus" y se quedaba mirando absorta mientras la caravana seguía su marcha. Y no se movía hasta que el gigante se dejaba de ver. Y regresaba ensimismada y repetía: "Ese era Casimirus. ¿No es divino verlo?". Desde entonces vivió en Caifás algo de la admiración de su hermana por el gigante, y después, cuando ésta murió de un mal que siempre tuvo y la enterraron al pie del camino, al alejarse la caravana creyó ver Caifás como si el gigante se acercara a la tumba y se sentara allí, pero no pudo asegurarlo porque aún tenía lágrimas en los ojos y estaba anocheciendo. Desde entonces vivió en Caifás, junto al recuerdo de su hermana. el recuerdo del gigante; y algunas tardes, cuando el fuego ya ardía entre las piedras y se contaban historias, él se alejaba del grupo y se ponía a otear por si veía aparecer a Casimirus. y algunas veces le vio, aunque no muchas. Y trató de seguirlo a pie, e incluso montado en cebra, pero era imposible siquiera acercársele.

Y ahora de verlo allí, en la tienda de prodigios, sintió que algo de su hermana vivía aún en el gigante. Tomó de nuevo la mano de Casimirus y la vio a ella. Un dolor lo estremeció de arriba a abajo. Escuchó la voz del vendedor: "¡Qué, amigo, una herida de las que no se cierran!".

Al salir de la tienda ya era de noche. El vendedor de prodigios les acompañó a la puerta y besó el rostro de Casimirus. Lugo dijo: "Cuídele mucho". A lo lejos se divisaban las hogueras de los circos. Caifás preguntó: "¿Y cómo hicieron para atraparlo?". El vendedor de prodigios respondió: "Lo mejor es una tumba en un sitio apartado. Se comen a los muertos, ¿sabe?".

* * *

Glir alzó la vista y vio a lo lejos la brumosa figura del gigante que se acercaba a zancadas lentas y espaciadas, inclinando a un lado y a otro su pesada mole del color de la piedra. Mucho antes de que llegara al circo, su sombra había cubierto por completo la explanada. Glir, sentado en un peñasco, con el libro entre las piernas, empezó a sentir frío. Cogió la pluma y anotó: "Esta mañana Caifás ha regresado y traía un gigante. Lo ha metido en la jaula de osos y ha colgado en la puerta un letrero: 'CASIMIRUS'. Luego ha ordenado que le dieran de comer y se ha encerrado en su carreta".

Los habitantes del circo bailaron excitados alrededor de la jaula aguardando a que el gigante diera señales de actividad. Algunos llevaban platos de comida con los que trataban de llamar su atención, pero otros portaban látigos y fustas y sonreían esperando su momento. Sólo Glir permanecía sentado en su peñasco, con el libro abierto entre las piernas, atento al mismo tiempo a la lectura y al gigante. Tomó la pluma y anotó: "Le hemos llevado dulce de avellana y leche con almendras, pero no los ha querido. Se ha limitado a mirar los platos, y luego a nosotros, y luego se ha sentado a ver la lluvia, que había empezado a caer en gotas menudas, y su mirada se ha perdido sin remedio".

Los habitantes del circo empezaron a impacientarse, en parte porque llevaban varios días aguardando el regreso de Caifás, que había partido, como siempre que moría alguien, en busca de algún prodigio, de algún sueño que añadir a la lista interminable de sueños encogidos y promesas sin cumplir, de amores enterrados y pastel de lagartija, de sacos de memoria que pesaban como el plomo. Y es curioso, pero cuanto más tardaba Caifás, más difícil era saber si uno estaba impaciente o simplemente estaba muerto, sin pulso en el cuerpo y sin ganas de vivir, como se quedan los muertos, y ya decía uno que no se encontraba bien, que se notaba raro, como caminando en sueños y devolviendo acetona, como con una sensación de pérdida irreparable, de frío en las costillas y tareas a medio hacer, y ya decía uno que no era bueno haber dejado de soñar, pero cuando se vive en el pais de los sueños se hace difícil soñar nada, el tiempo se nos pega a los sudarios mientras nos dejamos la ilusión por las esquinas, mientras aguardamos el regreso de Caifás, que sabemos que viene de camino porque la sombra del gigante ya ha cubierto la llanura.

Los habitantes del circo no tardaron en sentirse desdichados. Entonces percibieron lo insignificante que era el gigante en comparación con la propia tristeza, y lo que puede llegar a crecer un mal recuerdo, y sintieron que el pasado les pesaba como vidas enteras, y que ningún gigante iba a poder con eso, y regresaron a sus carretas entre picores de espalda y un malestar de ojos cansados y lombrices en el pecho que no les abandonó hasta que se durmieron. Sólo Glir permaneció junto a la jaula. Sin pasado. Sin recuerdos. Con la única certeza de estar allí, pero sin nada más. Con un libro entre las piernas donde iba anotando las cosas. Con la imprecisa sensación de pérdida que siempre le acompañaba, y que arrastraba a sus espaldas como un inmenso manto de oscuridad. Tomó la pluma y anotó: "Todos se han ido. Aburridos por la inmóvil voluntad de Casimirus y por los días de inactividad, vencidos los brotes de tristeza y por la incapacidad, innata en casi todos los hombres, de convivir con su propio silencio, cansados de no hacer nada y de que todas las tardes, a la misma hora, se' ponga a llover aguanieve" .

