jueves, 12 de enero de 2006

Cronología (I)



Lo que ayer fue distinto hoy da lo mismo. O lo parece. Distintas eran la khi y la kappa, venerandas letras griegas, distintos los fonemas que representaban: distantes estaban Kronos, el dios, y khrónos, el tiempo. Pero el segundo se ha encargado de limar las aristas, de hacer impertinentes los matices que le separaban de la divinidad: hoy Crono es Dios uno y solo, tiempo que devora a sus criaturas, papel pautado do sucumben los sucesos.

No que la asociación de ambos sea cosa de ahora: es viejo el juego por el cual el dios que reinó, retirado según se dice a un castillo, o a provincias, vino a concebirse como reloj que llorase eternamente su arena.

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Pero esto es empezar por el final, o al menos tirar por la calle de en medio. Antes de unirse fatalmente con su parónimo el tiempo, ya era Crono dos: uno el dios bondadoso, patrón de la Edad Áurea (tiempo es oro) en que las fuentes daban vino y eran aún falsas incógnitas el arado y la nave. Ya en la edad degradada que es la nuestra, puro yerro oxidado, seguían los órficos soñando despertar de la vida en el castillo de Crono, presidente de los campos Elíseos, conde de Jauja, gigante bueno de los ensueños que son el pasado recuperado (todavía algún cristiano desmandado, descontento de ir a un Cielo postrimero, pedirá más bien volver al Paraíso prehistórico).

Y está el otro Crono, el que Goya pintara: ogro antropófago, hijo terrible que castró a su padre y que sabe que no debe esperar distinta suerte de los suyos. Es el primer planificador familiar: su método no es el relativamente sofisticado de Onán, o el bebedizo abortivo de la bruja tesalia. Crono se come lo que ha criado, con tan notoria falta de gusto que ni siquiera sentirá cosquillas en el paladar cuando en vez de carne tierna su querida Rea le dé una piedra lechal envuelta en pañales. [Esto de comerse los varones la propia semilla, cruda incluso en algunos casos, del escroto a la boca, lo venderán todavía los esoteristas de Crowley como llave de la inmortalidad, croneando a los estultos victorianos y así.]

No que se esté mal en el estómago de Crono. Como el del lobo de Caperucita, o el de la ballena de Jonás, el suyo es un punto de espera: ya nos dicen los antropólogos que los hombres han quedado siempre descontentos del primer parto y nacimiento, que trae a las crías manchadas a deshora de paraíso, algas, pezuñas paganas y morería. El bien nacido nace dos veces: de la madre y del padre, y en la segunda alguna ingenería cultu(r)al es necesaria (suspendan, malditos, su incredulidad de un gancho).

Hasta Zeus, que [sustituido por la piedra que terminará sustituyéndole (eres Pedro-Piedra y sobre ti edificaré mi Iglesia, dirá el usurpador)] no pasa por el estómago de Crono, no dejará de cronear a su manera cuando, tras reducir a cenizas a su amada Sémele (cuidado con pedir ver todo claro), saca de las mismas al retoño Dioniso y se lo implanta en el muslo paterno. Eso sin mencionar que también a Metis, una de sus novias, se la zampa sin más preámbulo, y de su cabeza dará a luz a la consentida Atenea...

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Pero ahora el mundo es más joven que todo eso, y lo que tenemos es un Dios ogro que accede al trono cortando con hoz obscena los genitales de su padre Urano, y que se mantiene en el mismo a costa de asimilar (¡oh sistema!) las novedades que él mismo, aún distinto (khrónos), se obstina en provocar cuando no se da cuenta.

Verdad que de las vergüenzas cosechadas por Crono y arrojadas al mar nacerá la más hermosa de las criaturas, Don-de-la-espuma, Afrodita. (¿Puede que venga de aquí la idea de que el más horrendo sacrificio produce en el mar de los hechos, impredecible, la belleza? Generación antinatural: energía sublimada: semen a la mar salada la la lá. Your sperm's in the gutter/ your love in the sink).

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Así que el caso Crono está complicado. Parece que se acepta que en su tiempo las cosas eran más sencillas, y que su gestión, aunque literalmente tajante, dio desde el comienzo frutos incomparables: reinas desnudas, hombres de oro a imagen del tiempo. Hasta parece haber iniciado el Ministerio de Agricultura, con esa hoz suya que además de castrar padres sirvió para que los hombres comenzaran a cosechar lo mucho y bueno que se les ofrecía. [Y aún carpe diem, coseche usted el día, será Crono ofreciéndose a que le devuelvan la moneda de Judas a cualquier hora.]

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Joder, lo que cuesta seguirte. Eres un erudito. En cuanto al tiempo... ay... suspiro. Y parece que era ayer cuando yo iba junto a ella cogido de la mano. Nos tumbamos en la arena de la playa y un enorme pez nos devoró y seguimos haciendo el amor dentro del estómago del gran pez hasta que nos expulso. Y ya íbamos por el quinto. Pero eran otros tiempos, joder.

Antonio dijo...

Portentoso, verdaderamente. Algunas frases son tan sugerentes que, sin pensar en el tiempo ni ná ni ná, mi primera sensación ha sido lamentarme porque tales artificios pudieran perderse gradualmente en el olvido por causa de la rabiosa actualidad de los blogs; los días pasan y los comentarios de los días pasados se esfuman. Habrá que ponerla antes en algún archivo Akhasico. Pero vamos, luego me acuerdo del cronos devorando a sus hijos.

¿Y tendrá que ver algo Cronos con los cronopios? Quién sabe.

Joselu dijo...

Opino, Antonio, lo mismo que tú. Campos de fresa merecería no perderse en el olvido de la vorágine diaria de los blogs. No sé muy bien qué es un archivo Akhasico, pero intentar publicar un libro no estaría fuera de lugar. Este blog supera la media con creces en cuanto a calidad, intelecto y sugerencias mitológicas, antropológicas y musicales. ¿No te lo has planteado, Alejandro?

Al59 dijo...

Soy un tipo ambicioso (más ambicioso que erudito, a mi pedante juicio). Mi ambición es que este blog viva y merezca alguna vez lo que decís hoy de él. Lo demás importa poco. Hay un archivo histórico, así que el olvido es relativo. Lo que importa es que día a día las palabras (vuestras y mías) no falten. De momento, ¡qué momento! Vivámoslo.