Los habitantes del circo se esfumaron barridos por la lluvia. Glir los olvidó enseguida. Se quedó junto al gigante, y cuando sintió que no recordaba qué hacía allí abrió el libro y leyó: "Esta mañana Caifás ha regresado y traía un gigante...”. Cerró los ojos y repitió: "Esta mañana Caifás ha regresado y traía un gigante". Luego las sombras lo envolvieron, pero no se movió de donde estaba. Ni siquiera cuando el recuerdo se disipó por completo y no supo ni cuánto tiempo había pasado, ni si siempre había estado allí, ni por qué leía ese libro. Entonces abrió el libro y fue leyendo: "... hay una enfermedad de la tristeza que ataca a las tripulaciones de los circos, que consume los cuerpos sin remedio y atrae a los gigantes a su paso".

Entretanto, Casimirus iba languideciendo, como si un hambre de siglos le devorara por dentro, como si un gran vacío le succionara la existencia hasta dejarlo reducido a un puntito en la distancia. Pero Glir no se dio cuenta. Hacía tiempo que había olvidado que era un gigante. De Casimirus sólo quedó su sombra, que aún cubría por completo la llanura.

Así supo Caifás que la enfermedad había vencido, y que ni siquiera un gigante podría comerse tanta pena. Salió del carromato y vio su circo. La ruina ya empezaba a transformarlo, a hacerlo más pequeño y silencioso, más parecido a un sueño. Y cuando Caifás se perdió en la noche, hundido en los pensamientos que tanto le atormentaban, sólo Glir permaneció donde estaba, sentado al pie de la jaula, incapaz de recordar qué hacía allí, sumido en la lectura del libro que había en sus manos. Y aún se quedó así varias horas, hasta que el sueño le venció. Y mientras se dormía iba pensando: " .. .el dolor de morir cada noche, de no ser capaz de conservar ni el recuerdo de sí mismo..."

Cuando el jilguero cantó en las estepas de lo que fuera Huevonia, Glir despertó en el suelo, arropado por la manta que Mica, la escocesa, le había echado por encima. Abrió los ojos y se encontró los cadáveres y las ruinas extendiéndose hasta donde alcanzaba su memoria. Vio al gigante a su lado, mordiendo la caheza de Caifás. Entonces anotó: "El gigante se los ha comido a todos. Ha roído sus huesos sin impaciencia hasta dejarlos limpios y amarillos. Y mientras comía iba creciendo, y se hizo enorme, y cuando terminó con el último se fue, dejando a sus espaldas un rastro de esqueletos".

Glir, el Olvidapasados, se alejó pensando que nunca olvidaría lo que había visto, pero antes de perderse en la distancia ya iba silbando abiertamente.

lunes, 1 de enero de 2007

Soneto por Año Nuevo


Estupenda fiesta al chocolate para recibir el Año Nuevo. Más casera que otros años: se echa de menos el paseo por la nieve, los árboles, la piedra. Como siempre en estas fechas, concurso de poemas y relatos. La fiesta fue lo suficientemente buena como para no recordar qué poema ganó. No me extrañaría que hubiera sido éste.

No dejes que mi amor te tienda lazos
ni mires hacia atrás, esta corriente
parece mucho más, y es simplemente
que a veces la ilusión tiene otros plazos.

Dejemos escapar ciertos abrazos.
Nadie puede inventarse lo que siente
ni debes dibujarlo nuevamente
tan solo porque yo cambie unos trazos,

tan solo porque yo te escriba versos,
la mano que ahora escribe no sabía
que cada corazón tiene su entrada.

Mueren y nacen nuevos universos
mientras te digo adiós, pero algún día
seguro que me quieres más que a nada.

(Daniel)

domingo, 31 de diciembre de 2006

Si alguien pregunta por Dios


...Ayer hablábamos, de pasada, de Mei, aquel maestro de esgrima mental y hacedor de figuras (no sólo retóricas) que, más por actitud que por físico, tengo asociado desde pequeño al despiadado Ming. Hoy topo con este poema en prosa, característico de su hacer, y me parece una buena manera de despedir el año. Así sea.

Si alguien pregunta por Dios, habría que guardar silencio. Habría que hacerse noche, o niebla, o espera; y dejar sin apoyo su pregunta. Que caiga la interrogante hacia su propio abismo por fuera y por dentro hasta encontrar la respuesta que la rompa como un golpe al silencio.

Si alguien necesita a Dios, habría que acercarle a Él. Llevarle hasta Sus puertas dulcemente doradas, hasta Sus límites de cristal de mil colores y enseñarle una oración y el protocolo de una reverencia.

Si alguien vive sin Dios, habría que olvidarle. Ni tan siquiera pensar en él, porque podríamos turbar una idea no nacida. No cometamos el sacrilegio de romper el precinto tras el que dormita el genio.

Si alguien destruye a Dios, habría que ayudarle. Darle nuestra fuerza, nuestra astucia, nuestra total falta de compasión: ponernos por entero al servicio de su obra y que se acabe Dios de una vez para siempre.

Y si alguien comprende, regalémosle una sonrisa.


sábado, 30 de diciembre de 2006

Instrumentales V: La Ciudad Sumergida


Cierro la serie con este título, fetiche de los decadentistas y crepusculares que en el mundo han sido. Grabación precaria: más de lo normal. Aunque la idea original es mía, mi pasaje favorito es esa introducción a dos voces que Daniel, el flautista, inventó a última hora.






viernes, 29 de diciembre de 2006

Instrumentales IV: Como si con bombín


Aunque surgió de forma independiente, esta pequeña pieza para piano se convirtió enseguida en fondo de un poema en prosa de un buen amigo que comenzaba, más o menos: "Como si con bombín y con paraguas por la Quinta Avenida..". Desde entonces, como el título indica, nunca se han separado del todo.

*

Como si con bombín y con paraguas por la quinta avenida. Ciego de tanto mirar con las manos. Un extraño en la ciudad. No es que me queje, no, pero soy un extraño en la ciudad. Como si con bombín y en el metro, en plena estación de Sol, sonriendo a la gente, nada menos. Y si tienes que hacerlo, mejor esperar un poco e intentar hacerlo con ganas, para que luego la luna no ande arrepintiéndose y deje de llamar o incluso decida pasar la noche estudiando, como solíamos. Y yo nunca te he oído hablar, en serio. Generalmente se me marchaban los oídos lejos, hacia el mar. Y era allí donde más extraño me sentía, porque bebía agua salada y no podía evitar que me supiera a asfalto. Y luego, al volver, no sé, era como no haberse ido nunca de casa y estar aún allí, junto a la cuna, llorando porque está oscuro y hace frío y no viene mamá.

Como si con bombín y con paraguas por la quinta avenida. Exactamente así, tanteando las paredes para no tropezar.

Un extraño en la ciudad.

(Ricardo; gracias a Sergio por rescatarlo)






jueves, 28 de diciembre de 2006

Instrumentales III: A meter


Otro intento en el campo de las sintonías setentiles, esta vez con préstamo de Juan Sebastián. El título y la imagen se deben a cierto tercetillo popular, latiguillo de mala muerte alrededor del cual vino a surgir (así de extraño funciona el mundo) la melodía: Prometer hasta meter / y después de haber metido, / olvidar lo prometido.






miércoles, 27 de diciembre de 2006

Instrumentales II: Instrumentol


En Ciento Volando no solemos componer a medias, aunque a veces los arreglos que cada uno aporta a las canciones de los demás se incorporan de manera tan obstinada a la composición que podrían considerarse parte de ella. Éste es un caso excepcional: una tarde feliz de hace muchos años nos sentamos con la guitarra y la flauta en el salón y, a partir de la primera frase de la flauta, un arpegio en mi bemol menor, fuimos sacando de la nada esta pieza de estructura extraña, episódica y modulante, en la que las partes son distintas y no se repiten. Cuando la volvimos a grabar hace poco, al ver que los acordes quedaban un tanto difusos con el efecto de sonido de la guitarra, probamos a añadir una parte de bajo y teclado. Ahora me parece que hubiera sido siempre así. Por lo demás, sigo sin saber a qué estilo corresponde la pieza. ¿Folk? (¿qué folk?).




martes, 26 de diciembre de 2006

Instrumentales I: Sounds of the Fair


A los instrumentales que empezaron siendo canciones les queda un algo saltarín y cantabile. Éste, todo guitarras, siempre me ha sonado a sintonía setentil, en la tradición (salvando el abismo insalvable) de aquella maravilla del grupo Iceberg que Tena y Manrique utilizaban en Popgrama. Se llama Sounds of the Fair —por ejemplo, los de aquella prodigiosa feria de artesanía hippie de la plaza de Santa Ana, en Madrid, que las fuerzas del mal se cargaron hace años. Va por ella.





lunes, 25 de diciembre de 2006

Navidad II: Piedra de Rosetta



Pasatiempo extraño desempolvar

los mejores muertos de tu desván,
repoblar de sombras mi soledad,
coro de sirenas
con la boca llena
de oscuridad.

Envolver el mundo por Navidad,
rumores, leyendas por confirmar,
nubes en el cielo del paladar
forman la secreta
piedra de Rosetta
donde no estás.






domingo, 24 de diciembre de 2006

Navidad I: Soñaré penas escasas


Will your magic Christmas tree
be shining?
(ISB, Chinese White)


Soñaré penas escasas,

árboles de Navidad.
Las compresas no traspasan,
hoy me duermo sin llorar.
Pongo tu nombre a las cartas,
luego las dejo volar.
Infecciones de garganta
para escupir la verdad.

Y sentado en el camino
veo pasar el viejo tren
lleno de gente.
No he sabido qué comprarte,
no me gusta que estés
en ninguna parte.

La tristeza en la ventana,
los amores sin regar.
Habitaciones cerradas,
libros que no sé cerrar.
No ha cambiado apenas nada,
pero nada sigue igual.

Aguarda, amor, que estoy vivo,
aunque tenga tierra y plantas
en la frente.
Aguarda, que no te olvido,
las cosas que deben ser
son de repente.

Y sentado en el camino
veo pasar el viejo tren
lleno de gente.
Me duele que te hayas ido,
me duele sentir que estás
pero no verte.

sábado, 23 de diciembre de 2006

Casa tomada


Canción danielera de principio a fin, composición, arreglos e interpretación; cabe un guiño al gran cronopio.

Pensar que bien o mal, esto tenía
tarde o temprano que ocurrir;
interpretarlo de mil formas,
de mil maneras diferentes.
Decir muchas palabras,
por si quedara aún algo que decir,
o decirte te quiero sencillamente.

Buscar explicaciones, navegar
entre dudas y fronteras,
apuntalar las horas con los
restos de la primavera,
luego tirar palante
con las pilas de otras ocasiones
porque lo que iba a ser la vida
ahora es una vida cualquiera.

Y en la casa tomada
donde ahora todo es igual que nada,
nadie te busca, nadie te nombra,
pero tú estás:
vives en los espejos,
en los armarios, los azulejos,
en las señales que ya no saben
qué señalar.

Ir hacia donde quieras, seguir las
carreteras, las corrientes,
las líneas convergentes,
convertirme en un señor que pasa;
y hay más de mil maneras
y hay mil trayectorias diferentes
pero ahora todos los caminos
me conducen a tu casa:

la casa de los gatos
donde supimos vivir a ratos,
donde las flores que no se cuidan
crecían mejor
porque bajo la tierra
tuneladoras en pie de guerra
iban cavando los laberintos
de nuestro amor.

Toblerones, memorias
de un colchón, salas de espera,
tu nombre en la escalera, mi nombre
tirado en los rincones.
Nos faltan vitaminas, pero
sobran las explicaciones:
perdida la grandeza, quedan
sólo las buenas maneras.

Y hay más altas que bajas,
hay corazones en las rebajas
y aún quedan plazas libres
en otro hotel;
pero los días se mueren,
si nos quisieron, ya no nos quieren,
porque las cosas que no se dicen
no riman bien.

Pensar que bien o mal, esto tenía...






viernes, 22 de diciembre de 2006

Bestia de quince sílabas


Los versos que nuestros tratadistas han declarado impracticables pueden sonar de maravilla: es el caso del tridecasílabo (adiós, muchachos, compañeros de mi vida; o aquello de Krahe: Más bien perplejo recorría las aceras: / «oh cuán curiosa», me decía, «es la mujer»), y podría serlo también del decapentasílabo, bien se entienda como 5 / 5 / 5 (y te pareces / a la palabra / melancolía), a la griega (8 + 7, que en español, por final agudo del primer hemistiquio, suena más bien como 9 + 7: la Lamia negra de la mar / que traga a los valientes) o, como a mí ha dado en sucederme, como 7 + 8 (mi gato, que pasea su virtud al por menor).

El decapén, como yo le llamo familiarmente (hasta tal punto me persiguió en su día), no siempre es exactamente 7 + 8: a menudo suena como un verso enterizo de 15. Difícil de explicar, pero fácil de oír. Cantado, un suponer, va tal que así:

Ahora que soy pequeño como el prólogo de un sueño
y mis zapatos húmedos aprenden a volar,
no quieras ya tirar de la costura del recuerdo,
no vayas a quedarte, como el sol, a medio arder.
No hay nada tan urgente que no sea irremediable
caer en que no puedes pronunciarlo sin mentir.
Es la palabra el único tesoro que persiste:
el lápiz con que puedes dibujar cualquier color.





jueves, 21 de diciembre de 2006

Me gustas cuando callas


Nunca lo hubiera imaginado así; pero sí.



Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.

Como todas las cosas están llenas de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancolía.

Me gustas cuando callas y estás como distante.
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
déjame que me calle con el silencio tuyo.

Déjame que te hable también con tu silencio
claro como una lámpara, simple como un anillo.
Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.

Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.

(Pablo Neruda)




miércoles, 20 de diciembre de 2006

El Golem


(Meyrink; Trachtenberg; Scholem)

Si (como el griego afirma en el Cratilo)
el nombre es arquetipo de la cosa,
en las letras de rosa está la rosa
y todo el Nilo en la palabra Nilo.

Y, hecho de consonantes y vocales,
habrá un terrible Nombre, que la esencia
cifre de Dios y que la Omnipotencia
guarde en letras y sílabas cabales.

Adán y las estrellas lo supieron
en el Jardín. La herrumbre del pecado
(dicen los cabalistas) lo ha borrado
y las generaciones lo perdieron.

Los artificios y el candor del hombre
no tienen fin. Sabemos que hubo un día
en que el pueblo de Dios buscaba el Nombre
en las vigilias de la judería.

No a la manera de otras que una vaga
sombra insinúan en la vaga historia,
aún está verde y viva la memoria
de Judá León, que era rabino en Praga.

Sediento de saber lo que Dios sabe,
Judá León se dio a permutaciones
de letras y complejas variaciones
y al fin pronunció el Nombre que es la Clave,

la Puerta, el Eco, el Huésped y el Palacio,
sobre un muñeco que con torpes manos
labró, para enseñarle los arcanos
de las Letras, del Tiempo y del Espacio.

El simulacro alzó los soñolientos
párpados y vio formas y colores
que no entendió, perdidos en rumores,
y ensayó temerosos movimientos.

Gradualmente se vio (como nosotros)
aprisionado en esta red sonora
de Antes, Después, Ayer, Mientras, Ahora,
Derecha, Izquierda, Yo, Tú, Aquellos, Otros.

El cabalista que ofició de numen
a la vasta criatura apodó Golem.
(Estas verdades las refiere Scholem
en un docto lugar de su volumen.)

El rabí le explicaba el universo
(Esto es mi pie; esto el tuyo; esto la soga)
y logró, al cabo de años, que el perverso
barriera, bien o mal, la sinagoga.

Tal vez hubo un error en la grafía
o en la articulación del Sacro Nombre;
a pesar de tan alta hechicería,
no aprendió a hablar el aprendiz de hombre.

Sus ojos, menos de hombre que de perro
y harto menos de perro que de cosa,
seguían al rabí por la dudosa
penumbra de las piezas del encierro.

Algo anormal y tosco hubo en el Golem,
ya que a su paso el gato del rabino
se escondía. (Ese gato no está en Scholem
pero, a través del tiempo, lo adivino.)

Elevando a su Dios manos filiales,
las devociones de su Dios copiaba
o, estúpido y sonriente, se ahuecaba
en cóncavas zalemas orientales.

El rabí lo miraba con ternura
y con algún horror. ¿Cómo (se dijo)
pude engendrar este penoso hijo
y la inacción dejé, que es la cordura?

¿Por qué di en agregar a la infinita
serie un símbolo más? ¿Por qué a la vana
madeja que en lo eterno se devana,
di otra causa, otro efecto y otra cuita?

En la hora de angustia y de luz vaga,
en su Golem los ojos detenía.
¿Quién nos dirá las cosas que sentía
Dios, al mirar a su rabino en Praga?

(Jorge Luis Borges)




martes, 19 de diciembre de 2006

Donde habite el olvido


Otro diálogo a través del tiempo.

En donde esté una piedra solitaria
sin inscripción alguna,
donde habite el olvido,
allí estará mi tumba.
(Gustavo Adolfo Bécquer)


Donde habite el olvido,
En los vastos jardines sin aurora;
Donde yo sólo sea
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.

Donde mi nombre deje
Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
Donde el deseo no exista.

En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
No esconda como acero
En mi pecho su ala,
Sonriendo, lleno de gracia aérea, mientras crece el tormento.

Allá donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya,
Sometiendo a otra vida su vida,
Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.

Donde penas y dichas no sean más que nombres,
Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
Disuelto en niebla, ausencia,
Ausencia leve como carne de niño.

Allá, allá lejos;
Donde habite el olvido.
(Luis Cernuda)




lunes, 18 de diciembre de 2006

Por largos años, Catulo


Cada quien tiene su puerta de entrada. Yo quedé fascinado por la poesía latina a través de este poema 76 de Catulo, tal como lo tradujo e interpretó Agustín García Calvo. Estoy seguro de que no seré el último.


Si uno en el recordar los bienes que antes hiciera
halla placer, al pensar — que él era bueno y lo es
y que ni santa fianza quebró ni a trueque ninguno
nombre de dios malusó — para a los hombres burlar,
muchos guardados entonces por largos años, Catulo,
de este maldito amor — gozos te esperan a ti:
pues lo que bien pueda un hombre decir o hacer a los otros,
tanto has hecho tú, — tanto tú dicho de bien;
todo lo cual se perdió, a un alma ingrata fiado.
Conque ¿por qué vas tú — a darte martirio ya más?
¿Qué, si no esfuerzas el ánimo y ya de ahí no te sacas
ni, contra venia de dios, — dejas de ser infeliz?
Duro lo es, un largo amor de repente dejarlo.
Duro lo es; pero así — has, como sea, de hacer:
ésta es la sola salud; esto tienes que conseguirlo;
esto has de hacer, da igual — si es imposible o si no.
Dioses, si hay en vosotros piedad, o si a alguien quisisteis,
a punto ya de morir, — última ayuda traer,
a mí, desgraciado, miradme, y si vida pura he llevado,
esta peste arrancad — y esta rüina de mí,
que, como una modorra escurriéndose en mis entrañas,
del corazón de raíz — toda alegría arrojó.
No ya aquello pretendo de que ella me corresponda
o, lo que no puede ser, — quiera vivir con pudor:
pido estar yo sano y dejar mi negra dolencia:
dioses, con esto pagad — lo que de bueno haya en mí.


Si qua recordanti benefacta priora voluptas
est homini, cum se — cogitat esse pium
nec sanctam violasse fidem, nec foedere nullo
divum ad fallendos — numine abusum homines:
multa parata manent in longa aetate, Catulle,
ex hoc ingrato — gaudia amore tibi.
nam quaecumque homini bene cuiquam aut dicere possunt
aut facere, haec a te — dictaque factaque sunt:
omnia quae ingratae perierunt credita menti.
quare cur te iam — amplius excrucies?
quid ni animo offirmas atque istinc teque reducis,
et dis invitis — desinis esse miser?
difficilest longum subito deponere amorem,
difficilest, verum hoc, — qua lubet, efficias:
una salus haec est, hoc est tibi pervincendum,
hoc facias, sive id — non pote sive pote.
o di, si vestrumst misereri, aut si quibus umquam
extremo, iam ipso in —  morte, tulistis opem,
me miserum aspicite et, si vitam puriter egi,
eripite hanc pestem — perniciemque mihi!
quae mihi, subrepens imos ut torpor in artus
expulit ex omni — pectore laetitias.
non iam illud quaero, contra ut me diligat illa,
aut, quod non potis est, — esse pudica velit:
ipse valere opto et taetrum hunc deponere morbum.
o di, reddite mi hoc — pro pietate mea!

domingo, 17 de diciembre de 2006

El rock de los gatos


No aquéllos del callejón que maullaban a gritos (?) en la canción de Sabino Méndez, sino Lindrus y Mina, estas dos gatas psicodélicas que fueron a parar a manos del cientovolandero Daniel, y cuyos primeros y segundos pasos por Danielandia documenta el vídeo. Lindrus, copo de carbón, es la mayor, heredada de Luli, que la adoptó en la lejana Alemania. Mina viene de Valdemanco, de familia salvaje pero bastante antropófila. La canción es danielera de principio a fin (menos el riff inicial, que yo aporté —pero bien podría ser de Dinarama + Alaska).

Íbamos andando
como se anda algunas veces.
Íbamos haciendo
lo que se hace cuando creces.
Íbamos contando
las semanas y los meses.
Íbamos contentos,
íbamos haciendo eses.

Quedar para vernos
por si entiendes lo que digo,
quedar por si acaso
nos hiciéramos amigos.
Quedar para vernos
y después irnos de bares.
Dejar que los sueños
nos lleven a otros lugares.

Y llegar sin darnos cuenta
a ese pequeño lugar
cuando es hora de marcharse
y nadie se quiere marchar,
cuando vuelan las palabras
que equivocas a tu falda
como un puente de baldosas
que se alzan del final
y el principio de las cosas.

Vernos en las fotos
y ver cómo hemos cambiado,
cambiar de costumbres,
cambiar de significado.
Quedar para luego
sin saber que hemos quedado,
comer en el suelo
de un jardín abandonado.

Y llegar sin darnos cuenta...

Se ha perdido el mundo
que llenaba cada tarde,
se ha acabado todo
y se ha marchado todo el mundo
y entre los recuerdos
que ahora son inolvidables
nada nos impide
dejar todo en un segundo.

sábado, 16 de diciembre de 2006

El jardín impreso


Toda biblioteca aspira a ser la de Alejandría. Más aún: la de Babel, o aquel Archivo Akáshico donde, según los teósofos, se guarda registro de todo detalle del universo. No sólo aspira a ello: tiene la obligación de lograrlo, hasta donde las circunstancias lo permitan. Hay parámetros objetivos de este logro: que nadie conozca todos los títulos que la biblioteca alberga (quizá una máquina nos dé el número total de los que se supone que hay, pero eso muy otra cosa); que uno pueda albergar la esperanza de que cualquier libro que busque pueda estar ahí, o al menos otro enlazado con él. Algo así pasa con las ciudades: merecen ese nombre aquéllas en las que puedes vivir toda tu vida y siempre habrá lugares que no has visto.

He pasado muchas horas durante el curso pasado y éste empeñado, con unos pocos compañeros (que ya van siendo unos cuantos), en poner en marcha una biblioteca escolar que ha estado más de un decenio muerta, desintegrada. Una biblioteca así, una vez despierta, va a ser una gozada, por el contraste de fondos: lo mismo contiene libros descatalogadísimos de los 70 que las últimas novedades que acabamos de comprar. Hay colecciones enteras de quiosco, que revelan el amor de otros responsables que, aun sin lanzarse a poner en marcha la biblioteca, cuidaron de que al menos siguieran entrando tomos, en previsión de años menos negros.

En sincronía con esta devoción, me llega hoy este mensaje de Lycos, que me apetece compartir con ustedes.

*

No puedo alardear de buenos libros en mi infancia. Yo era cliente asiduo desde los cinco o seis años de una pequeña tienducha dedicada a cambiar novelas y tebeos. Me vienen a la memoria las novelas más mugrientas y destrozadas que imaginarse pueda. Nadie por lo visto estaba encargado de retirar de la circulación los ejemplares más deteriorados y pringosos, ni el tendero ni, mucho menos aun, el lector, que en conservar la piltrafa estribaba el seguir teniendo acceso a la siguiente lectura. Zane Grey, Agatha Christie, Rex Stout, Stanley Gardner, Conan Doyle, Dashiel Hammett...

¡Qué sé yo la de apasionantes novelas policíacas me embaularía antes de descubrir que, aunque sólo tenía diez años, podía entrar como un caballero en el Templo de la Sabiduría —la Biblioteca Pública Municipal de mi barrio— y ocupar un lugar en aquellas mesas larguísimas iluminadas por traslúcidas tulipas esmeralda... Allí, en libros casi nuevos, hermosamente encuadernados en piel, leí todo lo que había de Julio Verne, de Rudyard Kipling, Walter Scott, Chretien de Troyes, Mark Twain, Alejandro Dumas, Allan Poe... y sobre todos ellos una serie muy larga que se llamaba Los Episodios Nacionales, de Pérez Galdós.

Como puede verse, toda la literatura que conocí en mi infancia fueron traducciones del inglés o del francés. A Pérez Galdós fue al primero que leí directamente en su lengua. Y la magia que eso tiene, y el tema —vivíamos en Madrid la sangrienta postguerra franquista—, que de alguna forma obscura no era por completo ajena al temblor social que se cernía inmanifiesto por Madrid, hizo que esos episodios me marcaran políticamente para siempre.

Mi abuelo había tenido una pequeña biblioteca en casa. Las librerías acristaladas de su despacho lo afirmaban. Pero entre el miedo a que en un registro la policía político-social considerara algún título no de su gusto, y la escasez de todo tipo de combustibles durante la guerra, hizo que desaparecieran casi todos. Los únicos que se salvaron del fuego fueron libros técnicos, con una hermosa excepción : LA ODISEA de Homero. Ese fue el primer libro de mi vida. Odiseo, fecundo en ardides, ocupó en mi imaginario el lugar que luego los curas se empeñaban que ocupara Jesús de Nazaret. Jamás lo lograron, naturalmente. No había color.

viernes, 15 de diciembre de 2006

Menú del día


Por delicadeza
yo perdí mi vida
(Arthur Rimbaud)

El adivino Tiresias, con quien consultó Eteocles, profetizó que los tebanos saldrían victoriosos sólo si un príncipe de la casa real se ofrecía voluntariamente como sacrificio a Ares; inmediatamente Meneceo, el hijo de Creonte, se dio muerte delante de las puertas, así como su homónimo y abuelo se había arrojado de cabeza desde las murallas en una ocasión anterior. La profecía de Tiresias se realizó: los tebanos fueron derrotados en una escaramuza y se retiraron a la ciudad, pero tan pronto como Capaneo colocó una escala de sitio contra la muralla y comenzó a subir por ella, Zeus lo mató con un rayo. Al ver eso, los tebanos se envalentonaron, hicieron una salida furiosa y mataron a otros tres de los siete paladines; y uno de ellos, que por casualidad se llamaba Melanipo, hirió a Tideo en el vientre. Atenea sentía afecto por Tideo y, compadecida de él cuando yacía medio muerto, se apresuró a pedir a su padre Zeus un elixir infalible que muy pronto le habría puesto de nuevo en pie. Pero Anfiarao odiaba a Tideo porque había obligado a los argivos a marchar y, como era perspicaz, corrió adonde estaba Melanipo y le cortó la cabeza. «¡Esta es tu venganza!» —exclamó— «¡Abre el cráneo y trágate los sesos!» Tideo lo hizo, y Atenea, que llegó en aquel momento con el elixir, lo vertió en tierra y se retiró disgustada.

(Robert Graves, Los mitos griegos)

jueves, 14 de diciembre de 2006

Cuaderno de sueños



Será la Navidad. Me despierto por las mañanas con las secuencias finales del último ensueño de cada noche rebobinándose en mi cerebro, tan vívidas que, de no mediar mi cordura, sé que con el tiempo, al sacar el recuerdo de la memoria, no sabría distinguir si lo soñé o lo viví aquí afuera. Son sueños turbadores, en los que familiares y amigos se revelan cuando menos me lo espero como personajes asombrosos, poniendo en cuestión lo que creo sobre mí y sobre ellos. Mensajes duros. ¿Metáforas de lo cotidiano? Me inclino a pensar más bien, como Hillman, que en sueños los dioses toman el rostro de nuestros conocidos. Desde luego, éstos no son dioses que acepten rezos ni golosinas. Se parecen más bien a Gandalf llevándose en volandas a Bilbo Bolsón. Vocatus atque non vocatus, deus aderit, escribió Jung: llamado o no, el dios se hará presente. Conmovido por lo numinoso, entiendes (aunque ya lo sabías) lo estúpido que resulta hablar de fe cuando intentas, como puedes, vadear la experiencia.

miércoles, 13 de diciembre de 2006

Uno menos



Adelante, señores de la guerra,
constructores de cañones,
constructores de aviones,
constructores de bombas
que os encondéis tras muros,
tras mesas,
quiero que sepáis
que puedo ver detrás de vuestras máscaras.

Nunca hicisteis otra cosa
que construir para destrozar,
jugáis con mi mundo
como si fuera vuestra Nintendo,
ponéis una pistola en mi mano
sin mirarme a los ojos
y os ponéis a buen recaudo
cuando empiezan a volar las balas.

Como el Judas de antaño,
engañáis y mentís,
hay una guerra mundial por ganar,
eso queréis que crea,
pero puedo leer vuestros ojos
y puedo leeros la mente
como veo a través del agua
que corre por mi desagüe.

Preparáis el gatillo
para que otros disparen
y os sentáis a mirar
mientras asciende el marcador de muertos,
escondidos en vuestra mansión
mientras la sangre joven
escapa de los cuerpos
y se hunde en el barro.

Habéis arrojado al mundo
el peor de los miedos:
el miedo a traer niños al mundo.
Por haber asustado a mi niño
no nacido y sin nombre,
no merecéis la sangre
que corre por vuestras venas.

¿Qué sé yo
para hablar cuando no me toca?
Diréis que soy joven,
diréis que soy un palurdo,
pero hay algo que sé
aunque sea más joven que vosotros:
ni Jesús podría nunca
perdonar lo que hacéis.

Dejad que os pregunte:
¿tan buena es vuestra pasta?
¿Os comprará el perdón?
¿Creéis que podrá?
Yo pienso que vais a ver,
cuando la muerte se cobre lo suyo,
que con toda vuestra guita
no podréis comprar de nuevo vuestra alma.

Espero que muráis
y que vuestra muerte llegue pronto.
Seguiré vuestro ataúd
en la pálida tarde
y observaré mientras os bajan
a vuestro lecho de muerte
y me quedaré de pie en vuestra tumba

hasta asegurarme
de que habéis muerto.



martes, 12 de diciembre de 2006

El limón


En sus mejores años, parte de los experimentos de los Beatles estuvieron orientados hacia lo que podríamos llamar minimalismo: canciones de una sola nota (o casi), como The Word, inspirada en Long Tall Sally, o de un solo acorde (más o menos tramposo), como Tomorrow Never Knows. Nuestro añorado Alfonso compuso también un energético Ball Redon en re menor, que podría considerarse de un solo (aunque matizado) acorde. Yo no he llegado a tal depuración, pero algo me he acercado: esta canción de Por amor a lo que venga tiene sólo dos acordes, tónica y subdominante, aunque invertidos de modo que la nota más baja de la guitarra marque una secuencia ascendente: la, sib, do, re. El efecto, a pesar de que los acordes y la escala sean de lo más corriente, es de un cierto extrañamiento. Confieso que esta vez la grabación y los arreglos me gustan. Luli canta tan bien como suele, Daniel y yo no damos demasiado la nota, y los invitados se lucen: Miguel al bajo, Eliseo Parra al udú (un instrumento africano de percusión que suena, como yo quería, un tanto indio y subacuático) y Gema al clarinete. La letra sale (en parte) del Cancionero secreto de Cantabria, una colección de apasionante cochinadas recopilada por Fernando Gomarín Guirado. Creo que las que yo escogí deben ser casi las únicas para todos los públicos (o mayores de 13 con reparos). Otro día les traigo una antología de las más brutas, para que no se diga.


De tu ventana a la mía
me tiraste y un limón;
el limón me dio en la cara
y el zumo en el corazón.

Dicen que
sólo se puede morir por dos veces
y una vez
llega cuando me miras tú.

La Reina de Corazones
me invitó a tomar el té
y entre vasos de colores
en tu taza me encontré.

Dicen que...

¡Quién pudiera ser sirena,
sirenita de la mar,
para poder a los hombres
matarlos después de amar!

Dicen que...